2 de marzo de 2015

Realismos, verosimilitudes y ficciones

Las modas vienen y van, algunas veces regresan intactas, otras se renuevan y disfrazan un poco para reinstalarse; y hay de las que parecen aferradas contra viento y marea. Y siempre se comportan de la misma manera: si uno se viste de cierta forma y parece impactar a los demás, todos los otros se van corriendo a imitarlo, sea que su elección resulte un auténtico acierto, sea que les luzca bien a ellos o no, sea que valga la pena el cambio. Por eso es moda, por lo superficial.

¿Creen que estoy hablando de vestidos y zapatos? Pues, poco importaría, porque en materia de libros, el comportamiento humano es muy similar, yo diría que igual. Si lo que está de moda son las historias con vampiros luminosos, hacemos, publicamos, vendemos y leemos historias con vampiros luminosos. Si lo que está de moda son poesías compuestas por palabras repetidas durante seis versos consecutivos, hacemos, publicamos, vendemos y leemos poesías compuestas por palabras repetidas durante seis versos consecutivos. Si lo que está de moda son microcuentos de tres líneas con final sorprendente y un lenguaje bizarro, pues… ahí continúa. El punto es que en literatura, tanto como en el vestido, como en técnicas médicas alternativas, como en políticas públicas de impacto, la moda sigue dictando su imperio. Y tal parece que quien no se ajuste a ella, es visto como el “raro”.

En los últimos tiempos, por ejemplo, más que las novelas de vampiros luminosos, he notado que la moda imperante, la Gran Tendencia, es la búsqueda desesperada y minuciosa del “realismo”: toda historia que se precie de ser “buena” debe ser “realista”, porque si no es “realista”, es una basura mercadológica destinada a ser consumida con rapidez y olvidada con más velocidad aún, y que no merece el apelativo de “literatura”. Realismo, realismo, realismo: debe imperar la “fidelidad” a la “realidad”.

De esta manera, las historias que causan mayor impacto en nuestros días suelen ser las que están “basadas en hechos de la vida real”, las biográficas, las históricas y, por supuesto, las dramáticas de la vida contemporánea. Pero, ojo, eso no significa que la literatura fantástica esté en retirada: ¡ni pensarlo! Lo que ocurre es que a la literatura fantástica también se le exige realismo. Así como se oye: la historia podrá contener hidras de muchas cabezas, magos poderosos y hechizos de sangre, pero debe ser “realista”, porque si no lo es, no se acepta como “buena”: no se sigue, no se recomienda, no se lee.

Lo que nos deja en una gran laguna de preguntas, de las cuales, la principal es: ¿qué estamos entendiendo por “realismo”?

Tengo la impresión de que “realismo” es para todos sus más afanados defensores, escritores o lectores, todo aquello que huela mal. Si cuento una historia “realista” esta debe contener sangre, sudor y lágrimas, en gran abundancia y despliegue. Debe haber personajes retorcidos y crueles, grandes traiciones y sufrimiento a granel, y por supuesto, jamás pensar en un final que no sea amargo, o al menos, agridulce (sea lo que esto signifique). Así, si la historia está “basada” en “hechos reales”, debe ser una historia amarga o trágica, o por lo menos muy triste, de algún enfermo terminal, de un soldado mutilado o algo por el estilo, porque contar una historia de una familia feliz, aunque esté basada en hechos reales, no sería “realista”. Igual sucede con las novelas históricas, que suelen abordar períodos del pasado cargados de dramas… Claro que en este rubro es mucho fácil hallar épocas históricas repletas de sangre y sufrimiento, pues el ser humano ha sido muy generoso a la hora de llevar tragedia a sus congéneres, todo hay que decirlo.

En cuanto a los dramas contemporáneos, naturalmente impera el sufrimiento, la muerte y la desgracia. La novela negra, por ejemplo, no sería lo que es si su detective principal o su investigador, no fuera un tipo sufridísimo y acomplejado cargado de demonios y otras variantes del sujeto “complejo”. Y aquellas novelas que sin ser negras abordan dramas políticos o sociales, con denuncias incluidas, también se precian de escarbar en lo más podrido del drama humano, con el afán de ser “realistas”. Y, ¿qué se puede decir de la literatura fantástica? Lo mismo: la sangre, la depravación, la crueldad y la traición deben imponerse en la historia, so pena de ser juzgada de “fantasiosa” (¿???).

Vamos a ver. ¿Es realista suponer que el “realismo” solo compete a la parte más podrida de la realidad? ¿De verdad es creíble que vivimos en este mundo en medio de sangre, corrupción y muerte? Ni siquiera en los países donde la situación política es realmente grave, donde impera la falta de gobierno y de comida, donde hay vandalismo y asesinatos a diario, ni siquiera ahí dejamos de encontrar muestras de solidaridad, apoyo y confianza, ni siquiera ahí se desvanece un juego infantil ocasional, una lucha que vale la pena resaltar, un triunfo de la vida sobre la muerte. ¡Ni que decir tiene de todos los demás, donde la vida diaria es difícil, pero no imposible! Por favor, la realidad es mucho más variada, multicolor y polifacética que la podredumbre insistente de los “realismos” de moda.

Un sujeto “complejo” no necesita cargar con demonios para ser complejo. Un ser humano normal, sin traumas infantiles ni tragedias familiares, es lo suficientemente complejo en sí mismo como para ser protagonista de una historia interesante. El arte del escritor sería pode mostrar esa complejidad sin recurrir a los clichés “realistas” de moda. (Sí, lo siento, ya son clichés: todo el mundo los usa).

Esto, por cuanto el arte del escritor no estriba en su capacidad para mostrar escenarios o personajes “realistas”, sino verosímiles: o sea, historias que nos permitan a los lectores creer en ellas.

Seamos, ahora sí, realistas. Ninguna historia, por muy sangrienta o podrida que esté, es fiel a la realidad, como pretende esta moda que ya va durando demasiado. Nada puede “calcar” la realidad, porque ésta es tan inmensa que no puede ser abarcada por ningún ojo. Puede ser representada en partes, con ayuda de la imaginación y la sensibilidad de un escritor, pero necesariamente, el resultado será tan solo un mundo ficticio que querrá representar no la realidad tal como es, sino la realidad tal como la ve el escritor y como la imagina auténtica o posible.

Toda historia es ficción, toda, sin excepción. La misión del escritor es convencer al lector de que esa ficción puede ser sentida como auténtica, como creíble, de que puede imaginar que entra en ella y la vive. O sea, convencer al lector de que firme un pacto, en el que el lector acepta que está leyendo una ficción como si fuera real.

Esto significa que no es necesario incluir siempre sangre, sudor y lágrimas. De hecho, la hiperabundancia de estos elementos está tornando las historias actuales en calcos unas de las otras, en clichés repetidos hasta la saciedad que terminarán por aburrir a todo el mundo. No incluirlos se convertirá entonces en un desafío: en una auténtica transgresión a una moda persistente que inunda toda la literatura actual.

Al menos, hasta que aparezca la siguiente moda, claro. ;)

25 de febrero de 2015

Culto a lo corto, amor a lo largo

Últimamente he escuchado y leído, de parte de muchos académicos y críticos, discursos más o menos contundentes en relación con la extensión de los escritos literarios. Estos deben ser, según ellos, sintéticos, es decir, deben saber condensar en pocas palabras la sabiduría entera de su propuesta literaria.

O sea, que las mejores novelas, por ejemplo, son las que no se extienden más allá de unas 200 páginas; eso, considerando que toda novela, para serlo, debe presentar una mayor extensión que un cuento. Y en cuanto a éste último, por supuesto, los más “brillantes” son aquellos que no pasan de una página, pero si tienen más de 14 o 15 son aceptables, aunque no “brillantes”.

Síntesis, dicen, síntesis ante todo. Poca paja, mucha condensación de ideas. No hay que gastarse el tiempo en descripciones abigarradas e innecesarias, ni tampoco en diálogos extensos o repletos de detalles “que no vienen al caso”. Hay que ir al punto, contar el meollo y saber decirlo “con estilo”.

Dado este punto de vista, no es de extrañar que el mundo académico desprecie con tanta intensidad la enorme cantidad y variedad de sagas y megasagas literarias que inundan el mercado y que se constituyen en tremendos best-sellers aquí y allá. Porque eso es notable en los libros más vendidos y buscados de la actualidad: no son solo novelas extensas, muchas veces tienen continuaciones y segundas y terceras partes que no parecen terminar nunca. La Rueda del Tiempo, de Rober Jordan y Brandon Sanderson, por ejemplo, terminó con 15 o 16 volúmenes (en inglés) y Canción de Hielo y Fuego, de George R.R. Martin, aunque apenas va por el quinto volumen, en realidad, como son tan inmensos, se podría partir en dos cada uno de los volúmenes 3, 4 y 5 y tendríamos ya ocho volúmenes bien nutridos. Eso, sin contar la gran cantidad de trilogías y tetralogías ya establecidas y consolidadas o que están apenas consolidándose.

En nuestra academia, por tanto, se precia como “brillante” lo sintético. En el mercado librero, al parecer se prefiere el desarrollo, cuanto más extenso, mejor. Ah, dicen nuestros connotados críticos y estudiosos, eso es porque son libros tan malos, tan mediocres, que necesitan mucha paja para mantenerse funcionando, no como los libros geniales que en pocos párrafos son capaces de contar historias maravillosas. Sin embargo, no parece que tal opinión cale ni mucho ni poco en el mercado editorial importante.

¿Qué pensar? Yo diría, como cualquier equilibrista, que la extensión no determina la calidad de antemano y que el hecho de que una historia sea contada en pocas o muchas palabras solo depende de la historia misma y del estilo de su autor. Sin embargo, es tan insistente la reiteración sobre este tema, que me parece casi obligatorio recordarlo.

Grandes obras de la literatura universal, amadas y alabadas por esos mismos críticos son cualquier cosa menos cortitas: Don Quijote, La Regenta, Guerra y paz, Historia de dos ciudades, Anna Karenina, Los Miserables, En busca del tiempo perdido, Ulises, etc., todas son obras monumentales, con cientos y cientos y cientos de páginas.

Ah, es que son viejas. Era el estilo, la época, dicen. ¿De veras? ¿Para desarrollar tanta maravilla con tantas palabras es preciso haber nacido hace más de 100 años? ¿Por qué? ¿La calidad depende de la época, no del autor o de su texto? ¿Desde cuándo? Después de todo, de la misma época que el Ulises de Joyce tenemos La Metamorfosis, de Kafka, y uno es extenso mientras el otro es corto. Y ambos son maravillosos. O eso dicen los críticos.

Culto a la síntesis. ¿De veras? ¿Es preciso contar rápidamente en dos líneas todo el diálogo entre don Quijote y Sancho Panza para captar la sabiduría desplegada por el autor? ¿Es mejor Monterroso que Cervantes? (¿o son solo diferentes?).

No sé. Tengo la impresión de que exigir tanto resumen puede ser un asunto de economía o de pereza, pero no de calidad. Si vas a contar una historia corta, te saldrá corta. Tu arte será saber contarla para que quede impresa en el alma del lector. Y si vas a contar una historia larga, te saldrá larga, por mucho que cortes aquí y edites allá. Y tu arte solo dependerá de cómo impacte al lector.

No más.

Por otro lado… ¿acaso es preciso, de verdad-de verdad, desarrollar una saga larguísima e interminable de un único personaje viajando por todo el mundo para perpetuar tu memoria en el mundo de las letras? ¿No será que existe el temor de no poder desarrollar otra historia, en otro mundo, con otros personajes? (OJO: no me refiero aquí a las distintas historias generadas en un mismo universo, sino a esas historias únicas que parecen requerir de tomos de 500 páginas o más, uno detrás de otro, para poder ser contadas). De veras: no todo lo que se quiere contar de un personaje le va a importar en absoluto a los lectores. Ni cambiará su forma de pensar sobre él.

Ya basta de exigir y alabar síntesis tras síntesis. O de creer que para escribir una buena historia hay que escribir una larguísima saga de 17 libros. Estas disquisiciones son tan molestas como distractoras.

De veras.

19 de febrero de 2015

¿Qué es un buen libro?

¿Han notado la frecuencia con que enconadas discusiones en torno al best-seller de moda suelen presentarse cada cierto tiempo? No más tenemos una nueva novela erótica, un thriller oscuro, una novela paranormal o de terror, o cualquier libro dramático con una sentida historia personal de superación o una envolvente historia de amor, surgen las batallas verbales en torno a su calidad y (supuesta) mala o buena influencia. Algunas veces parece que va a correr sangre, incluso.

Confieso que me he llegado a involucrar yo también, en especial cuando cae en el caldero de la discordia algún libro de mi especial afecto, pero, claro, ¿qué lector no siente que su vida está siendo injuriada de alguna forma cuando algún fulano se atreve a ultrajar el buen nombre de su libro o de su personaje favorito? Sin embargo, entiendo y soy consciente de que dicha derivación de un debate así es enteramente subjetivo.

El punto es que la calidad de un texto siempre entra en el terreno del debate. Sea que se trate de un best-seller de último momento o una oscura edición de un libro cuasidesconocido, la discusión en torno a su calidad puede tornarse agria o apasionada, pero casi nunca, o nunca, llega a resolverse. ¿Por qué?

La respuesta quizá se encuentra en otra pregunta. ¿Qué es, después de todo, un buen libro?

Algunos dirán que un buen libro es siempre uno que esté escrito de forma impecable y, obviamente en el caso de la literatura, de manera innovadora, sorprendente, especial. Que una novela o un cuento, mucho menos una poesía, sea escrita en la misma lengua formal y correcta de un informe técnico o de un artículo académico no parece agradar a quienes sostienen este criterio, pues un “buen libro” no puede igualarse con lo que cualquiera puede hacer en su campo.

Quizá.

Otros dirán que un buen libro es aquel que contiene un mensaje poderoso, sea de denuncia o de crítica social, política o filosófica, que logra transformar la vida entera de quien lo lee. En esta tendencia, quienes defienden la necesidad de contenidos potentes, prefieren que estén anclados en “la realidad”, que sean significativos para la vida cotidiana del lector o la de su sociedad, y que puedan exponerlo a temas "trascendentales". Un libro que contenga un fondo relativo a fantasías, sueños o placeres “no conectados” con una realidad crítica, no puede ser “bueno”.

Hum…

Otro sector asegura que un buen libro es aquel que no solo está bien escrito, sino que transmite un mensaje positivo, de superación y avance, tanto para el lector como persona, como para la sociedad como conjunto. Son libros, dicen, que funcionan como fuente de inspiración para el cambio, para la transformación de los pueblos, mediante la elaboración de modelos de conducta, o de sociedad, “ideales” o “deseables”. Un “buen libro”, alega este grupo, no debería contener ambigüedades morales ni apologías de la violencia o el odio que pudieran ejercer una “oscura” influencia en los lectores. Suelen ser, por cierto, quienes creen que la literatura es una actividad destinada especialmente al público infantil o juvenil.

Pues…

En la otra orilla, existe el grupo que cree que los buenos libros solo son aquellos que transgreden el orden social establecido, desenmascarando sus más crueles y macabras facetas, desnudando la podredumbre de una sociedad abocada a la destrucción. Un buen libro, para estos lectores, no puede contener frases “bonitas”, ni héroes “arquetípicos”, ni mucho menos, ¡por favor!, finales felices, porque en este mundo infecto no existen los finales felices. Aunque se parece mucho al sector que abogaba por un mensaje poderoso de denuncia o crítica social, en realidad, se vuelven más extremos, pues todo tema debería ser tratado, en un “auténtico buen libro”, desde su ángulo más mordaz, cínico y cruel, y será mostrado con toda la degradación de la que es capaz el ser humano. Naturalmente, para este sector, la literatura infantil y juvenil es apenas un esbozo literatura, porque la auténtica es la “adulta”, la “seria”, o sea, la de los “buenos libros” que ellos describen.

Ejem…

Existen quienes dividen los buenos y los malos libros por sus cifras de ventas. Y en este aspecto, encontramos dos grupos contrapuestos: el primero cree que un libro que se vende mucho es un buen libro, pues para ellos “tanta gente no puede estar equivocada”. Así, el hecho de que un libro sea tan gustado por miles o aun millones de personas indica que tiene la capacidad de transmitir un mensaje y comunicarse con el lector a niveles que “solo un buen libro” puede alcanzar. El segundo grupo cree exactamente lo contrario: desprecia profundamente el gusto del público mayoritario, por lo que considera que un libro que se vende mucho es necesariamente un libro malo. Para ellos, la “masa” es estúpida e ignorante, y tenderá siempre a comprar lo superficial y fácil, es decir, lo que el mercado le dicta, y a preferirlo sobre los auténticos “buenos” libros, los cuales siempre serán rechazados por la mayoría, para quien resultan demasiado “profundos”.

En fin.

Supongo que se habrán dado cuenta que varias de estas posiciones, que son solo algunas de las más comunes, tienen la capacidad indiscutible de provocar las más airadas discusiones, pues fácilmente dan pie a extremismos. Lo que ocurre es que suele dividirse entre “buenos” y “malos”, cuando lo más realista es que haya libros mediocres, libros buenos y libros, digamos, maravillosos o extraordinarios, que por ser extra-ordinarios no serán nada comunes y no pueden ni deben ser la medida con que se juzguen a los otros. De hecho, suelen ser considerados así mucho tiempo después de que han aparecido.

Aquí, entonces, hemos de considerar solo a los mediocres y a los buenos. Los malos… bueno, creo honestamente que los libros malos-malos pocas veces llegan a ser considerados tanto por el gran público como por el especializado, pues son tan incomprensibles, tan absurdos, están tan mal construidos, que casi todos los desechan y olvidan al instante. Hay muchos, pero pasan rápido, en especial en la era de Internet (y de la publicación instantánea y fácil).

En mi caso, y es solo mi opinión, un buen libro suele ser la suma y combinación de muchos rasgos distintos, contenidos en las diversas posiciones de quienes los juzgan. Por ejemplo, su escritura es ciertamente impecable, aun hermosa. No suele parecerse a un informe técnico o a un escrito académico, porque no es lo uno ni lo otro, pero si quisiera, podría imitarlos y hasta burlarse de ellos. El lenguaje literario, si algo tiene de llamativo, es que se inventa a sí mismo como quiere. Esto no significa que no pueda o no deba recurrir a las formas que quiera: puede usar un lenguaje soez al igual que uno formal, uno caballeresco y galante así como uno sensual y erótico, uno científico y también uno político o filosófico, pero siempre lo hará con deliberada intención, no por error o ignorancia. De alguna manera, todo lector exigente sabe cuándo un libro está plagado de errores e inconsistencias gramaticales y hasta lingüísticas, y cuándo un libro está jugando con el lenguaje. El primero es el primer indicio de un libro mediocre. El segundo promete.

Un buen libro, a su vez, tiene un contenido que resulta significativo para el lector. ¿Qué significa esto? Pues, que le representa un quiebre en su mundo, una nueva parada en su vida, de tal manera que se vuelve parte integrante de su visión de mundo, de su actitud hacia la vida y hacia los otros. En otras palabras, un buen libro se integra al lector, sea que éste quiera o no quiera permitirlo. No digo que le guste, ojo, porque puede que no, sino que sea significativo de algún modo personal, emotivo e intelectual. Claro que he notado que los buenos libros suelen gustar a la mayoría de los lectores, en especial cuando al paso del tiempo, éstos se dan cuenta de lo significativos que fueron para ellos después de todo.

¿Lo anterior significa que un buen libro debe, en efecto, contener una fuerte denuncia social, o un profundo análisis del mundo, o un realismo desbordante que lo lleve al impacto? No, por supuesto. Que un libro denuncie X situación o que platee filosofías más o menos profundas no significa que logre integrarse al lector. Un libro puede tratar todos esos temas y ser mediocre. Un libro puede no tratar ninguno de esos temas y ser un buen libro. No es el contenido específico el que lo hace relevante, sino la manera en logra conectar ese contenido con el lector, lo que sin embargo, tampoco significa que no tenga ningún contenido, ojo. Un libro que solo es alabado por su forma, pero nadie parece conectarse con su contenido, es un libro mediocre también.

Ahora bien, el contenido de un buen libro suele ser relevante, desde un punto de vista objetivo, lo que no significa que sea específicamente político, o sociológico, o que trate algún tema muy particular del tiempo en que se escribe. Cuidado con la devoción a los “realismos”: no deja de ser una especie de culto al monotema. Y ser monotemático no es típico de un buen libro, sino de uno mediocre.

En cuanto a las ventas, pues… ya eso depende de muchos factores externos al libro, como la capacidad del autor para lograr una buena promoción, o de la editorial para saber comunicar al público la existencia de un título X o Y. Dudo que un buen libro bien promocionado y ampliamente ofrecido no sea aceptado por un público mayoritario. No creo en la idea de la “masa estúpida e ignorante” y mucho menos en que un buen libro sea “incomprensible”. Siempre habrá lectores poco exigentes, eso es verdad, y algunos que carezcan de una adecuada formación general que les permita acceder a buenos libros con ciertas temáticas más complejas; sin embargo, sí creo que existe un apreciable número de lectores bien formados que pueden y saben acceder a esos buenos libros con temáticas más complejas, si estos les son ofrecidos de forma adecuada (o sea, si les dicen que existen. ¡Nadie puede leer un libro que no sabe que existe!).

Un buen libro no necesita, por otro lado, una temática espesa o compleja para ser bueno. La temática será todo lo compleja o sencilla que el libro precise, que su contenido en particular necesite. Este no tiene que referirse a un mundo adulto o a una problemática social o política X, ni tiene que ser “modelo” de conducta de nada ni transmitir moralejas, ni “desnudar” realidades crueles o podredumbres humanas varias. Puede, pero no es obligatorio para ser bueno. De hecho, puede ser infantil o juvenil, puede anclarse en un referente real específico o puede ser completamente fantasioso, puede abordar una pregunta filosófica o puede explorar posibilidades de todo tipo.

Un buen libro tampoco tiene que presentar una prosa o una lírica plagada de neologismos o construcciones “sorprendentes”. Pueden estar, pero no son necesarias, pues dependen del estilo particular del autor y de la manera en que el contenido se articula con la forma. En un buen libro, por cierto, fondo y forma se construyen sin forzarse, dependen el uno de la otra y viceversa, y logran proporcionar una imagen de unidad perfecta.

Un buen libro no tiene necesidad de hacer sufrir al lector. Puede, si quiere, si lo precisa, si lo busca, pero no es obligatorio. Es decir, si un libro en vez de hacer sufrir, deleita, complace, llena de alegría, no significa que sea “malo”, significa que es un buen libro que no quiso optar por el sufrimiento. Ahora bien, sufrir con un libro no significa que no se disfrute ese libro, porque en un buen libro el sufrimiento también es fuente de placer, (aunque suene masoquista). El punto importante aquí es que, sea que el libro lo haga a sufrir, sea que lo haga reír, sea que lo haga penar o que lo haga soñar, si es bueno, jamás será aburrido. Un libro aburrido, por muy filosófico que sea, es un libro mediocre: no sabe integrarse a la psique del lector. (A este respecto sí es significativo el número de lectores que entran en contacto con el libro. Si un buen número de lectores accedió al libro X y se sintió aburrido, es un fuerte indicio de que este libro es en realidad, mediocre; pero al contrario, si un buen número de lectores se sintió entretenido con el libro, no significa que el libro sea bueno, pues el entretenimiento es solo una parte del placer, no el placer entero).

En realidad, no es tan difícil hallar buenos libros. Son más numerosos de lo que muchos creen, y más variados, tal como es de variada nuestra compleja y contradictoria realidad humana. =)

P.D. Voy a colocar entre los libros "mediocres" y los libros "buenos" una categoría más: los libros "regulares". No son mediocres, porque en realidad están bien escritos y abordan una temática interesante, pero de alguna forma no logran dejar "huella" en el lector, más allá del entretenimiento casual. =)

10 de febrero de 2015

Sobre libros, literatura, PISA y mitos sobre la educación

El año pasado discurrí un rato sobre un tema que regresa cada cierto tiempo a la mesa de los debates públicos y privados por su importancia. No pocas observaciones obtuve entonces. Se trataba de por qué los chicos "no leen", de cómo su falta de lectura desemboca en adultos que tampoco leen, y de cómo todo era culpa del sistema educativo imperante en secundaria. Ya entonces barajé algunos supuestos, pero uno de los principales era que los libros que se destinaban a las listas de lectura de los colegios solían ser libros aburridos, no apropiados para la edad de los estudiantes ni para su contexto y la falta de costumbre de los mismos adultos (padres y profesores) en leer libros de literatura. En los comentarios algunos me señalaron que muchos profesores son dedicados y logran hacer leer a sus alumnos por puro placer, mientras otros indicaron que sí se puede inculcar el amor por los clásicos si éstos son adaptados a la realidad lingüística e histórica de los alumnos de secundaria.

En fin, que el tema tenía tela que cortar.

Pensé entonces que el problema es más complejo de lo que parece, pues no creo que se resuelva con solo recomendar lecturas "divertidas". Inculcar el amor por la literatura depende de circunstancias que no siempre se dan: no siempre ambos padres se involucran con los placeres literarios de sus hijos desde edades tempranas; no siempre los hijos nacen con una tendencia natural hacia la lectura por placer; no siempre que un profesor de literatura idea maneras ingeniosas de inculcar la lectura por placer en sus estudiantes logra formar lectores; etc. Y aun cuando adaptáramos las obras clásicas al nivel lingüístico y coyuntural de los estudiantes, no dejarían de ser obras "aburridas" para ellos, pues por mucho que les adaptemos cosas, siguen tratando temas que a ellos no les interesan.

Claro que no hay que cejar en el intento, pero supongo que depende de toda una política general educativa y una toma de conciencia sobre la importancia real de la lectura.

El viernes pasado, BBC Mundo publicó una nota sobre los 7 mitos derribados de los mejores sistemas educativos gracias a la publicación del informe PISA. La nota es muy interesante y apunta a las creencias erróneas que seguimos arrastrando sobre cómo ha de modelarse un sistema educativo público para que tenga éxito (esto es, para que forme ciudadanos bien preparados y útiles a la sociedad), pero el punto que a mí me llamó la atención de forma especial fue aquel relativo a los contenidos que un buen sistema educativo debía incluir y cómo debía impartirlo. A este respecto, el informe señalaba que no es tan importante idear cursos específicos sobre materias actuales e integrar un programa de estudios saturado de asignaturas varias para lograr ciudadanos educados, sino saber enseñar en profundidad algunas pocas materias esenciales.

Los sistemas educativos con mejores resultados no tienen currículos vastos pero de poca profundidad, sino que se concentran en enseñar unas pocas materias en gran profundidad.
"En 2012, PISA evaluó en qué países los estudiantes tienen mayores capacidades de analizar y resolver problemas financieros, por ejemplo, relacionado con cuentas bancarias", le explicó Salinas a BBC Mundo. "Los países que han creado programas específicos de educación financiera no obtienen tan buenos resultados en esta dimensión como otros países cuyos programas generales de matemáticos son de excelencia".

En otras palabras, vale más saber emplear el razonamiento matemático que saturarse de cursos específicos sobre economía mundial, sistemas financieros y otros rubros que para cuando el menor ha alcanzado la vida adulta, ya habrán cambiado sustancialmente. En cambio, la matemática se mantiene como una de las materias esenciales que cualquier ser humano promedio debería comprender y saber usar en prácticamente todos los órdenes de su vida.

Así, como podrán imaginar, otra de las habilidades esenciales con que un estudiante debe ser formado es, naturalmente, ¡la comprensión de lectura! ¿No resulta obvio? ¿Cómo podríamos suponer que va desempeñarse un ciudadano del siglo XXI si no comprende lo que lee? ¡Leer, leer, leer! ¡Es vital acostumbrarse a leer, a comprender lo que se lee y a saber cuestionarlo y hacer reflexión sobre eso! Y ninguna comprensión de lectura se logra si no acostumbramos a los niños a leer de forma intensa y hasta placentera desde que son pequeños.

La literatura es una gran amiga en nuestro paso por la vida, porque nos exige abordar representaciones de la realidad que invitan a nuestro cerebro a pensar. Si un niño es expuesto temprano al placer de la lectura, sin trampas, ni engaños ni "jueguitos" absurdos, sino a la lectura simple y llana, aprenderá a comprender sus lecturas y a disfrutarlas y aprovecharlas a lo largo de su vida. Leer por obligación es terrible, pero aún más terrible es no leer del todo. Y quienes deben aprender a leer por placer para poder transmitir ese sentimiento a niños y jóvenes son los padres y los profesores. Si no nos obligamos como tutores a aprender a apreciar la lectura misma, sin adornos ni trampas, jamás lograremos que los libros del colegio dejen de ser aburridos. O que nuestros adolescentes dejen de odiar los libros. =(

20 de enero de 2015

El que bien empieza...

... bien termina =) Este año comencé con una estupenda experiencia: mi primer conversatorio de Señora del tiempo. Un agradable grupo de personas, entre las que se hallaban algunos de los lectores que ya habían terminado la novela, me acompañó durante más de una hora en la Librería Internacional de Multiplaza Escazú el pasado viernes 16 de enero. Charlamos sobre varios temas, desde la revolución energética, las energías alternativas y el futuro de Costa Rica (y del mundo), hasta las nuevas ciencias, la psique y las brujas. ¡Muchas gracias a quienes me acompañaron y gracias también a quienes me enviaron sus buenos deseos! =)



5 de enero de 2015

Año nuevo, evento nuevo =)

¡Feliz año 2015! Empezamos con mucho entusiasmo un nuevo año y para hacerlo bien, los invito a una charla sobre Señora del tiempo en la Librería Internacional de Multiplaza Escazú el próximo viernes 16 de enero a las 7 de la noche. ¡No falten!



6 de diciembre de 2014

Una sugerencia =)

En esta época de fiestas y presentes, ¿qué mejor regalo puede haber que un libro? ;)


¡Felices fiestas! =)

24 de octubre de 2014

No leemos por culpa del colegio...

En estos días ha vuelto a rondar un tema recurrido y nunca terminado en torno al gusto por los libros y el efecto (negativo) que causa el sistema educativo público sobre los hábitos lectores. Lo tocó Virginia Pérez de la Puente en Facebook, y luego en su blog, a raíz de un tweet muy curioso de alguien que declaraba su aburrimiento hacia los libros que tenía que leer en el colegio y su extraña (presente) afición por la saga de Canción de Hielo y Fuego del escritor George R. R. Martin. El tema también ha rondado por otros círculos y es recurrente en muchos círculos de lectores, en charlas en torno al fomento de la lectura y hasta en conferencias para padres: ¿por qué parece que el sistema escolar logra que los estudiantes aborrezcan la literatura cuando acaban su enseñanza secundaria? Salen del colegio y juran no volver a tocar una novela o un cuento o un poemario en su vida, a menos que tengan que leer alguno (de nuevo por obligación) en sus cursos universitarios.

Muchos cumplen su promesa. Pasan años y hasta décadas sin tocar la literatura.

Sin embargo, como hace unas semanas apunté, pude advertir que la concurrencia a la Feria del Libro de Costa Rica 2014 fue abundante y que muchos se acercaron a los stands con el ánimo de comprar libros para leer por puro placer. O sea, que no todo está perdido, parece. Sí hay lectores adultos, aún no "echados a perder". Claro que algunos se quejan sobre lo que esos lectores adultos buscan para leer: la llaman mala literatura o literatura comercial, o incluso le aplican apelativos mucho más fuertes. Se quejan de que la gente no lee "buena" literatura. Y de nuevo surge la pregunta: ¿por qué? (*no me enredaré en este punto sobre lo que es "buena" literatura y lo que no, pues da para tesis completas).

Virginia avanza la teoría de que el sistema educativo enfocado en la literatura se encarga de inculcar un aborrecimiento sistemático y decidido hacia los libros de literatura, sean de género narrativo, lírico o dramático, y que su estrategia es obligar a los chicos de 13 años en adelante a que lean libros no apropiados para su edad ni formación ni contexto. En otras palabras: libros aburridos. En este sentido, leer El Cantar de Mio Cid a la edad de 13 años, o La Celestina, o Don Quijote de la Mancha, ya que estamos, es el medio perfecto para que los estudiantes comiencen a odiar la literatura. ¿Cómo podrían ellos comenzar por entender semejantes obras del pasado, escritas en un español que ya no se usa ni se recuerda y que tratan temas que les importa poco? ¿Cómo no van a pensar que son aburridos, ¡qué va!, aburridísimos? Leyendo semejantes obras y haciéndolo so pena de perder la materia, es la mejor manera de enseñarles la noción de que leer es un castigo y de que lo mejor que un chico como ellos puede hacer para divertirse es cualquier otra cosa que no sea tocar un libro.

He pensado sobre el sistema educativo que impera en Costa Rica y he llegado a la triste conclusión de que se parece mucho al que se estila en España, con la salvedad de que en años recientes el MEP abrió las listas de lecturas para secundaria y ahora les ofrece la posibilidad a los profesores de español de escoger las obras literarias con cierto grado de libertad. Sin embargo, la queja de que los ticos no leen es la misma que la de los españoles, y las excusas para no leer son también las mismas: los libros son aburridos.

¿Qué podría hacerse para fomentar la lectura? Ya sabemos que entraña muchas ventajas para el cerebro humano y para la sociedad en su conjunto, pero hasta ahora los esfuerzos del sistema de educación pública parecen abocados en desestimular la lectura antes que fomentarla. Por ejemplo, aquí en Costa Rica ahora tenemos la norma de que un niño de 7 años está imposibilitado para aprender a leer en un año y que necesita dos. Que a esa edad deben aprender "jugando". Luego tenemos estudiantes de undécimo año fallando las pruebas de comprensión de lectura y de razonamiento verbal y todo el mundo dice que qué barbaridad, que hay que "ponerlos a leer". ¿No empata una cosa con la otra? ¿Por qué hacerles creer a los padres que leer es un acto dificilísimo, que debe se aprehendido por medio de engaños (juegos)? ¿Por qué insistir en forzar a los adolescentes a leer este libro y este otro bajo esquemas rígidos de "análisis", mientras se aprenden una pila de datos históricos que los jóvenes no consideran relevantes?

Pienso que mucho de este asunto está en nosotros mismos, los adultos. Aprendimos a que en la escuela y el colegio "se leía", pues era obligatorio, parte del sistema, pero que las diversiones estaban fuera de la casa y del colegio: en la cancha, en el centro comercial, en la soda, donde las actividades nunca guardan relación con la lectura. Aprendimos que el chico "cool" es el que juega bien un deporte, que la chica "cool" es la que se ve muy bonita y tiene amigas y es sexy. Aprendimos que leer es para los "nerds", o sea, los aburridos, los que carecen de vida social y por tanto, de prestigio. Y crecemos y nos hacemos adultos y conseguimos trabajos y nos sentimos muy cansados y nuestros placeres se reducen a ver televisión, tomar una cerveza con los amigos el viernes a la salida o a veces, ir al cine. Nunca leer. ¡Por favor, no! Ya leo suficiente en el trabajo. ¿Cómo podría "divertirme" con una novela, por ejemplo? ¿No es más fácil ver "la película"? Y aunque les decimos a nuestros hijos que lean los libros del colegio, les transmitimos una completa desgana por la lectura.

Hay algunos de nosotros que no somos así, sin embargo: todavía existen los lectores (adultos). Pero... ¿qué leen? Vamos a ver: ¡no libros aburridos! Oh, no. Los libros aburridos son los del colegio. ¿Cómo superaron la prueba entonces? ¿Cómo lograron mantener intacto su amor por la lectura? Virginia y otros como ella piensan que por una razón muy simple: porque habían desarrollado la afición por la lectura en su casa, antes de llegar al opresivo sistema de enseñanza secundaria que hacer aborrecer los libros. (Yo, por ejemplo, aprendí a leer en mi casa antes de entrar a la escuela y solía pasármela leyendo cuanto material "leíble" encontraba, por pura afición personal. No recuerdo, por ejemplo, que algún profesor me hubiera inculcado algún especial placer por la lectura).

Lo que nos deja en una situación de profunda desesperanza. ¿Qué hacer para crear una verdadera afición por la lectura, para ver los libros no como medio idóneo para quedarse dormido sino como placer profundo y personal que puede brindar íntima satisfacción?

Lo hablaremos en la próxima, porque... bueno, tengo alguna que otra conjetura al respecto. =)

24 de septiembre de 2014

Pensamientos varios

A casi un mes de haber concluido la XV Feria Internacional del Libro 2014 en Costa Rica y ya instalada en mis rutinas normales, he tenido algunas reflexiones que solo en la distancia suele uno tener: comienza a ver los acontecimientos con una perspectiva agradable, sin estar envuelto en prisas ni preocupaciones, mucho menos, deberes. ¿Qué he pensado?

Pues algo bueno y algo no tan bueno, como suele suceder.

Creo que la sensación más agradable que me dejó la Feria fue el nutrido número de personas que acudieron a la cita con el ánimo de comprar libros que -obviamente- piensan leer. ¿Por qué debería resaltarlo? Pues, porque toda la vida he escuchado que en Costa Rica nadie lee, que en el mundo hispanohablante nadie lee, que solo somos los mismos escritores los que nos leemos a nosotros mismos (como si tal cosa pudiera sostener una industria editorial tan inmensa); que nuestras generaciones jóvenes (y en eso han pasado años y años, por cierto) solo destinamos tiempo a las pantallas, cualesquiera que sean (televisores, tabletas, computadoras, teléfonos "inteligentes", etc.); que si leemos solo son revistas y secciones deportivas; etc., etc., etc. Y, claro está, que no es posible que una feria de libros subsista solo con libros, ¡vamos, por favor!, pues si nadie lee, nadie compra libros (al menos no por placer).

Y he aquí que en varios días que estuve en la Feria vi cómo la gente se aglutinaba en los puestos de editoriales y librerías con el ánimo de comprar libros de muy variada índole, que habían llegado a buscar (o quizá a explorar) ex profeso. O sea, que no llegaron por casualidad, para ver un grupo musical o una representación, un baile o una venta de celulares. Llegaron porque sabían que encontrarían libros, muchos de los cuales buscaban por placer. ¡Por placer! Y además, porque como comprobaron quienes estuvieron recorriendo los pasillos, los precios eran variados, muchos muy razonables, puesto que sí había verdaderas oportunidades (con descuentos, regalos, y demás). Se dieron cuenta, pues, de que eso de que los libros son "muy" caros solo es una excusa de quien nunca pensará que comprar un libro está entre sus intereses.

O sea, que sí hay lectores. (Lo que me regresa a aquella pregunta que me he hecho muchas veces: ¿por qué insisten algunos en la noción de que la gente "no" lee? ¿Será que les enoja la posibilidad de que la gente no lea de forma masiva los libros que a ellos les interesan? ¿A eso se refieren con la noción de que no "se lee"?).

Otra sensación agradable, por supuesto, fue la posibilidad de intercambiar opiniones y pensamientos con lectores de mis libros. =) La sensación de que alguien está leyendo Señora del tiempo, o de que ha leído Una sombra en el hielo (¡después de tantos años!) o alguno de los relatos que he publicado en antologías, no se compara con la posibilidad real de hablar con un lector cara a cara y que te exprese sus propias ideas e impresiones con palabras claras. Nada de suposiciones. Directo. ¡Fue estupendo! Una de las sensaciones más atesorables que he de tener en la vida. =)

Por el lado negativo, pues... La Feria tuvo sus fallos: desorganización en los eventos especiales, por ejemplo. Tenía programada una charla para un día a las 11 de la mañana y por culpa de esa desorganización no pude darla hasta más de media hora después. Al final salió muy bien y fue muy gratificante, pero no creo que estos malos entendidos en cuanto a horas y lugar de eventos debieran repetirse en el futuro. Después de todo, la gente que acudió a la Feria no solo se interesó por los libros en sí, sino también por las conferencias, charlas y mesas redondas que se habían programado y para las que sacaron su tiempo.

Otro detalle negativo: la disposición de los stands en la Antigua Aduana. Muchos paneles cortan el panorama y te dan esa extraña sensación de que entras en túneles y de que no puedes apreciar el colorido y la variedad de los libros que ahí se exhiben. Esto no sucedió en la Casa del Cuño, pues ahí la decoración fue más sencilla, más amigable con el visitante, más agradable para explorar y apreciar las colecciones.

¿Algo que también cambiaría? Los puestos de comida. Los dejaría afuera, bajo un toldo grande y espacioso, al lado de los comedores, a donde la gente pudiera acudir sin estrecheces, donde pudiera sentarse cómodamente y de donde no llegaran ruidos molestos para los salones de conferencias. En otras palabras, no permitiría que interfirieran con las actividades literarias que se gestaban en el interior de la Antigua Aduana, pues cuando uno estaba en un salón y trataba de escuchar al conferencista, de pronto le llegaba el ruido de algún aparato en el puesto de comida más cercano y los gritos y risas de la gente, justo al lado, o sus quejas, intentando desplazarse. Así que, puestos de comida: ¡que se reubiquen!

¿Qué no hace falta? Los conciertos, en especial de música rock o bailable. No creo que este tipo de música compagine bien con una feria donde la gente busca comprar libros y asistir a conferencias sobre literatura o a presentaciones de nuevos títulos. Tampoco creo que quienes fueron a los conciertos tuvieran interés en la Feria en sí. Una Feria del Libro necesita música suave, de acompañamiento, a veces. No más. Coros o música de cámara en presentaciones especiales, fuera de los edificios principales, quizá. Los festivales de música ya tienen su espacio y su momento a lo largo del año y nadie los echaría en falta en la Feria.

¿Qué sí hace falta? Más promoción en torno al libro el resto del año y durante la misma feria. Esta estuvo concurrida y fue exitosa, pero pienso que sería interesante que hubiera ferias en provincia, que hubiera más eventos de lectura de libros (no solo de poesía), más artículos en prensa, más cobertura de autores y títulos, más actividades relacionadas con la literatura en movimiento. Algo así. Sé que jamás alcanzará la difusión o la popularidad de un deporte masivo -como el futbol- o de las ferias de tecnología de punta, pero sé que con mayor entusiasmo y partiendo del presupuesto -verdadero- de que la gente sí lee y sí se interesa por nuevos libros, podríamos lograr un país más activo en esta rama de la cultura a la que muchos aún no le dan la importancia que tiene. =)

29 de agosto de 2014

Firma de libros en la Feria del Libro

=) Pues aquí está el programa de firma de libros para este fin de semana en la Feria del Libro. ¡Es el último fin de semana! Aquí los veo:


14 de agosto de 2014

¡Otro momento para atesorar!

Pues no todo el tiempo se está en una lista de bestsellers y ¡hoy descubrí que Señora del tiempo logró ocupar el 5to. puesto de "Bestsellers" de Librería Internacional a solo 15 días de lanzado!:  (muchísimas gracias a todos por honrar mi novela con su confianza)




7 de agosto de 2014

Detrás de una obra literaria

Hace un par de meses, en una clase de teoría literaria en la universidad, comentando sobre las dificultades que enfrentaba cierto sector artístico para llevar adelante sus proyectos, una chica expresó en voz alta sus quejas sobre lo oneroso que resultaba conseguir profesionalidad en dichos proyectos si todo el tiempo se enfrentaban tantos obstáculos, como por ejemplo las crisis económicas o la falta de apoyo estatal, entre otros. Mientras la escuchaba, me pareció pertinente todo cuanto decía, hasta que de pronto, mencionando la relación de dicho sector con los autores literarios, la chica se expresó más o menos así:

"Ah, pero para el escritor es diferente. Él solo tiene que sentarse a escribir y ya."

Me quedé pasmada, en especial porque el resto de la audiencia parecía estar de acuerdo con esa noción. "El escritor solo tiene que sentarse a escribir y ya." El "ya" me impresionaba. Sentarse a escribir es un acto obvio, ¿no?, nadie escribe de pie y muy pocos logran escribir mucho tiempo acostados, por lo que sentarse a escribir es un acto casi natural. Pero el "ya" me preocupaba. ¿Qué quería decir? ¿Que no había trabajo detrás de una obra literaria cualquiera, llámese poemas, dramaturgia, novela o cuento, ensayos? Eso parecía.

Luego me puse a pensar que quizá no debí haberme sorprendido tanto. ¿Cuántas veces no he escuchado la romántica noción de que el autor literario escribe "por inspiración"? ¿Cuántas veces no se ha imaginado alguien a un autor siendo visitado por una "Musa" y poniéndose a escribir como loco gracias al golpe del "genio"? Una imagen muchas veces repetida es la del autor frente a su máquina de escribir y multitud de papeles arrugados alrededor porque no encuentra la palabra "perfecta", el giro "mágico" o qué sé yo. Pero solo está el autor y su máquina de escribir. O el autor y un puñado de hojas en blanco y un lápiz o una pluma. Nada más. Como si el autor realmente no necesitara nada más.

A raíz de una interesante conversación en torno a un tema relacionado, el escritor español Teo Palacios sugería que muchas veces no se aprecia el enorme trabajo que hay detrás de cualquier obra literaria seria y que muchas personas consideran aún que un autor no puede considerarse como un "trabajador", porque escribir literatura "no es un trabajo", es tan solo un "pasatiempo", una "diversión". Y pensé que era lógico que se pensara así, si todavía persiste la idea romántica que mencioné más arriba: el autor literario no necesita más que una hoja y una pluma y un golpe de inspiración.

Pues ya quisiera.

He aquí la realidad: una novela, una colección de cuentos, un poemario, una colección de ensayos literarios, un drama teatral, es el producto de horas y horas de trabajo. Así de simple como suena. ¿Que se necesita inspiración porque estamos después de todo frente a un acto artístico como es la literatura? Pues sí, claro, pero no me negarán ustedes que también se necesita buenas dosis de inspiración para llevar adelante una clase que hay que impartir, un caso jurídico o médico que hay que atender, una larga atención a clientes que hay que sobrellevar y un largo etcétera. La inspiración, esa motivación venida de no se sabe dónde, es un aliciente necesario, cotidiano, que la mayoría de los seres humanos necesita para sobrevivir a su vida diaria, cargada de obligaciones, imprevistos e incidentes varios.

Claro que un autor necesita también otra inspiración, la artística, pero con solo la inspiración normalmente no se hace más que empezar. Vamos, que es solo el primer paso, no la creación entera. Durante el proceso será preciso intentar recuperarla, en especial cuando nos enfrentamos a los primeros obstáculos, pero ella sola no escribe una obra literaria.

¿Qué tipo de trabajo hay detrás de una obra literaria?

Pues... uno grande. Empecemos con una idea. La acariciamos, la redondeamos, nos enamoramos de ella (aquí está la inspiración). Nos parece genial. Y escribimos algunas notas en un cuaderno, en la computadora, en el teléfono celular o en la servilleta. Donde se pueda. Lo importante es no perder "la idea".

Acto seguido, es preciso saber si la idea es realmente el germen de una obra de verdad o solo es un sobrecalentamiento del cerebro. Para eso es preciso investigar. Y he aquí una de las partes más obviadas, nunca dichas, mucho menos celebradas, del trabajo del autor literario: la documentación. Hablo, por supuesto, de autores serios, responsables, que se toman con realismo la creación de su obra, no de aquellos aficionados que solo se divierten un poco después de cenar, para quienes eso de la documentación es hablar en chino. ¿Para qué voy a documentarme si lo que quiero es juntar letras que solo voy a leerle a mi pareja? Pues, no, los autores que dedican tiempo serio y que están decididos a crear una obra literaria completa, que pueda ser leída por lectores desconocidos, suelen pasar el tiempo de la documentación muy atareados.

Ah, me dirá alguien, pero eso dependerá de qué tipo de obra literaria está uno escribiendo, ¿no? Si voy a escribir una novela histórica o política, o voy a construir un relato policíaco, resulta muy evidente que investigue sobre el periodo histórico que me propongo novelar o los detalles del mundo criminal sobre el que he de ambientar el relato. Y así es, pues puede uno cometer una tontería garrafal si no investiga primero que en el siglo XVI la gente comía esto y aquello pero no esto otro, por ejemplo. Ahora bien, aunque no pueda parecer tan obvio, en realidad la investigación previa es necesaria con cualquier tipo de obra.

Pongamos por ejemplo una novela romántica ambientada en París. Al menos debe uno conocer París. ¿No la conozco personalmente? Pues a investigar. Y si el asunto se complica, mejor ambientar el romance en mi pueblo local, que eso de usar París sin conocerlo solo puede traer complicaciones exorbitantes. Pero aún si uno usa el pueblo local, tiene que saber muchos detalles del estilo de vida propio. Eso significa que si uno es un auténtico "ermitaño" natural, ya es hora de salir de casa.

Otro ejemplo clásico: ciencia ficción. Por muy estupenda que parezca una idea rara que involucra innovaciones dramáticas, es preciso saber si realmente es un planteamiento científico posible o si solo es una charlatanería, pues sería tristísimo construir una tremebunda trama alrededor de una tontería demostrada como improbable. Peor aún: que ya haya un millar de historias parecidas sobre la misma idea. Por ejemplo, mientras me documentaba para Señora del tiempo, descubrí que las nociones que yo tenía sobre los sismos que preceden a los volcanes eran totalmente desproporcionadas con la realidad, lo que me obligó a descartar toda una línea de acontecimientos que originalmente iban a ser importantes en la novela.

¿Y si es fantasía? ¿No debería ser más sencillo? Mucha gente cree que cuando un autor escribe fantasía la tiene sencillísima porque todo es "inventado". Pues no. La fantasía podrá ser muy fantasía, pero la historia tiene que ser coherente y ser coherente significa seguir sus propias reglas, reglas que el autor debe plantearse seriamente desde el principio. Muchas veces, por no decir que todo el tiempo, esto significa que el autor tiene que investigar. ¿Qué? Pues detalles. Si el mundo fantástico está ambientado en medio de cuevas, ¿cómo es una cueva que parezca creíble? Si en el mundo fantástico las criaturas tienen seis patas y no cuatro, ¿a cuánta velocidad sería creíble que corrieran? Y si no corren a la velocidad creíble, ¿a cuánta lo hacen? ¿Cómo se describe una raza fantástica? ¿Qué es una raza? ¿Y si inventa religiones, sistemas políticos, sistemas educativos? Creo que ya pueden hacerse una idea.

Pongamos por ejemplo una obra dramática. Muchos dramaturgos deben no solo lidiar con su idea y su propuesta sino también con otros aspectos extraliterarios que incidirán en su obra: por ejemplo, ¿trabaja para una compañía teatral que solo cuenta con, digamos, seis actores y no podría montar una obra en un escenario fantástico, épico o rural? ¿Tiene que viajar con la compañía o lidiar con directores con ciertas ideas acerca de los montajes? ¿Puede o no contar con música o efectos especiales? Etc. Todo esto puede ser parte de la misma investigación previa que debe realizar el dramaturgo y representa un peso enorme para la creación de la obra.

La investigación suele tardar un buen tiempo, dependiendo de cuán veloz es el autor para leer y reunir conocimientos o cuán complicado o sencillo es su libro. Pero de ahí en adelante viene la parte directa: hay que sentarse a escribir. Y este proceso puede tomar semanas, meses o incluso años. No es tan fácil como que el escritor se siente "y ya". Oh, no. Aún si no tiene el problema de la página en blanco (o sea, que no se le ocurre qué decir o cómo decirlo), estructurar la secuencia de acontecimientos, relacionar personajes, introducir ideas, defender posiciones, narrar hechos vertiginosos o lentos, violentos o apacibles, y darle un final conlleva muchas horas de dudas, de regresos, de páginas enteras borradas, de capítulos enteros borrados o quizá de escenas o actos enteros cambiados. Ha habido autores que descartan novelas completas y las reescriben una vez que se dan cuenta de que no han "funcionado". Entretanto, mantener la "inspiración" no es fácil, pues este proceso puede acarrear algunas frustraciones y no pocas dudas. Eso, si la idea original no ha debido cambiar porque otra mejor apareció en escena o porque, tras la documentación correspondiente, uno se dio cuenta de que no servía.

Se termina el primer borrador y es solo eso: el primer borrador. Nunca verá la luz de una publicación si el autor es serio, pues este primer borrador suele ser muy cambiado tras la primera revisión. Y tras la segunda y la tercera. Las revisiones son dolorosas y lentas, pero necesarias, y no afectan solo al fondo de la obra sino también a su forma (¿está bien escrita? ¿los párrafos están bien separados? ¿se usa un formato adecuado? ¿es muy larga? ¿muy corta?, etc.). Todo esto lleva tiempo y esfuerzo. Horas y horas de lectura, de correcciones, de añadidos o recortes. Y si el autor cuenta con la fortuna de tener un lector confiable que pueda darle su primera opinión de recibo, el tiempo dedicado a las revisiones puede ser aún más prolongado.

Y entretanto, hay que comer, mantener el hogar limpio y ordenado, relacionarse con su familia o amigos, ir de compras y, la mayor parte del tiempo, ir al trabajo de día, ese que le permite al autor pagar sus facturas, que no es tan emocionante ni maravilloso y que suele ser tan cansado como el de escribir.

¿Cuándo duerme?

Cuando puede. Entretanto, el trabajo continúa. El "ya" se ha estirado en el tiempo y lo que iba a ser una obra de un mes se convierte en un trabajo de 6, 12 o 18 meses. O más.

Y solo es de esperar que continúe vigente, pues si para el momento de terminar descubre que su idea acaba de ser descartada por un informe técnico o por un grupo de científicos o por un panel de expertos, cuidado: quizá hay que volver a empezar. =)

4 de agosto de 2014

Ese momento...

... en que te sientes en éxtasis porque tu libro, sí, ese que escribiste en soledad y luego amaste profundamente y que tras un periodo de revisiones y lecturas, finalmente vio la luz de una publicación editorial, sí, ese, ¡ahora puedes verlo en la vitrina de una librería! Ah... momento para atesorar, ¿no creen?


Ayer, cuando pasaba por las calles de San José centro, me tropecé con esta hermosa imagen: "Señora del tiempo" en la vitrina de la librería. Jamás habría podido resistir la tentación de tomar una foto... jamás. Imágenes así, no las ve uno todos los días, ni todos los meses, ni todos los años. Así que, aquí están. =)




1 de agosto de 2014

Hermosa velada



Ayer presentamos Señora del tiempo en la Librería Internacional de Multiplaza Curridabat, tal como había sido previsto y solo puedo decir que quedé muy complacida. Siempre había tenido la ilusión de presentar un libro (mío) en una librería, pues el estar rodeados de tantos libros (¡precioso panorama!) no solo te hacía sentirte como "en casa" sino también mucho más inspirado. Ahí estaban, desde los autores más clásicos (como Víctor Hugo, por ejemplo) hasta los más modernos (como John Green o Isabel Allende), y en medio de todos, mi novela y yo, más colegas, amigos, familia y gente estupenda que asistió a la presentación con el fin de enterarse sobre lo que Señora del tiempo podía ofrecer.



Los detalles de la mesa principal, incluyendo las flores; las sillas elegantemente "vestidas", las luces suaves, apropiadas para un ambiente acogedor, un servicio de refrigerio que incluía algunos vinos, la gente sonriente, hablando de literatura y de experiencias, en fin... no pude haberlo deseado mejor ni esperado mejor.


A quienes me acompañaron, les agradezco muchísimo su presencia, me hicieron sentir especial. A quienes me acogieron, la librería, les doy las gracias por la fineza y el buen gusto con que engalanaron el lugar. Y a mi editor, Óscar Castillo y a mi presentadora, Emilia Fallas, las más calurosas gracias por su decidido apoyo y sus palabras. =)


31 de julio de 2014

Hoy 31 de julio...

... los espero en la presentación de Señora del tiempo en la Librería Internacional a las 6:30 p.m. =)
(Luego, a quienes no puedan ir, les contaré cómo nos fue)...

=)

21 de julio de 2014

Sobre las razones para escribir novelas

Y yo añadiría "para escribir cualquier obra de ficción, como cuentos, poesías o dramas", pero se entiende. ¿De qué estoy hablando? Pues, comento un artículo que había sido escrito por Javier Marías hace unos años y que recientemente apareció en su versión inglesa en The Independent: se llama Siete razones para no escribir novelas y una sola para escribirlas. Habla, con acento frustrado, del absurdo empeño del novelista en un mundo donde no se le aprecia ni del que recibe justificadas razones para seguir en su empeño, y que si sigue escribiendo es por la única razón que expone para hacerlo.

Las razones "negativas" son:
1. Hay demasiadas novelas y gente que las escribe.
2. (Unido a lo anterior) No tiene mérito escribir una novela, pues parece que todo el mundo lo hace.
3. No da dinero (solo una ínfima parte lo hace), pese al ingente trabajo detrás de su creación.
4. No da fama tampoco, y si la da, es momentánea, pequeñita. La fama se obtiene de maneras más sencillas.
5. Tampoco da la inmortalidad, que por otro lado, apenas existe.
6. Ni halaga la vanidad, porque el creador (o sea, el novelista), apenas se entera de la reacción que produce en sus lectores, si acaso la produce o tiene lectores.
7. Es un trabajo solitario y angustioso que aporta más sufrimientos y frustraciones que un éxtasis romántico.

¡Menuda lista! Él la desarrolla con su magnífica escritura y fluido estilo, de modo que no se le hace a uno difícil imaginar todas las situaciones, que por otro lado, dejan campo para reflexionar. Al menos, a mí me lo produjo.

Por ejemplo, "hay demasiadas novelas y gente que las escribe". Pues sí. Millones de títulos por año, librerías virtuales y físicas abarrotadas de novedades cada semana, cada mes. Millones de historias que prometen el cielo y la tierra, escritas por autores de todos los tamaños, colores y sabores. El universo de la oferta es abrumador, tanto, que produce la instantánea sensación de que no vale la pena ni siquiera el esfuerzo de plantearse una idea para una novela. ¿Para qué? ¿Cuáles son las posibilidades de que alguien se entere de su existencia, no digamos se maraville de ella?

Por otro lado, esto es así en todo. La verdad es que vivimos en un mundo abarrotado y lo hemos hecho desde siempre. Sí, sí, ya sé que ahora somos más de 7 mil millones, que nunca había habido tantos millones de libros y tantos millones de autores, y que bla, bla. Pero también, ojo, hay miles de millones de lectores. ¿Captan? Lo que sucede hoy en día no es más que un multiplicador de lo que ha sucedido siempre, pues nunca ha habido una época con un solo autor y una sola obra: siempre ha habido muchos literatos y muchos lectores/oyentes de literatura. Lo que ocurre hoy en día es el resultado de nuestra explosión demográfica, nada más. ¿Que nadie leerá mi novela? Es poco probable. Alguien lo hará, aunque sea para enterarse de qué va. Este desmayo que nos produce la multitud siempre existirá aunque queramos dedicarnos a la ebanistería: de pronto descubriremos que hay muchos ebanistas, muchas tiendas de muebles y mucha competencia.

Que no tiene mérito porque cualquier lo hace. En teoría, pues sí, cualquiera puede escribir una historia. Puede comenzar por un inicio, presentando personajes; continuar con un desarrollo, donde describe escenas y situaciones, dramas y otros eventos; y finalizar con un desenlace. En realidad, todos lo hacemos todos los días, solo que no las escribimos, aunque en la era de la Internet, de las redes sociales y de la mensajería telefónica, cuando todos nos hemos visto lanzados a escribirlo todo, no es de extrañar que hayan surgido novelistas hasta debajo de las piedras. ¡Es natural!

Sin embargo, eso no significa que veamos a todos esos novelistas con los mismos ojos. La ilusión de la igualdad no se aplica al talento, a la oportunidad o al carisma. Hay gente que destaca en algo en que no destaca otra gente. Siempre. Aunque todos podemos bailar y todos nos podemos inscribir en un concurso de baile, no todos ganamos premios. Igual sucede con los novelistas y esto también se ve todos los días: hay novelistas que destacan, por X o Y razón, y otros que no. Y cuentistas y poetas y actores y doctores y abogados y cantantes y programadores y científicos y... y... y... Así que pensar que no tiene mérito porque en un mundo superpoblado hay millones de novelistas es un poquito exagerado. Tiene mérito, claro que sí, pues, aunque todos en teoría podrían escribir una novela, la mayoría nunca llega a hacerlo.

El dinero, la fama y la inmortalidad no llegan a través de las novelas. Para la mayoría, no. Eso es un hecho. Pero tampoco lo consigue la mayoría de los médicos, ingenieros, agricultores, maestros y hasta los políticos. Dinero... hum... ya sabemos que se obtiene principalmente vía negocios o vía corrupción, digo, si hablamos de mucho dinero. Si hablamos de cantidades racionales que nos permitan vivir, pues se concede: escribir literatura no ha sido tradicionalmente un medio eficaz para ganarse la vida. Hay que acompañarlo de otras actividades, pero ¡qué caray!, eso se sigue haciendo. La mayoría de los pintores, músicos y cantantes, actores y novelistas se las apañan con actividades supletorias necesarias para pagar las facturas. No es un drama exclusivo de la literatura, sino que atañe a todas las artes, por la forma en que el mundo se ha estructurado. No tiene que durar para siempre, tampoco, pero así es de momento y con eso se vive.

En cuanto a la fama y la inmortalidad, pues ya es otra historia. La fama la tiene cualquiera que haga algo extraordinariamente hermoso o extraordinariamente estúpido. No sé si es algo que uno quiera tener, pero si es por la primera razón, es probable que un novelista no tenga una gran fama, pero sí una agradable que le permita tener un continuum con su labor. Y la inmortalidad... no podemos predecirlo. ¿Novelistas inmortales? Oh, claro que los hay. No lo fueron en su tiempo, pero lo son hoy en día y nada que argumentar.

Lo de la vanidad... Ja, depende del novelista. Los hay que por el solo hecho de haber escrito una novela no se aguantan ni a sí mismos. Y otros que nunca estarán satisfechos del reconocimiento que reciben. Pero en el medio, donde encontramos a los novelistas promedio, las personas normales, yo creo que sí hay un halago agradable a la vanidad bien entendida, cuando se enteran de que sus novelas han llegado a las manos de algún lector que las ha apreciado o las ha alabado. No podemos aspirar a tener ese reconocimiento instantáneo que tienen los músicos o los pintores porque nuestro arte no es "inmediato": debe ser asimilado a lo largo del tiempo, mientras el lector viaja por las páginas del mundo creado por el escritor y lo asume. Es preciso tener paciencia a este respecto. Si has hecho una labor decente, lo más probable es que tu vanidad, la que tiene todo el mundo cuando piensa en un trabajo que ama y le ha costado, se vea recompensada de alguna forma.

Finalmente, lo de la soledad del escritor y su angustia... pienso que en muchos casos, cuando hablamos de novelistas honestos, es más un acicate que un desaliento. De alguna forma, para quien ama realmente escribir novelas, saberse en medio de una lucha titánica por conquistar las cimas del arte literario resulta provocativo, morbosamente alentador. Sí, se siente la angustia. Sí, se siente el desaliento. Sí, se siente la frustración. ¡Ah! Pero cuando llega la conquista, el orgullo y la sensación de triunfo no te la quita nadie, nunca. ¿Es una razón para no escribir novelas? Hum... si eres un novelista falso, que quieres hacerte famoso y ganar mucho dinero con una novela, lo siento: te vas a desalentar. Pero si eres uno auténtico, no creo que esta sea una razón para no escribirla, sino más bien, para hacerlo.

Marías al final declara que la única razón para escribir novelas es porque al hacerlo, el novelista se permite la posibilidad de vivir la mayor parte de ese tiempo instalado en la ficción, en un mundo donde las posibilidades no acaban, en el reino donde todo es posible. Y creo que tiene razón. No importa realmente cuantos problemas tengas en tu vida, en tu trabajo, con tu familia, con tus amigos. No importa cuánto te falta para conseguir seguridad financiera o amorosa o X. No importa si tu mundo real es claro o es oscuro: en el mundo de tus ficciones todo es posible, todo está por conquistar y está al alcance de tu pluma. Solo eso vale la pena escribir novelas.

=) Sonrío y pienso que tiene razón. Pero quizá olvida algo más que está en todo novelista apasionado: No podemos dejar de hacerlo.

19 de julio de 2014

Invitación formal =)

No me negarán que la invitación para el lanzamiento está hermosa ;) Quienes puedan llegar, están cordialmente invitados. Quienes no, luego les aviso de otras. Y de todas formas, a partir de ese día, Señora del tiempo estará disponible. (En este momento está disponible para pre-compra, lo que no es poco decir).
Recuerden también que hay más información en Señora del tiempo y que pueden leer el prólogo en línea ;)


16 de julio de 2014

¡"Señora del tiempo" ya está aquí!

Las cosas buenas tardan, pero cuando llegan producen una mayor satisfacción. =) ¡Estoy en estado de éxtasis! Finalmente, después de dos años desde que proyecté la idea, Señora del tiempo está aquí: mi visión de futuro a 50 años plazo sobre un evento común y a la vez imprevisible, o sea, un terremoto de gran envergadura. Aquí cuelgo la portada y copio la sinopsis =)

Año 2062. Costa Rica. A cuarenta años del trágico terremoto que marcó su vida, Elena Rivera lucha por alcanzar un objetivo que parece imposible: pronosticar sismos con horas de anticipación de manera precisa. Para lograrlo necesita de un crucial encuentro con un ser especial, una persona capaz de medir el tiempo contenido en todas las cosas. Entretanto, en medio de un país gobernado por su absoluto sentido de la seguridad y su extrema confianza en una tecnología de avanzada, una catástrofe se avecina de forma inexorable: un potente terremoto, tan letal como aquel que acabó con la vida de su madre, y ahora amenaza la seguridad de millones de personas…

En un futuro que aguarda a la vuelta de unos pocos años, la trama de
Señora del tiempo transcurre entre el dominio de la alta tecnología y los resabios de antiguos saberes y oscuros prejuicios, contradicciones extrañas que todavía permean la sociedad costarricense del siglo XXI y que pueden ponerla a la vanguardia de la civilización o hacerla retroceder hacia el desastre.


¿Lanzamiento? El próximo 31 de julio a las 6:30 p.m. en Librería Internacional de Multiplaza Curridabat. ¿Ganas de que estén ahí? ¡Todas! ¡Están invitados!

21 de abril de 2014

Tiempos muertos

Ha pasado algún tiempo desde la última vez que me asomé por aquí. Por fortuna, no ha sido por desgana o desinterés, sino por razones muy distintas que tienen que ver con mis novelas: durante varios meses me mantuve en una febril actividad de escritura que no culminó hasta fechas recientes, actividad que se solapó con nuevas actividades ligadas al campo laboral y a la consecución de ciertos deberes pendientes que tienen que ver con mi profesión. En resumen: que estuve muy ocupada. =)

Durante este tiempo tuve ocasión de reflexionar un poco sobre el acto de escribir. Sí, lo leyeron bien: el acto de escribir. ¿Qué tiene de novedoso -en materia de reflexiones- el "acto de escribir"? ¿Qué no se ha dicho, por cierto? Por ejemplo, con ocasión de la reciente muerte de Gabriel García Márquez, alguien tuvo a bien publicar una cita (verdadera) en la que él declaraba que el proceso de escritura era una ardua labor que requería de un gran sacrificio y una férrea voluntad, además de la convicción (en el escritor) de que se estaba en medio de un proceso memorable: "Es que sentarse a escribir un libro, sentarse a escribirlo en serio, es una cosa tan dura, tan difícil, que si uno no tiene la certeza de que realmente está escribiendo El Quijote en cada teclazo que da, no se metería a este oficio, porque hay muchas cosas más agradables que hacer. Sobre todo uno que no escribe por plata [...]", cita que me produce la sensación de que García Márquez no parecía sentir pasión por el acto de escribir en sí mismo, sino que tenía que convencerse de que era un nuevo Cervantes para continuar.

Pues cada quien tiene su idea de por qué escribe y la mía difiere un tantito de la de Gabo: no me siento con la convicción de que estoy escribiendo el próximo Quijote, tan solo disfruto de escribir la historia que me apasiona (porque si la historia no me apasiona, ahí sí: ni la continúo). ¿Que me gustaría que una vez terminada y publicada se vendiera como el Quijote? Oh, pues sí, claro. Qué agradable ha de ser que muchos se tomen la molestia de invertir su dinero -normalmente muy preciado por el común de los mortales- para darle una oportunidad a tu libro de que los hechice. Sin embargo, en el momento justo en que estoy escribiendo la historia, no es esa idea la que domina mi "fiebre". De hecho, ni siquiera sé si alguna vez verá la luz de un nuevo día...

En fin, que no me refería al motivo por el que alguien escribe. La cita de Gabo viene a cuento por el acto mismo de la escritura. He estado reflexionando sobre eso, como antes dije, y he llegado a comprender aquella broma o anécdota, muy posiblemente apócrifa, en la que se presentaba a un importante pintor -quizá Monet, pero no lo recuerdo- recostado sobre un sofá. Alguien pasaba cerca y le preguntaba con amistosa complicidad: "-¿Descansando?", a lo que Monet contestaba: -"No, trabajando". Sin aclarar más su respuesta, el pintor seguía en su puesto y quien le había hecho la pregunta continuaba con su día. Horas después, volvía a encontrarse al pintor frente a un lienzo donde aplicaba hermosos trazos de color. Sonreía de nuevo y preguntaba: "-¿Aún trabajando?", a lo que Monet respondía con gran seriedad: "-No, descansando".

¿Que qué tiene que ver con lo que digo? Mucho. Me hizo pensar en los tiempos muertos.

No son los tiempos que uno pierde viendo tele o mirando para el techo (que por cierto, ya ni recuerdo cómo eran). Se trata de esos momentos, muy numerosos, en los que paso haciendo cualquier otra cosa que no sea escribir, incluyendo, por supuesto, tareas domésticas diarias y obligatorias para el bienestar general, pero mi cabeza está, de hecho, escribiendo.

¿Cómo es eso? Pues, supongo que lo mismo que le pasaba a Monet.

Escribo algo. No importa qué es: una carta, un ensayo, un escrito de trabajo, un cuento, una novela (esta, normalmente en proceso). Lo dejo. Dedico tiempo a otros deberes, muchos rutinarios, y mientras esto sucede, las líneas que he escrito o estoy por escribir se arman y se articulan, se corrigen y se vuelven a articular en mi mente. Parece que estoy cocinando o limpiando o haciendo cualquier otra cosa no relacionada con la escritura. Parece que estoy en un tiempo "muerto" para la escritura,

Sin embargo, estoy escribiendo.

Tan poderosos son esos instantes que a veces, en el transcurso de un día o unas horas, he reescrito páginas enteras, rearmado diálogos, imaginado continuaciones o resuelto algún problema de estilo que parecía imposible. Y cuando termino mi tarea y logro sentarme ante la computadora de nuevo, las palabras fluyen de mis dedos como si hubieran sabido desde el principio qué hacer y hacia dónde dirigirse.

Ya no lo puedo evitar. Se ha hecho parte de mí. Escribir y reescribir, rehacer y corregir. Y luego... "descansar". Es un proceso extraño, pero funcional, que me permitió escribir dos novelas de 250 mil palabras en tan solo ocho meses y que a diario me sostiene en mis documentos de trabajo. No digo, jamás lo diría, que mis novelas están listas para ser presentadas al mundo. No. Todavía necesitan su necesario periodo de revisión y reflexión, pero sé que aun en ese proceso nuevo que habré de emprender cuando vuelva a ellas, mis tiempos "muertos" volverán a socorrerme, a asistirme, en la ardua labor de la escritura.