21 de febrero de 2009

¿Quién escribe el mejor "best seller"?

Este sería el título de un nuevo concurso de escritura que podría lanzar en los próximos meses. No más concursos "literarios", por favor. Que sean concursos de escritura. El mejor adaptador de argumentos preestablecidos se lleva el trofeo. Y sin preocupación para la editorial: sus ventas estarán garantizadas.

¿Estoy hablando con dejos de amargura? No, para nada. No he participado en ninguno desde hace tiempo, pues decidí no involucrarme con certámenes literarios a menos que tuviera a mano algún escrito que se ajustara y quisiera darle una oportunidad. Pero viendo los últimos triunfos de concursos populares, he llegado a la conclusión de que ni siquiera valdría la pena. Los argumentos archiconocidos que inundan las librerías ya llegaron a los premios literarios. No importa si es un drama que "analiza" la vida y milagros de un dictador o de una dictadura o de una ola de secuestros, o si es un complot mundial que indaga en misterios históricos -o prehistóricos, da igual- tipo Dan Brown, o si es una terrible historia de amor y sexo que siempre -siempre- termina con la separación de los amantes, ¡se lleva el trofeo!

Mi única objeción es el nombre de estos cértamenes. ¿Para qué llamarlos Premio Literario o Certamen Literario o algo así? Sería más justo que pusieran a disposición de los concursantes los argumentos que quieren publicar y el que mejor lo acomode, ese gana.

Podríamos hacerlo en privado. Propondríamos argumentos tipo Dan Brown o Michael Crichton o John Grisham o Paulo Coelho o algo por el estilo y que los participantes desplieguen sus oficios del buen escribir. ¡Tendríamos un seguro ganador!

Los demás, los que quieren escribir argumentos originales o diferentes, que no pierdan el tiempo con certámenes y que escojan el largo camino de encontrar algún editor arriesgado que quiera publicar sus obras. ;)

13 de febrero de 2009

¿Debemos satisfacer al lector?

Vagando por Sedice.com me topé con una conversación interesante. Alguien preguntaba qué buscaba el lector en los libros de fantasía (contemporánea). Con miras, claro está, a intentar incorporar las respuestas en la confección futura de los libros. Y le llegaron las respuestas de varios participantes. Que fuera fantasía épica, que tuviera dragones, que no los tuviera, que fuera original, que inventara personajes totalmente nuevos, que no, que sí, etc. Tantas opiniones como lectores, aunque si no recuerdo mal, una de las características más apreciadas era la originalidad del texto.

Y bien pensado, la esperanza de hallar originalidad en un texto, sea de fantasía o de cualquier otro género literario, nos lleva a una especie de contrasentido: buscando satisfacer al lector potencial de nuestros escritos nos vemos en la necesidad de sorprenderlo, pues si le damos lo que ya sabemos que le gusta, puede acusarnos de no ser originales y por tanto, nos exponemos al rechazo. Si intentamos sorprenderlo, con originalidad, puede que no le gustemos, pues no hallará lo que busca. ¿No resulta, entonces, una fórmula frustrante?

Llegados a este punto: ¿es un deber moral del autor (creativo) satisfacer al lector potencial? ¿Debemos crear historias que agraden a los lectores, que les haga sentir que encontraron lo que buscaban? Si es así, ¿cómo suponer que somos originales si seguimos las pautas de sus gustos?

Me detengo un momento en el "deber de gustar". ¿Existe? Yo diría que sí, en un sentido complejo. No se trata de crear una obra que simplemente entretenga al lector. Podemos hacerlo, claro está. Pero la satisfacción del lector va más allá, me parece, que el simple entretenimiento. Es cuando nos detenemos a pensar sobre qué busca el ser humano en el arte, en general. No busca sólo una emoción pasajera, aunque pueda incluirla en sus expectativas, sino algo más, algo que lo llene, que lo perturbe, que lo asombre, que lo afecte emocionalmente, que lo haga soñar, o reflexionar, o actuar incluso. El arte conmueve. Y la literatura, en tanto arte, crea el mismo escenario.

Entonces, ¿qué busca el lector en cualquier obra literaria? Cuando todos decimos "¡originalidad!" creo suponer que deseamos ser sorprendidos, conmovidos, emocionados, involucrados. Mucho más que entretenidos, puestos al caso.

Desde ese punto de vista, entonces sí, es nuestro deber moral como autores creativos alcanzar ese objetivo. Pero al mismo tiempo, y precisamente en cumplimiento del "deber moral", deberíamos mirar más allá de lo que la gente "pide" y concebir según nuestra inspiración otras ideas, otras historias.

¿Cómo hacerlo? No parece que sea tan inalcanzable. ¿Es que acaso no somos lectores nosotros también?

6 de febrero de 2009

¿Influye mi edad, mi ocupación...?

Me refiero al diseño de los personajes. Sí, todavía estoy desmenuzando los personajes literarios. Es que me parece que constituyen uno de los problemas más recurrentes en nuestra elaboración de historias verosímiles e interesantes.

Regresando al punto, me preguntaba el otro día si nos dejamos influir por nuestra edad, nuestro sexo o nuestra profesión a la hora de diseñar a nuestros personajes principales. Tal vez en un número interesante de casos así sea. Y tal vez sea lógico.

En estos días estoy leyendo -muy poco a poco, porque el tiempo ya no me sobra como en los dorados días de mis años universitarios- un best seller de un autor típico: The Broker, de John Grisham. Me lo regaló mi hermano en Navidad y estoy con él desde entonces. No conozco en general la obra de Grisham. Tan sólo recuerdo que vi alguna vez, en el cine, la adaptación de The Firm (con Tom Cruise) y no me pareció la gran cosa. Hasta el momento, el nuevo libro tampoco me lo parece, pero al menos está entretenido. Sin embargo, no iban por ese camino mis reflexiones, sino sobre el personaje principal: Joel Backman. Él es el broker del título, y aunque la palabra "broker" se refiere normalmente a los corredores de bolsa, podríamos decir que en este caso sería más bien un "jugador" de alto nivel. Backman es abogado. Igual que Grisham. Y si mal no recuerdo, el personaje principal de The Firm también lo era. De hecho, los villanos también. ¿Será que Grisham sólo escribe sobre abogados? Tengo la impresión de que uno de sus personajes principales en A Time to Kill también es abogado. No la he leído pero vi los prólogos de la adaptación cinematográfica (tampoco vi la película). El punto es que Grisham vuelve una y otra vez con abogados.

Me paré a pensar y me dije: ¿tengo la misma tendencia? ¿Mis protagonistas suelen ser mujeres, en sus treintas, con vocación literaria? Cuando me puse a repasar mi historial, me di cuenta de que no. Había variedad. Y sentí alivio. Luego me pregunté si era legítimo sentir "alivio". ¿Tan malo es ser reiterativo con los protagonistas? Pues yo diría que no es muy imaginativo, aunque si las historias que uno traza se ajustan a ese tipo de protagonista, sería necesario. Después de todo, si estoy escribiendo sobre una drama familiar, será más natural adoptar el punto de vista que mejor uno conoce. Por ejemplo, si soy mujer joven, mi mejor conocimiento sería el de una mujer joven. Por otro lado, ¿no estoy siendo demasiado cómoda? ¿Es una muestra de falta de imaginación o de excesivo comfort? ¿Es preciso ajustarse a realidades conocidas para poder andar sobre seguro?

Tiendo a pensar que se trata de un movimiento cómodo. No hay desafío ni gran esfuerzo de imaginación. Ponerse en los zapatos del otro es una acción que requiere trabajo, estudio, fuerte reflexión. Para mí es más sencillo diseñar un protagonista afín a mi edad, mi sexo o mi ocupación que alguien ajeno a mi realidad. Los abogados son fáciles para John Grisham. No es de extrañar que pueda publicar un libro cada año o cada dos años.

¿Proponerse un desafío? Tal vez. Si lo requiere. No caer presa del facilismo ni del conformismo. Ser innovador, al menos para con uno mismo. Lo que no significa que deba siempre negarme la posibilidad de dibujar en el papel una semblanza de una realidad que conozco bien...

Reflejar realidades familiares... o ajenas. Dejo el reto planteado.

27 de enero de 2009

La "chica"

Este personaje reviste de un especial interés para mí, por una razón obvia: compartimos el sexo. No, no el género, que no soy parte de la gramática, sino el sexo, ya que ella y yo pertenecemos al mismo. Y no he visto que las "chicas" de las historias tradicionales o no tan tradicionales hayan sido muy bien tratadas. Casi ninguna es la protagonista -a excepción de las novelas románticas- y casi todas arrastran una serie de prejuicios muy bien asentados en las mentes lectoras.

Empecemos con la "chica" clásica. Suele ser la heroína de la narración, entendiéndose "heroína" como la compañera del héroe, no como una "héroe" femenina. Es comparable a las definiciones -tan abundantes- en el diccionario de "panadera", "molinera", "alcaldesa", etc., que siempre incluían "esposa del panadero", "esposa del molinero", "esposa del alcalde", y demás. Es decir, la mujer es en función del hombre a quien acompaña. En este caso, la "heroína" no es la que salva el día, sino la pareja del héroe. No suele ser la esposa, pues las esposas han sido tradicionalmente muy degradadas en la literatura -de hecho, son virtualmente inexistentes, a menos que sean infieles-, sino la Dulcinea, la chica soñada, la mujer trofeo a alcanzar. La princesa, pues. Esa es la "chica" tradicional.

Siendo un personaje tan secundario, tan funcional para el héroe, no suele ser muy complejo ni interesante. Suele ser joven -¡por supuesto!-, hermosa, discreta -¡casi no habla!- y delicada. Llora fácilmente, pero puede ser muy digna. Casi siempre es lo suficientemente idiota como para necesitar que la rescaten. A veces el héroe lo logra. A veces no. Da igual. Su figura es más simbólica que real, de todas formas.

La "chica" moderna ha sufrido, sin embargo, algunos cambios en la literatura de hoy. Aunque sigue siendo ostensiblemente inferior en importancia al "héroe", suele tener más personalidad. Es comprensible, pues una gran parte del público lector son mujeres y las de hoy tenemos expectativas más altas de nosotras mismas que las de antaño. Una mujer que gime todo el tiempo y aguarda a ser rescatada ya no es atractiva para nosotras (puede cansarnos de verdad) y sospecho que tampoco lo es para los hombres modernos, más acostumbrados a mujeres aguerridas, que pasan a la acción y que no esperan el rescate sin luchar. Entonces, vemos que las "chicas" de las nuevas narraciones corren, escapan, disparan, lanzan granadas, lanzan hechizos portentosos, descubren materiales increíbles, penetran los códigos secretos de computadores enemigos, se arrojan desde aviones en vuelo, etc. Es decir, hacen todo aquello que antes estaba reservado a los héroes masculinos. Sin embargo, al final, lo suelen hacer detrás del héroe. Éste es quien está encargado de pensar, la mayor parte del tiempo.

Y entonces, allí tenemos: la chica sigue siendo la chica. No es la heroína, no es la protagonista. Es la chica. Por más que corra, vuele o dispare, seguirá dependiendo del héroe en todo momento para sobrevivir en la historia... (-Claro que exceptué las novelas románticas, pero no tiene mérito, pues tradicionalmente se ha supuesto que en el campo del amor es en donde las mujeres mejor se desempeñan. Así que, si en las novelas románticas siguen siendo las protagonistas es porque siempre lo han sido-). Mención aparte merecen las novelas más crudas o realistas, en donde hombres y mujeres comparten dramas tremendos sin distingos. Sin embargo, aunque en este caso los personajes femeninos no suelen estar tan enmarcados dentro de lo cliché, sigue habiendo una preponderancia agobiante del protagonista masculino.

¿Todo está perdido para la auténtica heroína? No, claro. En el horizonte han aparecido nuevas narraciones -no románticas- en las que las mujeres dejan de ser "la chica" y se convierten en auténticos motores de la acción y el desarrollo del argumento. Tal vez, entonces, con mayor abundancia de este tipo de historias, podamos conocer nuevos personajes, más complejos, más interesantes, que sin caer en el drama real o en el romántico clásico, nos permita identificarnos con un personaje femenino desprovisto de prejuicios.

16 de enero de 2009

El héroe

Siguiendo con el tema anterior, no podíamos dejar de mencionar al héroe en todas nuestras reflexiones sobre los componentes de la literatura. El héroe es casi siempre, sino siempre, el elemento alrededor del cual giran todas las historias.

¿Qué es un héroe?, deberíamos preguntarnos.

Bueno, si pensamos en héroes estrictamente hablando podemos imaginar a alguien como el piloto que salvó ayer a su tripulación y a todos sus pasajeros en el incidente del avión que se estrelló en el río Hudson. Pasó alrededor de las 3:30 p.m. de la manera más inesperada posible. Un hombre común, el piloto de un avión, ve que su avión ha chocado con una bandada de aves, pierde sus dos motores y se ve obligado a aterrizar de emergencia. Pero como no puede hacerlo sobre la ciudad de Nueva York, se desliza hacia el Río Hudson, en una maniobra que en la mayoría de los casos habría terminado en tragedia. Sí, prácticamente todos los pilotos expertos consultados estuvieron de acuerdo: acuatizar casi siempre desemboca en muerte y destrucción. Pero este hombre no sólo acuatizó, sino que lo hizo de manera que el avión no se despedazara, ni siquiera explotara. Todos los ocupantes del avión salieron casi ilesos, fueron rescatados en cuestión de minutos y puestos en tierra en menos de lo que uno se imaginaría.

Eso es un héroe. Pero supongo que no literario.

Bueno, un héroe literario puede ser alguien como el piloto en cuestión. Un héroe real, auténtico, alguien que arriesga todo por salvar a otros, sin pestañear. Y muchas historias se centran alrededor de las andanzas de personajes con esas características. Pero creo que en los últimos años, el "héroe" ha pasado a ser sinónimo de "protagonista", aunque no tenga ninguna de las prendas que caracterizan a un héroe real.

El héroe típico suele ser un personaje de estatura moral impecable, valor incuestionable y voluntad de sacrificio intacta. El héroe literario clásico es por tanto sinónimo de héroe real. Será poderoso, inclusive contará con herramientas insospechadas y llevará a cabo su misión, cueste lo que cueste. Puede que muera al final, o puede que no. Si muere, será una memorable tragedia. Si no, un final feliz. Y nadie dudará que héroe y "bueno" serán sinónimos.

Nuestra época cínica y descreída, sin embargo, ha desprestigiado estos héroes literarios perfectos, aunque siga amando y alabando a los que existan en la vida real (y añorándolos, también, seamos honestos). Ahora se nos exige un protagonista cada vez menos heroico, cada vez más prosaico, incluso oscuro o malvado, incluso cuestionable desde el punto de vista moral. Si termina mal -que casi siempre ocurre- o bien -si se le puede llamar "bien" a finales en los que no termina muerto o mutilado- tampoco importa mucho, siempre y cuando sea "creíble". Y es que se teme caer en el terrible estereotipo.

Pero en ese afán por evitar el estereotipo, ¿no estaremos forjando un nuevo "héroe" estereotípico? ¿Uno que siempre será antiheroico? ¿No se ha generado entre los escritores actuales una obsesión porque nuestros protagonistas sean lo menos heroicos posibles? ¿No estaremos exagerando? Después de todo, ¿no necesitamos todos, en el fondo, que sigan existiendo los verdaderos héroes? En ese caso, ¿cómo calzar un héroe verdadero con un protagonista "real"?

Tarea para mañana, como diría el profesor de turno.

9 de enero de 2009

Algunas reflexiones sobre los estereotipos...

De un tiempo para acá me entretuve en comentar diferentes aspectos del proceso de escritura creativa. Primero me involucré con los "grandes" temas de la literatura, tales como el Amor, el Destino y la Muerte, es decir, esos temas que se repiten de forma constante y sostenida en todas las obras literarias, sean clásicas o modernas, ligeras o profundas, alabadas o despreciadas. Y son grandes porque son ricos, inmensamente explotables, moldeables al máximo, y siempre combinables.

Luego de los Temas, me entretuve en los personajes. Sólo atisbé en dos (hasta el momento): el "malo" y el "bueno". Y me propuse continuar con otros más. Pero he aquí que en un comentario, Teo Palacios me preguntó cuándo seguiría con los "estereotipos" y me dejó pensando en ello. ¿Estereotipos? ¿Yo estaba genuinamente hablando de "estereotipos"?

Y caí en la cuenta de que sí. El "malo" y el "bueno", así considerados, son estereotipos.

En la Wikipedia, encontramos que "estereotipo" corresponde a un personaje o situación predecible. Sus características son fijas y reiteradas, por lo que siempre esperaremos que se comporte de la misma forma y piense algo parecido. Por tanto, un "malo", tal como estábamos charlando, suele corresponder con un tipo oscuro, de muy malas intenciones, cuyos orígenes son inciertos o injustificados, y hasta suele reírse de forma particular. Esos son los "malos" estereotípicos, los que ya nos cansan, los que han debido evolucionar en seres mucho más complejos, impredecibles, incluso fascinantes.

Ahora bien, al igual que Grandes Temas, hay grandes figuras de personajes en la literatura universal. Pensemos en el héroe, el antihéroe, el mago o consejero, el tonto o bufón, la princesa o dama en apuros, etc. ¿Son ellos también estereotipos? Supongo que vistos de pronto, sin más análisis, podríamos admitirlo. Pero también, si ahondamos en el tema, podremos descubrir al arquetipo más allá de la figura.

En alguna otra entrada, hablando a propósito de los personajes complejos y los planos, rozamos el problema del estereotipo. Éste es un concepto negativo, y un personaje tipo o típico es en realidad la materialización literaria de estereotipos sociales o culturales. O sea, que son la misma cosa. Los arquetipos, en cambio, serían algo muy diferente. Son modelos ideales, por tanto, positivos. Pero modelos, al fin y al cabo. Lo que nos llevaría a un problema: ¿Cuándo tu "bueno" es el héroe arquetípico y cuándo se ha transformado en el héroe estereotipado? ¿En qué momento quisiste dibujar un sabio consejero ideal y te salió un personaje acartonado y predecible? ¿Es saludable seguir el arquetipo o es un riesgo certero de caer en el estereotipo? ¿Dependerá de la historia, del escenario o es independiente?

De momento, dejo colgada la pregunta.

3 de enero de 2009

Actividad literaria del 2008

Bien, ya entrados al 2009, toca, como siempre, hacer recuento de la actividad literaria propia del año transcurrido. ¿Avancé? ¿Me estanqué? ¿Retrocedí?

En realidad, no estuvo tan mal como al principio hubiera podido pensar. Cierto que Momento Crucial, el relato con el que participé en la VII edición del certamen Tierra de Leyendas del portal Sedice.com, fue escrito en el 2007, se puede considerar como un buen momento del 2008 (obtuvo el 13vo. lugar de entre 72 relatos), pues el resultado final se dio en marzo.

Asímismo, aunque escribí la segunda parte de mi trilogía A Través del Portal hace años y la revisé durante el 2007, la verdad es que llegué a publicarla en el 2008: Visiones vio la luz el 10 de abril. Durante los siguientes meses, dos relatos (escritos durante el año anterior) se vieron favorecidos en dos procesos selectivos de la AEFCFT. Uno, Por siempre otro, ya había sido publicado en NGC 3660 y luego en Por siempre otro y otros relatos, pero en el 2008 coronó otro éxito: ser seleccionado para la antología Fabricantes de Sueños 2008. ¡Una delicia! El otro relato, El último pozo, inédito, también fue favorecido por el comité seleccionador de la antología Visiones 2008 de la que formará parte.

Finalmente, siempre en cuanto a publicaciones, otro cuento, Misión Inconclusa, se vio inesperadamente editado cuando integró la singular antología ¡Jodido Lunes!, en la que una serie de relatos de autores de Sedice.com que no lograron pasar a la ronda final del certamen Domingo Santos, recibieron esta especie de publicación de consuelo, divertida y amistosa a la vez.

Visto así, el 2008 me trajo diversas gratificaciones. Sin embargo, debo admitir que, en cuanto a producción literaria en sí misma, el 2008 me arroja resultados pobres. No he logrado la cantidad de escritos de años anteriores ni su empuje, aunque, claro está, no porque haya querido, sino porque de alguna manera u otra me he visto detenida.

¿Debería preocuparme? Pienso que no. No es realista esperar de un autor el que siempre tenga un relato listo y perfecto mes a mes, en especial si no es su medio de vida. Lo importante, me parece, es que mantenga el ritmo de su creación de ideas, que siga constante con algún proyecto, sin importar si es largo o corto, y por sobretodo... el ánimo.

Entonces, a prepararse para este año que recién comienza. :)

26 de diciembre de 2008

Sólo... ¡Feliz Navidad y un magnífico Año Nuevo!

¡Feliz Navidad a todos! Y que el año que casi comienza esté lleno de satisfacciones y promesas cumplidas...
¡Saludos!

20 de diciembre de 2008

¿Plagio o inspiración?

Recorriendo en son de paseo la red, me topé con una pregunta llamativa: ¿Eres un plagiario involuntario? Me pareció tan sorprendente que me detuve a leer lo que el autor de la pregunta proponía y me sumergí en una discusión interesante. Era un foro de escritores.

Todos estaban de acuerdo, en líneas generales, lo que un plagio es. Yo compartía el punto de vista general: me parece obvio que copiar en parte o en su todo una obra ajena se identifica como plagio y el ofendido (es decir, el autor al que hemos copiado su trabajo) tiene todo el derecho de demandarnos por la infracción grave a una de las nociones más elementales de los derechos de autor. Pero, ¿qué ocurre cuando el plagio es involuntario?

Me pregunté: ¿acaso existe semejante cosa? Hubo quienes adujeron que copiar elementos o nociones de otra obra ya es un plagio. Pero, ¿qué son "elementos" o "nociones"? ¿Cómo separar lo que es propio del autor de lo que pertenece a la comunidad ("propiedad comunal")? Pues alguien argumentaba que no es posible la originalidad absoluta. Siempre tendremos un referente en el que nos habremos basado, inspirado o impulsado.

Yo pienso lo mismo. Los referentes son necesarios. Casi todos los escritores han comenzado por ser grandes lectores. Y los autores a quienes han leído suelen reflejarse de alguna manera en sus obras, sin que por ello debamos pensar que los están plagiando. Si me gusta mucho Tolkien y escribo una historia sobre elfos, ¿estoy plagiando a Tolkien? ¿De qué manera, si los elfos, para empezar, tampoco fueron creación del propio Tolkien sino que él los tomó del imaginario popular? Las líneas entre la inspiración y la copia pueden diluirse si hilamos delgado.

Alguien alegaba que un verdadero plagiario involuntario suele ir más allá de tomar los referentes culturales y utilizarlos de forma activa en su historia. En realidad, suelen ser fanáticos fervientes de algún autor, quienes en su afán por homenajearlo, piensan que están emulándolo, cuando simplemente lo están copiando. Y utilizan sus historias, sus personajes y sus conceptos para escribir a su vez obras propias. No copian un trozo de su obra directamente, pero al inundar su trabajo con tantos referentes terminan por copiarlo.

El ejemplo no estaba mal. Recordé esos cortos filmados que abundan en la web con los personajes y escenarios de La Guerra de las Galaxias de George Lucas. Son realizados por fanáticos, y hechos con verdadero cariño, tanto, que suelen quedar bastante bien. Pero el hecho es que están copiando la obra de Lucas. Sin embargo, mientras no lucren con eso, el autor los tolera. Los considera "homenajes".

Entonces, ¿dónde estribará la diferencia? Porque los homenajes también existen. Yo creo que está en la claridad. Si yo preparo un cuento y digo abiertamente que está basado en la Tierra Media de Tolkien, al citar a la fuente directa, no puede decirse que estoy plagiando. Será un homenaje. Y es muy importante no pretender lucrar con él, a menos que los herederos de Tolkien me hayan permitido hacerlo. El problema principal sucede cuando me baso en la obra de alguien para construir algo mío y luego lo presento como si todo hubiera venido directamente de mi cabeza. Aunque no pretenda plagiar, estoy haciéndolo. Y lo del lucro sigue siendo vital.

Otra cosa es utilizar elementos comunes. Elfos, dragones y duendes pertenecen al imaginario popular y todo autor puede usarlos. Marcianos, robots y máquinas para viajar en el tiempo, igual. El psicópata asesino en serie, el detective borrachín y hasta el jefe de policía corrupto son clichés sociales. No hay plagio en usarlos. No puede haberlo. (Cuidado, eso sí, si nuestro policía muestras rasgos sospechosamente iguales a los de Simenon, por ejemplo. Allí entra el plagio). Los elementos comunes son comunes precisamente porque no tienen un autor único ni identificable y forman parte del gran tapiz que es la cultura, un referente omnipresente en todo escritor y en general en todo artista.

Cuidado entonces con los plagios involuntarios. Por más que nos guste Frodo, no debemos crear un protagonista igual a él. Por más que nos guste el doctor Watson, guardarse de inventar un doctor Pérez exactamente igual. Amar a nuestros autores favoritos es una cosa, copiarlos es otra...

13 de diciembre de 2008

El "bueno"

Me resulta interesante observar (y muchas veces lo he notado) que cuando se comenta una historia, corta o larga, la gente suele preferir el personaje malvado sobre el "bueno" aunque no siempre le guste un final "triste". He notado que se le suele tildar al "bueno" de "aburrido", o "predecible" o incluso, "estereotipado". En cambio, el "malo", aunque sea realmente estereotipado o predecible, suele recibir mayor número de seguidores. ¿Por qué será así, siendo un hecho que en nuestra vida diaria -real- no nos interesa en absoluto trabar relación con auténticos "malos", llámense asesinos, terroristas, traficantes o simples ladrones? Si disfrutamos la historia de un asesino en serie que suele escapar limpiamente de la policía, ¿no es cierto que nos alegramos cuando uno de esos verdaderos cae en manos de la justicia y son setenciados a prisión -incluso a la muerte? ¿Entonces? ¿Qué es lo que sucede con el "bueno"?

He de confesar que yo gusto de los "buenos". Los "malos" cuando están bien conseguidos me impresionan, me agradan como contrapuntos, me resultan interesantísimos, pero nunca suelen alcanzar mi simpatía al punto de desearles el triunfo. Siempre deseo, internamente, que gane el "bueno". Pero sí acepto que una enorme cantidad de "buenos" pueden resultar muy aburridos.

En mi caso, la razón principal por la que un "bueno" me aburra o me decepcione es que el autor crea que para hacerlo "bueno" tenga que hacerlo "tonto". ¡Brrr! Es desesperante. Si los "buenos" de la vida real fueran tan tontos como lo son en muchas historias, hace mucho tiempo que no habría civilización. ¡Por favor! No es una condición sine qua non para ser "bueno" ser idiota. ¿Cómo es posible que no sepan "ver" lo que cualquier persona decente en la vida real vería sin problemas? Ése es un punto.

Otro punto defectuoso en muchos "buenos" es que suelen carecer de facetas oscuras. Claro que reconozco una labor concienzuda a ese respecto en muchos autores actuales. Se han abocado a crear "buenos" mucho más convincentes, pues, sin dejar de ser buenos en esencia, pueden mostrar defectos naturales y facetas oscuras. No hablo de un personaje ambivalente, que a veces es "bueno" y a veces "malo", no. Hablo de un auténtico "bueno" que resulta ser un ser humano antes que un ángel.

Otro punto: la apariencia y la condición físicas. Así como antes todos los "buenos" (en particular ellas) eran bellos hasta lo increíble, hoy en día todos tienen que ser gordos, o tener la nariz torcida, o poco pelo o una enfermedad incurable. Detesto la obsesión reinante en estos tiempos de que no pueden existir personas guapas en las historias que a la vez sean "buenas". Pienso que una razonable proporción realista de personas guapas y no guapas en una historia es suficiente. En la realidad, hay muchas personas de muy buen ver que no son malvadas ni escalofriantemente hermosas, y que suelen comportarse como buenos ciudadanos. Así que, crear un "bueno" que tenga una agradable aspecto no ha de ser un pecado, como tampoco hacerlo menos agraciado de lo normal, si se justifica en la historia. Suelo detestar los personajes creados ex profeso para inspirar lástima. No me parecen "buenos", ¡me parecen tramposos!

Un personaje "bueno" que sepa inspirar simpatía, que pueda resultar interesante, que se equivoque sin ser estúpido, que tenga sentido de lo práctico y que sepa mentir de vez en cuando ha devenido en uno de los mayores desafíos de una historia en estos tiempos. Quiero crear "malos" interesantes y contendientes convincentes. ¡Y está resultando más fácil el primero que el segundo!

¿No es una situación que se ha vuelto irónica?

6 de diciembre de 2008

El "malo"

En estos días me puse al día con la nueva temporada de "Héroes", la serie de televisión de NBC que trata sobre mutantes con poderes supernaturales. Siendo una especie de reformulación de X-Men, no podía evitar tener las consabidas batallas entre el bien y el mal y este tipo de cosas. Siendo una típica serie de Hollywood, no podía evitar las parafernalias, los peligros ingentes, las bombas y la necesidad acuciante de tener que "salvar al mundo". Sin embargo, y pese a lo consabido, le reconozco que me entretiene y me intriga y la sigo como alternativa al estrés cotidiano. También me ha proporcionado algunos puntos de reflexión entorno al diseño de situaciones y personajes. Uno de esos puntos se refiere al "malo".

Es usual, MUY usual que en las novelas o en los cuentos aparezca ese magnífico personaje encargado de hacer fracasar al héroe, de ser todo lo egoísta posible y de hacer sufrir al resto de personajes por métodos cual más ingenioso. Es, por supuesto, el "malo". Sin "malo", muchas historias podrían caer en el aburrimiento o fracasar por completo. Sé, claro está, que las hay sin "malo", pero no son la mayoría. El "malo" es un personaje maravilloso, y sin embargo, pienso que es uno de los más difíciles de concebir y diseñar de forma convincente. ¿Por qué?

Pues... ¡es tan tentador diseñar a un tipo rudo, agresor, intrigante, que se ríe de forma ignominiosa! El problema es que ese tipo de malo suele ser ya una pro-forma: un estereotipo. Puede ser bonito o feo, pero no tiene una pizca de bondad o compasión. Es, simplemente, el malo. Y con él arrastramos una cadena de personajes planos poco interesantes que se han convertido en cliché y que amenazan con convertir nuestra historia en cuento de folletín de escasa calidad. ¡Brrrr!

Hoy se espera que el malo sea mucho más complejo de lo que a simple vista se aprecia. Que su maldad tenga una justificación convincente. Que proceda de alguna fuente lógica. Por ejemplo, en la tercera temporada de Héroes me ha gustado descubrir que el "malo" era mucho más complejo de lo que parecía, y aunque con las limitaciones de una saga efectista muchas de sus complejidades tienden a diluirse, resulta un intento de profundización que he de reconocerles a los guionistas. En el caso de la literatura, pondré otro ejemplo: En la saga fantástica Canción de Hielo y Fuego, por ejemplo, el autor se regodea con personajes oscuros, quienes sin embargo, manifiestan complejidades muy interesantes que los alejan de los estereotipos. Entonces los malos no son exactamente tan malos como parecían... ni los "buenos" tampoco. Salvo contadas excepciones.

¿Que Sauron en El Señor de los Anillos es un malo "perfecto"? Sí, es verdad, pero la calidad literaria de este libro estriba en su tono épico y no tanto en su desarrollo de personajes. Sin embargo, Sauron es un personaje interesante, pues más que el "malo" es el Mal, en su pureza. Y los malos son seres pequeños, sujetos a deformaciones, invadidos de envidia o codicia, como los hombres que cayeron bajo el hechizo del Anillo o aquellos que se sienten tentados por él. En otras palabras, personajes bastante más complejos. (Incluso pensemos en la lucha interna terrible que Frodo ha debido afrontar).

¿Qué tipo de malo podemos diseñar para nuestra siguiente obra? No me negarán que resulta una tarea harto interesante y llena de desafíos. ;)

23 de noviembre de 2008

Manejando la crítica

No es esta la primera vez que pienso en este tema ni será la última. Además, estoy segura de que habrá miles de reflexiones parecidas a lo largo y a lo ancho de la red y hasta en revistas especializadas (o no tanto). Pero igual, le voy al tema.

Hace poco publiqué una nota sobre nuestra iniciativa ¡Jodido Lunes! Era -y es- una manera de dar a conocer relatos que ya han pasado la prueba de un certamen literario y que por alguna razón u otra no tuvieron la suerte de colarse entre los finalistas, pero que tal vez posean la suficiente calidad para ver la luz de una publicación espontánea. Sin ánimo de criticar, por supuesto, al jurado del certamen en cuestión. Hemos aceptado humildemente el veredicto y esperamos poder apreciar los cuentos finalistas una vez éstos se publiquen, de cuya calidad no dudamos. Y esto lo digo por cuanto es bastante común -y me da pena haberlo comprobado en otras oportunidades- que muchos autores se sienten heridos profundamente cuando sus escritos son rechazados o no tomados en cuenta tanto por jurados como por editores. Reaccionan como si su genio fuese incomprendido y como si los demás cometiesen el peor de los pecados de no aceptar la maravilla que han escrito. Es una manera, pues, de no saber manejar la crítica.

Pienso que la crítica es necesaria. Uno de los peores errores que todo profesional puede cometer es el de pensar que todo lo sabe, que siempre está en lo correcto y que todo cuanto hace o ejecuta está exento de defectos. Al contrario. Todo buen profesional debería estar abierto a la idea de que puede equivocarse, por más esmero que emprenda en no hacerlo, y que tal vez el error estribe en los conceptos mismos de su planteamiento o ejecución. No es nada de lo que debería avergonzarse. Más bien es la oportunidad de aprender del error y de ganar sabiduría. Sí, sabiduría. Capacidad para reflexionar de forma equilibrada sobre los problemas y situaciones que se nos presentan en la vida y tener la cordura de hallar la solución sin lastimar a nadie. Pero no siempre -o más bien diría, casi nunca- puede uno solito darse cuenta del error. Casi siempre es preciso que alguien más se lo indique. Y es aquí cuando entra la crítica.

En nuestra profesión de escritores creativos (sonó bonito, ¿eh?) la crítica puede herir sensibilidades. Después de todo, pretendemos crear arte y el arte suele teñirse de un alto contenido de subjetividad. Escribir una novela o un cuento no es como redactar un informe técnico cuyo contenido se apoya en multitud de pruebas y otros soportes objetivos. ¡Qué va! La historia que narramos nace de nuestra imaginación, de nuestros deseos y temores, de nuestras subjetividades. Gustará o no. Envolverá o no. Causará impacto... o no. Y es ese "no" el que más solemos temer los escritores creativos.

Ahí es cuando se impone la humildad y la conciencia de nuestra limitación humana. Escuchar la crítica, apreciarla, ponerla en contexto. Puede que no estemos de acuerdo con ella, pero siempre será bueno prestarle atención. Puede que nos señale una verdad, nos marque un hito, a partir del cual sepamos ser mejores, crear mejores obras, ser más leídos. ¿No se trata al fin y al cabo de nuestro principal objetivo?

Ser leídos.

¡Ah, qué brillante momento! Qué satisfacción saber que nuestro trabajo rinde frutos cada vez mejores y que encontramos la manera de ser buenos en nuestro oficio.

La crítica es, entonces, una de nuestras principales herramientas, en particular la crítica razonada, la que explica los porqués, la que expone sin alusiones personales qué encuentra de defectuoso en nuestro escrito. Esa crítica. :)

8 de noviembre de 2008

De nuevo, la mecánica de los concursos literarios

Bien, primero que todo: ¡he vuelto! (las incidencias de la vida diaria son a veces inevitables, inposponibles y hasta urgentes). No me he ido porque no quisiera estar aquí, sino porque las responsabilidades diarias están primero (casi parezco seria).

Ahora que estoy por aquí, mi tema inevitable será: ¡Jodido Lunes! Su historia es curiosa, yo diría que inédita, y hasta casi cómica, pero lo que creí una broma se ha convertido en una experiencia única. Participé, por primera vez, en el concurso de fantasía, ciencia ficción y terror "Domingo Santos". Mi relato, de tipo fantástico, llamado Misión Inconclusa, había pasado por algunas revisiones en mi taller privado y pensaba que tenía algunas posibilidades de ser bien considerado. Desafortunadamente, el jurado no lo consideró digno de integrar la lista de finalistas y el 18 de septiembre pasado supe por un comunicado expuesto en Sedice.com que había sido excluido de dicha lista. El hilo que se abrió en dicho portal me di cuenta de que otros foreros de Sedice también habían sido excluidos y nos dedicamos entre todos a felicitar a los ganadores y a condolernos de nuestra "suerte". Como es lo usual en estos casos.

Pues bien... alguien dijo, medio en broma, que deberíamos juntar nuestros relatos "rechazados" y publicarlos por nuestra cuenta. Yo dije que no tenía inconveniente. Otros dijeron lo mismo.
De pronto, allí estábamos, varios cuentistas "rechazados" del Domingo Santos, con relatos entre manos que no íbamos a enviar a más concursos, poniéndonos de acuerdo para integrar nuestros cuentos en una antología.

Y así surgió ¡Jodido Lunes! Antología del Rechazo. Con críticas destructivas incorporadas en su contraportada. ¡Increíble! Me he sentido muy divertida, muy bien. Se ha revelado como una experiencia única.

¿La calidad de los relatos? Pues a mí me parece alta, pero yo soy sólo una de las cuentistas integrantes de la antología. Quienes los lean por aparte y los valoren, me dirán.
Dejo aquí la dirección de Lulu:
http://www.lulu.com/content/4378194
y la de Bubok:
http://www.bubok.com/libros/4424/jodido-lunes-antologia-del-rechazo,
para todos aquellos que quieran adquirir o descargar la antología. En ambos sitios la descarga es gratuita, en formato pdf.

Así que... ¡allí está!

P.D. No consideramos en ningún momento que el jurado se haya "equivocado". Sin duda los finalistas se lo merecieron. Fue una muestra de buen humor. :)

30 de septiembre de 2008

La muerte también es un tema

Sea que despierte fuertes emociones de terror o miedo, sea que se la vea como la gran salvadora, como el último descanso o la peor desgracia, la muerte es uno de esos grandes temas literarios que pocas veces falta en cualquier género literario. Desde los poetas hasta los ensayistas, desde los dramaturgos hasta los novelistas o cuentistas, la muerte siempre ha estado presente, como tema, como personaje, como recurso, como reflexión. Y pienso que lo seguirá estando, pues no por casualidad suele ocupar las preocupaciones y ansiedades de la especie humana desde siempre y por siempre.

Claro que hay géneros para los cuales el tema de la muerte resulta obvio. En la novela negra es uno de los temas centrales, desde que el crimen es parte sustancial del desarrollo de las historias. Otro género en que la muerte es moneda corriente es el terror: allí inclusive puede convertirse en personaje. Los dramas o las novelas de denuncia social suelen girar entorno a la muerte, ya no como un desafío ni como un personaje siniestro, sino como una cruel realidad. Y en la novela romántica (la del Romanticismo literario, no la novela rosa de los últimos años) la muerte es el final lógico, incluso necesario, de los protagonistas.

En otros géneros, la muerte puede ser también tema aunque no resulte obvio. En la fantasía y en la ciencia ficción suele aparecer como recurso secundario o consecuencia natural de cierto tipo de acciones, pero en algunas obras se vuelve tema central. En la novela histórica suele ser visto como parte de la realidad que se describe, pero también puede ser usado como tema conductor. Igual sucede con las novelas psicológicas o las filosóficas.

Sea como se utilice, el tema de la muerte posee un enorme potencial de combinación con otros grandes temas, como el amor o el Destino, con los cuales puede (y suele) combinarse muy bien. En los best-sellers resultan una alianza muy lucrativa, pues casi no habrá thriller o novela rosa en la que el amor no se vea mezclado con la muerte o el Destino ¡o ambos!

¿Inspiración? En todo sentido. ¡A escribir, llevados de la pasión que despierta la presencia de la Muerte! :)

25 de septiembre de 2008

Otra gran tema: el Destino

Repasando los temas que mueven la literatura a lo largo del tiempo, me fijé en uno ineludible: el Destino. Sí, así, en mayúscula, pues el Destino como fuerza avasalladora e incontenible se encuentra en la literatura desde sus albores. Y por consiguiente, todas las posibilidades que conlleva: cumplir con él, retarlo, demostrar que no existe, demostrar que sí, hacerlo trágico, hacerlo sublime, hacerlo cómico. Y etcétera, pues podría inventar muchas combinaciones posibles en las que el Destino jugaría siempre un papel esencial.

Supongo que es fácil identificar aquellas historias clásicas en las que el Destino juega un papel preponderante, como los poemas épicos o las leyendas medievales. Pero según recuerdo, el Romanticismo rescató este tema, separándolo del racionalismo clasicista, y tornándolo tan intensamente interesante, que ha influido muchas historias hasta hoy. En estos días eclécticos, en los que muchos pensamos de muchas formas alternativas, el tema del Destino se halla en novelas, cuentos, poemas, películas, obras teatrales, pinturas, esculturas, y hasta en los anuncios comerciales, dicho con total descaro: "¡Este es tu destino!" Es una idea poderosa, qué dudarlo, y suele construirse historias trepidantes entorno a ella.

El problema, claro está, estriba cuando la historia propiamente dicha se vuelve cliché. Cuando ya sabemos de qué va y cómo terminará, casi, casi, como si fuese cosa de "destino". No es culpa del tema, por supuesto, sino de la falta de imaginación del autor en ese caso y no creo que sea justo denigrar la posibilidad de usar esta idea universal sólo porque algunos escritores la han sobreutilizado de forma escandalosa.

No soy partidaria, en lo particular, del destino. No creo en la fatalidad ni creo que alguien en particular esté "señalado" para cumplir con algún gran propósito. Sin embargo, como idea literaria suele gustarme mucho, no sólo cuando se cumple sino también cuando se le reta. Por ejemplo, pienso en dos sagas fantásticas muy exitosas en nuestros días que se ajustan a este tema: por un lado, Harry Potter, y por el otro, El Señor de los Anillos. La historia del joven mago gira entorno al cumplimiento de un destino: el protagonista y su alter ego, Voldemort, se verán enfrentados inevitablemente y fruto de ese enfrentamiento será la muerte inaplazable e inevitable de uno de los dos. Es un destino que se cumplirá, haga lo que haga el joven o lo que haga el mortífago. Y de hecho, el enfrentamiento final sucede, en efecto, en el séptimo y último libro de la saga. Un destino se cumple, fatalmente, sin desviaciones.

En El Señor de los Anillos, en cambio, aunque Aragorn es el rey "destinado" a regresar a Gondor, lo es en la medida en que él asume este rol y en completa dependencia de los acontecimientos que cincelan su mundo. En estos acontecimientos, nadie cumple un destino que no haya elegido por sí mismo y que no modele conforme avanza. Frodo, por ejemplo, que en modo alguno podría ser un Elegido, decide cada uno de sus movimientos y lo hace en libertad, sin destinos prefijados, aunque pudiera parecer que sí, y la consecución de su misión es objeto del azar en muchos casos y del poder de sus propias decisiones, en otros. La historia se desarrolla a veces a contrapelo de destinos fijados, a veces sin destinos claros. El Destino, que podría mover a Aragorn en una dirección, se desvanece, y es sustituido por la capacidad de libre elección.

Otras sagas fantásticas modernas manipulan el papel del Destino: por ejemplo, aparece apenas dibujado en una que aún no se ha terminado, Canción de Hielo y Fuego. Una profecía (éstas son magníficas en historias con Destinos) señala la venida de un príncipe prometido. ¿Se cumplirá? El príncipe en cuestión, ¿surgirá con la conciencia de cumplir un destino? En otra, en cambio, La Rueda del Tiempo, el Destino está tan fijo como grabado en roca y el protagonista, Rand Al'Thor, es víctima de él.

¿Existe el Destino fuera de las historias fantásticas o de los poemas épicos? Pues sí, claro. En la literatura romántica es casi reiterado. Algunas veces aparece en los géneros sobre criminales y ocasionalmente en la ciencia ficción. Ni qué decir de los dramas sociales o de las novelas históricas. No siempre con ánimo de defender su noción, pero interesante, como fuerza que mueve la acción.

Añadimos, entonces, a nuestra lista de temas a considerar: el Destino.

15 de septiembre de 2008

Grandes temas: el amor de pareja

El otro día me entretuve mirando un correo que recibí con una presentación de Power Point. Traía varios afiches de películas famosas de entre los años de 1940 y 1970 con sus respectivos temas musicales. Tanto los temas como los afiches correspondían a películas que jamás llegué a ver en la gran pantalla, pues yo no existía para entonces, pero ciertamente tuve ocasión de ver a una que otra en las constantes repeticiones de los canales locales, años después. Un sólo tema unía a todas, tratado desde puntos de vista cómico o dramático: el amor de pareja. Y me dije: ¿qué ocurre con nosotros que somos tan reiterativos?

Luego, me dediqué a ver y escuchar videos musicales en YouTube. De nuevo, el tema principal era el amor de pareja, visto desde todos los ángulos posibles y rematé la noche mirando con nostalgia el tema principal de Titanic. Por supuesto, todo el mundo sabe de qué va el famoso largometraje. Sí, sí, sobre el hundimiento del transatlántico, yo sé. Pero, ¿qué hizo tan famosa a esta película en particular sobre tantas otras que trataron el hundimiento del Titanic? ¡Pues la historia de amor! ¡Otra vez! ¿Qué sería de Titanic sin Rose y Jack? Nada: una más, de muchas. ¿Habría generado los 3 mil millones de dólares en ingresos que hizo esta película y que no ha sido superado por ninguna otra? No lo creo. Y todo por saber usar uno de los Grandes Temas.

Creo que fue Borges quien lo dijo (si no fue él, que alguien me corrija): hay tres grandes historias en el mundo, todo lo demás son detalles. Una de esas grandes historias universales, repetida hasta la saciedad una y otra vez, en todos los géneros artísticos posibles, es el amor de pareja: un hombre y una mujer (y un hombre con otro hombre o una mujer con otra mujer, por supuesto, al fin y al cabo es lo mismo). Puede ser visto con ilusión, o con amargura, con sentido de lo cómico o de lo trágico, en medio de una aventura o en la paz de un hogar de clase media, a bordo de un barco del siglo XVII o de una nave espacial en el siglo XXII, entre un viejo y un joven, entre dos jóvenes, entre dos viejos, entre dos niños, entre dos fantasmas, etc., etc., etc. El caso es que se repite, una y otra vez, y otra y otra. Y no nos cansamos de escribir historias que envuelven un amor de pareja.

¿Vale la pena incluirlo en alguno de nuestros escritos? No creo que haya que siquiera considerarlo. Apuesto que la mayoría de los escritores, sino todos, habrán escrito alguna vez, aunque sea una única vez, una historia de amor. Y muchas veces habrán incluido alguna para agregar "sabor" a una historia que tal vez se esté volviendo anodina o demasiado fría. Y a veces lo que parecía ser accesorio se tornó en principal...

No digo que toda historia narrada deba llevar una historia de amor. No hay que olvidar que hay otros dos grandes temas, ¿eh? Lo que digo es que este tema en particular trae consigo una fuerza demoledora, avasalladora y, todo hay que decirlo, inmensamente exitosa. El lector se suele sentir atraído por él, identificado, envuelto, y hasta afectado. Y por tanto, devora las historias que lo tratan, en especial aquéllas que lo supieron contar...

Después de todo, y a pesar de vivir en una época de cinismos, el amor de pareja, inclusive desde su punto de vista romántico, sigue conquistando corazones, y bolsillos, alrededor del mundo...

30 de agosto de 2008

Escribir en otro idioma

Una de las características que distinguen a un escritor es su impecable (se supone) dominio de la lengua escrita. Es algo así como que no puedes ser carpintero si no sabes usar una sierra o un martillo. Tan simple como suena. La lengua escrita es el único campo y la única herramienta en la que se desempeña el escritor y no dominarla no es concebible (lo de la computadora o la máquina de escribir es irrelevante: igual puedes escribir con un buen lápiz).

Ahora bien, imaginemos que tienes un oficio decente en tu lengua materna. Estás en etapa de desarrollar más bien un estilo, darle una impronta personal a tus escritos, ahondar en tu propia propuesta literaria, esto es, en la belleza de la palabra escrita. Si te desempeñas con éxito en los rudimentos de la escritura (gramática, ortografía, sintaxis), puedes jugar con ellos para crear obras literarias, las cuales son, en suma, el gran juego de las palabras. ¿Qué ocurre, entonces, si deseas desarrollar tu literatura en otra lengua? Las razones pueden ser meramente personales (digamos que te gusta esa lengua en particular o has leído muchos autores cuya lengua materna es ésa que te atrae) o pueden ser más objetivas (descubres que podrías tener un mejor desempeño profesional si pudieras escribir en esa lengua, o te has mudado a otro país y resulta más lógico desempeñarte en su lengua, etc.). El caso es que darás un paso grande, y gordo: después de todo, tu dominio puede no estar a la altura, y quizá te digan "Ni lo intentes. ¿Quieres hacer el ridículo?"

Hace unos meses pensé que no debía de ser tan imposible. Sí, no tengo aún ningún desempeño avanzado en lengua extranjera como para escribir, mucho menos si es para hacerlo en literatura, pero ¿por qué ha de ser tan imposible?

Pensé en el inglés. Leo literatura en inglés con notable facilidad. No comprendo cada palabra (lo cual a veces no se da ni en español), pero se me hace fácil entender los contextos y situarme en el mundo narrado sin obstáculos. Comprendo otros textos no literarios en inglés, en particular noticias políticas o artículos sobre temas sociales. Los textos científicos son más complicados pero no imposibles. Etc. Entonces, me dije: "Inténtalo".

Y lo intenté. Fue endemoniadamente difícil, pero MUY divertido. Escribí un cuentito en inglés llamado The creature in the garbage, que me salió sólo Dios sabe cómo pero que se da a entender. Creo que quedé sudando. Pero me confirmó en la idea de que podría hacerlo. Tendría que empezar casi de cero: estudiar a fondo sobre la escritura inglesa, leer aún más textos escritos en dicho idioma, analizar los párrafos, acostumbrarme a diferentes estilos. Y practicar. Practicar mucho. Luego, ya veré cuándo puedo lanzar el "producto".

Descubrí hace poco que otros escritores hispanohablantes han emprendido aventuras similares. No sé si habrán tenido gran éxito, o no. El caso es que si se divirtieron tanto como yo y aprendieron tanto como yo estoy haciéndolo, habrá valido la pena. ;)

23 de agosto de 2008

Música inspiradora...

No sé si a otros escritores les pasará, pero en mi caso sucede con cierta frecuencia: escucho una pieza musical, normalmente de estilo clásico o tipo "canto gregoriano", y me entra una nostalgia difícil de explicar. Nunca he padecido un suceso trágico o devastador, al contrario, he tenido una vida agradable (¡afortunadamente! No me gustan los problemas, palabra) y sin embargo, me siento nostálgica. Al instante surgen en mi mente diversas imágenes, normalmente de tiempos idos, de batallas perdidas, de seres solitarios, de campos devastados o más bien cubiertos de nubes oscuras. Y pienso: ¿dónde estará la historia que cuente lo que esta melodía me evoca?

Por ejemplo, tengo el viejo disco de ERA (ése que sacaron hace como diez años) y cada vez que escucho "Ameno" me pregunto cómo podría contar esa historia. Pero, ¿cuál historia?, me preguntarán. Pues ésa, la que cuenta la canción. El problema es que no comprendo la letra (nunca me he molestado en buscarla) y lo que verdaderamente me llena o me sacude es la música y la entonación de las voces humanas con los instrumentos. Me da la impresión de servir de fondo para una historia triste, melancólica, de ambientación medieval o antigua.

Otro ejemplo lo tengo en otro viejo álbum: Storm, de Vanessa Mae. Casi todas las melodías de este disco son capaces de hacerme vagar en historias extrañas, pero la que se lleva las palmas es la última: The Blessed Spirits, que siempre, no sé por qué, me susurra los eventos de una larga marcha a lo largo de un llano árido, azotado por el viento y un ejército que ha perdido una batalla crucial. También me sugiere otras escenas, como la de un viejo habitante de los muelles de una orgullosa ciudad protegida por diques, el cual enfrenta la desolación de una batalla perdida de antemano contra el mar, cuando éste, embravecido e incontrastable, destruye uno a uno cada dique, en medio de la más terrible tormenta que la ciudad ha conocido a lo largo de su historia. El viejo lobo del mar, sin miedo y con arrogancia, lucha contra los elementos, dispuesto a salvaguardar su hogar o a morir en el intento. Por supuesto, ustedes se imaginarán el tipo de final que una pieza tan triste puede tener...

Melodías grandiosas, sugestivas, poderosas... ¿No sirven siempre de inspiración extraña? ¿Como si desafiaran mi incipiente pluma a escribir esa historia que pueda esculpir en palabras lo que la música ya describe con grandeza?...

Terminada la pieza, me sumerjo en la añoranza y me pregunto una vez más si algún día seré capaz de escribir esa historia...

18 de agosto de 2008

El tiempo

Hace unas semanas leí con interés la entrevista que le hicieron al conocido escritor de ciencia ficción y fantasía George R.R. Martin, el cual ha tenido un gran éxito con su última saga de fantasía (Canción de Hielo y Fuego). En una de las preguntas que le hacían, confesaba que le resultaba difícil conciliar las temporalidades de los personajes. Es decir, mientras en el capítulo X pasa Y a un personaje Juan de los Palotes, en el capítulo XI pasa Z a otro personaje Fulano de Tal, pero suponiendo que ambos están viviendo sus respectivas vivencias al mismo tiempo. Entonces, de pronto te das cuenta que en poco más de veinte páginas apenas ha transcurrido una hora o un día, mientras luego caes en otro capítulo que da cuenta de varias semanas o meses de agitada acción. Para el escritor ha pasado el tiempo, pero para los personajes no. O para el escritor no ha pasado el tiempo mientras que para los personajes sí. Y vienen los enredos, las incongruencias y los descalabros.

Leyendo lo que decía, no pude menos que darle la razón. ¡Cuántas tribulaciones no deja el manejo del tiempo dentro del mundo narrado! Recuerdo que en mis aventuras literarias pasadas en más de una ocasión hube de detenerme y releer cuanto había escrito, pues había perdido la noción del tiempo y cuando creía que ya debían haber pasado como tres semanas en realidad si acaso habían transcurrido dos días. ¡Menudo embrollo! De vuelta a reconsiderar los hechos, a ajustar las reacciones, a pensar en qué era verosímil que ocurriera en esos tres días, etc.

Justo en este momento en que me hallo a la altura del capítulo XX (o algo así) de mi nueva novela en gestación, acabo de tropezarme con este interesante punto: tenía la impresión de haber descrito acontecimientos sucedidos a lo largo de muchos días, cuando apenas se estaban concretando veinticuatro horas desde el inicio de las acciones hasta el punto en que me detuve. Y volví a sorprenderme, a mirar casi con desaliento que no puede ser de otro modo y que todo sucede en el momento en que debe suceder: Fulano no puede decir eso precisamente porque aún no puede saber lo que Sutano está haciendo: ¡ambos están en el mismo punto temporal!

¿Serviría un cronograma? Pienso que sí, si los acontecimientos son complejos y los cruces temporarles ajustados. No hay por qué ser orgulloso y pretender que todo puede estar en tu cabeza. Adelante: dibuja el croquis, apunta los hechos, las horas del día y de la noche y sé consecuente. ¡El resultado puede ser en verdad redondo! :)

31 de julio de 2008

Géneros muertos

Supongamos que ya nos decidimos, que tenemos una historia claramente perfilada en nuestra mente y que nos abocamos a narrarla como mejor podemos y queremos, concentrados en la secuencia apropiada de los hechos, en el diseño realista de los personajes, en la buena medición del tiempo, en el uso adecuado del lenguaje, en fin, nos dedicamos a la tarea monumental de escribir una obra literaria y de hacerlo bien. ¿Hemos decidido ya el género en el que nos hemos de desenvolver? Humm... tal vez no.

En realidad, no creo que sea esa una decisión muy consciente en la mayoría de los casos. Me explico: Primero surge la historia, estalla en la cabeza. Luego podemos decidir a qué género pertenecerá, según se vaya desarrollando. Si es que es importante, porque tal vez no lo sea. ¿Habremos de echarnos atrás si nos damos cuenta de que el género en el que nos desenvolvemos no es apropiado? Pero, ¿apropiado desde qué punto de vista? Uno es el punto de vista comercial, del que ya me he extendido largo y tendido (A propósito de temas anteriores, en que uno como escritor conscientemente se introducía en géneros populares para ganar dinero -aunque tal cosa nunca está garantizada-, quizá sí sea importante definir el género en el que desarrollaremos nuestra historia). Pero hay otros puntos de vista, estrictamente literarios. Pensaba en uno: es que dicen que hay géneros "muertos".

El término no viene de mi cabeza. Ni por un momento se me ha ocurrido pensar en géneros "muertos", aunque puedo suponer a qué se refiere. Siempre me figuré, al menos, que los géneros literarios que han fallecido serán aquellos que no tienen cabida dentro de nuestra sociedad, por su naturaleza misma. Pienso en los relatos épicos de dioses y otros seres actuando como si hubiesen vivido. O cierto tipo de poesía medievalista. Claro que si me da la ventolera de escribir poemas épicos, el género no estará taaaan muerto como se pensaba, pero no creo que sea yo quien los resucite.

Sin embargo, el otro día me tropecé con una discusión sobre si la ciencia ficción había muerto ya o no. ¿La ciencia ficción? Esto sí me sorprende. ¿No es un género literario muy acorde con nuestro tiempo y nuestra sociedad? ¿No vivimos rodeados de ciencia, peleados con ella, o en completa armonía con sus disciplinas? ¿No veneramos la ciencia -bueno, un poco menos que al comercio, claro-? ¿Cómo es posible entonces que un género que se inspira en ella y sirve a su vez de inspiración para ella haya muerto?

Luego miré mis relatos, la novela que escribo, las películas que se estrenan en el cine, desde las que son destinadas para públicos infantiles hasta aquellas que se encuadran en el terror también. Ciencia ficción. Se escribe, se lee, se mira, se escucha, hasta se juega -en videojuegos- ciencia ficción. No, no hay tal funeral. Está tan viva como nunca y sigue inspirando y maravillando. ¿Entonces...?

Tranquila, pues. Sigo adelante con mi historia. Total, que si yo, al menos, la estoy escribiendo y finalmente la culmino, no habrá muerte posible para el género en el cual se encuadra. ;)