¡Felices fiestas 2016!
¡Feliz año nuevo 2017!
He pensado en esto especialmente en los últimos días, porque con ocasión del estreno del episodio VII de La Guerra de las Galaxias, han aparecido las predecibles reseñas de todo tipo en torno a la película y su calidad y a la vez, también la queja de quienes intentan dejarse guiar por tales opiniones y las encuentran contradictorias hasta grados superlativos. Pienso que el fenómeno se produce precisamente porque la mayoría de los críticos, tanto los aficionados como muchos expertos ya formados, olvida que la honestidad en la crítica implica una apreciable dosis de mente abierta, flexibilidad y combate al prejuicio.
Me explico. ¿Han notado que muchos hablan y hablan hasta la saciedad de lo muy profundos y maravillosos que les parecen los clásicos, mientras denuestan a diestra y siniestra cualquier texto que les huela a best seller? El típico "conocedor" que habla maravillas de García Márquez, Vargas Llosa o Cervantes, o que es adorador indiscutible de obras como El viejo y el mar (The Old Man and the Sea, de Ernest Hemingway) o Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, de Harper Lee), pero apenas alguien le menciona Harry Potter o Los Juegos del Hambre hace una mueca, o peor aún, lanza verdaderos anatemas contra cualquier obra de Stephen King o Nora Roberts, o se explaya en sus quejas sobre Cincuenta Sombras de Grey (Fifty Shades of Grey, de E.L. James) o El Código Da Vinci (The Da Vinci Code, de Dan Brown). Es un personaje habitual en nuestro medio.
¿Por qué lo hace? Bueno, puedo suponer algunos motivos: no le interesa la literatura, pero sabe que alguien que ha leído algunos "buenos" libros es considerado una persona culta y quiere dar esa impresión, por lo que recurre a lo poco que ha leído en sus años de colegio o en la universidad para proyectar tal imagen; o también, es una de esas personas que cree fervientemente que si a uno le interesa la literatura como Arte debe solamente encontrar gusto en aquellas obras consagradas por la tradición y la academia. Puede haber otros motivos, por supuesto, pero la realidad es que este tipo de personas es más común de lo que uno imaginaría, y no se limitan a la literatura. En cuanto a la música o al cine, hay muchísimos así. No han visto una sola película de Harry Potter o de El Hobbit, o de Los Juegos del Hambre, y por supuesto, no han visto Cincuenta sombras..., pero todas les parecen horripilantes, comerciales, "basura".
4. Hay demasiadas subtramas. De nuevo, el número de
ramificaciones argumentales que pueda tener una novela es irrelevante. Se
espera, de hecho, que toda novela los presente, aunque sólo sea una subtrama,
pues, a diferencia del cuento, la novela es un género adecuado para desarrollar
las implicaciones derivadas que una situación X pueda tener. Ya sabemos que la
vida real está compuesta de millares de tramas y subtramas. Una novela apenas
puede desarrollar una pequeña parte de esas posibilidades, pero suele
intentarlo. Descalificar una novela porque presente subtramas es no sólo
absurdo, es inconcebible. Hasta un culebrón o telenovela tiene más subtramas
que los dedos de una mano; con más razón, una verdadera novela. Piensen, por ejemplo, en la gran cantidad de subtramas que hay en una novela de aventuras clásica como Los Tres Mosqueteros, donde incluso una de ellas, la de Milady, ocupa varios capítulos sucesivos, durante los cuales no nos enteramos de nada nuevo sobre los protagonistas. Y sin embargo, su historia permanece íntimamente ligada a la principal.
5. No tiene suficiente acción (o tiene demasiada
acción). Exigir una
cuota de acción determinada a una novela para calificarla como “buena” es lo
mismo que exigir que siempre haya una historia de amor o siempre haya un
villano. Es un gusto personal que se hace evidente sin muchos rodeos. Si el
reseñador se aburrió con la novela porque prefiere historias con capítulos
cargados de tensiones y sobresaltos, que lo diga, pero que sea honesto con su
público: que diga abiertamente que le gustan las novelas de acción. Hay
innumerables lectores en este mundo que prefieren historias sosegadas o
reflexivas, o incuso filosóficas, para quienes muchas páginas saturadas de
acción se hacen abrumadoras, pero son conscientes de que ese es un gusto
personal. No entra en la categoría de criterios objetivos para analizar
novelas. Por este tipo de razonamientos es que muchos deciden ver series de televisión como The Walking Dead, y por esto también, otros muchos optan por lo contrario: por no verlas.
Cuando yo
era niña, leía cuentos y algunas novelas por puro placer. Los que me gustaban
los devoraba, los que no, los descartaba y pronto los olvidaba. Mi sistema de
selección de entonces era, pues, muy simple: si me gustas, te leo, si no me
gustas, no. Y sí, era una vida sencilla. Y muy agradable. Por ejemplo, de esa época me quedan gratísimos recuerdos de Los cuentos de mi tía Panchita (Carmen Lyra) y de El Hobbit (J.R.R. Tolkien), de los libros de Enid Blyton (con todas sus controversiales visiones sobre la mujer) y las aventuras de Puck (Lisbet Werner).
Sin
embargo, me las apañé para disfrutar no pocas lecturas de aquellas, siguiendo
un método propio: primero hacía la tarea, esto es, respondía el cuestionario
con todos esos ítemes aburridos que venían en el manual y me los aprendía para
el examen; y luego, tomaba el libro y lo exploraba según mi antiguo sistema.
Como era ya una lectora más avezada para entonces, descubrí que algunos de
aquellos libros en realidad sí me parecían interesantes y hasta me gustaron;
otros, quedaron en el olvido, pues no representaron nada para mí.
No se podía
tomar en cuenta la subjetividad. Si una novela me gustaba o no, era
irrelevante. Ni siquiera era laudable. Ningún crítico profesional podría,
jamás, rendirse a los encantos del simple gusto para valorar una lectura
literaria. Otros eran los criterios que debían tomarse en cuenta para
evaluarla, y esos criterios ya no eran siquiera los hiperestructurados y vacíos
parámetros de mi manual de secundaria, no. Ahora había que ahondar, pasar de
las obviedades de la narratología para sumergirse en el psicoanálisis, la
sociocrítica, las ideologías político-sociales o históricas, la teoría del
género y otros trasfondos realmente objetivos que habrían de abrirme las llaves
del interior del texto. Naturalmente, en este contexto, el gusto personal debía
quedar encadenado bajo llave, jamás dejarlo salir, que nunca contaminara las
aguas del frío análisis del texto.
Se dice que hay un vino para cada comida, porque es una bebida maravillosa que resalta el sabor y el disfrute de un buen plato. Y es verdad. Así las cosas, ¿no es lógico pensar que si el vino es ideal para acompañar una buena muestra del arte culinario, sería también ideal para acompañar las buenas muestras que nos brinda el arte literario? Ni más ni menos.
Quizá mi aseveración parece intempestiva y posiblemente fuera de lugar, pero he estado pensando en esto desde hace mucho tiempo, en especial cuando leo en foros y redes sociales que muchos se quejan de que "ya nadie lee", que "la lectura es un bien despreciado" y frases parecidas. Hace unos meses leí un interesante artículo sobre la supuesta muerte de la lectura, al que encontré refrescante, porque no solo me aportó algunos datos, sino también puso en perspectiva varias reflexiones propias. Se trata de The "Death" of Reading?, de L.R. Styles, quien explicaba, de manera más bien sombría, cómo el panorama general de la lectura por placer parecía más bien deprimente.
cierto, y para mí, una de mis historias consentidas, de esas que escribí tomando en cuenta un escenario especial: el de las valkirias. =) Sí, las valkirias, no los vikingos (que hoy en día están de moda otra vez, pero en aquellos tiempos no lo estaban tanto), o sea, esas doncellas inmortales que se ocupaban de trasladar las almas de los héroes muertos en el campo de batalla a la mesa de banquetes del Valhalla, para ser recibidas por Odín, el Padre de los Dioses, con todos los honores: mitología nórdica, la misma que adorna las leyendas que inspiraron a Wagner