23 de junio de 2009

La interesante dinámica de la crítica

Creo que todos hemos escuchado alguna vez que los escritores necesitan saber aceptar las críticas que reciben. Tarde o temprano, por muy buenos que se consideren o por muy laboriosos que sean, recibirán alguna crítica por su trabajo que posiblemente no les agradará o incluso les hará sentirse frustrados o confundidos. Y no se puede evitar, a menos que cada uno de nosotros nos resignemos a guardar nuestros escritos en algún cajón del escritorio o los escondamos en el baúl de los recuerdos y nunca les demos salida. Lo cual, no es la idea, claro está.

La Internet ha favorecido notablemente la dinámica del criticismo. No hay foro, blog o sitio de internet donde no se escuchen las voces críticas tarde o temprano. Y no sólo en literatura, sino en todo lo demás también: en las demás artes (dibujo, fotografía, pintura, música, videografía, etc.), en los artículos científicos, en los ensayos políticos, incluso en foros de intercambio de recetas de cocina. Todo está sometido a la crítica, por tanto, no deberíamos extrañarnos que si colgamos algún relato o subimos una novela a la red para ser leída y disfrutada por miles de lectores, recibamos alguna crítica tarde o temprano.

Está bien y así debería ser. Sin una crítica, no mejoramos, no aprendemos, no sabemos si estamos haciendo las cosas bien o mal, no sabemos si vamos por el camino correcto o no, en fin, seríamos artistas con impedimentos para la superación. Sin embargo, no toda la crítica funciona para semejante propósito.

Yo distingo dos clases de crítica: la positiva y la negativa. La primera te dice todo lo bueno que has hecho en una historia o en un poema o lo que sea que hayas creado. No se trata de que te digan: ¡Qué buena historia! ¡Me gustó! Esa es una simple opinión positiva, un halago. Pero no te señala tus aciertos o tus virtudes. Te externa un sentimiento, muy agradable para tu ego, para tu ánimo y para tus sueños, pero no es mayormente constructivo. La buena crítica positiva te diría que has acertado en el manejo de los personajes, que son convincentes o complejos, que tus escenarios están bien construidos, que tu argumento es coherente por esto o por lo otro, etc. Este tipo de crítica, explicativa, racional, es utilísima en la medida en que te confirma que te encuentras en el camino correcto.

La crítica negativa, por otro lado, puede ser destructiva o puede ser también constructiva. La crítica negativa destructiva es aquella que desvaloriza tu trabajo o a ti mismo con frases sin contenido racional o explicativo. Si te dicen: "tu relato es un asco", es evidente que no fue de su gusto, pero al no decirte por qué, no es más que una opinión negativa sin sustancia. Si te dicen que eres un escritor inmaduro, que tus escritos no son interesantes, que no sabes escribir, pero no aclaran en qué eres inmaduro, o por qué tus escritos no son interesantes, estamos ante la presencia de una crítica negativa destructiva. Recibes unos cuantos descalificativos, tendientes a disminuir tu confianza, pero no te ayudan a mejorar tu trabajo.

En cambio, si la crítica negativa aclara las razones de la desvalorización de tu obra, puede ser enormemente constructiva, incluso más que la positiva. Si te dicen que eres un escritor inmaduro porque utilizas demasiados adverbios para dar énfasis a tu narración, o porque te afanas en explicar demasiado lo que podrías sugerir con las acciones de los personajes, u otras observaciones por el estilo, entonces tienes la posibilidad de avanzar, de crecer como autor y de madurar. Si te aclaran por qué tu historia está mal hilvanada, por qué tu personaje X es poco creíble, por qué el título de tu poema es inadecuado, etc., esta crítica realmente construirá un mejor escritor en ti. Es, pienso, la mejor lección que podemos recibir los autores a lo largo de nuestra vida.

Y, si quien hace la crítica es además merecedor de nuestro respeto, confianza y admiración, mejor que mejor. No me refiero a la familia, sin embargo. La familia suele ser extremadamente benigna la mayor parte del tiempo, o terriblemente negativa en algunos casos. Una buena crítica es mejor si viene de críticos más imparciales, que no mantengan una relación de cariño o de odio contigo, sino que lean tu obra sin prejuicios y sepan valorarla de acuerdo a su experiencia, sus conocimientos y su juicio.

O, al menos, esta es mi opinión. ¡Recibo críticas! :)

17 de junio de 2009

Extensiones: ¿debemos inflar nuestras novelas?

He leído y escuchado, por aquí y por allá, afirmaciones tan contradictorias como interesantes, en relación con el movimiento de la literatura. Por un lado, muchos afirman que hemos llegado a los límites del libro, que éste se acaba, que la gente ya no lee, que si lee sólo se animará con narraciones cortas o cualquier cosa similar que pueda bajarse de la Red y le quepa en una pantalla -las cuales, por cierto, cada vez son más pequeñas-, que el futuro de la industria editorial está sombrío, etc., etc., etc. Si prestamos atención a semejantes augurios, la conclusión a la que llegaremos muchos de nosotros, escritores apasionados pero no aún consagrados, será de que no tenemos futuro como novelistas, si acaso como relatistas o tal vez cuentistas y mejor aún, microrelatistas. Sólo podremos publicar nuestras obras en Internet y tendremos que olvidarnos de que alguna vez llegue a existir más de un libro -impreso- o dos en las "agonizantes" librerías. Digo "agonizantes" porque si el libro se muere, se muere también la tienda que lo vende, ¿no?

Sin embargo, he descubierto que las "agonizantes" librerías no parecen estar muriendo desde ningún punto de vista. De hecho, muchas ofrecen nuevos servicios, más títulos -no menos-, y dedican secciones enteras a libros de literatura, es decir, a libros de ficción. Viajando por la red nos damos cuenta también de que la industria editorial sigue activa, que mucha de ella busca alternativas modernas para dar salida a sus inventarios, que se anima a publicar nuevos títulos y que incluso juguetea con remozar viejos descatalogados. Y todo eso ayudada precisamente por la "infame" tecnología que "de seguro" la iba a destruir. El cine y la industria de video juegos se relaciona con ella de forma vibrante y activa: nuevos estrenos basados en libros exitosos, nuevos libros exitosos basados en video juegos exitosos y también, nuevos video juegos basados en libros o en cintas exitosas. Es decir, el juego del dinero sigue activísimo y no parece que la "muriente" literatura de libros impresos esté dando la impresión de que realmente será enterrada pronto. De hecho, los nuevo e-readers pueden ser la antesala de un futuro -algo lejano aún- en la que el papel será finalmente sustituido, como soporte físico, pero en el cual el libro, la obra literaria, no habrá desaparecido ni tendrá trazas de hacerlo. ¿Con que la gente no lee? Yo diría que sigue leyendo, más o menos al mismo ritmo proporcional que lo hacía en el pasado y lo seguirá haciendo en el futuro... Así, así.

Todo esto me lleva de la conclusión de la que hablaba líneas arriba a la siguiente pregunta: ¿existir sólo en Internet implicaría que la novela morirá? Es decir, la historia de gran extensión.

Pues... parece que no. Al contrario, me asombra comprobar que en nuestro mundo extraño, cuanto más grande, más extenso, es un libro, ¡más se vende! ¿Qué es esto? ¿No se supone que buscamos lo más económico, en costos de producción y en palabras, pues todo está muy caro y de todas formas la gente no tiene tiempo para leer tanto? La lógica me indicaría que estaríamos en medio del reinado indiscutible del cuento, del relato y de la novela corta, no más. Pero las cifras de ventas se inclinan hacia las novelas, cuanto más largas mejor y si son parte de largas series, ¡mejor que mejor!

Pareciera que opera una lógica diablesca: precisamente porque todo está muy caro, necesito una fuente de entretenimiento que rinda cada centavo invertido. La diferencia económica entre una novela corta y una novela larga no resulta excesiva, pero la segunda me significará más rentabilidad por palabra y un disfrute más económico a la larga. Además, si soy de los que leen, y por tanto compro, me gusta extender mi disfrute todo el tiempo posible. Por tanto, preferiré la novela larga.

El problema siguiente será: ¿afecta esta lógica capitalista/consumista al arte? Hay historias que nacieron para ser contadas en pocas páginas. Son aquellas propias de relatos y cuentos, incluso de novelas cortas, y alargarlas innecesariamente sería matar su espíritu. De hecho, a veces, nos topamos con novelas gordas en cuyas páginas se ha introducido tanto "relleno" que sólo podemos admirarnos de la capacidad de los editores para forzar entregas tan abultadas. Y parece, según se teme por ahí, que muchos editores buscan precisamente novelas, de buen peso y mucha aventura, para poder vender bien, y se alejan de las narraciones menos extensas o más "pacíficas", por no ser tan comerciales. Desde este punto de vista, sí que estaríamos sacrificando el arte por el dinero.

Pero eso no es nuevo. Nunca ha habido momento en que el arte reine sobre el dinero. Nunca. Creer algo así es externar un punto de vista algo ingenuo. Lo que sí ha existido es la muestra de que muchas veces el arte puede imponerse en medio de un mundo regido por el dinero. De que el arte puede valerse de ese mundo y llegar a surgir. De que es posible.

Al final de todo esto, entonces, y con miras a sobrevivir en esta extraña lógica diablesca: ¿debemos inflar nuestras historias? ¿O será que podemos "aprovechar" para contar... historias largas?

11 de junio de 2009

Relatos: un arte y un ejercicio

Cuando comencé a escribir, allá en los dorados tiempos de mi niñez -tenía unos 10 años- me lancé de una vez y sin pensar a la novela. Recuerdo las aventuras de una chica llamada Laura -me sentía muy bien usando mi propio nombre- que llegaba a un internado y que se topaba con toda suerte de eventos e ilusiones. Como es de suponer, escribía por imitación, lo cual es común en muchos escritores. No recuerdo quién afirmaba que un escritor no escribe porque desea describir lo que ve sino porque desea reformular lo que lee. Al menos pienso que en mi caso así fue. Leía obsesivamente -sigo haciéndolo, con consiguientes limitaciones de tiempo y oportunidad, claro, pues ya no soy una niña- y me inflamé de ideas e historias propias. Dado que leía novelas -de internados y aventuras de chicos-, lo lógico fue que también escribiera novelas.

Hoy en día, tantos y tantos años después, he notado que en mi autoaprendizaje dejé de lado la capacidad de síntesis. Escribir y escribir y escribir puede ser muy reconfortante, pero sólo como pasatiempo, pues cuando tienes el objetivo de narrar una historia y darle un final coherente, no resulta muy provechoso llenar cientos y miles de páginas de la misma. Primero, porque corres el riesgo de desenfocarte de tu objetivo. Es decir, puedes empezar a divagar, lo cual resulta harto peligroso. Y segundo, porque puedes realmente cansarte de una historia que no tiene fin.

Hablo, claro está, en términos generales, pues también dependerá de la longitud de la historia en sí misma. Sin embargo, he notado que se puede ahorrar palabras innecesarias y aún producir hermosas creaciones, aunque la historia sea muy larga. No porque yo lo haya hecho necesariamente, sino porque he leído trilogías y series que, a pesar de su extensión, no se desenfocan ni parecen albergar párrafos futiles o poco trabajados.

¿Cómo lograr entonces esa capacidad de escribir con belleza, pero sin explayarte en demasía? No lo supe ver hasta que me hice adulta y comprendí que debía enfocar mis historias y darles final para poder avanzar en mis objetivos profesionales. Mis novelas comenzaron a sufrir revisiones más exhaustivas. Sin embargo, un hecho fortuito fue lo que mejor me hizo ver la maravilla de la síntesis: el relato.

En los concursos populares y de Internet, el formato preferido es el cuento, pues la pantalla de la computadora no es amigable con el ojo y leer novelas en esas circunstancias suele ser tedioso y cansado. Además, para valorar un escrito necesitas tiempo: no es lo mismo comparar escritos de dos mil palabras a hacerlo con escritos de más de 150 mil palabras, por ejemplo. El punto es que te topas con la necesidad de saber escribir relatos.

Escribir cuentos o relatos es un arte extraordinario. Se requiere de capacidad de síntesis, objetivos claros, preciso diseño de personajes y valor en cada palabra. No puedes explayarte. No puedes darle coba a un personaje pues pronto se te acaba el espacio. Y debes ser capaz de darle un final contundente, aunque sea abierto. Un mal cuento siempre aburre, deja la sensación de que le faltaba algo, de que no supo cerrar. Un buen cuento es maravilloso: te da un instante de satisfacción y sus efectos perduran en el tiempo.

¿Es compatible escribir cuentos con escribir novelas? Yo creo que sí. La historia de la novela tendrá niveles y subniveles, tendrá más personajes y más oportunidades de desarrollar eventos complementarios, pero si has sabido escribir cuentos, podrás escribir entonces una novela bien enfocada, con objetivos claros y final convincente. Te habrás acostumbrado a escoger el verbo, a ser preciso y ser coherente. Te habrás acostumbrado a escribir bien.

Y ese es el proceso que hoy en día atravieso. :)

7 de junio de 2009

Perspectivas

Este mes de junio me ha pillado en medio de una vorágine de actividades que no imaginaba, principalmente en el campo de la literatura (afortunadamente). Habiendo decidido participar en un certamen de novela, aunque fuera corta, me di cuenta de que escribir y "blogear" no se llevan, por lo que tengo prácticamente abandonada mi bitácora principal en LauraQuijano.com y por supuesto, ésta en que garrapateo estas líneas.

Al menos, mientras tanto, recibí algunas noticias alentadoras. Primero, con respecto a las publicaciones que he estado esperando, y que no dependen de mí -claro está-, parece que ya habiendo salido a la luz Visiones 2007, pronto veremos en librerías -unas pocas- Fabricantes de Sueños 2008, donde mi relato Por siempre otro tendrá su rinconcito. Entre esas perspectivas de publicación, aún tendré que esperar hacia finales del año la aparición de Visiones 2008, que también se ha atrasado, pero que ya pronto ve el final del proceso publicacional. Allí se encuentra mi relato El último pozo, hasta el momento desconocido e inédito (al menos Por siempre otro ya ha estado en algunos sitios, como NGC 3660 y en mi colección Por siempre otro y otros relatos, que no se llama así por casualidad)

Por otro lado, Lulu decidió colocar en Amazon algunos títulos, entre los que se halla, felizmente, mi libro A Través del Portal: Visiones, segundo volumen de mi trilogía A Través del Portal. ¡En Amazon.com! y al mismo precio que en Lulu, lo que es mucho decir. Claro que no está el primer volumen, pero espero que por medio del segundo, más gente se interese en el primero. Con respecto a esta trilogía, aún me aguarda la tercera y última entrega, que espera se termine su revisión y vea la luz -espero- a principios del año próximo.

En fin, que así estamos. Cruzo los dedos por mi nueva novela -a la cual tengo en reposo-, para que tenga buena suerte en el certamen y me vaya bien. :)

23 de mayo de 2009

De musas y concursos...

El otro día tuve ocasión de mirar por Internet una interesantísima charla dictada por la escritora norteamericana Elizabeht Gilbert, en el marco de los eventos del TED (Technology, Entertainment, Design), que busca promocionar ideas e inspiraciones entre artistas -de todos los campos- y promotores del entretenimiento o de la tecnología, gente de negocios, y otros muchos más. La charla en cuestión versaba sobre el proceso creativo y la genialidad, o más bien, la relación entre el proceso creativo y la figura romana del genio, una especie de espíritu divino-mágico que acompañaba a poetas y artistas para inspirarles ideas maravillosas, frases especiales, grandes proyectos (el "genio creativo"). La escritora aducía que hoy en día, aún motivados por una excesiva racionalización de todos los procesos que envuelven la creación artística o científica, todos los méritos al igual que todas las fallas recaen sobre el sujeto creador, lo que crea un universo de tensión, de abrumadora responsabilidad en éste, lo cual explicaría por qué tantos grandes genios terminaron en la bebida o el suicidio. Ella propone regresar -en parte, al menos- a esa noción que tenían los romanos, de que el artista trabaja pero sus ideas pueden provenir del geniecillo que lo acompaña, el cual compartiría su éxito así como su fracaso. Ya no estaría obligado a ser un genio, sino que simplemente tendría un genio, tal como los artistas romanos lo tenían.

Encontré el discurso muy elocuente, divertido, y atinado. Primero, echaba por tierra ese prejuicio de que uno debe ser un ser amargado y lleno de fantasmas horribles para poder escribir buenas obras, y segundo, le daba a uno la oportunidad de seguir trabajando aún cuando no se sintiera inflamado de ideas "geniales" para producir "grandes" obras. Ella proponía que, así como a veces el geniecillo de las ideas podía presentarse, en otras ocasiones no lo hacía, y eso no debía impedir nuestro trabajo, ni abrumarnos de preguntas inútiles (¿estaré haciéndolo bien? ¿me rechazarán mi obra? ¿y si no les gusta? ¿y si les gusta, qué hago después?, etc.). Simplemente nos ponemos a trabajar, sostenidamente, produciendo lo que deseamos dar a luz, sin pensar en maravillas ni portentos, confiados en que nuestro geniecillo -o musa- tal vez ya esté presente entre nosotros, o tal vez no quiera confiarnos sus pensamientos.

En nuestro gremio, nos encontramos en medio de la efervescencia de los concursos literarios. Múltiples, de variados temas y tendencias, no sabemos a veces si participar, si no hacerlo, si preferir uno a otro, etc. ¡Tonterías! A escribir, a presentarse en ell "lugar" de trabajo -nuestra computadora-. Y cuando terminemos, revisemos nuestro trabajo sin pretensiones de grandeza ni complejos de culpa. Lo enviamos al certamen que nos parezca adecuado y nos olvidamos de él, para seguir trabajando. Nuestro geniecillo debe ser tenido en cuenta sólo si se presenta. Si no, también nos olvidamos de él y seguimos escribiendo.

¿Quién sabe? En medio de nuestro trabajo, puede presentarse de pronto y susurrarnos al oído la idea que convertirá nuestra obra en referente para futuros escritores. ;)

18 de mayo de 2009

"Mis intenciones con este libro son..."

¡Qué común es esa frasecita! Al parecer, todos los libros de narrativa literaria (sean novelas o colecciones de cuentos o relatos), que se publican hoy en día "pretenden" algo: analizar, desmenuzar, explicar la realidad a través de la ficción. Hacer labor de psicología social, o de sociología, o incluso de análisis psiquiátrico si se quiere. Es muy común leer en la reseña que presenta una nueva novela oraciones como estas: "Este libro pretende analizar la conducta de la sociedad X", "esta novela es una radiografía de las relaciones entre padres e hijos", "esta obra se adentra en un análisis descarnado de la sociedad del siglo...", etc., etc., etc. Ayer, por ejemplo, en una reseña de ese tipo, leí que un autor presentaba su nueva novela, con la que "pretendía alcanzar la filosofía al común de la gente".

Ya nadie cuenta historias. Todo el mundo analiza, desmenuza, estudia, hace uso de rayos X, escanea, diagnostica. Los autores de narrativa son médicos y psiquiatras investigadores, reporteros políticos o sociales, hasta presentadores de noticias. De todo, menos narradores.

¿Qué pasó con aquel impulso creador del que lleva una historia por dentro que busca darle salida? ¿Qué pasó con el arte de crear belleza con la palabra mientras se narraba una historia fascinante o especial? ¿Qué pasó con los narradores? ¿Se extinguieron todos? Es extraño, porque se publican más novelas y cuentos que nunca en la historia de la humanidad, pero parece que ahora ya no son narraciones de historias que merecen contarse porque encierran algo especial, sino que son crudos análisis psicológicos o filosóficos de nuestra sociedad, sea la del pasado, la del presente o -últimamente- la del futuro. Cada palabra que un autor coloca en un párrafo debe ser analizada, sopesada, comparada, diagnosticada. Está puesta ahí porque significa algo más allá de la historia misma. Y así hay que leer la novela o el relato de hoy.

Dicen que alguna vez Miguel de Unamuno dio vuelta a un texto propio, subrayó palabras al azar, y luego dejó que los intelectuales lo analizaran. Nadie sabía de su travesura, por tanto, "encontraron" significados y simbologías en cada palabra subrayada que asombraron al propio Unamuno. Y la única razón por la que las había subrayado era por pasar el rato y tomarles el pelo a los que deseaban encontrar algo más allá de lo contado.

¿Qué pasaría con los reseñistas de hoy si les dijéramos que ninguna novela pretende nada más que contar una historia? Que no hay denuncia, ni análisis, ni diagnóstico, ni nada de eso. Puedo suponerlo: la descartarían como "literatura de puro entretenimiento", en otras palabras, de segunda categoría. ¡Porque -dirán- es preciso realizar un diagnóstico cuasi médico de algo para ser parte de la gran literatura! Por mi parte, no estoy tan segura de que cada "diagnóstico" literario sea automáticamente gran literatura. Entre lo bueno, habrá lo mediocre, lo que repetitivo, lo imitador, y por supuesto, lo cliché. Habrá también lo grandioso, claro está, pero no tanto porque sepa "diagnosticar" o "analizar" sino porque sabrá ser literatura, con todo lo que implica.

Por mi parte, la próxima vez que me siente frente al teclado para escribir, veré si puedo narrar una historia... y nada más.

9 de mayo de 2009

El escritor y su libro...

Hace unos días tuve ocasión de ver una película muy agradable, basada sobre un libro (como suele suceder con las películas mejor sustanciadas), que me recordó historias similares, en concepto o en argumento, llamada Corazón de Tinta. El libro sobre el que se basa, una novela de corte infantil/ juvenil de la escritora Cornelia Funke, según mis referencias, fue publicado hace unos años y ha tenido un notable éxito editorial, lo cual motivó que la autora publicara otras dos novelas ambientadas en el mismo mundo narrativo... (o tal vez ya tenía pensado hacer la trilogía y estaba solamente cruzando los dedos para que la primera diera buenos resultados). El caso es que no he leído ninguno de los libros, por lo que disfruté la película sin ser consciente de sus errores o cambios (siendo consciente de la debilidad actoral de algunos de los participantes, eso sí) y puedo decir que encontré su argumento muy sugestivo. ¿Por qué?

Bueno... se ha comentado muchas veces que el autor es el dios de su universo narrado (o "cantado", tratándose de la poesía), hasta que termina el libro. Una vez terminado, el libro "adquiere" vida propia. Ya no le pertenece. Es independiente. Y habrá un libro por cada lectura que se haga. Es decir, el lector es quien define ese mundo en su lectura muy particular, que no será igual a la de cualquier otro lector, y quien podrá decir que se "apropia" del libro en cuestión.

En algunas historias, los lectores logran saltar a las páginas del libro y ser partícipes de sus acontecimientos, incluso cambiarlos. En otros, básicamente son esenciales para darles forma, como en La historia sin fin, en donde el lector será quien decida el final del libro. De hechos, muchos libros son escritos de tal forma que los lectores puedan decidir los finales posibles, con sólo seleccionar uno de muchos argumentos propuestos. Es un juego interesante, en el cual sigue siendo el lector el que moldea y manipula la historia sugerida por el autor.

En Corazón de Tinta, de nuevo un lector -esta vez con un don especial- define una historia, pero ya no sólo la del libro sino la propia. Mediante su voz, es capaz de convocar cualquier criatura del libro que esté leyendo, con el inconveniente de que enviará al universo del libro a cualquier criatura del mundo real que se halle cerca suyo en el momento en que realiza su lectura.

Hasta ahí, no hay diferencia de esta historia con respecto a las demás. Sin embargo, en algún momento de la trama se hace evidente que el escritor todavía tiene algo que decir. Que en cualquier momento puede volver a apropiarse de su historia e inclusive cambiar el destino de cualquiera de sus personajes. ¿No es una intromisión del autor, aquel que ya por terminado el libro no puede volver a él? Pues yo diría que sí...

En realidad, no creo mucho en la total independencia de nuestras creaciones. Es verdad que una vez que les has dado forma, no puedes cambiarlas, pero puedes deshacer lo que has hecho con sólo crear otra vez. Lo que has escrito en un libro puedes deshacerlo en el siguiente. Puedes reinterpretar lo que alguna vez escribiste y puedes incidir una y otra vez en el mundo que has creado. ¿Que tus lectores se defraudarían? Es posible. Y sólo por respeto al lector -y también por cansancio-los escritores no van por la vida deshaciendo los escritos que los han defraudado. Pero de que podrían, podrían.

Nuestros hijos no dejan de ser nuestros hijos sólo porque se marchan de casa. Y nuestros libros seguirán siendo la marca de nuestra imaginación, pasen los años que pasen, sean leídos por unos cuantos o por millones. El libro se habrá desprendido de nosotros, pero seguirá siendo nuestro por los siglos de los siglos, amén.

De por qué son tan importantes los derechos morales del autor. ;)

25 de abril de 2009

Más escenarios

Bien, aquí vuelvo con el asunto del escenario. Estaba pensando en otros géneros distintos a la fantasía (alta o baja, sea lo que sea lo que eso signifique en realidad) y me se me ocurre que la originalidad es posible en todos los géneros.

En ciencia ficción, por ejemplo, es muy usual imaginarse los escenarios de la space opera, es decir, mundos, galaxias, naves espaciales y hasta lucha entre civilizaciones, o los de otras vertientes del género, como la del clásico futuro oscuro y devastado en que alguna catástrofe ha sumido a la especie humana en una degradación espantosa y el protagonista se encuentra en medio de terrores tecnológicos y desastre ambiental. Otro escenario típico es el del futuro ultra progresista repleto de robots humanoides, ojalá con apariencia totalmente humana, tipo Isaac Asimov, o por supuesto, los futuros cercanos no muy diferentes del presente salvo por pequeños detalles tecnológicos sorprendentes. Pienso que ofrece, en realidad, una gama amplia de posibilidades en cuestión de escenarios y no le aconsejaría a nadie que se angustiara demasiado por la originalidad del escenario en sí. Solo que sea coherente.

En otros géneros, la actualidad se impone, a menos que sea narrativa histórica. Esta última dispone de unos 5000 años de historia humana en miles de escenarios posibles. Quien quiera escribir narrativa histórica no tiene excusa en cuanto a la originalidad de los escenarios. ¡Abundan! En este caso, creo, la originalidad no estará tanto en el escenario escogido sino más bien en la interacción del argumento y los personajes con ese escenario.

La clásica novela latinoamericana posee obsesión casi compulsiva por las barriadas pobres, los círculos de violencia y las dictaduras históricas. Escribir en Latinoamérica una historia de gente marginada o en medio de degradación social no tiene nada de original. El escenario es ultra-repetitivo y lo único que puedo decir al respecto es que todo escritor que desee emprender esta misión debe cuidar mucho los detalles de su argumento en particular y de sus personajes, pues el escenario le aportaría poco en materia de originalidad. La tentación de copiar a los grandes de la literatura latinoamericana también es muy fuerte, así que es aún más imperativo cuidar hasta el mínimo detalle de historias así.

Aparte de esta marca regional, en la novela realista o dramática del presente abundan las posibilidades de escenarios originales, sea una ciudad, un avión, una estación de tren, un aeropuerto, una montaña, un monasterio, etc., etc., etc. Como se plantee puede determinar una marca del autor, su unicidad, su aporte personal... o que no se destaque entre la abundancia de historias de esta naturaleza.

Habrá historias enteras que transcurran en un cuarto, o dramas extraordinarios en el Cielo y en el Infierno. Hay historias que se desarrollan entre el mercado y la estación del autobús, las que corren por todo el mundo, de continente en continente, o las que se deslizan en medio de un desierto o una pradera. En mundos lejanos, en pasados hitóricos, en futuros imposibles. ¿No es grandiosa la magia que el escenario solo puede ejercer en nosotros? Puede incluso determinar algo tan simple como que un lector cualquiera desee seguir leyendo... o abandonar el libro.

8 de abril de 2009

Escenarios fantásticos

Continuando con el tema de los escenarios, voy a detenerme un poco en la fantasía. Después de todo, la fantasía se ha puesto de moda en estos tiempos, gracias a la irrupción del fenómeno Harry Potter y por supuesto al estruendoso éxito de la trilogía cinematográfica de El Señor de los Anillos. Ahora nos vemos rodeados de películas de corte fantástico todos los años, la mayoría de ellas basadas en libros que permanecieron casi en el "olvido" mediático por años o que son nuevas entregas con aspiraciones de fama. En este sentido, en un extremo tenemos Las Crónicas de Narnia y La Brújula Dorada (de La Materia Oscura) y en el otro Eragon y Crepúsculo.

A mí me fascina la fantasía y mucho de mi material de escritura tiene que ver con ella, tanto como con la ciencia ficción. Me gusta la fantasía épica al igual que la de espada y brujería o la llamada "baja" fantasía. Y me gusta también la variedad de títulos que podemos hallar hoy, a diferencia de otras épocas más dominadas por otras corrientes.

Con la abundancia viene, sin embargo, la repetición. Y volvemos a caer en los manidos temas de la originalidad y la copia y esa necesidad de destacar por entre los demás. En Sedice.com han corrido hilos con temas relacionados y una de las preguntas reiteradas es ¿cómo se puede ser original en fantasía? Dejemos de lado un momento los temas y los personajes, que ya hemos considerado harto número de veces la problemática de la originalidad en relación con ellos. Centrémonos en los escenarios.

¿Escenarios originales? Bueno, ese es un punto. Tomando en cuenta mis propios apuntes sobre la originalidad y el justo valor que creo que debe tener, no debería ser imposible lograr la creación de obras fantásticas basadas en escenarios originales. Así que pensemos: ¿Qué sería original en fantasía?

Primero debemos pensar qué es regular en fantasía. Es fácil. Sin magia, no hay fantasía. La magia es un elemento esencial a la fantasía, tanto como la ciencia especulativa lo es en ciencia ficción. ¿Dónde se desarrolla esa magia? En un mundo ficticio, supongamos. Estaríamos hablando de fantasía épica o "alta" fantasía. Y nos encontramos con el cuadro típico: reinos de corte medieval, con caballeros armados con espadas refulgentes, reyes y reinas, brujos en la corte, enanos, elfos y ogros combatiendo en ríos y montañas cubiertas de espesa vegetación o coronadas de nieve. El escenario suele estar basado en la Europa de los siglos VI al XV, aunque sea ficticio, siguiendo entonces la tradición de El Señor de los Anillos.

¿Qué sería original? Pues las propuestas han llovido (y algunos escritores las han tenido en cuenta): ¿Por qué no basar la historia sobre el fondo de una civilización inspirada en la Grecia clásica? (nuestro amigo Francisco tiene un magnífico ejemplo con su saga La Cólera de Nébulos, en ese sentido) O en la India de los rajás, o en la China de las dinastías imperiales, o en los imperios amerindios como el Inca o el Azteca, o en la Rusia zarista del siglo XVIII. Otras propuestas derivaron hacia un escenario inspirado en el Egipto faraónico, en la Persia de los zoroastristas o en las antiguas civilizaciones mesopotámicas.

Los lugares cambian. Ya no se combate en las montañas nevadas, sino en los desiertos salpicados de oasis. O en las orillas del mar o en el mar mismo. Un mundo inspirado en la cultura árabe no podría nunca ser igual a la Tierra Media por la que transitan Frodo y sus amigos.

¿Y qué podemos decir de la "baja" fantasía? ¿No es usual que los magos y los vampiros siempre corren sus aventuras en ciudades inglesas o norteamericanas? ¿Por qué debemos pensar que un duende aparecerá siempre en los bosques de Alemania? ¿Por qué no fundar una fantasía en nuestro mundo pero ubicado dentro de las tradiciones de México, de Perú o la pampa argentina? Recuerdo las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Solían suceder sobre suelo español. Ser original implicaría alejarnos de la brujería típica de las culturas anglosajonas y adentrarnos en las posibilidades que nos ofrecen otros pueblos que habitan nuestro mundo.

¿Se puede ser original y único a la vez? Sí, claro. Y aún me atrevo a pensar que puedes escoger un escenario tradicional y crear al mismo tiempo una historia única, original en sí misma, que pueda destacar entre las demás. Porque la originalidad del escenario no garantiza la originalidad de la historia, ni el sello propio de un escritor diferente, aunque mucho ayude.

3 de abril de 2009

Los escenarios

Aunque lo parezca, no me propongo hablar del teatro. Me encanta el teatro, pero tan sólo soy una simple espectadora. El trabajo y la preparación que conlleva una obra teatral, su puesta en escena y su estreno son oscuros misterios para mí, por lo que no me adentraré en semejante territorio.

Cuando hablo de "escenarios" me refiero al telón de fondo que usamos en la narrativa.

Puede parecer poco importante, pero no lo es. El escenario de una historia no es un simple decorado para que se "vea" bien. Es esencial al desarrollo de la narración: le confiere verosimilitud, coherencia, razón de ser. Sin él, nuestra historia carece de sentido, no tiene norte ni causa. Es un esqueleto.

¿Que hay historias cuyo escenario parece un decorado insustancial? Por supuesto. Por eso se las considera de mala calidad. Una historia donde el escenario es tan sólo un decorado sin sustancia comienza mal y no puede terminar bien. Y no confundamos: el escenario puede ser un telón blanco sin objetos. Ese solo hecho determinará qué tipo de historia estamos narrando y hacia dónde se dirigen o de dónde surgen las acciones.

A veces, incluso, el escenario es tan importante que él mismo se convierte en un personaje más. Se dice que Macondo cumple una función parecida en el drama de Cien Años de Soledad. A mí no me consta, pues no la he leído, pero sí puedo afirmar que oír hablar de Macondo como si fuera real la ha convertido en un verdadero personaje de la crítica literaria. De todas formas, sin ir tan lejos, y usando un ejemplo que conozoco bien, puedo afirmar que no concebiríamos El Señor de los Anillos sin su descripción vívida de la Tierra Media. La misión de Frodo carece de sentido si no comprendemos el profundo significado vital que representa salvaguardar la Comarca. Soy Leyenda carecería de sustancia sin la casa solitaria de Robert Neville en medio de un residencial de clase media deteriorado y semi destruido. El Fin de la Infancia estaría incompleto sin el viaje iluminador de Jan Rodricks a través de la galaxia. Y La Metamofosis de Kafka no tendría el mismo impacto sin el entorno absolutamente ordinario en el que vive su sufrido protagonista.

El escenario marca entonces una diferencia mayor entre una obra literaria y otra. Entre una narración de signficados múltiples y una sin relevancia. Entre un libro exitoso y otro que resulte un fracaso.

No sólo los temas y los personajes pueden marcar una diferencia en nuestro libro, ni sólo lo hará el estilo propio, único, de nuestra escritura. Ese "decorado" que rodea nuestra historia puede llevarnos al éxito o al más desconsolador fracaso...

28 de marzo de 2009

Originalidad y unicidad

En otra entrada mencioné el asunto de la originalidad en las obras literarias (¿Debemos satisfacer al lector?). Es un problema recurrente, pienso, en el mundo del escritor de hoy (y lo fue del de ayer). Hemos oído tantas veces "¡todo está inventado!" que casi nos hemos resignado a aceptarlo como una verdad irrefutable y pensamos que estamos obligados a reciclar una y otra vez las mismas fórmulas, tanto en el argumento, como en los personajes o en otros aspectos de las obras narrativas.

Desde mi humilde punto de vista, ni la originalidad es tan vital ni tampoco todo está inventado. Me explico: decir que no puede inventarse ya nada es como detener el pensamiento. Somos seres creativos, inventores por naturaleza propia. Cada día, algo nuevo nos sorprende, porque cada día algo nuevo aprendemos. Decir que lo hemos hecho todo es tan iluso como decir que lo sabemos todo. Así que, por principio, acepto la idea -y la sostengo- de que la originalidad es posible hoy en día como lo fue hace veinte años o veinte siglos.

Luego, eso de que ser original es un requisito sine qua non de las obras literarias, es absurdo también. La originalidad ha sido sobrevalorada en nuestro mundo actual. En estos días, si un artista -sea de lo que sea, música, pintura o escritura- no es original, ¡está acabado! Pero, ¡por favor! ¿Desde cuándo nuestras grandes obras fueron todas 100% originales? Muchos de los clásicos fueron formulaciones hermosas de viejas historias, de leyendas, de cuentos que circulaban por ahí. Diez pintores pintaban la misma escena de la "Asunción", por ejemplo, y ninguno de ellos era tachado de poco original. Se apreciaba su obra en lo que cabía apreciar: en su unicidad.

Que ser original y ser único no es lo mismo. Supongo que todas las obras originales serán únicas en el momento en que son innovadoras, pero las obras únicas no necesariamente habrán sido originales. Simplemente tendrán un sello especial que las hace irrepetibles. Y creo que mucho de lo que apreciamos en las obras literarias es ese sello especial, esté basado en la originalidad o no, pues muchas obras originales -y que son realmente originales- ni siquiera son interesantes.

¿Qué hace única a una obra? Tendremos que fijarnos en una suma de muchos elementos. El lenguaje, los personajes, la interacción de esos personajes, el tipo de narración escogido, la coherencia interna de la historia, las ideas subyacentes, si motiva a la reflexión, al éxtasis, al enojo o a una simple contemplación, si invita al lector una y otra vez, si en cada lectura nueva el lector encuentra nuevas ideas, nuevas reflexiones o nuevas vivencias... Es tanto. Y no he mencionado la originalidad. Por supuesto, si es original y a la vez único, ¡eureka!, tenemos un clásico.

No descarto la originalidad como un fin apreciable por un escritor, ni mucho menos. La valoro siempre, pues en nuestros días la copia es tan abundante, la imitación tan frecuente, que algo original se torna refrescante. Creo que podemos intentar ser originales mientras buscamos la manera de crear obras únicas. Y en esa medida es que debemos otorgarle importancia.

Hemos charlado sobre los personajes y sobre los temas. Hemos descubierto que no hay mucha originalidad, aunque sí gran capacidad de unicidad. ¿Qué ocurre con los escenarios?

De esto hablaré la próxima... :)

Un premio angelical

Nébulos, el supremo Eterno de La Cólera de Nébulos ha otorgado un premio angelical a este humilde blog terrenal y se lo agradecemos de todo corazón, sintiéndonos muy honrados. :)



Se llama el premio del Blog Ángel:



Cuatro son las reglas de la distinción o premio Blog Ángel:
1º.-Exhibir la imagen del sello.
2º.-Poner el enlace de la persona que te lo ha regalado.
3º.-Elegir 6 personas para pasárselo.
4º.- Escribirles un mensaje en su blog para que se enteren de su premio.




Pues he recurrido a los interesantísimos blogs que suelo visitar y que ya he mencionado con anterioridad:

La Alacena
Proyecto de Escritora
Crónicas de Drashur
A Young Knight Travel
Nudo de Piedras
Letras para Soñar

¡A disfrutarlos!

18 de marzo de 2009

Escritoras y literatura femenina

Pasó el 8 de marzo y se hicieron foros, se publicaron reflexiones entorno a la condición de la mujer en el mundo, y otras actividades por el estilo. Resultó obvio que mucho queda por hacer todavía si queremos ver una verdadera igualdad de sexos, en cuanto a dignidad y en cuanto a derechos, y en tiempos como estos, de recesión económica, las mujeres vuelven a ser el grupo que más pierde. Sin embargo, no podemos negar que ha habido ámbitos en que se pueden notar algunos progresos, especialmente en nuestros países occidentales (incluyo a Latinoamérica en la partida).

Pienso en las escritoras y en la llamada literatura "femenina". Sabemos que las escritoras han tenido su parte en la lucha por la igualdad. Que durante años se consideró demasiado masculino el arte de escribir y que una mujer que se dedicara a ello era porque tenía alma (o estomágo, según la versión) de hombre. Es decir, no era realmente una mujer. Muchas, incluso, se disfrazaron detrás de seudónimos masculinos o detrás del nombre de sus maridos para poder ver sus obras publicadas (horror de horrores) y otras arriesgaron su nombre exponiéndolo. En algunos géneros literarios ni siquiera se considera "vendible" un libro escrito por una mujer y publicado como tal. Y también sabemos cómo se dibuja el estereotipo de la escritora (que suele ser considerada como una mujer fea- el mayor pecado que una mujer puede cometer, según la ideología machista).

Sin embargo, hoy en día florecen las escritoras, ganan dinero, reputación y hasta premios. Ya no parece haber distingos de género literario. Ni parece existir ese prejuicio de literatura "femenina". Buenas noticias. Claro que aún no conseguimos esa igualdad, pero nos hemos acercado mucho.

Ahora bien, ¿existe la literatura femenina? ¿Cuáles son sus rasgos? ¿Es fácilmente distinguible? ¿Podría un hombre escribirla?

Yo me inclino a pensar que no existe en el estricto sentido de un tipo de literatura. Me parece más bien una colección de prejuicios sobre lo que les gusta a las mujeres y lo que ellas esperan hallar en los libros que leen. Por ejemplo, la literatura "femenina" suele ser romántica. Suele tener una mujer protagonista envuelta en un lío sentimental que hace llorar. O demasiadas preocupaciones sobre los sentimientos en general. Si hay sexo, está envuelto en el amor y el cortejo. Y por supuesto, está exenta de violencia. (Ojo: no critico la literatura romántica -la que cuenta historias de amor-. Cuenta con tantas obras maestras como los otros géneros literarios. Lo que critico es cierto tipo de literatura romántica escrito específicamente para mujeres).

¿Existe ese tipo de literatura? Naturalmente que sí. Y no siempre fue escrita por las mujeres mismas, aunque el nombre "femenino" podría indicarlo. Pueden ser novelas o poesía, pero tienen esa tónica. Supongo que la razón de su existencia radica en la educación que recibían las mujeres en las sociedades occidentales del siglo XIX y principios del XX. Se las hacía así y por eso leían ese tipo de escritura. No porque la mujer sea así o necesite eso, sino porque la mujer de esa época fue educada así y esos fueron sus gustos formados.

Sin embargo, afortunadamente debo decir, siempre hubo quien no se resignó a entrar en los moldes y surgieron escritoras que fueron más allá de estos prejuicios decimonónicos. Se atrevieron a ahondar en sus escritos, a ir más allá de los estereotipos e incluso incursionaron en literatura considerada "masculina" (como la ciencia ficción, la criminológica y la de denuncia social dramática). A ellas hemos de agradecer que se fuera diluyendo el término "literatura femenina" para referirse a una especie de escritura de segunda categoría y se aceptara que las escritoras tienen su lugar bien asentado en el marco de la literatura universal.

Por tanto, a ellas... Muchas Gracias.

13 de marzo de 2009

Otro premio ¡estamos de plácemes!

Pues hace un par de semanas, Anne, de Luz de Luna, tuvo la gentileza de engalanar este blog con este otro premio:


¡Le agradecemos de corazón el regalo!
He aquí las reglas del premio:
1. Exhibir la imagen del premio "Olha que blog Maneiro"
2. Poner el nombre del blog que te lo dio.
3. Indicar 10 blogs preferidos.
4. Avisar a los indicados.
5. Publicar las reglas
Siguiendo, pues, estas indicaciones, enlisto 10 blogs que me parecen interesantes, originales en su tono, muy bien llevados (Me temo que me repetiré del mensaje anterior, pues no ha pasado mucho tiempo desde entonces):
Hago mención del blog de Javier Illán, La Alacena, que es tremendamente original y que había quedado por fuera antes.
De nuevo, por supuesto, recomiendo visitarlos. :)

1 de marzo de 2009

¡Nos engalanaron con premios!

Esta vez Belén, desde El Club de Lectura nos ha honrado con dos premios:

El Premio Dardo:
«Con él se reconocen los valores que cada blogger muestra cada día en su empeño por transmitir valores culturales, éticos, literarios, personales, etc..., que en suma, demuestra su creatividad a través su pensamiento vivo que está y permanece, innato entre sus letras, entre sus palabras».



Reglas:
1- Aceptar, hacer que el Logo sea visible, respetar las reglas.
2- Hacer un link al Blog que te ha premiado.
3- Premiar otros 15 blog y avisarles.


Y el Premio Blog de Oro:

Reglas:

1- Aceptar, hacer que el Logo sea visible, respetar las reglas.
2- Hacer un link al Blog que te ha premiado.
3- Premiar otros 15 blog y avisarles.


Bien, aquí viene la parte difícil, pues premiar a 15 blogs por su contenido interesante, valioso, y hasta original, que fueron los criterios que me propuse, no resulta tarea de un momento. Afortunadamente, he visitado a algunos colegas a lo largo del tiempo, y creo que puedo nombrarlos sin equivocarme.


Aquí van mis escogidos para los premios Dardo y Blog de Oro:


El Trasgu Probabilista
Sevilla Escribe
Fran Otanaya
Fantástica Literatura
Proyecto de Escritora
Antonia Romero
Pinceladas de lo Desconocido
La Cólera de Nébulos
Crónicas de Drashur
A Young Knight Travel
Nudo de Piedras
Letras para Soñar
Pedro Camacho
La Sombra de Grumm
Diario Druida


¡Disfrútenlos!

21 de febrero de 2009

¿Quién escribe el mejor "best seller"?

Este sería el título de un nuevo concurso de escritura que podría lanzar en los próximos meses. No más concursos "literarios", por favor. Que sean concursos de escritura. El mejor adaptador de argumentos preestablecidos se lleva el trofeo. Y sin preocupación para la editorial: sus ventas estarán garantizadas.

¿Estoy hablando con dejos de amargura? No, para nada. No he participado en ninguno desde hace tiempo, pues decidí no involucrarme con certámenes literarios a menos que tuviera a mano algún escrito que se ajustara y quisiera darle una oportunidad. Pero viendo los últimos triunfos de concursos populares, he llegado a la conclusión de que ni siquiera valdría la pena. Los argumentos archiconocidos que inundan las librerías ya llegaron a los premios literarios. No importa si es un drama que "analiza" la vida y milagros de un dictador o de una dictadura o de una ola de secuestros, o si es un complot mundial que indaga en misterios históricos -o prehistóricos, da igual- tipo Dan Brown, o si es una terrible historia de amor y sexo que siempre -siempre- termina con la separación de los amantes, ¡se lleva el trofeo!

Mi única objeción es el nombre de estos cértamenes. ¿Para qué llamarlos Premio Literario o Certamen Literario o algo así? Sería más justo que pusieran a disposición de los concursantes los argumentos que quieren publicar y el que mejor lo acomode, ese gana.

Podríamos hacerlo en privado. Propondríamos argumentos tipo Dan Brown o Michael Crichton o John Grisham o Paulo Coelho o algo por el estilo y que los participantes desplieguen sus oficios del buen escribir. ¡Tendríamos un seguro ganador!

Los demás, los que quieren escribir argumentos originales o diferentes, que no pierdan el tiempo con certámenes y que escojan el largo camino de encontrar algún editor arriesgado que quiera publicar sus obras. ;)

13 de febrero de 2009

¿Debemos satisfacer al lector?

Vagando por Sedice.com me topé con una conversación interesante. Alguien preguntaba qué buscaba el lector en los libros de fantasía (contemporánea). Con miras, claro está, a intentar incorporar las respuestas en la confección futura de los libros. Y le llegaron las respuestas de varios participantes. Que fuera fantasía épica, que tuviera dragones, que no los tuviera, que fuera original, que inventara personajes totalmente nuevos, que no, que sí, etc. Tantas opiniones como lectores, aunque si no recuerdo mal, una de las características más apreciadas era la originalidad del texto.

Y bien pensado, la esperanza de hallar originalidad en un texto, sea de fantasía o de cualquier otro género literario, nos lleva a una especie de contrasentido: buscando satisfacer al lector potencial de nuestros escritos nos vemos en la necesidad de sorprenderlo, pues si le damos lo que ya sabemos que le gusta, puede acusarnos de no ser originales y por tanto, nos exponemos al rechazo. Si intentamos sorprenderlo, con originalidad, puede que no le gustemos, pues no hallará lo que busca. ¿No resulta, entonces, una fórmula frustrante?

Llegados a este punto: ¿es un deber moral del autor (creativo) satisfacer al lector potencial? ¿Debemos crear historias que agraden a los lectores, que les haga sentir que encontraron lo que buscaban? Si es así, ¿cómo suponer que somos originales si seguimos las pautas de sus gustos?

Me detengo un momento en el "deber de gustar". ¿Existe? Yo diría que sí, en un sentido complejo. No se trata de crear una obra que simplemente entretenga al lector. Podemos hacerlo, claro está. Pero la satisfacción del lector va más allá, me parece, que el simple entretenimiento. Es cuando nos detenemos a pensar sobre qué busca el ser humano en el arte, en general. No busca sólo una emoción pasajera, aunque pueda incluirla en sus expectativas, sino algo más, algo que lo llene, que lo perturbe, que lo asombre, que lo afecte emocionalmente, que lo haga soñar, o reflexionar, o actuar incluso. El arte conmueve. Y la literatura, en tanto arte, crea el mismo escenario.

Entonces, ¿qué busca el lector en cualquier obra literaria? Cuando todos decimos "¡originalidad!" creo suponer que deseamos ser sorprendidos, conmovidos, emocionados, involucrados. Mucho más que entretenidos, puestos al caso.

Desde ese punto de vista, entonces sí, es nuestro deber moral como autores creativos alcanzar ese objetivo. Pero al mismo tiempo, y precisamente en cumplimiento del "deber moral", deberíamos mirar más allá de lo que la gente "pide" y concebir según nuestra inspiración otras ideas, otras historias.

¿Cómo hacerlo? No parece que sea tan inalcanzable. ¿Es que acaso no somos lectores nosotros también?

6 de febrero de 2009

¿Influye mi edad, mi ocupación...?

Me refiero al diseño de los personajes. Sí, todavía estoy desmenuzando los personajes literarios. Es que me parece que constituyen uno de los problemas más recurrentes en nuestra elaboración de historias verosímiles e interesantes.

Regresando al punto, me preguntaba el otro día si nos dejamos influir por nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión a la hora de diseñar a nuestros personajes principales. Tal vez en un número interesante de casos así sea. Y tal vez sea lógico.

En estos días estoy leyendo -muy poco a poco, porque el tiempo ya no me sobra como en los dorados días de mis años universitarios- un best seller de un autor típico: The Broker, de John Grisham. Me lo regaló mi hermano en Navidad y estoy con él desde entonces. No conozco en general la obra de Grisham. Tan sólo recuerdo que vi alguna vez, en el cine, la adaptación de The Firm (con Tom Cruise) y no me pareció la gran cosa. Hasta el momento, el nuevo libro tampoco me lo parece, pero al menos está entretenido. Sin embargo, no iban por ese camino mis reflexiones, sino sobre el personaje principal: Joel Backman. Él es el broker del título, y aunque la palabra "broker" se refiere normalmente a los corredores de bolsa, podríamos decir que en este caso sería más bien un "jugador" de alto nivel. Backman es abogado. Igual que Grisham. Y si mal no recuerdo, el personaje principal de The Firm también lo era. De hecho, los villanos también. ¿Será que Grisham sólo escribe sobre abogados? Tengo la impresión de que uno de sus personajes principales en A Time to Kill también es abogado. No la he leído pero vi los prólogos de la adaptación cinematográfica (tampoco vi la película). El punto es que Grisham vuelve una y otra vez con abogados.

Me paré a pensar y me dije: ¿tengo la misma tendencia? ¿Mis protagonistas suelen ser mujeres, en sus treintas, con vocación literaria? Cuando me puse a repasar mi historial, me di cuenta de que no. Había variedad. Y sentí alivio. Luego me pregunté si era legítimo sentir "alivio". ¿Tan malo es ser reiterativo con los protagonistas? Pues yo diría que no es muy imaginativo, aunque si las historias que uno traza se ajustan a ese tipo de protagonista, sería necesario. Después de todo, si estoy escribiendo sobre una drama familiar, será más natural adoptar el punto de vista que mejor uno conoce. Por ejemplo, si soy mujer joven, mi mejor conocimiento sería el de una mujer joven. Por otro lado, ¿no estoy siendo demasiado cómoda? ¿Es una muestra de falta de imaginación o de excesivo comfort? ¿Es preciso ajustarse a realidades conocidas para poder andar sobre seguro?

Tiendo a pensar que se trata de un movimiento cómodo. No hay desafío ni gran esfuerzo de imaginación. Ponerse en los zapatos del otro es una acción que requiere trabajo, estudio, fuerte reflexión. Para mí es más sencillo diseñar un protagonista afín a mi edad, mi sexo o mi ocupación que alguien ajeno a mi realidad. Los abogados son fáciles para John Grisham. No es de extrañar que pueda publicar un libro cada año o cada dos años.

¿Proponerse un desafío? Tal vez. Si lo requiere. No caer presa del facilismo ni del conformismo. Ser innovador, al menos para con uno mismo. Lo que no significa que deba siempre negarme la posibilidad de dibujar en el papel una semblanza de una realidad que conozco bien...

Reflejar realidades familiares... o ajenas. Dejo el reto planteado.

27 de enero de 2009

La "chica"

Este personaje reviste de un especial interés para mí, por una razón obvia: compartimos el sexo. No, no el género, que no soy parte de la gramática, sino el sexo, ya que ella y yo pertenecemos al mismo. Y no he visto que las "chicas" de las historias tradicionales o no tan tradicionales hayan sido muy bien tratadas. Casi ninguna es la protagonista -a excepción de las novelas románticas- y casi todas arrastran una serie de prejuicios muy bien asentados en las mentes lectoras.

Empecemos con la "chica" clásica. Suele ser la heroína de la narración, entendiéndose "heroína" como la compañera del héroe, no como una "héroe" femenina. Es comparable a las definiciones -tan abundantes- en el diccionario de "panadera", "molinera", "alcaldesa", etc., que siempre incluían "esposa del panadero", "esposa del molinero", "esposa del alcalde", y demás. Es decir, la mujer es en función del hombre a quien acompaña. En este caso, la "heroína" no es la que salva el día, sino la pareja del héroe. No suele ser la esposa, pues las esposas han sido tradicionalmente muy degradadas en la literatura -de hecho, son virtualmente inexistentes, a menos que sean infieles-, sino la Dulcinea, la chica soñada, la mujer trofeo a alcanzar. La princesa, pues. Esa es la "chica" tradicional.

Siendo un personaje tan secundario, tan funcional para el héroe, no suele ser muy complejo ni interesante. Suele ser joven -¡por supuesto!-, hermosa, discreta -¡casi no habla!- y delicada. Llora fácilmente, pero puede ser muy digna. Casi siempre es lo suficientemente idiota como para necesitar que la rescaten. A veces el héroe lo logra. A veces no. Da igual. Su figura es más simbólica que real, de todas formas.

La "chica" moderna ha sufrido, sin embargo, algunos cambios en la literatura de hoy. Aunque sigue siendo ostensiblemente inferior en importancia al "héroe", suele tener más personalidad. Es comprensible, pues una gran parte del público lector son mujeres y las de hoy tenemos expectativas más altas de nosotras mismas que las de antaño. Una mujer que gime todo el tiempo y aguarda a ser rescatada ya no es atractiva para nosotras (puede cansarnos de verdad) y sospecho que tampoco lo es para los hombres modernos, más acostumbrados a mujeres aguerridas, que pasan a la acción y que no esperan el rescate sin luchar. Entonces, vemos que las "chicas" de las nuevas narraciones corren, escapan, disparan, lanzan granadas, lanzan hechizos portentosos, descubren materiales increíbles, penetran los códigos secretos de computadores enemigos, se arrojan desde aviones en vuelo, etc. Es decir, hacen todo aquello que antes estaba reservado a los héroes masculinos. Sin embargo, al final, lo suelen hacer detrás del héroe. Éste es quien está encargado de pensar, la mayor parte del tiempo.

Y entonces, allí tenemos: la chica sigue siendo la chica. No es la heroína, no es la protagonista. Es la chica. Por más que corra, vuele o dispare, seguirá dependiendo del héroe en todo momento para sobrevivir en la historia... (-Claro que exceptué las novelas románticas, pero no tiene mérito, pues tradicionalmente se ha supuesto que en el campo del amor es en donde las mujeres mejor se desempeñan. Así que, si en las novelas románticas siguen siendo las protagonistas es porque siempre lo han sido-). Mención aparte merecen las novelas más crudas o realistas, en donde hombres y mujeres comparten dramas tremendos sin distingos. Sin embargo, aunque en este caso los personajes femeninos no suelen estar tan enmarcados dentro de lo cliché, sigue habiendo una preponderancia agobiante del protagonista masculino.

¿Todo está perdido para la auténtica heroína? No, claro. En el horizonte han aparecido nuevas narraciones -no románticas- en las que las mujeres dejan de ser "la chica" y se convierten en auténticos motores de la acción y el desarrollo del argumento. Tal vez, entonces, con mayor abundancia de este tipo de historias, podamos conocer nuevos personajes, más complejos, más interesantes, que sin caer en el drama real o en el romántico clásico, nos permita identificarnos con un personaje femenino desprovisto de prejuicios.

16 de enero de 2009

El héroe

Siguiendo con el tema anterior, no podíamos dejar de mencionar al héroe en todas nuestras reflexiones sobre los componentes de la literatura. El héroe es casi siempre, sino siempre, el elemento alrededor del cual giran todas las historias.

¿Qué es un héroe?, deberíamos preguntarnos.

Bueno, si pensamos en héroes estrictamente hablando podemos imaginar a alguien como el piloto que salvó ayer a su tripulación y a todos sus pasajeros en el incidente del avión que se estrelló en el río Hudson. Pasó alrededor de las 3:30 p.m. de la manera más inesperada posible. Un hombre común, el piloto de un avión, ve que su avión ha chocado con una bandada de aves, pierde sus dos motores y se ve obligado a aterrizar de emergencia. Pero como no puede hacerlo sobre la ciudad de Nueva York, se desliza hacia el Río Hudson, en una maniobra que en la mayoría de los casos habría terminado en tragedia. Sí, prácticamente todos los pilotos expertos consultados estuvieron de acuerdo: acuatizar casi siempre desemboca en muerte y destrucción. Pero este hombre no sólo acuatizó, sino que lo hizo de manera que el avión no se despedazara, ni siquiera explotara. Todos los ocupantes del avión salieron casi ilesos, fueron rescatados en cuestión de minutos y puestos en tierra en menos de lo que uno se imaginaría.

Eso es un héroe. Pero supongo que no literario.

Bueno, un héroe literario puede ser alguien como el piloto en cuestión. Un héroe real, auténtico, alguien que arriesga todo por salvar a otros, sin pestañear. Y muchas historias se centran alrededor de las andanzas de personajes con esas características. Pero creo que en los últimos años, el "héroe" ha pasado a ser sinónimo de "protagonista", aunque no tenga ninguna de las prendas que caracterizan a un héroe real.

El héroe típico suele ser un personaje de estatura moral impecable, valor incuestionable y voluntad de sacrificio intacta. El héroe literario clásico es por tanto sinónimo de héroe real. Será poderoso, inclusive contará con herramientas insospechadas y llevará a cabo su misión, cueste lo que cueste. Puede que muera al final, o puede que no. Si muere, será una memorable tragedia. Si no, un final feliz. Y nadie dudará que héroe y "bueno" serán sinónimos.

Nuestra época cínica y descreída, sin embargo, ha desprestigiado estos héroes literarios perfectos, aunque siga amando y alabando a los que existan en la vida real (y añorándolos, también, seamos honestos). Ahora se nos exige un protagonista cada vez menos heroico, cada vez más prosaico, incluso oscuro o malvado, incluso cuestionable desde el punto de vista moral. Si termina mal -que casi siempre ocurre- o bien -si se le puede llamar "bien" a finales en los que no termina muerto o mutilado- tampoco importa mucho, siempre y cuando sea "creíble". Y es que se teme caer en el terrible estereotipo.

Pero en ese afán por evitar el estereotipo, ¿no estaremos forjando un nuevo "héroe" estereotípico? ¿Uno que siempre será antiheroico? ¿No se ha generado entre los escritores actuales una obsesión porque nuestros protagonistas sean lo menos heroicos posibles? ¿No estaremos exagerando? Después de todo, ¿no necesitamos todos, en el fondo, que sigan existiendo los verdaderos héroes? En ese caso, ¿cómo calzar un héroe verdadero con un protagonista "real"?

Tarea para mañana, como diría el profesor de turno.