11 de junio de 2009

Relatos: un arte y un ejercicio

Cuando comencé a escribir, allá en los dorados tiempos de mi niñez -tenía unos 10 años- me lancé de una vez y sin pensar a la novela. Recuerdo las aventuras de una chica llamada Laura -me sentía muy bien usando mi propio nombre- que llegaba a un internado y que se topaba con toda suerte de eventos e ilusiones. Como es de suponer, escribía por imitación, lo cual es común en muchos escritores. No recuerdo quién afirmaba que un escritor no escribe porque desea describir lo que ve sino porque desea reformular lo que lee. Al menos pienso que en mi caso así fue. Leía obsesivamente -sigo haciéndolo, con consiguientes limitaciones de tiempo y oportunidad, claro, pues ya no soy una niña- y me inflamé de ideas e historias propias. Dado que leía novelas -de internados y aventuras de chicos-, lo lógico fue que también escribiera novelas.

Hoy en día, tantos y tantos años después, he notado que en mi autoaprendizaje dejé de lado la capacidad de síntesis. Escribir y escribir y escribir puede ser muy reconfortante, pero sólo como pasatiempo, pues cuando tienes el objetivo de narrar una historia y darle un final coherente, no resulta muy provechoso llenar cientos y miles de páginas de la misma. Primero, porque corres el riesgo de desenfocarte de tu objetivo. Es decir, puedes empezar a divagar, lo cual resulta harto peligroso. Y segundo, porque puedes realmente cansarte de una historia que no tiene fin.

Hablo, claro está, en términos generales, pues también dependerá de la longitud de la historia en sí misma. Sin embargo, he notado que se puede ahorrar palabras innecesarias y aún producir hermosas creaciones, aunque la historia sea muy larga. No porque yo lo haya hecho necesariamente, sino porque he leído trilogías y series que, a pesar de su extensión, no se desenfocan ni parecen albergar párrafos futiles o poco trabajados.

¿Cómo lograr entonces esa capacidad de escribir con belleza, pero sin explayarte en demasía? No lo supe ver hasta que me hice adulta y comprendí que debía enfocar mis historias y darles final para poder avanzar en mis objetivos profesionales. Mis novelas comenzaron a sufrir revisiones más exhaustivas. Sin embargo, un hecho fortuito fue lo que mejor me hizo ver la maravilla de la síntesis: el relato.

En los concursos populares y de Internet, el formato preferido es el cuento, pues la pantalla de la computadora no es amigable con el ojo y leer novelas en esas circunstancias suele ser tedioso y cansado. Además, para valorar un escrito necesitas tiempo: no es lo mismo comparar escritos de dos mil palabras a hacerlo con escritos de más de 150 mil palabras, por ejemplo. El punto es que te topas con la necesidad de saber escribir relatos.

Escribir cuentos o relatos es un arte extraordinario. Se requiere de capacidad de síntesis, objetivos claros, preciso diseño de personajes y valor en cada palabra. No puedes explayarte. No puedes darle coba a un personaje pues pronto se te acaba el espacio. Y debes ser capaz de darle un final contundente, aunque sea abierto. Un mal cuento siempre aburre, deja la sensación de que le faltaba algo, de que no supo cerrar. Un buen cuento es maravilloso: te da un instante de satisfacción y sus efectos perduran en el tiempo.

¿Es compatible escribir cuentos con escribir novelas? Yo creo que sí. La historia de la novela tendrá niveles y subniveles, tendrá más personajes y más oportunidades de desarrollar eventos complementarios, pero si has sabido escribir cuentos, podrás escribir entonces una novela bien enfocada, con objetivos claros y final convincente. Te habrás acostumbrado a escoger el verbo, a ser preciso y ser coherente. Te habrás acostumbrado a escribir bien.

Y ese es el proceso que hoy en día atravieso. :)

7 de junio de 2009

Perspectivas

Este mes de junio me ha pillado en medio de una vorágine de actividades que no imaginaba, principalmente en el campo de la literatura (afortunadamente). Habiendo decidido participar en un certamen de novela, aunque fuera corta, me di cuenta de que escribir y "blogear" no se llevan, por lo que tengo prácticamente abandonada mi bitácora principal en LauraQuijano.com y por supuesto, ésta en que garrapateo estas líneas.

Al menos, mientras tanto, recibí algunas noticias alentadoras. Primero, con respecto a las publicaciones que he estado esperando, y que no dependen de mí -claro está-, parece que ya habiendo salido a la luz Visiones 2007, pronto veremos en librerías -unas pocas- Fabricantes de Sueños 2008, donde mi relato Por siempre otro tendrá su rinconcito. Entre esas perspectivas de publicación, aún tendré que esperar hacia finales del año la aparición de Visiones 2008, que también se ha atrasado, pero que ya pronto ve el final del proceso publicacional. Allí se encuentra mi relato El último pozo, hasta el momento desconocido e inédito (al menos Por siempre otro ya ha estado en algunos sitios, como NGC 3660 y en mi colección Por siempre otro y otros relatos, que no se llama así por casualidad)

Por otro lado, Lulu decidió colocar en Amazon algunos títulos, entre los que se halla, felizmente, mi libro A Través del Portal: Visiones, segundo volumen de mi trilogía A Través del Portal. ¡En Amazon.com! y al mismo precio que en Lulu, lo que es mucho decir. Claro que no está el primer volumen, pero espero que por medio del segundo, más gente se interese en el primero. Con respecto a esta trilogía, aún me aguarda la tercera y última entrega, que espera se termine su revisión y vea la luz -espero- a principios del año próximo.

En fin, que así estamos. Cruzo los dedos por mi nueva novela -a la cual tengo en reposo-, para que tenga buena suerte en el certamen y me vaya bien. :)

23 de mayo de 2009

De musas y concursos...

El otro día tuve ocasión de mirar por Internet una interesantísima charla dictada por la escritora norteamericana Elizabeht Gilbert, en el marco de los eventos del TED (Technology, Entertainment, Design), que busca promocionar ideas e inspiraciones entre artistas -de todos los campos- y promotores del entretenimiento o de la tecnología, gente de negocios, y otros muchos más. La charla en cuestión versaba sobre el proceso creativo y la genialidad, o más bien, la relación entre el proceso creativo y la figura romana del genio, una especie de espíritu divino-mágico que acompañaba a poetas y artistas para inspirarles ideas maravillosas, frases especiales, grandes proyectos (el "genio creativo"). La escritora aducía que hoy en día, aún motivados por una excesiva racionalización de todos los procesos que envuelven la creación artística o científica, todos los méritos al igual que todas las fallas recaen sobre el sujeto creador, lo que crea un universo de tensión, de abrumadora responsabilidad en éste, lo cual explicaría por qué tantos grandes genios terminaron en la bebida o el suicidio. Ella propone regresar -en parte, al menos- a esa noción que tenían los romanos, de que el artista trabaja pero sus ideas pueden provenir del geniecillo que lo acompaña, el cual compartiría su éxito así como su fracaso. Ya no estaría obligado a ser un genio, sino que simplemente tendría un genio, tal como los artistas romanos lo tenían.

Encontré el discurso muy elocuente, divertido, y atinado. Primero, echaba por tierra ese prejuicio de que uno debe ser un ser amargado y lleno de fantasmas horribles para poder escribir buenas obras, y segundo, le daba a uno la oportunidad de seguir trabajando aún cuando no se sintiera inflamado de ideas "geniales" para producir "grandes" obras. Ella proponía que, así como a veces el geniecillo de las ideas podía presentarse, en otras ocasiones no lo hacía, y eso no debía impedir nuestro trabajo, ni abrumarnos de preguntas inútiles (¿estaré haciéndolo bien? ¿me rechazarán mi obra? ¿y si no les gusta? ¿y si les gusta, qué hago después?, etc.). Simplemente nos ponemos a trabajar, sostenidamente, produciendo lo que deseamos dar a luz, sin pensar en maravillas ni portentos, confiados en que nuestro geniecillo -o musa- tal vez ya esté presente entre nosotros, o tal vez no quiera confiarnos sus pensamientos.

En nuestro gremio, nos encontramos en medio de la efervescencia de los concursos literarios. Múltiples, de variados temas y tendencias, no sabemos a veces si participar, si no hacerlo, si preferir uno a otro, etc. ¡Tonterías! A escribir, a presentarse en ell "lugar" de trabajo -nuestra computadora-. Y cuando terminemos, revisemos nuestro trabajo sin pretensiones de grandeza ni complejos de culpa. Lo enviamos al certamen que nos parezca adecuado y nos olvidamos de él, para seguir trabajando. Nuestro geniecillo debe ser tenido en cuenta sólo si se presenta. Si no, también nos olvidamos de él y seguimos escribiendo.

¿Quién sabe? En medio de nuestro trabajo, puede presentarse de pronto y susurrarnos al oído la idea que convertirá nuestra obra en referente para futuros escritores. ;)

18 de mayo de 2009

"Mis intenciones con este libro son..."

¡Qué común es esa frasecita! Al parecer, todos los libros de narrativa literaria (sean novelas o colecciones de cuentos o relatos), que se publican hoy en día "pretenden" algo: analizar, desmenuzar, explicar la realidad a través de la ficción. Hacer labor de psicología social, o de sociología, o incluso de análisis psiquiátrico si se quiere. Es muy común leer en la reseña que presenta una nueva novela oraciones como estas: "Este libro pretende analizar la conducta de la sociedad X", "esta novela es una radiografía de las relaciones entre padres e hijos", "esta obra se adentra en un análisis descarnado de la sociedad del siglo...", etc., etc., etc. Ayer, por ejemplo, en una reseña de ese tipo, leí que un autor presentaba su nueva novela, con la que "pretendía alcanzar la filosofía al común de la gente".

Ya nadie cuenta historias. Todo el mundo analiza, desmenuza, estudia, hace uso de rayos X, escanea, diagnostica. Los autores de narrativa son médicos y psiquiatras investigadores, reporteros políticos o sociales, hasta presentadores de noticias. De todo, menos narradores.

¿Qué pasó con aquel impulso creador del que lleva una historia por dentro que busca darle salida? ¿Qué pasó con el arte de crear belleza con la palabra mientras se narraba una historia fascinante o especial? ¿Qué pasó con los narradores? ¿Se extinguieron todos? Es extraño, porque se publican más novelas y cuentos que nunca en la historia de la humanidad, pero parece que ahora ya no son narraciones de historias que merecen contarse porque encierran algo especial, sino que son crudos análisis psicológicos o filosóficos de nuestra sociedad, sea la del pasado, la del presente o -últimamente- la del futuro. Cada palabra que un autor coloca en un párrafo debe ser analizada, sopesada, comparada, diagnosticada. Está puesta ahí porque significa algo más allá de la historia misma. Y así hay que leer la novela o el relato de hoy.

Dicen que alguna vez Miguel de Unamuno dio vuelta a un texto propio, subrayó palabras al azar, y luego dejó que los intelectuales lo analizaran. Nadie sabía de su travesura, por tanto, "encontraron" significados y simbologías en cada palabra subrayada que asombraron al propio Unamuno. Y la única razón por la que las había subrayado era por pasar el rato y tomarles el pelo a los que deseaban encontrar algo más allá de lo contado.

¿Qué pasaría con los reseñistas de hoy si les dijéramos que ninguna novela pretende nada más que contar una historia? Que no hay denuncia, ni análisis, ni diagnóstico, ni nada de eso. Puedo suponerlo: la descartarían como "literatura de puro entretenimiento", en otras palabras, de segunda categoría. ¡Porque -dirán- es preciso realizar un diagnóstico cuasi médico de algo para ser parte de la gran literatura! Por mi parte, no estoy tan segura de que cada "diagnóstico" literario sea automáticamente gran literatura. Entre lo bueno, habrá lo mediocre, lo que repetitivo, lo imitador, y por supuesto, lo cliché. Habrá también lo grandioso, claro está, pero no tanto porque sepa "diagnosticar" o "analizar" sino porque sabrá ser literatura, con todo lo que implica.

Por mi parte, la próxima vez que me siente frente al teclado para escribir, veré si puedo narrar una historia... y nada más.

9 de mayo de 2009

El escritor y su libro...

Hace unos días tuve ocasión de ver una película muy agradable, basada sobre un libro (como suele suceder con las películas mejor sustanciadas), que me recordó historias similares, en concepto o en argumento, llamada Corazón de Tinta. El libro sobre el que se basa, una novela de corte infantil/ juvenil de la escritora Cornelia Funke, según mis referencias, fue publicado hace unos años y ha tenido un notable éxito editorial, lo cual motivó que la autora publicara otras dos novelas ambientadas en el mismo mundo narrativo... (o tal vez ya tenía pensado hacer la trilogía y estaba solamente cruzando los dedos para que la primera diera buenos resultados). El caso es que no he leído ninguno de los libros, por lo que disfruté la película sin ser consciente de sus errores o cambios (siendo consciente de la debilidad actoral de algunos de los participantes, eso sí) y puedo decir que encontré su argumento muy sugestivo. ¿Por qué?

Bueno... se ha comentado muchas veces que el autor es el dios de su universo narrado (o "cantado", tratándose de la poesía), hasta que termina el libro. Una vez terminado, el libro "adquiere" vida propia. Ya no le pertenece. Es independiente. Y habrá un libro por cada lectura que se haga. Es decir, el lector es quien define ese mundo en su lectura muy particular, que no será igual a la de cualquier otro lector, y quien podrá decir que se "apropia" del libro en cuestión.

En algunas historias, los lectores logran saltar a las páginas del libro y ser partícipes de sus acontecimientos, incluso cambiarlos. En otros, básicamente son esenciales para darles forma, como en La historia sin fin, en donde el lector será quien decida el final del libro. De hechos, muchos libros son escritos de tal forma que los lectores puedan decidir los finales posibles, con sólo seleccionar uno de muchos argumentos propuestos. Es un juego interesante, en el cual sigue siendo el lector el que moldea y manipula la historia sugerida por el autor.

En Corazón de Tinta, de nuevo un lector -esta vez con un don especial- define una historia, pero ya no sólo la del libro sino la propia. Mediante su voz, es capaz de convocar cualquier criatura del libro que esté leyendo, con el inconveniente de que enviará al universo del libro a cualquier criatura del mundo real que se halle cerca suyo en el momento en que realiza su lectura.

Hasta ahí, no hay diferencia de esta historia con respecto a las demás. Sin embargo, en algún momento de la trama se hace evidente que el escritor todavía tiene algo que decir. Que en cualquier momento puede volver a apropiarse de su historia e inclusive cambiar el destino de cualquiera de sus personajes. ¿No es una intromisión del autor, aquel que ya por terminado el libro no puede volver a él? Pues yo diría que sí...

En realidad, no creo mucho en la total independencia de nuestras creaciones. Es verdad que una vez que les has dado forma, no puedes cambiarlas, pero puedes deshacer lo que has hecho con sólo crear otra vez. Lo que has escrito en un libro puedes deshacerlo en el siguiente. Puedes reinterpretar lo que alguna vez escribiste y puedes incidir una y otra vez en el mundo que has creado. ¿Que tus lectores se defraudarían? Es posible. Y sólo por respeto al lector -y también por cansancio-los escritores no van por la vida deshaciendo los escritos que los han defraudado. Pero de que podrían, podrían.

Nuestros hijos no dejan de ser nuestros hijos sólo porque se marchan de casa. Y nuestros libros seguirán siendo la marca de nuestra imaginación, pasen los años que pasen, sean leídos por unos cuantos o por millones. El libro se habrá desprendido de nosotros, pero seguirá siendo nuestro por los siglos de los siglos, amén.

De por qué son tan importantes los derechos morales del autor. ;)

25 de abril de 2009

Más escenarios

Bien, aquí vuelvo con el asunto del escenario. Estaba pensando en otros géneros distintos a la fantasía (alta o baja, sea lo que sea lo que eso signifique en realidad) y me se me ocurre que la originalidad es posible en todos los géneros.

En ciencia ficción, por ejemplo, es muy usual imaginarse los escenarios de la space opera, es decir, mundos, galaxias, naves espaciales y hasta lucha entre civilizaciones, o los de otras vertientes del género, como la del clásico futuro oscuro y devastado en que alguna catástrofe ha sumido a la especie humana en una degradación espantosa y el protagonista se encuentra en medio de terrores tecnológicos y desastre ambiental. Otro escenario típico es el del futuro ultra progresista repleto de robots humanoides, ojalá con apariencia totalmente humana, tipo Isaac Asimov, o por supuesto, los futuros cercanos no muy diferentes del presente salvo por pequeños detalles tecnológicos sorprendentes. Pienso que ofrece, en realidad, una gama amplia de posibilidades en cuestión de escenarios y no le aconsejaría a nadie que se angustiara demasiado por la originalidad del escenario en sí. Solo que sea coherente.

En otros géneros, la actualidad se impone, a menos que sea narrativa histórica. Esta última dispone de unos 5000 años de historia humana en miles de escenarios posibles. Quien quiera escribir narrativa histórica no tiene excusa en cuanto a la originalidad de los escenarios. ¡Abundan! En este caso, creo, la originalidad no estará tanto en el escenario escogido sino más bien en la interacción del argumento y los personajes con ese escenario.

La clásica novela latinoamericana posee obsesión casi compulsiva por las barriadas pobres, los círculos de violencia y las dictaduras históricas. Escribir en Latinoamérica una historia de gente marginada o en medio de degradación social no tiene nada de original. El escenario es ultra-repetitivo y lo único que puedo decir al respecto es que todo escritor que desee emprender esta misión debe cuidar mucho los detalles de su argumento en particular y de sus personajes, pues el escenario le aportaría poco en materia de originalidad. La tentación de copiar a los grandes de la literatura latinoamericana también es muy fuerte, así que es aún más imperativo cuidar hasta el mínimo detalle de historias así.

Aparte de esta marca regional, en la novela realista o dramática del presente abundan las posibilidades de escenarios originales, sea una ciudad, un avión, una estación de tren, un aeropuerto, una montaña, un monasterio, etc., etc., etc. Como se plantee puede determinar una marca del autor, su unicidad, su aporte personal... o que no se destaque entre la abundancia de historias de esta naturaleza.

Habrá historias enteras que transcurran en un cuarto, o dramas extraordinarios en el Cielo y en el Infierno. Hay historias que se desarrollan entre el mercado y la estación del autobús, las que corren por todo el mundo, de continente en continente, o las que se deslizan en medio de un desierto o una pradera. En mundos lejanos, en pasados hitóricos, en futuros imposibles. ¿No es grandiosa la magia que el escenario solo puede ejercer en nosotros? Puede incluso determinar algo tan simple como que un lector cualquiera desee seguir leyendo... o abandonar el libro.

8 de abril de 2009

Escenarios fantásticos

Continuando con el tema de los escenarios, voy a detenerme un poco en la fantasía. Después de todo, la fantasía se ha puesto de moda en estos tiempos, gracias a la irrupción del fenómeno Harry Potter y por supuesto al estruendoso éxito de la trilogía cinematográfica de El Señor de los Anillos. Ahora nos vemos rodeados de películas de corte fantástico todos los años, la mayoría de ellas basadas en libros que permanecieron casi en el "olvido" mediático por años o que son nuevas entregas con aspiraciones de fama. En este sentido, en un extremo tenemos Las Crónicas de Narnia y La Brújula Dorada (de La Materia Oscura) y en el otro Eragon y Crepúsculo.

A mí me fascina la fantasía y mucho de mi material de escritura tiene que ver con ella, tanto como con la ciencia ficción. Me gusta la fantasía épica al igual que la de espada y brujería o la llamada "baja" fantasía. Y me gusta también la variedad de títulos que podemos hallar hoy, a diferencia de otras épocas más dominadas por otras corrientes.

Con la abundancia viene, sin embargo, la repetición. Y volvemos a caer en los manidos temas de la originalidad y la copia y esa necesidad de destacar por entre los demás. En Sedice.com han corrido hilos con temas relacionados y una de las preguntas reiteradas es ¿cómo se puede ser original en fantasía? Dejemos de lado un momento los temas y los personajes, que ya hemos considerado harto número de veces la problemática de la originalidad en relación con ellos. Centrémonos en los escenarios.

¿Escenarios originales? Bueno, ese es un punto. Tomando en cuenta mis propios apuntes sobre la originalidad y el justo valor que creo que debe tener, no debería ser imposible lograr la creación de obras fantásticas basadas en escenarios originales. Así que pensemos: ¿Qué sería original en fantasía?

Primero debemos pensar qué es regular en fantasía. Es fácil. Sin magia, no hay fantasía. La magia es un elemento esencial a la fantasía, tanto como la ciencia especulativa lo es en ciencia ficción. ¿Dónde se desarrolla esa magia? En un mundo ficticio, supongamos. Estaríamos hablando de fantasía épica o "alta" fantasía. Y nos encontramos con el cuadro típico: reinos de corte medieval, con caballeros armados con espadas refulgentes, reyes y reinas, brujos en la corte, enanos, elfos y ogros combatiendo en ríos y montañas cubiertas de espesa vegetación o coronadas de nieve. El escenario suele estar basado en la Europa de los siglos VI al XV, aunque sea ficticio, siguiendo entonces la tradición de El Señor de los Anillos.

¿Qué sería original? Pues las propuestas han llovido (y algunos escritores las han tenido en cuenta): ¿Por qué no basar la historia sobre el fondo de una civilización inspirada en la Grecia clásica? (nuestro amigo Francisco tiene un magnífico ejemplo con su saga La Cólera de Nébulos, en ese sentido) O en la India de los rajás, o en la China de las dinastías imperiales, o en los imperios amerindios como el Inca o el Azteca, o en la Rusia zarista del siglo XVIII. Otras propuestas derivaron hacia un escenario inspirado en el Egipto faraónico, en la Persia de los zoroastristas o en las antiguas civilizaciones mesopotámicas.

Los lugares cambian. Ya no se combate en las montañas nevadas, sino en los desiertos salpicados de oasis. O en las orillas del mar o en el mar mismo. Un mundo inspirado en la cultura árabe no podría nunca ser igual a la Tierra Media por la que transitan Frodo y sus amigos.

¿Y qué podemos decir de la "baja" fantasía? ¿No es usual que los magos y los vampiros siempre corren sus aventuras en ciudades inglesas o norteamericanas? ¿Por qué debemos pensar que un duende aparecerá siempre en los bosques de Alemania? ¿Por qué no fundar una fantasía en nuestro mundo pero ubicado dentro de las tradiciones de México, de Perú o la pampa argentina? Recuerdo las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Solían suceder sobre suelo español. Ser original implicaría alejarnos de la brujería típica de las culturas anglosajonas y adentrarnos en las posibilidades que nos ofrecen otros pueblos que habitan nuestro mundo.

¿Se puede ser original y único a la vez? Sí, claro. Y aún me atrevo a pensar que puedes escoger un escenario tradicional y crear al mismo tiempo una historia única, original en sí misma, que pueda destacar entre las demás. Porque la originalidad del escenario no garantiza la originalidad de la historia, ni el sello propio de un escritor diferente, aunque mucho ayude.

3 de abril de 2009

Los escenarios

Aunque lo parezca, no me propongo hablar del teatro. Me encanta el teatro, pero tan sólo soy una simple espectadora. El trabajo y la preparación que conlleva una obra teatral, su puesta en escena y su estreno son oscuros misterios para mí, por lo que no me adentraré en semejante territorio.

Cuando hablo de "escenarios" me refiero al telón de fondo que usamos en la narrativa.

Puede parecer poco importante, pero no lo es. El escenario de una historia no es un simple decorado para que se "vea" bien. Es esencial al desarrollo de la narración: le confiere verosimilitud, coherencia, razón de ser. Sin él, nuestra historia carece de sentido, no tiene norte ni causa. Es un esqueleto.

¿Que hay historias cuyo escenario parece un decorado insustancial? Por supuesto. Por eso se las considera de mala calidad. Una historia donde el escenario es tan sólo un decorado sin sustancia comienza mal y no puede terminar bien. Y no confundamos: el escenario puede ser un telón blanco sin objetos. Ese solo hecho determinará qué tipo de historia estamos narrando y hacia dónde se dirigen o de dónde surgen las acciones.

A veces, incluso, el escenario es tan importante que él mismo se convierte en un personaje más. Se dice que Macondo cumple una función parecida en el drama de Cien Años de Soledad. A mí no me consta, pues no la he leído, pero sí puedo afirmar que oír hablar de Macondo como si fuera real la ha convertido en un verdadero personaje de la crítica literaria. De todas formas, sin ir tan lejos, y usando un ejemplo que conozoco bien, puedo afirmar que no concebiríamos El Señor de los Anillos sin su descripción vívida de la Tierra Media. La misión de Frodo carece de sentido si no comprendemos el profundo significado vital que representa salvaguardar la Comarca. Soy Leyenda carecería de sustancia sin la casa solitaria de Robert Neville en medio de un residencial de clase media deteriorado y semi destruido. El Fin de la Infancia estaría incompleto sin el viaje iluminador de Jan Rodricks a través de la galaxia. Y La Metamofosis de Kafka no tendría el mismo impacto sin el entorno absolutamente ordinario en el que vive su sufrido protagonista.

El escenario marca entonces una diferencia mayor entre una obra literaria y otra. Entre una narración de signficados múltiples y una sin relevancia. Entre un libro exitoso y otro que resulte un fracaso.

No sólo los temas y los personajes pueden marcar una diferencia en nuestro libro, ni sólo lo hará el estilo propio, único, de nuestra escritura. Ese "decorado" que rodea nuestra historia puede llevarnos al éxito o al más desconsolador fracaso...

28 de marzo de 2009

Originalidad y unicidad

En otra entrada mencioné el asunto de la originalidad en las obras literarias (¿Debemos satisfacer al lector?). Es un problema recurrente, pienso, en el mundo del escritor de hoy (y lo fue del de ayer). Hemos oído tantas veces "¡todo está inventado!" que casi nos hemos resignado a aceptarlo como una verdad irrefutable y pensamos que estamos obligados a reciclar una y otra vez las mismas fórmulas, tanto en el argumento, como en los personajes o en otros aspectos de las obras narrativas.

Desde mi humilde punto de vista, ni la originalidad es tan vital ni tampoco todo está inventado. Me explico: decir que no puede inventarse ya nada es como detener el pensamiento. Somos seres creativos, inventores por naturaleza propia. Cada día, algo nuevo nos sorprende, porque cada día algo nuevo aprendemos. Decir que lo hemos hecho todo es tan iluso como decir que lo sabemos todo. Así que, por principio, acepto la idea -y la sostengo- de que la originalidad es posible hoy en día como lo fue hace veinte años o veinte siglos.

Luego, eso de que ser original es un requisito sine qua non de las obras literarias, es absurdo también. La originalidad ha sido sobrevalorada en nuestro mundo actual. En estos días, si un artista -sea de lo que sea, música, pintura o escritura- no es original, ¡está acabado! Pero, ¡por favor! ¿Desde cuándo nuestras grandes obras fueron todas 100% originales? Muchos de los clásicos fueron formulaciones hermosas de viejas historias, de leyendas, de cuentos que circulaban por ahí. Diez pintores pintaban la misma escena de la "Asunción", por ejemplo, y ninguno de ellos era tachado de poco original. Se apreciaba su obra en lo que cabía apreciar: en su unicidad.

Que ser original y ser único no es lo mismo. Supongo que todas las obras originales serán únicas en el momento en que son innovadoras, pero las obras únicas no necesariamente habrán sido originales. Simplemente tendrán un sello especial que las hace irrepetibles. Y creo que mucho de lo que apreciamos en las obras literarias es ese sello especial, esté basado en la originalidad o no, pues muchas obras originales -y que son realmente originales- ni siquiera son interesantes.

¿Qué hace única a una obra? Tendremos que fijarnos en una suma de muchos elementos. El lenguaje, los personajes, la interacción de esos personajes, el tipo de narración escogido, la coherencia interna de la historia, las ideas subyacentes, si motiva a la reflexión, al éxtasis, al enojo o a una simple contemplación, si invita al lector una y otra vez, si en cada lectura nueva el lector encuentra nuevas ideas, nuevas reflexiones o nuevas vivencias... Es tanto. Y no he mencionado la originalidad. Por supuesto, si es original y a la vez único, ¡eureka!, tenemos un clásico.

No descarto la originalidad como un fin apreciable por un escritor, ni mucho menos. La valoro siempre, pues en nuestros días la copia es tan abundante, la imitación tan frecuente, que algo original se torna refrescante. Creo que podemos intentar ser originales mientras buscamos la manera de crear obras únicas. Y en esa medida es que debemos otorgarle importancia.

Hemos charlado sobre los personajes y sobre los temas. Hemos descubierto que no hay mucha originalidad, aunque sí gran capacidad de unicidad. ¿Qué ocurre con los escenarios?

De esto hablaré la próxima... :)

Un premio angelical

Nébulos, el supremo Eterno de La Cólera de Nébulos ha otorgado un premio angelical a este humilde blog terrenal y se lo agradecemos de todo corazón, sintiéndonos muy honrados. :)



Se llama el premio del Blog Ángel:



Cuatro son las reglas de la distinción o premio Blog Ángel:
1º.-Exhibir la imagen del sello.
2º.-Poner el enlace de la persona que te lo ha regalado.
3º.-Elegir 6 personas para pasárselo.
4º.- Escribirles un mensaje en su blog para que se enteren de su premio.




Pues he recurrido a los interesantísimos blogs que suelo visitar y que ya he mencionado con anterioridad:

La Alacena
Proyecto de Escritora
Crónicas de Drashur
A Young Knight Travel
Nudo de Piedras
Letras para Soñar

¡A disfrutarlos!

18 de marzo de 2009

Escritoras y literatura femenina

Pasó el 8 de marzo y se hicieron foros, se publicaron reflexiones entorno a la condición de la mujer en el mundo, y otras actividades por el estilo. Resultó obvio que mucho queda por hacer todavía si queremos ver una verdadera igualdad de sexos, en cuanto a dignidad y en cuanto a derechos, y en tiempos como estos, de recesión económica, las mujeres vuelven a ser el grupo que más pierde. Sin embargo, no podemos negar que ha habido ámbitos en que se pueden notar algunos progresos, especialmente en nuestros países occidentales (incluyo a Latinoamérica en la partida).

Pienso en las escritoras y en la llamada literatura "femenina". Sabemos que las escritoras han tenido su parte en la lucha por la igualdad. Que durante años se consideró demasiado masculino el arte de escribir y que una mujer que se dedicara a ello era porque tenía alma (o estomágo, según la versión) de hombre. Es decir, no era realmente una mujer. Muchas, incluso, se disfrazaron detrás de seudónimos masculinos o detrás del nombre de sus maridos para poder ver sus obras publicadas (horror de horrores) y otras arriesgaron su nombre exponiéndolo. En algunos géneros literarios ni siquiera se considera "vendible" un libro escrito por una mujer y publicado como tal. Y también sabemos cómo se dibuja el estereotipo de la escritora (que suele ser considerada como una mujer fea- el mayor pecado que una mujer puede cometer, según la ideología machista).

Sin embargo, hoy en día florecen las escritoras, ganan dinero, reputación y hasta premios. Ya no parece haber distingos de género literario. Ni parece existir ese prejuicio de literatura "femenina". Buenas noticias. Claro que aún no conseguimos esa igualdad, pero nos hemos acercado mucho.

Ahora bien, ¿existe la literatura femenina? ¿Cuáles son sus rasgos? ¿Es fácilmente distinguible? ¿Podría un hombre escribirla?

Yo me inclino a pensar que no existe en el estricto sentido de un tipo de literatura. Me parece más bien una colección de prejuicios sobre lo que les gusta a las mujeres y lo que ellas esperan hallar en los libros que leen. Por ejemplo, la literatura "femenina" suele ser romántica. Suele tener una mujer protagonista envuelta en un lío sentimental que hace llorar. O demasiadas preocupaciones sobre los sentimientos en general. Si hay sexo, está envuelto en el amor y el cortejo. Y por supuesto, está exenta de violencia. (Ojo: no critico la literatura romántica -la que cuenta historias de amor-. Cuenta con tantas obras maestras como los otros géneros literarios. Lo que critico es cierto tipo de literatura romántica escrito específicamente para mujeres).

¿Existe ese tipo de literatura? Naturalmente que sí. Y no siempre fue escrita por las mujeres mismas, aunque el nombre "femenino" podría indicarlo. Pueden ser novelas o poesía, pero tienen esa tónica. Supongo que la razón de su existencia radica en la educación que recibían las mujeres en las sociedades occidentales del siglo XIX y principios del XX. Se las hacía así y por eso leían ese tipo de escritura. No porque la mujer sea así o necesite eso, sino porque la mujer de esa época fue educada así y esos fueron sus gustos formados.

Sin embargo, afortunadamente debo decir, siempre hubo quien no se resignó a entrar en los moldes y surgieron escritoras que fueron más allá de estos prejuicios decimonónicos. Se atrevieron a ahondar en sus escritos, a ir más allá de los estereotipos e incluso incursionaron en literatura considerada "masculina" (como la ciencia ficción, la criminológica y la de denuncia social dramática). A ellas hemos de agradecer que se fuera diluyendo el término "literatura femenina" para referirse a una especie de escritura de segunda categoría y se aceptara que las escritoras tienen su lugar bien asentado en el marco de la literatura universal.

Por tanto, a ellas... Muchas Gracias.

13 de marzo de 2009

Otro premio ¡estamos de plácemes!

Pues hace un par de semanas, Anne, de Luz de Luna, tuvo la gentileza de engalanar este blog con este otro premio:


¡Le agradecemos de corazón el regalo!
He aquí las reglas del premio:
1. Exhibir la imagen del premio "Olha que blog Maneiro"
2. Poner el nombre del blog que te lo dio.
3. Indicar 10 blogs preferidos.
4. Avisar a los indicados.
5. Publicar las reglas
Siguiendo, pues, estas indicaciones, enlisto 10 blogs que me parecen interesantes, originales en su tono, muy bien llevados (Me temo que me repetiré del mensaje anterior, pues no ha pasado mucho tiempo desde entonces):
Hago mención del blog de Javier Illán, La Alacena, que es tremendamente original y que había quedado por fuera antes.
De nuevo, por supuesto, recomiendo visitarlos. :)

1 de marzo de 2009

¡Nos engalanaron con premios!

Esta vez Belén, desde El Club de Lectura nos ha honrado con dos premios:

El Premio Dardo:
«Con él se reconocen los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personales, etc..., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras».



Reglas:
1- Aceptar, hacer que el Logo sea visible, respetar las reglas.
2- Hacer un link al Blog que te ha premiado.
3- Premiar otros 15 blog y avisarles.


Y el Premio Blog de Oro:

Reglas:

1- Aceptar, hacer que el Logo sea visible, respetar las reglas.
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Bien, aquí viene la parte difícil, pues premiar a 15 blogs por su contenido interesante, valioso, y hasta original, que fueron los criterios que me propuse, no resulta tarea de un momento. Afortunadamente, he visitado a algunos colegas a lo largo del tiempo, y creo que puedo nombrarlos sin equivocarme.


Aquí van mis escogidos para los premios Dardo y Blog de Oro:


El Trasgu Probabilista
Sevilla Escribe
Fran Otanaya
Fantástica Literatura
Proyecto de Escritora
Antonia Romero
Pinceladas de lo Desconocido
La Cólera de Nébulos
Crónicas de Drashur
A Young Knight Travel
Nudo de Piedras
Letras para Soñar
Pedro Camacho
La Sombra de Grumm
Diario Druida


¡Disfrútenlos!

21 de febrero de 2009

¿Quién escribe el mejor "best seller"?

Este sería el título de un nuevo concurso de escritura que podría lanzar en los próximos meses. No más concursos "literarios", por favor. Que sean concursos de escritura. El mejor adaptador de argumentos preestablecidos se lleva el trofeo. Y sin preocupación para la editorial: sus ventas estarán garantizadas.

¿Estoy hablando con dejos de amargura? No, para nada. No he participado en ninguno desde hace tiempo, pues decidí no involucrarme con certámenes literarios a menos que tuviera a mano algún escrito que se ajustara y quisiera darle una oportunidad. Pero viendo los últimos triunfos de concursos populares, he llegado a la conclusión de que ni siquiera valdría la pena. Los argumentos archiconocidos que inundan las librerías ya llegaron a los premios literarios. No importa si es un drama que "analiza" la vida y milagros de un dictador o de una dictadura o de una ola de secuestros, o si es un complot mundial que indaga en misterios históricos -o prehistóricos, da igual- tipo Dan Brown, o si es una terrible historia de amor y sexo que siempre -siempre- termina con la separación de los amantes, ¡se lleva el trofeo!

Mi única objeción es el nombre de estos cértamenes. ¿Para qué llamarlos Premio Literario o Certamen Literario o algo así? Sería más justo que pusieran a disposición de los concursantes los argumentos que quieren publicar y el que mejor lo acomode, ese gana.

Podríamos hacerlo en privado. Propondríamos argumentos tipo Dan Brown o Michael Crichton o John Grisham o Paulo Coelho o algo por el estilo y que los participantes desplieguen sus oficios del buen escribir. ¡Tendríamos un seguro ganador!

Los demás, los que quieren escribir argumentos originales o diferentes, que no pierdan el tiempo con certámenes y que escojan el largo camino de encontrar algún editor arriesgado que quiera publicar sus obras. ;)

13 de febrero de 2009

¿Debemos satisfacer al lector?

Vagando por Sedice.com me topé con una conversación interesante. Alguien preguntaba qué buscaba el lector en los libros de fantasía (contemporánea). Con miras, claro está, a intentar incorporar las respuestas en la confección futura de los libros. Y le llegaron las respuestas de varios participantes. Que fuera fantasía épica, que tuviera dragones, que no los tuviera, que fuera original, que inventara personajes totalmente nuevos, que no, que sí, etc. Tantas opiniones como lectores, aunque si no recuerdo mal, una de las características más apreciadas era la originalidad del texto.

Y bien pensado, la esperanza de hallar originalidad en un texto, sea de fantasía o de cualquier otro género literario, nos lleva a una especie de contrasentido: buscando satisfacer al lector potencial de nuestros escritos nos vemos en la necesidad de sorprenderlo, pues si le damos lo que ya sabemos que le gusta, puede acusarnos de no ser originales y por tanto, nos exponemos al rechazo. Si intentamos sorprenderlo, con originalidad, puede que no le gustemos, pues no hallará lo que busca. ¿No resulta, entonces, una fórmula frustrante?

Llegados a este punto: ¿es un deber moral del autor (creativo) satisfacer al lector potencial? ¿Debemos crear historias que agraden a los lectores, que les haga sentir que encontraron lo que buscaban? Si es así, ¿cómo suponer que somos originales si seguimos las pautas de sus gustos?

Me detengo un momento en el "deber de gustar". ¿Existe? Yo diría que sí, en un sentido complejo. No se trata de crear una obra que simplemente entretenga al lector. Podemos hacerlo, claro está. Pero la satisfacción del lector va más allá, me parece, que el simple entretenimiento. Es cuando nos detenemos a pensar sobre qué busca el ser humano en el arte, en general. No busca sólo una emoción pasajera, aunque pueda incluirla en sus expectativas, sino algo más, algo que lo llene, que lo perturbe, que lo asombre, que lo afecte emocionalmente, que lo haga soñar, o reflexionar, o actuar incluso. El arte conmueve. Y la literatura, en tanto arte, crea el mismo escenario.

Entonces, ¿qué busca el lector en cualquier obra literaria? Cuando todos decimos "¡originalidad!" creo suponer que deseamos ser sorprendidos, conmovidos, emocionados, involucrados. Mucho más que entretenidos, puestos al caso.

Desde ese punto de vista, entonces sí, es nuestro deber moral como autores creativos alcanzar ese objetivo. Pero al mismo tiempo, y precisamente en cumplimiento del "deber moral", deberíamos mirar más allá de lo que la gente "pide" y concebir según nuestra inspiración otras ideas, otras historias.

¿Cómo hacerlo? No parece que sea tan inalcanzable. ¿Es que acaso no somos lectores nosotros también?

6 de febrero de 2009

¿Influye mi edad, mi ocupación...?

Me refiero al diseño de los personajes. Sí, todavía estoy desmenuzando los personajes literarios. Es que me parece que constituyen uno de los problemas más recurrentes en nuestra elaboración de historias verosímiles e interesantes.

Regresando al punto, me preguntaba el otro día si nos dejamos influir por nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión a la hora de diseñar a nuestros personajes principales. Tal vez en un número interesante de casos así sea. Y tal vez sea lógico.

En estos días estoy leyendo -muy poco a poco, porque el tiempo ya no me sobra como en los dorados días de mis años universitarios- un best seller de un autor típico: The Broker, de John Grisham. Me lo regaló mi hermano en Navidad y estoy con él desde entonces. No conozco en general la obra de Grisham. Tan sólo recuerdo que vi alguna vez, en el cine, la adaptación de The Firm (con Tom Cruise) y no me pareció la gran cosa. Hasta el momento, el nuevo libro tampoco me lo parece, pero al menos está entretenido. Sin embargo, no iban por ese camino mis reflexiones, sino sobre el personaje principal: Joel Backman. Él es el broker del título, y aunque la palabra "broker" se refiere normalmente a los corredores de bolsa, podríamos decir que en este caso sería más bien un "jugador" de alto nivel. Backman es abogado. Igual que Grisham. Y si mal no recuerdo, el personaje principal de The Firm también lo era. De hecho, los villanos también. ¿Será que Grisham sólo escribe sobre abogados? Tengo la impresión de que uno de sus personajes principales en A Time to Kill también es abogado. No la he leído pero vi los prólogos de la adaptación cinematográfica (tampoco vi la película). El punto es que Grisham vuelve una y otra vez con abogados.

Me paré a pensar y me dije: ¿tengo la misma tendencia? ¿Mis protagonistas suelen ser mujeres, en sus treintas, con vocación literaria? Cuando me puse a repasar mi historial, me di cuenta de que no. Había variedad. Y sentí alivio. Luego me pregunté si era legítimo sentir "alivio". ¿Tan malo es ser reiterativo con los protagonistas? Pues yo diría que no es muy imaginativo, aunque si las historias que uno traza se ajustan a ese tipo de protagonista, sería necesario. Después de todo, si estoy escribiendo sobre una drama familiar, será más natural adoptar el punto de vista que mejor uno conoce. Por ejemplo, si soy mujer joven, mi mejor conocimiento sería el de una mujer joven. Por otro lado, ¿no estoy siendo demasiado cómoda? ¿Es una muestra de falta de imaginación o de excesivo comfort? ¿Es preciso ajustarse a realidades conocidas para poder andar sobre seguro?

Tiendo a pensar que se trata de un movimiento cómodo. No hay desafío ni gran esfuerzo de imaginación. Ponerse en los zapatos del otro es una acción que requiere trabajo, estudio, fuerte reflexión. Para mí es más sencillo diseñar un protagonista afín a mi edad, mi sexo o mi ocupación que alguien ajeno a mi realidad. Los abogados son fáciles para John Grisham. No es de extrañar que pueda publicar un libro cada año o cada dos años.

¿Proponerse un desafío? Tal vez. Si lo requiere. No caer presa del facilismo ni del conformismo. Ser innovador, al menos para con uno mismo. Lo que no significa que deba siempre negarme la posibilidad de dibujar en el papel una semblanza de una realidad que conozco bien...

Reflejar realidades familiares... o ajenas. Dejo el reto planteado.

27 de enero de 2009

La "chica"

Este personaje reviste de un especial interés para mí, por una razón obvia: compartimos el sexo. No, no el género, que no soy parte de la gramática, sino el sexo, ya que ella y yo pertenecemos al mismo. Y no he visto que las "chicas" de las historias tradicionales o no tan tradicionales hayan sido muy bien tratadas. Casi ninguna es la protagonista -a excepción de las novelas románticas- y casi todas arrastran una serie de prejuicios muy bien asentados en las mentes lectoras.

Empecemos con la "chica" clásica. Suele ser la heroína de la narración, entendiéndose "heroína" como la compañera del héroe, no como una "héroe" femenina. Es comparable a las definiciones -tan abundantes- en el diccionario de "panadera", "molinera", "alcaldesa", etc., que siempre incluían "esposa del panadero", "esposa del molinero", "esposa del alcalde", y demás. Es decir, la mujer es en función del hombre a quien acompaña. En este caso, la "heroína" no es la que salva el día, sino la pareja del héroe. No suele ser la esposa, pues las esposas han sido tradicionalmente muy degradadas en la literatura -de hecho, son virtualmente inexistentes, a menos que sean infieles-, sino la Dulcinea, la chica soñada, la mujer trofeo a alcanzar. La princesa, pues. Esa es la "chica" tradicional.

Siendo un personaje tan secundario, tan funcional para el héroe, no suele ser muy complejo ni interesante. Suele ser joven -¡por supuesto!-, hermosa, discreta -¡casi no habla!- y delicada. Llora fácilmente, pero puede ser muy digna. Casi siempre es lo suficientemente idiota como para necesitar que la rescaten. A veces el héroe lo logra. A veces no. Da igual. Su figura es más simbólica que real, de todas formas.

La "chica" moderna ha sufrido, sin embargo, algunos cambios en la literatura de hoy. Aunque sigue siendo ostensiblemente inferior en importancia al "héroe", suele tener más personalidad. Es comprensible, pues una gran parte del público lector son mujeres y las de hoy tenemos expectativas más altas de nosotras mismas que las de antaño. Una mujer que gime todo el tiempo y aguarda a ser rescatada ya no es atractiva para nosotras (puede cansarnos de verdad) y sospecho que tampoco lo es para los hombres modernos, más acostumbrados a mujeres aguerridas, que pasan a la acción y que no esperan el rescate sin luchar. Entonces, vemos que las "chicas" de las nuevas narraciones corren, escapan, disparan, lanzan granadas, lanzan hechizos portentosos, descubren materiales increíbles, penetran los códigos secretos de computadores enemigos, se arrojan desde aviones en vuelo, etc. Es decir, hacen todo aquello que antes estaba reservado a los héroes masculinos. Sin embargo, al final, lo suelen hacer detrás del héroe. Éste es quien está encargado de pensar, la mayor parte del tiempo.

Y entonces, allí tenemos: la chica sigue siendo la chica. No es la heroína, no es la protagonista. Es la chica. Por más que corra, vuele o dispare, seguirá dependiendo del héroe en todo momento para sobrevivir en la historia... (-Claro que exceptué las novelas románticas, pero no tiene mérito, pues tradicionalmente se ha supuesto que en el campo del amor es en donde las mujeres mejor se desempeñan. Así que, si en las novelas románticas siguen siendo las protagonistas es porque siempre lo han sido-). Mención aparte merecen las novelas más crudas o realistas, en donde hombres y mujeres comparten dramas tremendos sin distingos. Sin embargo, aunque en este caso los personajes femeninos no suelen estar tan enmarcados dentro de lo cliché, sigue habiendo una preponderancia agobiante del protagonista masculino.

¿Todo está perdido para la auténtica heroína? No, claro. En el horizonte han aparecido nuevas narraciones -no románticas- en las que las mujeres dejan de ser "la chica" y se convierten en auténticos motores de la acción y el desarrollo del argumento. Tal vez, entonces, con mayor abundancia de este tipo de historias, podamos conocer nuevos personajes, más complejos, más interesantes, que sin caer en el drama real o en el romántico clásico, nos permita identificarnos con un personaje femenino desprovisto de prejuicios.

16 de enero de 2009

El héroe

Siguiendo con el tema anterior, no podíamos dejar de mencionar al héroe en todas nuestras reflexiones sobre los componentes de la literatura. El héroe es casi siempre, sino siempre, el elemento alrededor del cual giran todas las historias.

¿Qué es un héroe?, deberíamos preguntarnos.

Bueno, si pensamos en héroes estrictamente hablando podemos imaginar a alguien como el piloto que salvó ayer a su tripulación y a todos sus pasajeros en el incidente del avión que se estrelló en el río Hudson. Pasó alrededor de las 3:30 p.m. de la manera más inesperada posible. Un hombre común, el piloto de un avión, ve que su avión ha chocado con una bandada de aves, pierde sus dos motores y se ve obligado a aterrizar de emergencia. Pero como no puede hacerlo sobre la ciudad de Nueva York, se desliza hacia el Río Hudson, en una maniobra que en la mayoría de los casos habría terminado en tragedia. Sí, prácticamente todos los pilotos expertos consultados estuvieron de acuerdo: acuatizar casi siempre desemboca en muerte y destrucción. Pero este hombre no sólo acuatizó, sino que lo hizo de manera que el avión no se despedazara, ni siquiera explotara. Todos los ocupantes del avión salieron casi ilesos, fueron rescatados en cuestión de minutos y puestos en tierra en menos de lo que uno se imaginaría.

Eso es un héroe. Pero supongo que no literario.

Bueno, un héroe literario puede ser alguien como el piloto en cuestión. Un héroe real, auténtico, alguien que arriesga todo por salvar a otros, sin pestañear. Y muchas historias se centran alrededor de las andanzas de personajes con esas características. Pero creo que en los últimos años, el "héroe" ha pasado a ser sinónimo de "protagonista", aunque no tenga ninguna de las prendas que caracterizan a un héroe real.

El héroe típico suele ser un personaje de estatura moral impecable, valor incuestionable y voluntad de sacrificio intacta. El héroe literario clásico es por tanto sinónimo de héroe real. Será poderoso, inclusive contará con herramientas insospechadas y llevará a cabo su misión, cueste lo que cueste. Puede que muera al final, o puede que no. Si muere, será una memorable tragedia. Si no, un final feliz. Y nadie dudará que héroe y "bueno" serán sinónimos.

Nuestra época cínica y descreída, sin embargo, ha desprestigiado estos héroes literarios perfectos, aunque siga amando y alabando a los que existan en la vida real (y añorándolos, también, seamos honestos). Ahora se nos exige un protagonista cada vez menos heroico, cada vez más prosaico, incluso oscuro o malvado, incluso cuestionable desde el punto de vista moral. Si termina mal -que casi siempre ocurre- o bien -si se le puede llamar "bien" a finales en los que no termina muerto o mutilado- tampoco importa mucho, siempre y cuando sea "creíble". Y es que se teme caer en el terrible estereotipo.

Pero en ese afán por evitar el estereotipo, ¿no estaremos forjando un nuevo "héroe" estereotípico? ¿Uno que siempre será antiheroico? ¿No se ha generado entre los escritores actuales una obsesión porque nuestros protagonistas sean lo menos heroicos posibles? ¿No estaremos exagerando? Después de todo, ¿no necesitamos todos, en el fondo, que sigan existiendo los verdaderos héroes? En ese caso, ¿cómo calzar un héroe verdadero con un protagonista "real"?

Tarea para mañana, como diría el profesor de turno.

9 de enero de 2009

Algunas reflexiones sobre los estereotipos...

De un tiempo para acá me entretuve en comentar diferentes aspectos del proceso de escritura creativa. Primero me involucré con los "grandes" temas de la literatura, tales como el Amor, el Destino y la Muerte, es decir, esos temas que se repiten de forma constante y sostenida en todas las obras literarias, sean clásicas o modernas, ligeras o profundas, alabadas o despreciadas. Y son grandes porque son ricos, inmensamente explotables, moldeables al máximo, y siempre combinables.

Luego de los Temas, me entretuve en los personajes. Sólo atisbé en dos (hasta el momento): el "malo" y el "bueno". Y me propuse continuar con otros más. Pero he aquí que en un comentario, Teo Palacios me preguntó cuándo seguiría con los "estereotipos" y me dejó pensando en ello. ¿Estereotipos? ¿Yo estaba genuinamente hablando de "estereotipos"?

Y caí en la cuenta de que sí. El "malo" y el "bueno", así considerados, son estereotipos.

En la Wikipedia, encontramos que "estereotipo" corresponde a un personaje o situación predecible. Sus características son fijas y reiteradas, por lo que siempre esperaremos que se comporte de la misma forma y piense algo parecido. Por tanto, un "malo", tal como estábamos charlando, suele corresponder con un tipo oscuro, de muy malas intenciones, cuyos orígenes son inciertos o injustificados, y hasta suele reírse de forma particular. Esos son los "malos" estereotípicos, los que ya nos cansan, los que han debido evolucionar en seres mucho más complejos, impredecibles, incluso fascinantes.

Ahora bien, al igual que Grandes Temas, hay grandes figuras de personajes en la literatura universal. Pensemos en el héroe, el antihéroe, el mago o consejero, el tonto o bufón, la princesa o dama en apuros, etc. ¿Son ellos también estereotipos? Supongo que vistos de pronto, sin más análisis, podríamos admitirlo. Pero también, si ahondamos en el tema, podremos descubrir al arquetipo más allá de la figura.

En alguna otra entrada, hablando a propósito de los personajes complejos y los planos, rozamos el problema del estereotipo. Éste es un concepto negativo, y un personaje tipo o típico es en realidad la materialización literaria de estereotipos sociales o culturales. O sea, que son la misma cosa. Los arquetipos, en cambio, serían algo muy diferente. Son modelos ideales, por tanto, positivos. Pero modelos, al fin y al cabo. Lo que nos llevaría a un problema: ¿Cuándo tu "bueno" es el héroe arquetípico y cuándo se ha transformado en el héroe estereotipado? ¿En qué momento quisiste dibujar un sabio consejero ideal y te salió un personaje acartonado y predecible? ¿Es saludable seguir el arquetipo o es un riesgo certero de caer en el estereotipo? ¿Dependerá de la historia, del escenario o es independiente?

De momento, dejo colgada la pregunta.

3 de enero de 2009

Actividad literaria del 2008

Bien, ya entrados al 2009, toca, como siempre, hacer recuento de la actividad literaria propia del año transcurrido. ¿Avancé? ¿Me estanqué? ¿Retrocedí?

En realidad, no estuvo tan mal como al principio hubiera podido pensar. Cierto que Momento Crucial, el relato con el que participé en la VII edición del certamen Tierra de Leyendas del portal Sedice.com, fue escrito en el 2007, se puede considerar como un buen momento del 2008 (obtuvo el 13vo. lugar de entre 72 relatos), pues el resultado final se dio en marzo.

Asímismo, aunque escribí la segunda parte de mi trilogía A Través del Portal hace años y la revisé durante el 2007, la verdad es que llegué a publicarla en el 2008: Visiones vio la luz el 10 de abril. Durante los siguientes meses, dos relatos (escritos durante el año anterior) se vieron favorecidos en dos procesos selectivos de la AEFCFT. Uno, Por siempre otro, ya había sido publicado en NGC 3660 y luego en Por siempre otro y otros relatos, pero en el 2008 coronó otro éxito: ser seleccionado para la antología Fabricantes de Sueños 2008. ¡Una delicia! El otro relato, El último pozo, inédito, también fue favorecido por el comité seleccionador de la antología Visiones 2008 de la que formará parte.

Finalmente, siempre en cuanto a publicaciones, otro cuento, Misión Inconclusa, se vio inesperadamente editado cuando integró la singular antología ¡Jodido Lunes!, en la que una serie de relatos de autores de Sedice.com que no lograron pasar a la ronda final del certamen Domingo Santos, recibieron esta especie de publicación de consuelo, divertida y amistosa a la vez.

Visto así, el 2008 me trajo diversas gratificaciones. Sin embargo, debo admitir que, en cuanto a producción literaria en sí misma, el 2008 me arroja resultados pobres. No he logrado la cantidad de escritos de años anteriores ni su empuje, aunque, claro está, no porque haya querido, sino porque de alguna manera u otra me he visto detenida.

¿Debería preocuparme? Pienso que no. No es realista esperar de un autor el que siempre tenga un relato listo y perfecto mes a mes, en especial si no es su medio de vida. Lo importante, me parece, es que mantenga el ritmo de su creación de ideas, que siga constante con algún proyecto, sin importar si es largo o corto, y por sobretodo... el ánimo.

Entonces, a prepararse para este año que recién comienza. :)

26 de diciembre de 2008

Sólo... ¡Feliz Navidad y un magnífico Año Nuevo!

¡Feliz Navidad a todos! Y que el año que casi comienza esté lleno de satisfacciones y promesas cumplidas...
¡Saludos!

20 de diciembre de 2008

¿Plagio o inspiración?

Recorriendo en son de paseo la red, me topé con una pregunta llamativa: ¿Eres un plagiario involuntario? Me pareció tan sorprendente que me detuve a leer lo que el autor de la pregunta proponía y me sumergí en una discusión interesante. Era un foro de escritores.

Todos estaban de acuerdo, en líneas generales, lo que un plagio es. Yo compartía el punto de vista general: me parece obvio que copiar en parte o en su todo una obra ajena se identifica como plagio y el ofendido (es decir, el autor al que hemos copiado su trabajo) tiene todo el derecho de demandarnos por la infracción grave a una de las nociones más elementales de los derechos de autor. Pero, ¿qué ocurre cuando el plagio es involuntario?

Me pregunté: ¿acaso existe semejante cosa? Hubo quienes adujeron que copiar elementos o nociones de otra obra ya es un plagio. Pero, ¿qué son "elementos" o "nociones"? ¿Cómo separar lo que es propio del autor de lo que pertenece a la comunidad ("propiedad comunal")? Pues alguien argumentaba que no es posible la originalidad absoluta. Siempre tendremos un referente en el que nos habremos basado, inspirado o impulsado.

Yo pienso lo mismo. Los referentes son necesarios. Casi todos los escritores han comenzado por ser grandes lectores. Y los autores a quienes han leído suelen reflejarse de alguna manera en sus obras, sin que por ello debamos pensar que los están plagiando. Si me gusta mucho Tolkien y escribo una historia sobre elfos, ¿estoy plagiando a Tolkien? ¿De qué manera, si los elfos, para empezar, tampoco fueron creación del propio Tolkien sino que él los tomó del imaginario popular? Las líneas entre la inspiración y la copia pueden diluirse si hilamos delgado.

Alguien alegaba que un verdadero plagiario involuntario suele ir más allá de tomar los referentes culturales y utilizarlos de forma activa en su historia. En realidad, suelen ser fanáticos fervientes de algún autor, quienes en su afán por homenajearlo, piensan que están emulándolo, cuando simplemente lo están copiando. Y utilizan sus historias, sus personajes y sus conceptos para escribir a su vez obras propias. No copian un trozo de su obra directamente, pero al inundar su trabajo con tantos referentes terminan por copiarlo.

El ejemplo no estaba mal. Recordé esos cortos filmados que abundan en la web con los personajes y escenarios de La Guerra de las Galaxias de George Lucas. Son realizados por fanáticos, y hechos con verdadero cariño, tanto, que suelen quedar bastante bien. Pero el hecho es que están copiando la obra de Lucas. Sin embargo, mientras no lucren con eso, el autor los tolera. Los considera "homenajes".

Entonces, ¿dónde estribará la diferencia? Porque los homenajes también existen. Yo creo que está en la claridad. Si yo preparo un cuento y digo abiertamente que está basado en la Tierra Media de Tolkien, al citar a la fuente directa, no puede decirse que estoy plagiando. Será un homenaje. Y es muy importante no pretender lucrar con él, a menos que los herederos de Tolkien me hayan permitido hacerlo. El problema principal sucede cuando me baso en la obra de alguien para construir algo mío y luego lo presento como si todo hubiera venido directamente de mi cabeza. Aunque no pretenda plagiar, estoy haciéndolo. Y lo del lucro sigue siendo vital.

Otra cosa es utilizar elementos comunes. Elfos, dragones y duendes pertenecen al imaginario popular y todo autor puede usarlos. Marcianos, robots y máquinas para viajar en el tiempo, igual. El psicópata asesino en serie, el detective borrachín y hasta el jefe de policía corrupto son clichés sociales. No hay plagio en usarlos. No puede haberlo. (Cuidado, eso sí, si nuestro policía muestras rasgos sospechosamente iguales a los de Simenon, por ejemplo. Allí entra el plagio). Los elementos comunes son comunes precisamente porque no tienen un autor único ni identificable y forman parte del gran tapiz que es la cultura, un referente omnipresente en todo escritor y en general en todo artista.

Cuidado entonces con los plagios involuntarios. Por más que nos guste Frodo, no debemos crear un protagonista igual a él. Por más que nos guste el doctor Watson, guardarse de inventar un doctor Pérez exactamente igual. Amar a nuestros autores favoritos es una cosa, copiarlos es otra...

13 de diciembre de 2008

El "bueno"

Me resulta interesante observar (y muchas veces lo he notado) que cuando se comenta una historia, corta o larga, la gente suele preferir el personaje malvado sobre el "bueno" aunque no siempre le guste un final "triste". He notado que se le suele tildar al "bueno" de "aburrido", o "predecible" o incluso, "estereotipado". En cambio, el "malo", aunque sea realmente estereotipado o predecible, suele recibir mayor número de seguidores. ¿Por qué será así, siendo un hecho que en nuestra vida diaria -real- no nos interesa en absoluto trabar relación con auténticos "malos", llámense asesinos, terroristas, traficantes o simples ladrones? Si disfrutamos la historia de un asesino en serie que suele escapar limpiamente de la policía, ¿no es cierto que nos alegramos cuando uno de esos verdaderos cae en manos de la justicia y son setenciados a prisión -incluso a la muerte? ¿Entonces? ¿Qué es lo que sucede con el "bueno"?

He de confesar que yo gusto de los "buenos". Los "malos" cuando están bien conseguidos me impresionan, me agradan como contrapuntos, me resultan interesantísimos, pero nunca suelen alcanzar mi simpatía al punto de desearles el triunfo. Siempre deseo, internamente, que gane el "bueno". Pero sí acepto que una enorme cantidad de "buenos" pueden resultar muy aburridos.

En mi caso, la razón principal por la que un "bueno" me aburra o me decepcione es que el autor crea que para hacerlo "bueno" tenga que hacerlo "tonto". ¡Brrr! Es desesperante. Si los "buenos" de la vida real fueran tan tontos como lo son en muchas historias, hace mucho tiempo que no habría civilización. ¡Por favor! No es una condición sine qua non para ser "bueno" ser idiota. ¿Cómo es posible que no sepan "ver" lo que cualquier persona decente en la vida real vería sin problemas? Ése es un punto.

Otro punto defectuoso en muchos "buenos" es que suelen carecer de facetas oscuras. Claro que reconozco una labor concienzuda a ese respecto en muchos autores actuales. Se han abocado a crear "buenos" mucho más convincentes, pues, sin dejar de ser buenos en esencia, pueden mostrar defectos naturales y facetas oscuras. No hablo de un personaje ambivalente, que a veces es "bueno" y a veces "malo", no. Hablo de un auténtico "bueno" que resulta ser un ser humano antes que un ángel.

Otro punto: la apariencia y la condición físicas. Así como antes todos los "buenos" (en particular ellas) eran bellos hasta lo increíble, hoy en día todos tienen que ser gordos, o tener la nariz torcida, o poco pelo o una enfermedad incurable. Detesto la obsesión reinante en estos tiempos de que no pueden existir personas guapas en las historias que a la vez sean "buenas". Pienso que una razonable proporción realista de personas guapas y no guapas en una historia es suficiente. En la realidad, hay muchas personas de muy buen ver que no son malvadas ni escalofriantemente hermosas, y que suelen comportarse como buenos ciudadanos. Así que, crear un "bueno" que tenga una agradable aspecto no ha de ser un pecado, como tampoco hacerlo menos agraciado de lo normal, si se justifica en la historia. Suelo detestar los personajes creados ex profeso para inspirar lástima. No me parecen "buenos", ¡me parecen tramposos!

Un personaje "bueno" que sepa inspirar simpatía, que pueda resultar interesante, que se equivoque sin ser estúpido, que tenga sentido de lo práctico y que sepa mentir de vez en cuando ha devenido en uno de los mayores desafíos de una historia en estos tiempos. Quiero crear "malos" interesantes y contendientes convincentes. ¡Y está resultando más fácil el primero que el segundo!

¿No es una situación que se ha vuelto irónica?

6 de diciembre de 2008

El "malo"

En estos días me puse al día con la nueva temporada de "Héroes", la serie de televisión de NBC que trata sobre mutantes con poderes supernaturales. Siendo una especie de reformulación de X-Men, no podía evitar tener las consabidas batallas entre el bien y el mal y este tipo de cosas. Siendo una típica serie de Hollywood, no podía evitar las parafernalias, los peligros ingentes, las bombas y la necesidad acuciante de tener que "salvar al mundo". Sin embargo, y pese a lo consabido, le reconozco que me entretiene y me intriga y la sigo como alternativa al estrés cotidiano. También me ha proporcionado algunos puntos de reflexión entorno al diseño de situaciones y personajes. Uno de esos puntos se refiere al "malo".

Es usual, MUY usual que en las novelas o en los cuentos aparezca ese magnífico personaje encargado de hacer fracasar al héroe, de ser todo lo egoísta posible y de hacer sufrir al resto de personajes por métodos cual más ingenioso. Es, por supuesto, el "malo". Sin "malo", muchas historias podrían caer en el aburrimiento o fracasar por completo. Sé, claro está, que las hay sin "malo", pero no son la mayoría. El "malo" es un personaje maravilloso, y sin embargo, pienso que es uno de los más difíciles de concebir y diseñar de forma convincente. ¿Por qué?

Pues... ¡es tan tentador diseñar a un tipo rudo, agresor, intrigante, que se ríe de forma ignominiosa! El problema es que ese tipo de malo suele ser ya una pro-forma: un estereotipo. Puede ser bonito o feo, pero no tiene una pizca de bondad o compasión. Es, simplemente, el malo. Y con él arrastramos una cadena de personajes planos poco interesantes que se han convertido en cliché y que amenazan con convertir nuestra historia en cuento de folletín de escasa calidad. ¡Brrrr!

Hoy se espera que el malo sea mucho más complejo de lo que a simple vista se aprecia. Que su maldad tenga una justificación convincente. Que proceda de alguna fuente lógica. Por ejemplo, en la tercera temporada de Héroes me ha gustado descubrir que el "malo" era mucho más complejo de lo que parecía, y aunque con las limitaciones de una saga efectista muchas de sus complejidades tienden a diluirse, resulta un intento de profundización que he de reconocerles a los guionistas. En el caso de la literatura, pondré otro ejemplo: En la saga fantástica Canción de Hielo y Fuego, por ejemplo, el autor se regodea con personajes oscuros, quienes sin embargo, manifiestan complejidades muy interesantes que los alejan de los estereotipos. Entonces los malos no son exactamente tan malos como parecían... ni los "buenos" tampoco. Salvo contadas excepciones.

¿Que Sauron en El Señor de los Anillos es un malo "perfecto"? Sí, es verdad, pero la calidad literaria de este libro estriba en su tono épico y no tanto en su desarrollo de personajes. Sin embargo, Sauron es un personaje interesante, pues más que el "malo" es el Mal, en su pureza. Y los malos son seres pequeños, sujetos a deformaciones, invadidos de envidia o codicia, como los hombres que cayeron bajo el hechizo del Anillo o aquellos que se sienten tentados por él. En otras palabras, personajes bastante más complejos. (Incluso pensemos en la lucha interna terrible que Frodo ha debido afrontar).

¿Qué tipo de malo podemos diseñar para nuestra siguiente obra? No me negarán que resulta una tarea harto interesante y llena de desafíos. ;)

23 de noviembre de 2008

Manejando la crítica

No es esta la primera vez que pienso en este tema ni será la última. Además, estoy segura de que habrá miles de reflexiones parecidas a lo largo y a lo ancho de la red y hasta en revistas especializadas (o no tanto). Pero igual, le voy al tema.

Hace poco publiqué una nota sobre nuestra iniciativa ¡Jodido Lunes! Era -y es- una manera de dar a conocer relatos que ya han pasado la prueba de un certamen literario y que por alguna razón u otra no tuvieron la suerte de colarse entre los finalistas, pero que tal vez posean la suficiente calidad para ver la luz de una publicación espontánea. Sin ánimo de criticar, por supuesto, al jurado del certamen en cuestión. Hemos aceptado humildemente el veredicto y esperamos poder apreciar los cuentos finalistas una vez éstos se publiquen, de cuya calidad no dudamos. Y esto lo digo por cuanto es bastante común -y me da pena haberlo comprobado en otras oportunidades- que muchos autores se sienten heridos profundamente cuando sus escritos son rechazados o no tomados en cuenta tanto por jurados como por editores. Reaccionan como si su genio fuese incomprendido y como si los demás cometiesen el peor de los pecados de no aceptar la maravilla que han escrito. Es una manera, pues, de no saber manejar la crítica.

Pienso que la crítica es necesaria. Uno de los peores errores que todo profesional puede cometer es el de pensar que todo lo sabe, que siempre está en lo correcto y que todo cuanto hace o ejecuta está exento de defectos. Al contrario. Todo buen profesional debería estar abierto a la idea de que puede equivocarse, por más esmero que emprenda en no hacerlo, y que tal vez el error estribe en los conceptos mismos de su planteamiento o ejecución. No es nada de lo que debería avergonzarse. Más bien es la oportunidad de aprender del error y de ganar sabiduría. Sí, sabiduría. Capacidad para reflexionar de forma equilibrada sobre los problemas y situaciones que se nos presentan en la vida y tener la cordura de hallar la solución sin lastimar a nadie. Pero no siempre -o más bien diría, casi nunca- puede uno solito darse cuenta del error. Casi siempre es preciso que alguien más se lo indique. Y es aquí cuando entra la crítica.

En nuestra profesión de escritores creativos (sonó bonito, ¿eh?) la crítica puede herir sensibilidades. Después de todo, pretendemos crear arte y el arte suele teñirse de un alto contenido de subjetividad. Escribir una novela o un cuento no es como redactar un informe técnico cuyo contenido se apoya en multitud de pruebas y otros soportes objetivos. ¡Qué va! La historia que narramos nace de nuestra imaginación, de nuestros deseos y temores, de nuestras subjetividades. Gustará o no. Envolverá o no. Causará impacto... o no. Y es ese "no" el que más solemos temer los escritores creativos.

Ahí es cuando se impone la humildad y la conciencia de nuestra limitación humana. Escuchar la crítica, apreciarla, ponerla en contexto. Puede que no estemos de acuerdo con ella, pero siempre será bueno prestarle atención. Puede que nos señale una verdad, nos marque un hito, a partir del cual sepamos ser mejores, crear mejores obras, ser más leídos. ¿No se trata al fin y al cabo de nuestro principal objetivo?

Ser leídos.

¡Ah, qué brillante momento! Qué satisfacción saber que nuestro trabajo rinde frutos cada vez mejores y que encontramos la manera de ser buenos en nuestro oficio.

La crítica es, entonces, una de nuestras principales herramientas, en particular la crítica razonada, la que explica los porqués, la que expone sin alusiones personales qué encuentra de defectuoso en nuestro escrito. Esa crítica. :)

8 de noviembre de 2008

De nuevo, la mecánica de los concursos literarios

Bien, primero que todo: ¡he vuelto! (las incidencias de la vida diaria son a veces inevitables, inposponibles y hasta urgentes). No me he ido porque no quisiera estar aquí, sino porque las responsabilidades diarias están primero (casi parezco seria).

Ahora que estoy por aquí, mi tema inevitable será: ¡Jodido Lunes! Su historia es curiosa, yo diría que inédita, y hasta casi cómica, pero lo que creí una broma se ha convertido en una experiencia única. Participé, por primera vez, en el concurso de fantasía, ciencia ficción y terror "Domingo Santos". Mi relato, de tipo fantástico, llamado Misión Inconclusa, había pasado por algunas revisiones en mi taller privado y pensaba que tenía algunas posibilidades de ser bien considerado. Desafortunadamente, el jurado no lo consideró digno de integrar la lista de finalistas y el 18 de septiembre pasado supe por un comunicado expuesto en Sedice.com que había sido excluido de dicha lista. El hilo que se abrió en dicho portal me di cuenta de que otros foreros de Sedice también habían sido excluidos y nos dedicamos entre todos a felicitar a los ganadores y a condolernos de nuestra "suerte". Como es lo usual en estos casos.

Pues bien... alguien dijo, medio en broma, que deberíamos juntar nuestros relatos "rechazados" y publicarlos por nuestra cuenta. Yo dije que no tenía inconveniente. Otros dijeron lo mismo.
De pronto, allí estábamos, varios cuentistas "rechazados" del Domingo Santos, con relatos entre manos que no íbamos a enviar a más concursos, poniéndonos de acuerdo para integrar nuestros cuentos en una antología.

Y así surgió ¡Jodido Lunes! Antología del Rechazo. Con críticas destructivas incorporadas en su contraportada. ¡Increíble! Me he sentido muy divertida, muy bien. Se ha revelado como una experiencia única.

¿La calidad de los relatos? Pues a mí me parece alta, pero yo soy sólo una de las cuentistas integrantes de la antología. Quienes los lean por aparte y los valoren, me dirán.
Dejo aquí la dirección de Lulu:
http://www.lulu.com/content/4378194
y la de Bubok:
http://www.bubok.com/libros/4424/jodido-lunes-antologia-del-rechazo,
para todos aquellos que quieran adquirir o descargar la antología. En ambos sitios la descarga es gratuita, en formato pdf.

Así que... ¡allí está!

P.D. No consideramos en ningún momento que el jurado se haya "equivocado". Sin duda los finalistas se lo merecieron. Fue una muestra de buen humor. :)

30 de septiembre de 2008

La muerte también es un tema

Sea que despierte fuertes emociones de terror o miedo, sea que se la vea como la gran salvadora, como el último descanso o la peor desgracia, la muerte es uno de esos grandes temas literarios que pocas veces falta en cualquier género literario. Desde los poetas hasta los ensayistas, desde los dramaturgos hasta los novelistas o cuentistas, la muerte siempre ha estado presente, como tema, como personaje, como recurso, como reflexión. Y pienso que lo seguirá estando, pues no por casualidad suele ocupar las preocupaciones y ansiedades de la especie humana desde siempre y por siempre.

Claro que hay géneros para los cuales el tema de la muerte resulta obvio. En la novela negra es uno de los temas centrales, desde que el crimen es parte sustancial del desarrollo de las historias. Otro género en que la muerte es moneda corriente es el terror: allí inclusive puede convertirse en personaje. Los dramas o las novelas de denuncia social suelen girar entorno a la muerte, ya no como un desafío ni como un personaje siniestro, sino como una cruel realidad. Y en la novela romántica (la del Romanticismo literario, no la novela rosa de los últimos años) la muerte es el final lógico, incluso necesario, de los protagonistas.

En otros géneros, la muerte puede ser también tema aunque no resulte obvio. En la fantasía y en la ciencia ficción suele aparecer como recurso secundario o consecuencia natural de cierto tipo de acciones, pero en algunas obras se vuelve tema central. En la novela histórica suele ser visto como parte de la realidad que se describe, pero también puede ser usado como tema conductor. Igual sucede con las novelas psicológicas o las filosóficas.

Sea como se utilice, el tema de la muerte posee un enorme potencial de combinación con otros grandes temas, como el amor o el Destino, con los cuales puede (y suele) combinarse muy bien. En los best-sellers resultan una alianza muy lucrativa, pues casi no habrá thriller o novela rosa en la que el amor no se vea mezclado con la muerte o el Destino ¡o ambos!

¿Inspiración? En todo sentido. ¡A escribir, llevados de la pasión que despierta la presencia de la Muerte! :)

25 de septiembre de 2008

Otra gran tema: el Destino

Repasando los temas que mueven la literatura a lo largo del tiempo, me fijé en uno ineludible: el Destino. Sí, así, en mayúscula, pues el Destino como fuerza avasalladora e incontenible se encuentra en la literatura desde sus albores. Y por consiguiente, todas las posibilidades que conlleva: cumplir con él, retarlo, demostrar que no existe, demostrar que sí, hacerlo trágico, hacerlo sublime, hacerlo cómico. Y etcétera, pues podría inventar muchas combinaciones posibles en las que el Destino jugaría siempre un papel esencial.

Supongo que es fácil identificar aquellas historias clásicas en las que el Destino juega un papel preponderante, como los poemas épicos o las leyendas medievales. Pero según recuerdo, el Romanticismo rescató este tema, separándolo del racionalismo clasicista, y tornándolo tan intensamente interesante, que ha influido muchas historias hasta hoy. En estos días eclécticos, en los que muchos pensamos de muchas formas alternativas, el tema del Destino se halla en novelas, cuentos, poemas, películas, obras teatrales, pinturas, esculturas, y hasta en los anuncios comerciales, dicho con total descaro: "¡Este es tu destino!" Es una idea poderosa, qué dudarlo, y suele construirse historias trepidantes entorno a ella.

El problema, claro está, estriba cuando la historia propiamente dicha se vuelve cliché. Cuando ya sabemos de qué va y cómo terminará, casi, casi, como si fuese cosa de "destino". No es culpa del tema, por supuesto, sino de la falta de imaginación del autor en ese caso y no creo que sea justo denigrar la posibilidad de usar esta idea universal sólo porque algunos escritores la han sobreutilizado de forma escandalosa.

No soy partidaria, en lo particular, del destino. No creo en la fatalidad ni creo que alguien en particular esté "señalado" para cumplir con algún gran propósito. Sin embargo, como idea literaria suele gustarme mucho, no sólo cuando se cumple sino también cuando se le reta. Por ejemplo, pienso en dos sagas fantásticas muy exitosas en nuestros días que se ajustan a este tema: por un lado, Harry Potter, y por el otro, El Señor de los Anillos. La historia del joven mago gira entorno al cumplimiento de un destino: el protagonista y su alter ego, Voldemort, se verán enfrentados inevitablemente y fruto de ese enfrentamiento será la muerte inaplazable e inevitable de uno de los dos. Es un destino que se cumplirá, haga lo que haga el joven o lo que haga el mortífago. Y de hecho, el enfrentamiento final sucede, en efecto, en el séptimo y último libro de la saga. Un destino se cumple, fatalmente, sin desviaciones.

En El Señor de los Anillos, en cambio, aunque Aragorn es el rey "destinado" a regresar a Gondor, lo es en la medida en que él asume este rol y en completa dependencia de los acontecimientos que cincelan su mundo. En estos acontecimientos, nadie cumple un destino que no haya elegido por sí mismo y que no modele conforme avanza. Frodo, por ejemplo, que en modo alguno podría ser un Elegido, decide cada uno de sus movimientos y lo hace en libertad, sin destinos prefijados, aunque pudiera parecer que sí, y la consecución de su misión es objeto del azar en muchos casos y del poder de sus propias decisiones, en otros. La historia se desarrolla a veces a contrapelo de destinos fijados, a veces sin destinos claros. El Destino, que podría mover a Aragorn en una dirección, se desvanece, y es sustituido por la capacidad de libre elección.

Otras sagas fantásticas modernas manipulan el papel del Destino: por ejemplo, aparece apenas dibujado en una que aún no se ha terminado, Canción de Hielo y Fuego. Una profecía (éstas son magníficas en historias con Destinos) señala la venida de un príncipe prometido. ¿Se cumplirá? El príncipe en cuestión, ¿surgirá con la conciencia de cumplir un destino? En otra, en cambio, La Rueda del Tiempo, el Destino está tan fijo como grabado en roca y el protagonista, Rand Al'Thor, es víctima de él.

¿Existe el Destino fuera de las historias fantásticas o de los poemas épicos? Pues sí, claro. En la literatura romántica es casi reiterado. Algunas veces aparece en los géneros sobre criminales y ocasionalmente en la ciencia ficción. Ni qué decir de los dramas sociales o de las novelas históricas. No siempre con ánimo de defender su noción, pero interesante, como fuerza que mueve la acción.

Añadimos, entonces, a nuestra lista de temas a considerar: el Destino.

15 de septiembre de 2008

Grandes temas: el amor de pareja

El otro día me entretuve mirando un correo que recibí con una presentación de Power Point. Traía varios afiches de películas famosas de entre los años de 1940 y 1970 con sus respectivos temas musicales. Tanto los temas como los afiches correspondían a películas que jamás llegué a ver en la gran pantalla, pues yo no existía para entonces, pero ciertamente tuve ocasión de ver a una que otra en las constantes repeticiones de los canales locales, años después. Un sólo tema unía a todas, tratado desde puntos de vista cómico o dramático: el amor de pareja. Y me dije: ¿qué ocurre con nosotros que somos tan reiterativos?

Luego, me dediqué a ver y escuchar videos musicales en YouTube. De nuevo, el tema principal era el amor de pareja, visto desde todos los ángulos posibles y rematé la noche mirando con nostalgia el tema principal de Titanic. Por supuesto, todo el mundo sabe de qué va el famoso largometraje. Sí, sí, sobre el hundimiento del transatlántico, yo sé. Pero, ¿qué hizo tan famosa a esta película en particular sobre tantas otras que trataron el hundimiento del Titanic? ¡Pues la historia de amor! ¡Otra vez! ¿Qué sería de Titanic sin Rose y Jack? Nada: una más, de muchas. ¿Habría generado los 3 mil millones de dólares en ingresos que hizo esta película y que no ha sido superado por ninguna otra? No lo creo. Y todo por saber usar uno de los Grandes Temas.

Creo que fue Borges quien lo dijo (si no fue él, que alguien me corrija): hay tres grandes historias en el mundo, todo lo demás son detalles. Una de esas grandes historias universales, repetida hasta la saciedad una y otra vez, en todos los géneros artísticos posibles, es el amor de pareja: un hombre y una mujer (y un hombre con otro hombre o una mujer con otra mujer, por supuesto, al fin y al cabo es lo mismo). Puede ser visto con ilusión, o con amargura, con sentido de lo cómico o de lo trágico, en medio de una aventura o en la paz de un hogar de clase media, a bordo de un barco del siglo XVII o de una nave espacial en el siglo XXII, entre un viejo y un joven, entre dos jóvenes, entre dos viejos, entre dos niños, entre dos fantasmas, etc., etc., etc. El caso es que se repite, una y otra vez, y otra y otra. Y no nos cansamos de escribir historias que envuelven un amor de pareja.

¿Vale la pena incluirlo en alguno de nuestros escritos? No creo que haya que siquiera considerarlo. Apuesto que la mayoría de los escritores, sino todos, habrán escrito alguna vez, aunque sea una única vez, una historia de amor. Y muchas veces habrán incluido alguna para agregar "sabor" a una historia que tal vez se esté volviendo anodina o demasiado fría. Y a veces lo que parecía ser accesorio se tornó en principal...

No digo que toda historia narrada deba llevar una historia de amor. No hay que olvidar que hay otros dos grandes temas, ¿eh? Lo que digo es que este tema en particular trae consigo una fuerza demoledora, avasalladora y, todo hay que decirlo, inmensamente exitosa. El lector se suele sentir atraído por él, identificado, envuelto, y hasta afectado. Y por tanto, devora las historias que lo tratan, en especial aquéllas que lo supieron contar...

Después de todo, y a pesar de vivir en una época de cinismos, el amor de pareja, inclusive desde su punto de vista romántico, sigue conquistando corazones, y bolsillos, alrededor del mundo...

30 de agosto de 2008

Escribir en otro idioma

Una de las características que distinguen a un escritor es su impecable (se supone) dominio de la lengua escrita. Es algo así como que no puedes ser carpintero si no sabes usar una sierra o un martillo. Tan simple como suena. La lengua escrita es el único campo y la única herramienta en la que se desempeña el escritor y no dominarla no es concebible (lo de la computadora o la máquina de escribir es irrelevante: igual puedes escribir con un buen lápiz).

Ahora bien, imaginemos que tienes un oficio decente en tu lengua materna. Estás en etapa de desarrollar más bien un estilo, darle una impronta personal a tus escritos, ahondar en tu propia propuesta literaria, esto es, en la belleza de la palabra escrita. Si te desempeñas con éxito en los rudimentos de la escritura (gramática, ortografía, sintaxis), puedes jugar con ellos para crear obras literarias, las cuales son, en suma, el gran juego de las palabras. ¿Qué ocurre, entonces, si deseas desarrollar tu literatura en otra lengua? Las razones pueden ser meramente personales (digamos que te gusta esa lengua en particular o has leído muchos autores cuya lengua materna es ésa que te atrae) o pueden ser más objetivas (descubres que podrías tener un mejor desempeño profesional si pudieras escribir en esa lengua, o te has mudado a otro país y resulta más lógico desempeñarte en su lengua, etc.). El caso es que darás un paso grande, y gordo: después de todo, tu dominio puede no estar a la altura, y quizá te digan "Ni lo intentes. ¿Quieres hacer el ridículo?"

Hace unos meses pensé que no debía de ser tan imposible. Sí, no tengo aún ningún desempeño avanzado en lengua extranjera como para escribir, mucho menos si es para hacerlo en literatura, pero ¿por qué ha de ser tan imposible?

Pensé en el inglés. Leo literatura en inglés con notable facilidad. No comprendo cada palabra (lo cual a veces no se da ni en español), pero se me hace fácil entender los contextos y situarme en el mundo narrado sin obstáculos. Comprendo otros textos no literarios en inglés, en particular noticias políticas o artículos sobre temas sociales. Los textos científicos son más complicados pero no imposibles. Etc. Entonces, me dije: "Inténtalo".

Y lo intenté. Fue endemoniadamente difícil, pero MUY divertido. Escribí un cuentito en inglés llamado The creature in the garbage, que me salió sólo Dios sabe cómo pero que se da a entender. Creo que quedé sudando. Pero me confirmó en la idea de que podría hacerlo. Tendría que empezar casi de cero: estudiar a fondo sobre la escritura inglesa, leer aún más textos escritos en dicho idioma, analizar los párrafos, acostumbrarme a diferentes estilos. Y practicar. Practicar mucho. Luego, ya veré cuándo puedo lanzar el "producto".

Descubrí hace poco que otros escritores hispanohablantes han emprendido aventuras similares. No sé si habrán tenido gran éxito, o no. El caso es que si se divirtieron tanto como yo y aprendieron tanto como yo estoy haciéndolo, habrá valido la pena. ;)

23 de agosto de 2008

Música inspiradora...

No sé si a otros escritores les pasará, pero en mi caso sucede con cierta frecuencia: escucho una pieza musical, normalmente de estilo clásico o tipo "canto gregoriano", y me entra una nostalgia difícil de explicar. Nunca he padecido un suceso trágico o devastador, al contrario, he tenido una vida agradable (¡afortunadamente! No me gustan los problemas, palabra) y sin embargo, me siento nostálgica. Al instante surgen en mi mente diversas imágenes, normalmente de tiempos idos, de batallas perdidas, de seres solitarios, de campos devastados o más bien cubiertos de nubes oscuras. Y pienso: ¿dónde estará la historia que cuente lo que esta melodía me evoca?

Por ejemplo, tengo el viejo disco de ERA (ése que sacaron hace como diez años) y cada vez que escucho "Ameno" me pregunto cómo podría contar esa historia. Pero, ¿cuál historia?, me preguntarán. Pues ésa, la que cuenta la canción. El problema es que no comprendo la letra (nunca me he molestado en buscarla) y lo que verdaderamente me llena o me sacude es la música y la entonación de las voces humanas con los instrumentos. Me da la impresión de servir de fondo para una historia triste, melancólica, de ambientación medieval o antigua.

Otro ejemplo lo tengo en otro viejo álbum: Storm, de Vanessa Mae. Casi todas las melodías de este disco son capaces de hacerme vagar en historias extrañas, pero la que se lleva las palmas es la última: The Blessed Spirits, que siempre, no sé por qué, me susurra los eventos de una larga marcha a lo largo de un llano árido, azotado por el viento y un ejército que ha perdido una batalla crucial. También me sugiere otras escenas, como la de un viejo habitante de los muelles de una orgullosa ciudad protegida por diques, el cual enfrenta la desolación de una batalla perdida de antemano contra el mar, cuando éste, embravecido e incontrastable, destruye uno a uno cada dique, en medio de la más terrible tormenta que la ciudad ha conocido a lo largo de su historia. El viejo lobo del mar, sin miedo y con arrogancia, lucha contra los elementos, dispuesto a salvaguardar su hogar o a morir en el intento. Por supuesto, ustedes se imaginarán el tipo de final que una pieza tan triste puede tener...

Melodías grandiosas, sugestivas, poderosas... ¿No sirven siempre de inspiración extraña? ¿Como si desafiaran mi incipiente pluma a escribir esa historia que pueda esculpir en palabras lo que la música ya describe con grandeza?...

Terminada la pieza, me sumerjo en la añoranza y me pregunto una vez más si algún día seré capaz de escribir esa historia...

18 de agosto de 2008

El tiempo

Hace unas semanas leí con interés la entrevista que le hicieron al conocido escritor de ciencia ficción y fantasía George R.R. Martin, el cual ha tenido un gran éxito con su última saga de fantasía (Canción de Hielo y Fuego). En una de las preguntas que le hacían, confesaba que le resultaba difícil conciliar las temporalidades de los personajes. Es decir, mientras en el capítulo X pasa Y a un personaje Juan de los Palotes, en el capítulo XI pasa Z a otro personaje Fulano de Tal, pero suponiendo que ambos están viviendo sus respectivas vivencias al mismo tiempo. Entonces, de pronto te das cuenta que en poco más de veinte páginas apenas ha transcurrido una hora o un día, mientras luego caes en otro capítulo que da cuenta de varias semanas o meses de agitada acción. Para el escritor ha pasado el tiempo, pero para los personajes no. O para el escritor no ha pasado el tiempo mientras que para los personajes sí. Y vienen los enredos, las incongruencias y los descalabros.

Leyendo lo que decía, no pude menos que darle la razón. ¡Cuántas tribulaciones no deja el manejo del tiempo dentro del mundo narrado! Recuerdo que en mis aventuras literarias pasadas en más de una ocasión hube de detenerme y releer cuanto había escrito, pues había perdido la noción del tiempo y cuando creía que ya debían haber pasado como tres semanas en realidad si acaso habían transcurrido dos días. ¡Menudo embrollo! De vuelta a reconsiderar los hechos, a ajustar las reacciones, a pensar en qué era verosímil que ocurriera en esos tres días, etc.

Justo en este momento en que me hallo a la altura del capítulo XX (o algo así) de mi nueva novela en gestación, acabo de tropezarme con este interesante punto: tenía la impresión de haber descrito acontecimientos sucedidos a lo largo de muchos días, cuando apenas se estaban concretando veinticuatro horas desde el inicio de las acciones hasta el punto en que me detuve. Y volví a sorprenderme, a mirar casi con desaliento que no puede ser de otro modo y que todo sucede en el momento en que debe suceder: Fulano no puede decir eso precisamente porque aún no puede saber lo que Sutano está haciendo: ¡ambos están en el mismo punto temporal!

¿Serviría un cronograma? Pienso que sí, si los acontecimientos son complejos y los cruces temporarles ajustados. No hay por qué ser orgulloso y pretender que todo puede estar en tu cabeza. Adelante: dibuja el croquis, apunta los hechos, las horas del día y de la noche y sé consecuente. ¡El resultado puede ser en verdad redondo! :)