18 de agosto de 2012

De gratuidad, innovación y pleitos por derechos...

En Facebook (y para lo que estamos, en todas las redes sociales y foros) se tropieza uno con ocasionales discusiones que pueden llevarte a reflexión. Por ejemplo, en esta ocasión me encontré con una polémica que nació de una pregunta como esta: ¿Qué prefiere un autor: que nadie lo lea por la mala difusión de sus libros o que tener la posibilidad de que lo lea más gente pero no le paguen derechos de autor (que tampoco pagan las editoriales casi nunca y casi ninguna)? La pregunta fue lanzada en relación con una noticia en la que se tocaba el tema de la digitalización de millones de libros por parte de Google para formar su "biblioteca mundial". A esta pregunta respondió el autor costarricense Alexánder Obando Bolaños, con la indicación de que prefería los dos supuestos: que le lean los libros y a la vez se le paguen sus derechos (y con quien me mostré de acuerdo, por cierto).

La discusión se extendió, con la intervención de varios usuarios, y de ella puedo extraer diversas reflexiones que me inquietan:


1. Que se confunda edición digital con descarga gratuita

2. Que se crea que las "ideas" vienen de "cualquier parte" y que "cualquiera escribe":


3. Que el ideal de un buen autor es escribir "por amor al arte".


4. Que como las cosas se dan de cierta forma, no hay nada que se pueda hacer para cambiarlas.


1. Que se confunda la edición digital con la descarga gratuita: La edición digital es un maravilloso avance de la tecnología moderna que ha permitido no solo rescatar obras del pasado que hubieran podido perderse en el olvido, sino también aumentar la difusión de muchas que de otra forma quedarían relegadas a una zona o región del mundo. Ya llegó y se quedará y lo único que toca hacer es adaptarnos a ella. Eso no significa que porque se pueda digitalizar un libro, este tenga que estar disponible para descarga gratuita. La revolución tecnológica que permitió la digitalización de libros y otros avances como Internet, también ha permitido los pagos en línea, lo que significa que puedes perfectamente vender tus libros electrónicos, de la misma forma en que vendías tus libros impresos. Entonces, que una compañía digitalice los libros no significa que inevitablemente tenga que ofrecerlos para descarga gratuita: puede venderlos. Y con la venta, puede pagar las comisiones debidas por derechos de autor, por ejemplo.


2. Que se crea que las "ideas" vienen de "cualquier parte" y que "cualquiera escribe": Las ideas no vienen de "cualquier parte". Pueden venir de cualquier persona, sí, pero esa persona tiene identidad. No es un ente incorpóreo perdido en el éter. Es un ser humano y como tal debe respetársele. Y hoy en día, es más fácil que nunca identificar a alguien y saber quién es el autor de qué idea. También es fácil querer robársela. Y no está bien, porque el proceso por el que un autor tuvo una idea es suyo, personal, y nadie puede repetirlo.


¿Cualquiera escribe? Sí, cierto, y de hecho, todos deberían saber escribir adecuadamente. Sin embargo, eso no significa que cualquiera puede ser un autor. Para ser un autor hay que tener creatividad, imaginación y dedicación al arte de escribir. De hecho, escribir correctamente una redacción o una tesis no te convierte en autor literario, pero te hace autor (de la tesis). ¿Estarías dispuesto a regalar tu investigación solo porque cualquiera hubiera podido hacerlo? ¿No? Entonces, ¿por qué esperar que un novelista o un poeta tenga que regalar su obra literaria?


Además, no cualquier autor es un buen autor. Para ser un buen autor se necesita no solo imaginación y talento, ideas propias y creatividad: se necesita trabajo. Trabajo de estudio y trabajo de creación. Trabajo de desarrollo y trabajo de revisión. Y todo ese trabajo requiere tiempo. Y el tiempo es oro en cualquier lugar del mundo, porque el tiempo que dedicas a una cosa se lo quitas a otra. Es inevitable. Así que, decir que cualquiera escribe y que las ideas vienen de cualquier parte es minimizar el trabajo, el talento, el tiempo dedicado y el valor de una persona, como si producir literatura fuera lo mismo que escupir o respirar.


3. Que el ideal de un buen autor es escribir "por amor al arte": Como corolario de la reflexión anterior, se vuelve evidente que la idea de que un buen autor debe escribir solo por amor al arte (es decir, porque le apasiona escribir) y no esperar nada económico a cambio es una idea cruel. ¿Por qué se insiste en que el arte se "contamina" con el comercio, es decir, la difusión y venta de obras artísticas? ¿Acaso el comercio mancha tu comida, destruye tu televisor nuevo o destruye tu casa? ¿Alguna vez has pensado que los médicos deberían curar sin pedir nada a cambio, los ingenieros construir casas y puentes sin paga, y los agricultores regalar libremente sus productos? ¿No? Por supuesto que no. Todos ellos estudian y trabajan duro para llevarte el fruto de su esfuerzo hasta ti. Y el caso de los escritores es exactamente el mismo. No hay "contaminación" ni "mancha" ni ninguna de esas tonterías en los autores que aspiran a vender sus obras y a ser retribuidos por el fruto de sus sudores.


4. Que como las cosas se dan de cierta forma, no hay nada que se pueda hacer para cambiarlas: Y he aquí una de las expresiones más inquietantes de todas. Como las cosas son así, aguántate. ¿Cómo? Ah, entonces si hay injusticia, crueldad o abuso, ¿debo aceptarlo solo porque así se da siempre? ¿Y dónde está el derecho a mejorar, a cambiar para bien, a progresar? Según eso, debo aceptar que como los escritores suelen ser muy mal pagados, entonces es absurdo que luchen por sus derechos de autor. Esa es una reflexión peligrosa.


Si algo no está bien, no está bien, aunque sea "normal". Una cosa es que los escritores enfrenten un mundo difícil, donde reciben poca remuneración por su esfuerzo y tienen que buscarse empleos supletorios para pagar sus facturas, y otra muy distinta es que tengan que renunciar a sus derechos solo porque es duro vivir de la escritura. No, no es así. Mis derechos me son inalienables, y como tales, tengo el deber de defenderlos. No importa si me pagan $2 o $200 o $2 millones (ojalá) por concepto de derechos de autor. Lo que importa es que se tenga claro que existen y son debidos. Si una empresa vende mis libros, debe reconocerme las regalías o las comisiones correspondientes. Y no debe haber discusión al respecto.


Otra cosa es si yo quiero regalar mis obras. ¿Puedo hacerlo? Sí, claro, siempre que los derechos patrimoniales de mis obras aún me pertenezcan, por supuesto que puedo hacerlo. Hay autores que lo hacen y están en su derecho. Su derecho, no su deber, que es lo que algunos no comprenden aún.


Y con respecto a las editoriales que no pagan a sus autores, pues... esa es una historia muy diferente, que no tiene nada que ver con derechos de autor, sino con la buena o la mala fe de los negocios. Hay editoriales que no pagan a sus autores, sí. Pero la mayoría lo hace. ¿Que pagan mal o bien? Bueno, eso depende de los contratos y de la situación del mercado, pero lo hacen. Generalizar o justificar la renuncia a los derechos de autor en el hecho de que (algunas) editoriales no pagan bien a sus autores es un completo desatino.


Se dijeron más cosas en esa discusión y aún hay más tema por delante, pero creo haber dicho en voz alta lo que pienso sobre algunos aspectos de una situación siempre difícil y complicada.

6 de agosto de 2012

Desde que las excusas se inventaron...

Durante estos días en que las Olimpiadas de Londres siguen su curso, algunas consideraciones me han asaltado al mismo tiempo. Tienen que ver con los deportistas, con los países y sí, con los escritores también. Suena un poco raro, pues en primera instancia un deportista y un escritor tienen poco que ver, pero en realidad, desde que cada uno se dedica a actividades que requieren una dosis inmensa de paciencia, otra de esfuerzo e interés personal y una cantidad considerable de voluntad, sí que tienen mucho que ver.

¿Por dónde iban mis consideraciones?

Algunos datos. EE.UU. y China, como de costumbre, lideran el medallero con el mayor número de medallas de oro por nación, con respecto al resto de las naciones. Luego van Rusia, UK, Francia, Alemania y por el estilo. Por supuesto, hay países menos potentes o claramente pequeños o de escasos recursos que también están ganando medallas. Va en cuenta algunos latinoamericanos, como el caso de Colombia, que no es un país pobre pero tampoco es una potencia, o países de África, cuyo historial social, económico y político es complicado. Y vienen deportistas de otros países, muchos hispanoamericanos, algunos de mi país, a participar y a lograr nada. Y se retiran con algunos argumentos como: "mejoré mi marca personal", "hice lo que pude", "con tan poco apoyo que recibo, estoy logrando mucho", "si recibiera más apoyo, los resultados serían espectaculares", etc. Todos argumentos que he compartido por años, pero que ahora me suenan a excusa.

¿Por qué?

Porque si el hijo de un vendedor de lotería que fue asesinado por los paramilitares pudo ganar la medalla de oro en ciclismo de ruta; o si los jamaiquinos, residentes de un país de población reducida y problemas económicos usuales en muchos países del continente, están dominando las pruebas de velocidad en la pista; o si las etíopes, procedentes de un país pobre y con graves problemas logran imponerse y ganar medallas, ¿cuál es la excusa de deportistas que viven en un país tranquilo como el nuestro? ¿Falta de apoyo? Pues... ¿y quién les dijo que esos medallistas olímpicos siempre contaron con apoyo? ¿Falta de recursos? ¡Por favor! ¿Sobran acaso los recursos para el deporte en países pequeños o pobres?

Sí, me suena a excusa. "Es que no recibo el apoyo financiero de mi gobierno". Es una excusa, y enmascara una realidad aún más profunda. Algunos de estos deportistas que no hicieron un buen papel en Londres, han obtenido conquistas fuera de los Olímpicos. Han luchado y vencido obstáculos y realmente han sacrificado horas de sueño y recreación para dedicarse a entrenar con ahínco y lograr superarse a sí mismos. PERO, vienen a Londres y fallan. Las excusas apenas son la máscara de otro problema grave, entonces. No recibieron apoyo financiero del gobierno, cierto, y es un hecho que en nuestro país solo se le da cierta importancia al fútbol (no mucha ni como debe ser, tampoco), eso es cierto, pero ya eso lo saben vencer. Saben que deben entrenar por su cuenta, saben que deben buscar sus oportunidades solos, saben que pueden llegar a una Olimpiada con buenos registros aún sin contar con ese apoyo. ¿Por qué entonces es que fallan otra vez?

Y pensé: porque no se la creen.

Los campeones olímpicos están convencidos de que van a ganar. Usain Bolt entra a la pista y sabe que superará a los demás. Lo mismo sus compañeros de equipo. Un Michael Phelps también lo cree y así lo creen los atletas chinos, los japoneses y también, y eso está resultando evidente, los colombianos y los etíopes. Se la creen.

Creen en ellos y en su triunfo. Creen que lo merecen. No se enfocan en el esfuerzo que hacen ni se auto compadecen ni se amilanan antes de tiempo. Se enfocan en la meta. Saben que realizan un gran esfuerzo, pero el esfuerzo, amigos, no sirve de nada si no obtiene el resultado deseado. Con el esfuerzo no se alimenta a un pueblo. Con el esfuerzo no sacas adelante a tu hijo ni logras curar a un enfermo. La única recompensa al esfuerzo es el resultado. La medalla. Ahí es cuando el esfuerzo obtiene su valor. Si no hay medalla, o sea, si no hay resultado, el esfuerzo queda en nada. Se te murió el paciente, se llenó de hambre tu pueblo, perdiste a tu hijo.

¿Qué obtengo de esto para la escritura? Pues lo mismo. No podemos escribir una novela a punta de pensarla. Hay que escribirla. Hay que terminarla. Hay que llegar a un resultado. Libros a medio escribir son como corredores que no pasan sus heats eliminatorios. Y decir: "no tengo tiempo", "no tengo recursos", "no tengo apoyo", son excusas. Y creer que porque somos de países pequeños no podremos ser buenos escritores es lo peor que podemos creer. Borges no tenía empacho en deslizar sus libritos en los sobretodos de los asistentes de un club. Él creía en su obra. Y miren quién fue y a dónde llegó. ¿Tenía recursos? ¡Púf! ¿Cuántos buenos escritores comienzan con gran cantidad de recursos y apoyo? ¿Cuántos se "revelan" una noche cualquiera? Ninguno. Se esfuerzan y mucho, igual que los deportistas, pero al igual que los medallistas, llegan a un resultado y se apoyan en él, sin excusas y sin recurrir a "me esforcé pero no pude".

De buenas intenciones está lleno el infierno, dice un dicho. No nos quedemos en ellas.

25 de junio de 2012

La extraña virtud de la paciencia

El otro día leí, no sé en dónde (creo que en un periódico), que Google ha acelerado el tiempo en que tarda en proporcionar el resultado de una búsqueda. Algo así como que en vez de no sé cuantos milisegundos de tiempo que tardaba antes, ahora es aún más veloz (menos milisegundos). Se demora más en parpadear que en recibir el resultado de lo que está buscando. Claro que esto debe verse en contexto, porque si tienes una computadora que se toma su tiempo para todo y tu conexión a Internet es de tercera categoría, no te darás cuenta de si Google acelera sus tiempos de respuesta o no. Pero salvando esas distancias, en realidad ya se puede uno dar cuenta de que sí, en efecto, no has terminado de digitar tus palabras claves cuando ya tienes el resultado frente a ti.

¿Y por qué este interés de Google por acelerar sus tiempos de respuesta? Pues por lo obvio: por el interés de sus usuarios. Resulta que si una página tarda unos milisegundos demás en descargarse, el usuario se aburre y cambia de página. Así: milisegundos. ¿Tan impacientes estamos hechos?

Pues parece que sí. La pizza te la entregan más rápido hoy que antes, igual las hamburguesas. Las llamadas a larga distancia ya desaparecieron porque fueron sustituidas por Skype y otros métodos más veloces, más instantáneos. Si antes tenías que esperar tres o cuatro semanas para recibir un paquete que te viene de otro país, ahora solo esperas unos cuantos días. Si antes tenías que esperar uno o dos años para ver avanzar la tecnología, ahora solo tienes que dejar pasar un par de meses o menos para tener en tus manos el último avance. Y así sucesivamente.

¿Nos estaremos perdiendo de algo? Hace una semana, el escritor Teo Palacios apuntó en su blog que la impaciencia también está atacando la literatura. Si es así, sí que nos estamos perdiendo de algo. Pero, ¿qué? Alguien diría: ¿calidad? ¿tiempo de vida? ¿capacidad de disfrute?

En el caso del arte, y en particular de la literatura, yo diría que la impaciencia sí produce efectos negativos. Desde el punto de vista del lector, por ejemplo, es común que ahora muchos se desesperen si no matan a alguien en la primera página de la novela, o si el cuento no arranca con una catástrofe o si el poema es demasiado largo. Se dice que si la novela no arranca con acción, el lector la abandonará irremediablemente. Si el cuento no está lleno de pequeños suspensos, será también dejado de lado. Si el poema no es sorprendente o maneja imágenes chocantes, también será ignorado. ¿Qué efecto tiene esta actitud? Pues que los escritores se preocupen más por llenar de acciones y desastres las páginas de sus libros que la de construir una historia con significados profundos y bellezas formales. O sea, que la literatura se degrada.

Desde el punto de vista del escritor, por otro lado, la impaciencia es tan intensa que no más ha terminado de escribir, ya está desesperado por publicar. La revisión es apenas un maquillaje y la publicación debe ser completada en pocas semanas. Si cualquier editorial rechaza la obra por X razón, entonces se lanza a la autopublicación y comienza su próxima obra, que deberá ser completada en el marco de otras pocas semanas. ¿Documentación? Mínima o nula. ¿Preocupación por aspectos formales? ¿Qué es eso? ¿Desarrollo de personajes, ritmo de argumento coherente? Nada de eso. Y de nuevo sale de sus manos una obra a medio escribir y a medio revisar. ¿Cuál es el resultado? La literatura se degrada.

La paciencia es una virtud por muy buenas razones. Permite desarrollar las habilidades de manera integral, hace que se resalten los errores y se corrijan de la manera apropiada en el momento justo. Permite también que se piensen las acciones con suficiente antelación y se sepa prever los nuevos errores que pueden producirse después. Ayuda a desarrollar el disfrute por el paisaje, a no preocuparse tan solo por el destino, lo que convierte al viaje artístico en un auténtico fin en sí mismo. Tanto para el lector, como para el escritor, la paciencia abre espacios de disfrute, de reflexión, de enriquecimiento y por tanto, de crecimiento personal y social. Con el cultivo de esta virtud, sabemos diferenciar también la obra maestra del bodrio mediocre, sabemos aprovechar para nuestro enriquecimiento personal todas las virtudes de lo que está bien hecho y podemos descartar todo el material que no nos aporta ni diversión, ni paz, ni reflexión, ni catarsis.

Y no digo que una obra bien hecha sea una obra aburrida, ojo. Digo que es una obra escrita con paciencia y leída con paciencia, aunque sea una historia de acción y suspenso. Porque entre una buena obra de acción y una mala obra de acción, las diferencias también se notan.

Escribir con paciencia implica regresar sobre lo escrito, pensarlo, quizá volverlo a escribir. Implica masticar las ideas con detenimiento, observar si hay incoherencias o palabras mal dispuestas. Saber si un personaje o una situación son plausibles o ridículas. Si el final es consecuente con el desarrollo, si el título tiene sentido. Es también saber aprovechar una documentación realizada con seriedad. No importa si lo que se escribe es una historia romántica, una novela negra, un drama de la vida real o una aventura espacial. No importa si la acción transcurre en Hong Kong y en Tokio, o si sucede en la Tierra Media. No importa si es corta o si es larga, si tiene muchos personajes o solo uno. Lo que importa es que se la escribe con la calma que produce excelencia y que se la lee con la tranquilidad que proporciona un auténtico disfrute.

La paciencia es una virtud, pero no parece que muchos quieran practicarla hoy en día. Yo creo que ya va siendo hora de recordarla...

26 de mayo de 2012

Juzgando la crítica

Todos los artistas (incluyendo los autores literarios) se han de enfrentar, tarde que temprano, a la crítica. Es inevitable y predecible. Nadie se escapa de un juicio, sea lanzado por un académico o un estudioso, un periodista o el tipo de la esquina que se fijó en la obra en cuestión y también tiene su opinión sobre ella. No hay manera de ser artista, en cualquier arte, sin verse expuesto a ella.

Así que, de entrada, el primer consejo que todo artista debe recibir antes de pensar en dedicarse a su arte es:

Espera la crítica.

¿A qué cuento viene esto? Ya he hablado de la crítica antes, y supongo que volveré a hacerlo, pero en esta oportunidad, mi inspiración viene de una nutrida conversación (o discusión) en Facebook a propósito del lanzamiento de un nuevo libro que reúne un grupo de cuentos de varios autores. Uno de los autores implicados se permitió criticar algunos de los cuentos y alguno de los otros autores se sintieron "sensibilizados" ante este hecho, como si fuera sorprendente que ocurriera. De ahí se derivó una discusión sobre la crítica, los autores, la literatura, la teoría literaria, y otros etcéteras relacionados que me llevó a esta reflexión.

Sigamos.

Una de las autoras que manifestó su molestia frente a la crítica avanzó el argumento de que no se debe dirigir a un autor en su escritura, porque la escritura es un arte con un estilo que debe ser definido por el propio autor y decirle lo que debe hacer y cómo hacerlo es constreñir su imaginación y su creatividad. Más adelante se quejó de que criticar a un autor joven, en especial si es realmente joven, es dañino, porque puede desalentarlo para que siga con la escritura, cuando lo que debe hacerse es animarlo a continuar y mejorar.

Otros le contestaron con que la crítica (la buena) precisamente hace mejorar la escritura al señalar lo que puede y debe corregirse en los escritos. ¿Y qué es buena crítica? Esto generó otra discusión, porque algunos piensan que la buena crítica solo viene de los académicos con títulos universitarios y estudios en teoría literaria, mientras que otros opinan que la crítica debe ser completamente abierta y venir de todas partes.

Pues, todo eso está muy bien, aunque me parece que hay relatividades que deben ser consideradas y todo autor tiene derecho a enfrentarse a la crítica con su propia visión y su propio juicio del asunto. ¿Cómo?

Primero: ¿cómo hemos de entender la literatura? La entendemos como un arte. Eso significa que si bien no está sujeta a las rigurosidades de la investigación científica, existen ciertos lineamientos técnicos y teóricos que han de seguirse sí o sí. Por ejemplo, siendo la literatura el arte de la palabra, el primer lineamiento técnico de exigencia absoluta es que el autor DEBE dominar la palabra. Nadie que no sepa escribir puede ser escritor, así como nadie que no sepa pintar puede ser pintor. Y saber escribir implica un dominio superior al del promedio de sus coterráneos y coétaneos en general, porque si no ¿para qué diferenciar un escrito literario de uno corriente? Otros lineamientos técnicos van unidos al sector del arte literario al que el autor se dedica: si es poeta, sigue las convenciones sobre la creación poética, si es narrador, sobre la narrativa, si es dramaturgo, sobre el teatro, etc. ¿Qué convenciones? Que si vas a narrar un cuento, tendrás un argumento, unos personajes, unos hechos que cuentan una historia y un desenlace a esos hechos. Si no cumples con ello, pues... no estás narrando nada. ¿Me siguen?

Segundo: ¿cómo hemos de entender la crítica? La entendemos como la acción de leer, analizar y exponer razonamientos sobre una obra literaria a la que se juzga.  En otras palabras, es un juicio, pero este juicio debe ser fundamentado y razonado, sin importar si es positivo o negativo. Cualquier opinión que se limite a "me gusta" o "no me gusta" no vale como crítica, solo como opinión.

Así las cosas, ¿cómo enfrento la crítica?

Aquí es importante que definamos qué ha de valorarse y qué no. Por ejemplo, ¿es realmente esencial que el crítico sea un estudioso académico con varios títulos detrás?

Pienso que no.

Lo importante es que la crítica sea fundamentada, razonada, y que el crítico maneje criterios claros sobre los que basa su juicio. Con que sea una persona informada sobre la materia que juzga es suficiente. Recordemos que se habla de artes, no de ciencias, por lo que un buen lector, que tiene muchas lecturas a su haber, que conoce bien sobre el género y el estilo de diversos autores, que maneja criterios claros sobre los que basar su juicio, se basta como crítico, sin necesidad de ser PhD ni nada por el estilo.

¿Cómo sé yo si el crítico es así? Pues aquí hay que aplicar el sentido común. Todo escritor ha de ser lector primero y como lectores nosotros mismos tenemos nuestros juicios. Si yo leo una crítica mal escrita, plagada de clichés y donde se nota que no hay suficiente información ni lecturas, no puedo tenerla en consideración. Un crítico literario que no sabe escribir automáticamente se descalifica como tal. Y punto. ¿Cómo puede juzgar el arte de la palabra quien no la domina?

Luego, ¿he sido yo lo suficientemente autocrítico de mi propia obra o me creo un genio incomprendido? Nadie nace aprendido ni se es perfecto en nada. Toda obra puede ser juzgada y todos pueden leerla de manera distinta. Entonces, antes de exponer mi obra al público debo ser consciente de que puede tener fallos y de que es posible que el crítico bien informado tenga razón en lo que juzga.

¿Puedo diferir de la opinión del crítico? Por supuesto. Porque sea crítico tampoco significa que siempre acierte. Es humano, como yo, y puede tener errores de percepción, igual que yo.

Pero no nos apuremos a diferir de su opinión. Primero se le escucha y luego se analiza el texto. Quizá tiene razón. Y quizá nosotros no supimos ver el fallo a tiempo. Si lo descubrimos, aceptamos el juicio y procuramos no cometer la misma falla en el siguiente texto. Si después de un análisis desapasionado y racional, concluimos que el crítico no lleva razón, lo dejamos pasar y en paz. No hacemos cambios ni nos preocupamos más por el asunto.

Finalmente, ¿tiene razón la autora que defendió la juventud como excusa para la crítica suavizada? Ni por asomo.

Una vez que se expuso una obra, esta puede ser juzgada con toda la dureza del caso, sin importar la edad del autor, en especial si dicha obra no es un ejercicio de aprendizaje sino una obra que sale a la venta y va a ser adquirida por un público que arriesga su dinero y su tiempo con ella. Si estoy en un aula de niños de cuarto grado y les asigno como tarea escribir un cuento, puedo ser suave en mis críticas, pero nunca falsa, porque no estaría enseñándoles nada, excepto a ser alabados sin merecerlo. Pero, si estoy en una librería y compro un libro escrito por X y el libro es un bodrio, ¿por qué ha de importarme si tiene 18 años o si tiene 80? Lo que me importa es que el libro sea bueno o sea malo. Y nadie puede criticarme por eso.

Si alguien se desalienta de seguir escribiendo porque recibió críticas negativas, entonces que se desaliente. No será nunca un escritor y mejor que se dedique a otra cosa. La vida del escritor está plagada de críticas, negativas y a veces positivas, y es un camino largo y tortuoso que el escritor debe enfrentar con entereza.

Así es. Y así siempre será.



23 de mayo de 2012

Escribir un best seller

Miente, o es realmente muy idealista, quien no se habrá preguntado alguna vez, en la oscuridad de sus sueños aún no cumplidos de convertirse en escritor profesional, cómo podría encontrar la fórmula para escribir algo que realmente se venda como pan caliente y le permita, por tanto, dedicarse a la escritura de forma exclusiva. ¡Son tantas las ilusiones puestas en cada proyecto y tantas las frustraciones que vienen detrás, que mirar una vitrina de librería y contemplar el último gran súper ventas brillando en todo su esplendor no puede menos que provocar estos pensamientos!

Los best sellers son malos. Los best sellers son productos comerciales encargados por las editoriales para llenarse los bolsillos. Un buen escritor jamás debe aspirar a escribir best sellers si no quiere traicionar la Literatura. Blah, blah, blah. Todos sabemos que esas frases son cliché, que pueden decir alguna verdad de muchos libros, no necesariamente "best sellers", pero que muchas veces solo reflejan una realidad incompleta. El mayor best seller del mundo de los últimos 50 años es La Biblia. Mal puede ser considerada un producto editorial fabricado para las masas. El segundo son los pensamientos de Mao. Igual consideración.

Los best sellers no son otra cosa que los libros más vendidos. Eso es todo. Y se venden bien porque la gente los compra en cantidades masivas. Y la gente los compra en cantidades masivas porque... bueno, por un sinfín de razones, entre las que sí se puede destacar, claro está, el mercadeo agresivo de las grandes editoriales detrás de sus títulos más "comerciales", pero también están otros factores. La mayoría de los libros que se venden bien tienen una calidad media, aceptable. Son libros agradables, entretenidos, que aportan al menos placer al público lector y quizá otras cosas. Algunos incluso son buenos libros, de la literatura considerada como gran arte. Otros, los menos, son libros reguleros que tuvieron la buena suerte de ser patrocinados por alguna editorial poderosa, pero que no dejarán huella en ningún sentido. Prácticamente ninguno es realmente malo, lo que convierte al best seller en una aspiración razonable para cualquier escritor de oficio que quiera tener al menos un título que le financie todos los demás.

Pues caemos otra vez en la pregunta: ¿cómo escribir un best seller? La única manera de saberlo es si también conocemos las razones específicas por las que un libro se convierte en un súper ventas y por las que otro pasa inadvertido. Algunas son obvias: mercadeo poderoso, alto número de ejemplares, fuerte campaña de promoción con aplicación de muchas clases distintas de técnicas, incluso de alta tecnología. Otras razones no son obvias, en particular cuando hablamos de libros no-encargados o no-patrocinados por ningún ente editorial poderoso, que suelen ser, de paso, los más mega vendidos. ¿Qué tiene ese libro para que se venda así?

¡Púf! Nada en particular. El autor dio con una idea y supo desarrollarla. Creó un personaje o un grupo de personajes atractivo, carismático, contó una historia interesante, quizá desarrolló algún tema humano convergente con el tiempo y el lugar, quizá explotó un tema de modo de manera original y atrevida, tal vez supo no solo abrir la historia sino también cerrarla, de manera que al final sus primeros lectores reaccionaron conmovidos, recomendaron el libro a sus amigos y colegas, el rumor se esparció y de pronto... surgió un súper ventas.

En el enlace original de esta pregunta, el articulista reflexiona sobre la lección de trabajo que le dio una medallista olímpica. A la pregunta ¿cómo consiguió su medalla?, ella respondió: Entrenando todos los días, por cuatro horas sin parar, en la enfermedad o en la salud, durante veinte años. No hay más misterio: practicó, trabajó, entrenó.

Ningún best seller surge de la noche a la mañana. Todos han sido el producto de un trabajo continuo y dedicado de alguien que se apasiona por lo que hace y quiere hacerlo bien. Sí, incluso los encargos. Y no se trata simplemente de querer alcanzar el estrellato. La mayoría no lo consigue, pero sí es posible vivir de la escritura creativa a niveles más que aceptables, con un volumen de ventas decente y disfrutando del oficio, pero se debe estar preparado para escuchar una verdad que no siempre gusta: el aprendizaje es largo, las fórmulas no existen y solo la práctica hace al maestro.

Ni más ni menos.

7 de mayo de 2012

¿Necesita un buen escritor ser un asiduo lector?

La pregunta original, tal como me la encontré en uno de los grupos de LinkedIn es si un buen escritor necesita ser un lector fanático, pero para mis efectos prefiero el adjetivo "asiduo" que "fanático", calificativo que me resulta muy negativo la mayoría de las veces en que es utilizado. Así pues, este escritor lanzaba esta pregunta, que podría haber parecido muy obvia, tras una discusión con un amigo que pretende ser escritor pero a quien no le gusta leer libros. Lógicamente, la pregunta surge al instante: ¿puede uno ser un buen escritor sin sentir afición por la lectura?

¿Por qué lanzamos este tipo de preguntas hoy en día? Muchos escritores pueden estar de acuerdo conmigo si de inmediato contestaron "¡Por supuesto que sí!", pero luego uno se pregunta por qué existe la pregunta en sí. Y más se asombra uno cuando lee la anécdota que la originó y comprende que sí existen numerosas personas que pretenden dedicarse a la escritura sin sentir emoción alguna ni interés por la lectura. Y no puede uno más que cuestionarse si lo que creía con tanta convicción será cierto...

Supongo que hemos de admitir, de la mano de las investigaciones neurológicas, que la actividad de leer no involucra las mismas áreas cerebrales que la actividad de escribir, al menos, no necesariamente. Parece que leer y escribir son actos distintos, que implican habilidades desarrolladas en momentos distintos. Prácticamente puedes aprender a escribir antes de aprender a leer, y todos sabemos que lo normal es que los niños aprendan primero a leer antes que escribir. Es decir, no necesitan que vayan de la mano. Sin embargo, y aquí encontramos los primeros indicios de lo que creíamos saber tan bien, sí se correlacionan y una activa el desarrollo de la otra de forma directa. Si lees mucho, es muy probable que tu aprendizaje y desarrollo de la escritura se facilite y se mejore sustancialmente. Si escribes con asiduidad, puede que desarrolles nuevas sensibilidades lectoras.

Ahora bien, todos estos estudios a nivel biológico no nos aclaran una buena respuesta para nuestra pregunta. Ciertamente, no necesitamos leer para aprender a escribir ni viceversa, pero en la vida diaria ambas actividades alcanzan niveles de profunda relación, y en general toda persona alfabetizada puede escribir más o menos inteligiblemente. Si los maestros de escuela logran su cometido, incluso es posible que sus alumnos tengan una ortografía y una gramática más o menos decentes. Con la explosión de los teléfonos inteligentes y las redes sociales, más personas están escribiendo a diario, muchas veces bastante mal, cierto, pero lo están haciendo. ¿Significa que todas sienten afición por la lectura? Ni por asomo. La mayoría sigue siendo una mayoría no lectora, como ha sido siempre desde hace siglos. ¿Es lógico pensar entonces que si tantos nuevos "escritores", que estampan historias personales y vivencias en sus blogs, muros y demás foros y mensajes de texto, no leen, significa que un buen escritor no necesita ser un asiduo lector?

Humm... pienso que no.

Veamos. Hay que distinguir la escritura diaria, común, el relato propio de vivencias personales que todos hacemos cualquier día, de la escritura creativa instituida como arte y como oficio. Vamos, que no es lo mismo mi amigo de la infancia que se abrió un blog para contar sobre sus viajes a la playa que un autor de literatura. ¿Por qué? Porque el primero no está creando nada.

De hecho, un escritor comercial, de esos que se dedican a redactar textos publicitarios, tarjetas de presentación, folletos turísticos o textos con aplicación de fórmulas SEO para posicionar websites en los buscadores de Internet (yo he hecho este tipo de trabajos, que conste), no necesita tanto material de base para crear sus textos, como un autor creativo que escribe relatos, poemas o novelas y que fascina con su escritura a millones de lectores.

¿Qué necesita un autor para crear sus obras? Inspiración, motivación, algo que contar o algo de qué hablar, cierto. ¿Dónde encuentra esa materia prima que lo lleva a crear mundos enteros, personajes vivos y situaciones extraordinarias? La realidad es una buena fuente, pero suele ser insuficiente. Y si uno presta atención a lo dicho por los grandes autores de la literatura universal, suele encontrar que una gran fuente de inspiración se halla precisamente en los... ¿adivinaron? Sí, claro, en los libros.

La literatura se alimenta y retroalimenta a sí misma. Los autores del pasado sirven de inspiración a los del presente y los de hoy serán la principal fuente de alimento creador de quienes escriban en el futuro. Así ha sido desde los orígenes de la civilización y así sigue siendo y será. ¿En quién se inspiraron los que inventaron la escritura si no había libros escritos? En las tradiciones orales, obvio, que fungieron como literatura alimentadora de fantasías.

La realidad es estupenda, por supuesto, y uno puede siempre encontrar muchas historias en ella, pero la manera de contar estas historias, la inmensa variedad de opciones posibles que pueden asumirse en términos de lenguaje y escritura, la capacidad para cuestionar esa misma realidad que se desea contar, se halla en quienes ejercieron el don de la escritura creativa antes que nosotros. Por eso es que los grandes autores siempre fueron grandes lectores.

¿Necesita un buen escritor ser un asiduo lector? Sí, definitivamente.

28 de abril de 2012

De novatos y veteranos

Esta mañana me tropecé con esta frase tan certera "the expert at anything was once a beginner" (el experto fue alguna vez un principiante), cuya autoría aparentemente pertenece a la actriz estadounidense Helen Hayes, la cual acumuló premios y reconocimientos a lo largo de una extensísima carrera y murió a los 92 años hace casi unos veinte años. Y me hizo pensar en diversas conversaciones y discusiones que se repiten a diario en diferentes redes sociales y foros de literatura y de autores, y que suelen girar alrededor de la labor del escritor y su profesionalización, entendida esta como la llegada a una auténtica experiencia en el arte de escribir.

Lo primero que pensé fue que muchos veteranos se olvidan de esa verdad tan obvia. Miran por encima del hombro a los novatos y los desprecian sin más fundamento que el de su inexperiencia, como si ellos hubiesen nacido ya con todas sus habilidades en pleno desarrollo. ¿Han olvidado acaso que alguna vez fueron novatos? Parece que sí y en cuanto más leo sus opiniones referidas a las obras de los autores incipientes, más me asombra su falta de empatía y su poca humildad. Nadie nace aprendido, dice un viejo refrán popular, que es más o menos lo mismo que un parafraseo de la cita de Hayes. Ni nace aprendido ni tiene la obligación de saber de antemano cuáles son los misterios de cualquier disciplina humana. Para eso existen los instructores y los maestros, cierto, pero en las artes no se depende solo de la instrucción técnica sino también de un ejercicio constante de la actividad en cuestión para alcanzar los territorios de la veteranía. Y si los que se inician en el camino de un arte no cuentan con espacios para ejercer su pasión, mal pueden llegar a ser veteranos. Por tanto, antes de despreciar de antemano la labor de un novato, es de sugerir a muchos expertos que se comporten un poco como maestros y no como simples criticones, para hacerle llegar algo de lo mucho que sabe y lo mucho que aún tiene que aprender.

Esto último no significa que tenga que alabar la labor incipiente de los novatos solo para darles ánimos, en especial si está hecha con deficiencias, pues tampoco les haría un favor y más bien degradaría su arte.

En otras palabras, por ser novato, no te creas que tienes el derecho de ser consentido.

Y aquí vengo con la otra parte de mi reflexión: muchos novatos creen, de verdad, que "nacieron aprendidos". Están tan seguros de que son genios y de que sus obras iniciales son auténticas maravillas, que no aceptan una sola crítica ni un solo cuestionamiento sobre su obra. Se refugian en pensamientos cliché como "esta es mi novela y soy el dueño de su trama y sus personajes" o "nadie debe ser obstáculo para conseguir mi sueño", y otras tonterías por el estilo, con tal de no aceptar que deben revisar y corregir sus escritos y ejercitarse más antes de considerarse "expertos". Y hoy en día, con la enorme participación democrática de Internet, donde cualquiera puede escribir lo que se le antoje (como yo en este momento), podemos advertir la proliferación de multitud de obras "maestras" pululando por la red, al punto de que ya no sabe uno ni a dónde volver a ver. ¿De verdad creen que con "expresar" lo más profundo de los "sentimientos" están reconstruyendo la Poesía? ¿O realmente están convencidos que su trágica historia de policías envueltos en corrupción ciudadana es la novela mejor escrita de los últimos tiempos y que si no recibe el Nobel de Literatura es por puro obstruccionismo del capitalismo salvaje de las editoriales establecidas? ¡Por favor!

Todo experto fue aprendiz alguna vez es un pensamiento con doble cara. Para los veteranos, es un recordatorio de que su arte no le fue dado por gracia divina ni por herencia genética, sino que es el producto de un largo proceso de aprendizaje y práctica y que nunca comenzaron por ser geniales. Para los novatos, es una advertencia seria de que su trabajo apenas comienza, de que si se equivocan es natural pero  puede y debe ser corregido y de que si alguien con más experiencia les hace observaciones, no es un afán por arruinar su arte sino más bien por refinarlo, que no deben tomarse las críticas y los rechazos como bofetadas o humillaciones sino como oportunidades para aprender y mejorar.

Alguien le preguntaba al autor Patrick Rothfuss cuál era el peor error que un novato puede cometer al iniciar su carrera como escritor. Rothfuss respondió con un simpático y muy ilustrativo mensaje en su blog, pero yo creo que aún antes de pensar en ese tipo de errores técnicos, de los cuales es muy útil saber y que vale la pena comentar, el peor error que un novato puede cometer es creer que no tiene nada que aprender y que sabe mejor que nadie cómo ejercer su arte.

23 de abril de 2012

La paradoja de necesitar una celebración

Ayer fue el Día de la Tierra y hoy es el Día del Libro. Parece una unión macabra desde la perspectiva de muchos por ahí, puesto que los libros supuestamente consumen árboles, aunque la ironía es solo aparente y la existencia de ambos días de celebración es tan solo una necesidad a veces mal comprendida y muchas veces, sí, tristemente real.

Lo de la "ironía" con respecto al Día de la Tierra solo puedo decir dos cosas: una, existe el reciclaje de papel desde hace mucho, mucho tiempo y ya se sabe que se pueden plantar cierto tipo de árboles para la industria papelera sin necesidad de tocar los pocos bosques primarios existentes. Además, la contaminación producida por una fábrica de papel ya debería ser tema del pasado, pues existen diversos métodos tecnológicos que la reducirían dramáticamente si los fabricantes se pusieran a ello. En otras palabras, la destrucción de los árboles no es culpa de los libros, por favor. La destrucción de los árboles es culpa de la inconsciencia de los industriales, de los madereros y de los fabricantes de artículos diversos incluyendo el papel. ¿Que deberíamos pasarnos todos a los libros electrónicos para salvar los árboles? Humm... depende de un factor importante: ¿está la industria minera atenta a los problemas ambientales y cambiando sus métodos para salvaguardar el planeta? Recuerden que los lectores electrónicos y todos los aparatitos de alta tecnología desde la computadora en la que escribo y el teléfono celular que tengo al lado hasta variedad de tabletas y otros dispositivos existen gracias a la incorporación de ciertos minerales básicos extraídos de enormes canteras alrededor del mundo que deberían estar ya cumpliendo normas de conciencia ambiental. Así que no se apresuren a condenar a los libros de papel en favor de los electrónicos por el tema ambiental. No les concierne, en realidad. Es a las industrias que mueven los materiales de soporte donde se encuentran las personas que deberían ser vigiladas, monitoreadas y concientizadas.

¿Necesidad triste y real? Sí, que tengamos que tener un bendito Día del Libro para hablar y hablar hasta el cansancio sobre la "necesidad" de que "nuestros" jóvenes y niños lean, de la importancia del libro, sobre las bondades del libro, y blah, blah, blah. Digo que es triste, porque pasadas estas 24 horas ya nadie se acuerda del asunto y todos regresan a interesarse más por el partido de fútbol o del deporte favorito, por las politiquerillas que no llevan rumbo y por las noticias de la farándula más vacías. No digo que no tengamos derecho a apoyar a un equipo y a seguir su desempeño o a entretenernos por las vidillas de los "famosos", pero sí creo que esta "conciencia" por el libro y la lectura debería ser más honesta, más auténtica.

Hablo en el desierto, lo sé. Solo me anima cierto optimismo cuando veo que en realidad el número de lectores asiduos no ha decrecido en términos porcentuales con respecto al pasado, que se siguen publicando obras de todo tipo y que siguen apareciendo voces nuevas en el espectro de la escritura, tanto la creativa como la técnica o la documental.

¿Qué es lo mejor que cualquiera puede hacer por el libro como objeto simbólico de cultura, de educación, de arte y de engrandecimiento humano? Yo creo que lo mejor que podría hacer cualquiera es... leer. Eso es todo. Leer. Y hacerlo de manera continua. ¡Y dejar de sermonear a los niños y adolescentes que no leen si el adulto no lee tampoco! Que los niños y los adolescentes siguen los ejemplos de los mayores de manera inevitable y que poco podemos esperar que ellos lean si nosotros, los adultos, creemos que leer es solo para niños, idea por demás absurda.

¿Quiere celebrar el Día del Libro? ¡Lea! Pero no solo hoy, lea siempre, todos los días, un poquito cada día, como si fuese su rutina para empezar el día, para terminarlo, para acompañarse durante la fila del banco o mientras espera que lo atiendan en la oficina pública a la que inevitablemente tuvo que acudir. Lea. Pero no se contente con las revistas del corazón o la que publican para hombres. Tampoco se restrinja al periódico, que más lo puede desinformar que preparar para el mundo. Lea libros, del tema que prefiera, del que le inspire ideas, o del que le despierte reflexiones, o simplemente, del que lo entretenga y lo haga feliz por algunos minutos.

Lea. Así se celebra un día del libro por cada día del año.

8 de abril de 2012

De vuelta al texto (escrito)

No sé si les ha llamado la atención, pero a mí sí, el hecho de que ahora todo el mundo escribe. No digo que todo el mundo sea escritor ni que todo el mundo lo haga bien, tan solo digo que todos escriben. Todo el día, en diferentes soportes, de diferentes maneras, a diferentes destinatarios, a veces sin uno precisado, pero todos escriben.

¿No es interesante que después de tantos esfuerzos y tecnología para hacer que la gente pudiera hablarse cara a cara y de manera instantánea, lo verdaderamente moderno sea escribir? Es como si fuese la última reivindicación de la Escritura. Tenemos teléfonos celulares ultra modernos, llamados "inteligentes", que son capaces de conectarnos con medio universo, y los usamos... para "textear" o "mensajear", o sea, para escribir mensajes o pequeños textos. Tenemos un medio ultra masivo de comunicación mundial llamado Internet y lo usamos para... escribir mensajes, algunos largos, otros cortos, pero escritos. ¿Los foros? De escritura. ¿Las redes sociales? De escritura. Escribimos en Twitter, en Facebook, en Google+, en LinkedIn, y en cuanta red social se nos ocurra, escribimos.

Escribimos en blogs personales, escribimos en los blogs de los otros, construimos conversaciones enteras por medio del chat... escritas. Y muchos de los que trabajamos con Internet también escribimos infinito número de correos electrónicos día a día, en todas direcciones y a todo tipo de destinatario. Hoy, quien no sepa leer y escribir, se pierde casi toda la información, desde la que le es necesaria hasta la que es superflua.

Y no contentos con escribir en nuestro idioma, también nos atrevemos a escribir en otros idiomas, empezando por el inglés y siguiendo por todos los que ustedes prefieran.

¿Alguien temió alguna vez que la escritura sería superada por la comunicación oral e instantánea y que todos en el siglo XXI hablaríamos sin parar a larga distancia y olvidaríamos las viejas formas de comunicación heredadas por los antiguos? Pues andaba errado. La escritura ha alcanzado niveles nunca antes vistos de masificación, lo que ha vuelto el alfabetismo más importante que nunca. De hecho, tan es así, que hasta las novelas juveniles se están escribiendo en teléfonos hoy en día.

Todo el mundo escribe. De todo y sobre todo, a todos y al Todo. Y después nos preguntamos por qué hay tantas faltas ortográficas: ¡con tanta gente escribiendo, por fuerza tendrían que salir aquí y allá!

8 de marzo de 2012

En este día...

No me he aparecido por aquí debido a mi trabajo (¡que ha sido descomunal durante estas semanas y no parece reducirse a corto o mediano plazo!), pero no puedo evitar hacerme unas cuantas preguntas en este día tan (tristemente) conmemorado.

Aparte de multitud de problemas muy serios que aún agobian la condición femenina en el mundo, incluyendo los países desarrollados, me preguntaba hoy en relación con el mundo de la escritura creativa lo siguiente:

¿Podemos decir que las escritoras han (hemos) alcanzado un nivel de aceptación equivalente al de los escritores? Si es así, ¿en qué nivel de aceptación? ¿Popular? ¿Académico? ¿Crítico? ¿Comercial?

¿En qué campos de la literatura descollamos y cuáles aún nos están vedados? ¿Es lógico que se nos estén vedados? ¿Podemos olvidarnos de un género "femenino" y afirmar que estamos presentes en todos los géneros con nuestra visión particular y nuestras diferencias individuales como escritoras, al igual que los hombres que escriben?

¿Podemos afirmar que hemos avanzado contra la discriminación presente en el propio lenguaje o solo hemos implementado/aceptado pobres sucedáneos, quizá apariencias de equidad lingüística basadas en falsos ejemplos?

¿Hemos logrado derribar los prejuicios en torno a la llamada "literatura femenina" o continúan tan fuertes como siempre? ¿Tenemos acaso que renegar de lo que escriben otras para que los hombres nos acepten? ¿Tenemos que escondernos detrás de seudónimos neutrales? ¿O eso ya quedó definitivamente en el pasado?

¿Somos nosotras las únicas lectoras de nuestros escritos o los hombres han aprendido a cerrar sus prejuicios contra lo que escribimos y nos leen en igualdad de condiciones?

En el mundo editorial, ¿recibimos los mismos niveles de pago/remuneración/regalías que ellos?

¿Hay una penetración aceptable de editoras, agentes literarias femeninas, libreras en el mundo de la escritora creativa? ¿O aún las casas editoriales y las principales firmas distribuidoras y de librerías son dominadas por los criterios masculinos? ¿Puede decirse que aún cuando haya editoras ellas juzgan las obras con criterios neutrales (artísticos, comerciales, de oportunidad) o se dejan llevar por una visión masculina?

Finalmente, ¿podemos afirmar que los libros que son escritos por mujeres son obras libres de preocupaciones sexistas, en las que la imagen femenina ya está asentada como un equivalente natural de su compañero masculino o siguen arrastrando prejuicios machistas o viejas luchas feministas que cargan ideológicamente las historias, de un lado o del otro?

Si la mayoría de las preguntas obtuvieron una respuesta negativa, entonces... este día sigue siendo tristemente necesario para recordarnos que aún tenemos mucho camino por recorrer, tanto de frente a nuestros teclados como de cara al mundo que nos rodea... =(

23 de enero de 2012

Reflexiones adicionales en torno a los derechos artísticos

Justo ayer publiqué un post relacionado con los derechos artísticos. Era una especie de ampliación sobre una reflexión anterior que había realizado en mi bitácora "Laura Quijano" concerniente al debate suscitado por la discusión de las leyes SOPA y PIPA en el Congreso estadounidense, las cuales han provocado no pocos enfrentamientos entre diversos sectores de la sociedad. Allí expuse mis consideraciones con respecto a ese tema, pero aquí agregué otro tema colateral que me parecía importante comentar y que veo no se ha comentado en algunas discusiones sobre el plagio y la piratería: la creencia de que todo cuanto se publica en Internet es necesariamente de dominio público.


En mi post de ayer defendí la noción de que las fronteras de la autoría se encuentran firmes, que no se han borrado y que la creencia de que todo cuanto exista en Internet es automáticamente de dominio público es absurda. Y recibí dos comentarios que me parecieron muy interesantes y para los cuales quería destinar mis propias consideraciones aquí:


Begoña comentó "Creo que todos debemos revisar a partir de ya el contenido de nuestros blog". Es evidente que desde el punto de vista de los derechos de autor, del problema de la piratería (que es básicamente descargar de manera ilegal contenido protegido por derechos de autor -entiéndase patrimoniales) está dejando dudas de si lo que estoy citando o lo que estoy enlazando no será una violación de dichos derechos, y por tanto, podré ser sancionado.


Yo creo que ahí estaríamos hilando muy delgado. Ciertamente uno debe pedir permiso para publicar contenidos completos en el propio sitio o en el propio blog. No puedo, por ejemplo, publicar en mi blog un cuento de Begoña sin pedirle permiso a ella, porque estaría incurriendo en una falta de, al menos, piratería. Si además publico su cuento sin hacer referencia a su autoría, pues sería prácticamente un plagio. Igual sucedería con publicar en mis sitios los contenidos completos de artículos, libros, y otros contenidos en las mismas condiciones.


Sin embargo, toda la vida hemos sabido que podemos citar autores, siempre y cuando hagamos una referencia a la fuente, aún sin pedir permiso, en especial cuando insertamos la cita dentro de un artículo o un escrito propio que hace referencia a esa cita y habla en torno a ella. Tal como acabo de hacer con el comentario de Begoña. Si quiero citar las palabras de un autor publicado en un libro impreso, pues debo hacer referencia al título del libro, la página de donde tomé la cita, etc., exactamente igual a cuando hacíamos trabajos de investigación en el colegio y teníamos que citar nuestras fuentes bibliográficas y hacer notas de pie de página a cada cita directa. Pues en Internet la cosa es igual, solo que más fácil, porque podemos enlazar directamente hacia el sitio desde el cual tomamos la cita. No tenemos que pedir permiso para enlazar el sitio en esos casos. La rancia costumbre de la cita de autor nos permite compartir nuestros pensamientos en relación con los de los demás. Solo si quisiera reproducir un artículo completo tendría que solicitar ese permiso.


Por otro lado, Germán Hernández dijo lo siguiente: "En la antigüedad, la autoría de las cosas no era tan importante. De hecho, Muchas obras que se atribuyen a Pablo, Confucio, Platón, (por citar los más evidentes) eran escritas por sus seguidores y discípulos, incluso comunidades, mucho tiempo después, citarlos a ellos era citar al maestro, pero no necesaria (sic) el "maestro" era una persona concreta." Lo cual es cierto. Luego, él agrega: "Es más que conveniente dar crédito de los textos que se comparten, una hermosa retribución a quien ha provocado con sus ideas y opiniones la reflexión y empatía de otros y otras... Pero a la larga, la mayor retribución de un autor, es que otros y otras se apropien de su obra...


Pienso de la misma manera que Germán cuando habla de las bondades de compartir. Y cuando menciona la manera en que se obraba en la Antigüedad. Pero también pienso que ya no volveremos a esas épocas a menos que haya un cambio radical de filosofía y pensamiento que nos haga volver a ello. El hecho es simple. A lo largo de la historia la concepción del individuo como ente separado de su comunidad y como productor independiente de ideas fue evolucionando desde la célula anónima que hacía todo por la gloria de su pueblo y de su rey, que era quien se atribuía todas las magnificencias que se producían bajo su mandato, hasta la entronización del individuo como ser sujeto de derechos personalísimos e inalienables, cuya expresión más grandilocuente encontramos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en 1789, pero que ya había empezado a gestarse en los primeros intentos por frenar los poderes del rey y que se desarrolló ampliamente en la filosofía ilustrada de los siglos XVII y XVIII europeos.


¿A qué me refiero con esto? A que los individuos dejaron de pensar que solo ciertos sujetos eran importantes: digamos el rey, el maestro, el líder espiritual, el tipo con espada; y comenzaron a creer que todos podían detentar los mismos derechos. Uno de los derechos que con más ferocidad se desarrolló durante el siglo que siguió y que sirvió de base a la revolución industrial y a la sociedad que hoy conocemos es el concepto de propiedad. Antes eras el administrador favorecido de las tierras de tu señor. Ahora eres el dueño de tu pedazo de tierra. De tu ganado. De tus herramientas. Del dinero que ganabas con tu comercio. Y por supuesto, de tus ideas.


La autoría individual surgió al lado de la propiedad física. La patente, la marca, y otros conceptos nacieron con la industria y la competencia feroz. El concepto del individuo se había formado y entronizado.

Por supuesto que seguimos siendo sociales, muy profundamente sociales. Y somos perfectamente capaces de contribuir con la sociedad de manera anónima. Podemos compartir y no querer recibir ningún reconocimiento individual a cambio. Podemos ser tan colectivos como los hombres de la Antigüedad y otorgar nuestros méritos a nuestro grupo.

Pero solo si nosotros lo queremos. Si lo permitimos. Si nuestra voluntad (individual, reforzada por la Ilustración y el pensamiento moderno) lo permite. Si nosotros no lo permitimos, somos víctimas de un crimen mal visto por esta sociedad tan compacta y a la vez, tan llena de individuos.

He ahí uno de los nudos de todo este asunto, al menos desde mi punto de vista. =)

22 de enero de 2012

Reflexiones varias en torno a los derechos artísticos

Sé que comienzo bastante tarde el blog este año (22 de enero es más allá de la "cuesta de enero"), pero no significa que no haya estado prestando atención a ciertos asuntos relacionados con la labor de los escritores, en tanto escritores en particular y en tanto creadores en general.

Primero ha estado ese asunto del proyecto de ley SOPA (por sus siglas en inglés) de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU y su equivalente senatorial PIPA, que parece que es más o menos la misma cosa. No ha dejado de ser desagradable que se quiera atentar de manera tan frontal contra la libertad de contenidos que debe fluir en Internet y de paso, contra la libertad de expresar nuestro pensamiento, en especial cuando es crítico. Muchos han criticado al gobierno de EEUU (aunque no es el gobierno sino los congresistas) por intentar violentar una de las libertades más fundamentales y también más atacadas del mundo. Y no es para menos. Callar la boca del ciudadano es el primer paso hacia la dictadura, en cualquier lugar y en cualquier sociedad.

También me ha maravillado la polémica en torno a la piratería y la manera en que se confunde la piratería con la libertad de expresión, o la piratería con el plagio. Y cómo se nota que muchos conceptos sobre propiedad intelectual están MUY errados y vuelan por Internet como verdaderas infecciones.

Hice un acto de reflexión en torno al tema de la piratería, el plagio y la libertad de expresión en mi bitácora Laura Quijano y no voy a repetirme aquí. Pero sí quiero hacer notar algunas cosas que no dije allí y que tiene que ver con el otro lado de la moneda. Con el otro extremismo: con esa absurda noción de que todo lo que se publica en Internet es del dominio público y las fronteras de la autoría desaparecen y todos tienen derecho a hacer uso de sus contenidos como quieran.

¿De dónde sacaron semejante idea?

Una cosa es que tengamos más facilidad para publicar nuestras ideas y proyectos, sean buenos o malos, sean divertidos o aburridos, sean útiles o carentes de toda utilidad, y otra muy diferente es suponer que ya, automáticamente, son de dominio público.

Nada es de dominio público sino ha surgido así o si no se ha declarado así.

Mi cuento, mi poema, la fotografía que tomé, mi imagen, o mis simples palabras en un foro SON MÍAS. Así de simple. No le pertenecen a nadie más que a mí y nadie puede hacer uso de ellas como le dé la gana, por favor. Estoy de acuerdo en que Internet es un magnífico medio donde todos podemos compartir nuestras ideas, donde podemos suministrar nuestras creaciones y alcanzar audiencias mayores. Podemos ayudarnos entre todos, apoyarnos entre todos. Emprender causas, hacer amistades, volvernos más creativos.

Pero las fronteras de la autoría no se han borrado ni han desaparecido. Los cuentos de Fulano siguen siendo los cuentos de Fulano y que un sitio publique sus cuentos sin su autorización y peor aún, sin su nombre, está mal. Si los publica con su nombre aunque no con su permiso, es piratería. Fulano puede enojarse porque no le pagaron, pero quizá no se enoje y solo pida que le soliciten su autorización la próxima vez. A lo mejor no le parece adecuado que publiquen su cuento en ese sitio en particular, por ejemplo, y él tiene derecho a decidirlo. Pero si se le publica sin su nombre, ya no es piratería, amigos, es plagio, robo, delito, crimen. No es dominio público, no le pertenece a la comunidad, merece toda la indignación y las demandas del caso.

Lo mismo sucede con las fotografías, con los poemas, con los programas, con los diseños. Tengamos respeto del trabajo y las ideas de los demás y no demos pie para que los extremistas del otro lado comiencen a inventar SOPA's y PIPA's y otras leyes despóticas por doquier. Sepamos defender la libertad de expresión protegiendo las ideas de otros y atribuyéndolas a sus auténticos dueños. Creo que sería la mejor manera de hacer valer nuestro trabajo y nuestro derecho a seguir siendo libres.

26 de diciembre de 2011

Recuento

Como es costumbre para muchos de nosotros, al llegar estas fechas de fin de año, nos damos la vuelta un momento y comprobamos qué hemos alcanzado y qué no en términos de logros. Para mí, este 2011 no fue muy productivo en cuanto a publicaciones, pero sí en cuanto a escritura. Profundicé mi relación con el relato, pues me aboqué desde el principio del año a la elaboración de mayor número de relatos, me involucré en la escritura meramente comercial (lo cual no me enorgullece pero me afloja un poco la pluma -o más bien, el teclado-) y al menos culminé con la publicación de otro cuento mío de ciencia ficción ("Objeto No Identificado") junto a otros siete autores ticos en la antología Objeto No Identificado y otros cuentos de ciencia ficción (EUNED-- noviembre, 2011).

Otra experiencia positiva que viví en noviembre pasado fue el intercambio de opiniones en un foro abierto específicamente para comentar Posibles futuros. Cuentos de ciencia ficción (EUNED, 2009), con un grupo de estudiantes universitarios del Instituto Tecnológico de Costa Rica, en el cual recibí una interesante retroalimentación con respecto a mi historia y las de los demás. Siempre es útil entrar en contacto con los lectores, y esta no ha sido una experiencia muy frecuente para mí...

¿Qué me depara el 2012? No lo sé aún, pero espero que un nuevo horizonte en mi carrera literaria. La consagración de varios proyectos en curso, el regreso a otro que he dejado varado en el camino, y quizá, tan solo quizá, un despegue nuevo en mi universo de escritura.

Ya veremos.

Por de pronto, feliz año nuevo. No andaré muy lejos de estos entornos, lo prometo. =)

28 de noviembre de 2011

Sobre lo que significa escribir y otros demonios

Hoy me he estado preguntando por qué *** escribo (ficción). No me pregunto los porqués de los correos electrónicos, de los mensajes en Facebook (o en Google+) o de los mensajes telefónicos, pues todo eso es casi como charlar y no vale tanto como ejemplo de "escritura". Me lo pregunto en cuanto a mi afición (¿obsesión?) por la escritura de ficción.

Sí, es verdad que muchas veces se ha hecho uno la misma necia pregunta y muchos autores han contestado dicha inquietud con más o menos brillantez y quizá ingenio. ¿Por qué escribe un autor? ¿Porque debe "sacar" lo que lleva dentro y estamparlo en papel? Eso está muy bien, pero uno puede "sacar" lo que lleva dentro también hablando. Contándole a alguien de tu confianza sobre tus pesares y tus alegrías, o a alguien que comparte tus aficiones o tus intereses sobre tus proyectos e ideas.

Ah, que estamos hablando de historias... Pero, ¿qué es una historia, después de todo? ¿No es una forma de decir de manera indirecta qué piensas o sientes sobre determinado tema? A veces me pregunto si no estará uno echando sus propios demonios dentro de la tremebunda historia que está contando. Por ejemplo, si te sientes deprimido, atormentado, cargado de tristeza y decepción, puede ser una buena manera de auto-sanarse contar una historia deprimente y macabra y ensañarte con los personajes (en vez de hacerlo con quien nos causa tanto pesar), o al revés, contar una historia tan feliz y tan empalagosa que te haga creer de nuevo en la Humanidad y te permita limpiarte de tus oscuridades.

Pues pensando en historias, sí resulta algo engorroso contárselas a alguien, en especial si son muy largas. Convenimos en que es más práctico escribirlas. Y sin embargo, ¿por qué ser indirecto? ¿Por qué no ser directo y decir simplemente: me siento agobiado por mis problemas?

Supongo que ahí está algo del quid del asunto.

¿Por qué escribimos? Parece que una razón muy probable es para deshacernos de nuestros demonios a través de historias ficticias que disfrazan nuestras auténticas oscuridades.

Otra razón probable es que pensamos que merecemos la inmortalidad. O más bien, que nuestra historia merece la inmortalidad (o nuestros versos, que los poetas no andan muy lejos de los narradores). Después de todo, a las palabras dichas se las lleva el viento, ¿no? Causan impacto en quien las recibe y quizá no las olvide nunca, en particular si son negativas o duras, pero solo en esa persona. En cambio, si las estampas en piedra o papel, serán impactantes (o eso queremos creer) para generaciones enteras y para muchas personas a la vez. Y es que nuestro mensaje, o la transmisión de nuestra imaginación nos parece tan estupenda que no nos resignamos a que se diluya en nuestro entorno, sino que es preciso que quede fijada para siempre (todo lo siempre que se pueda).

O quizá solo queremos un reconocimiento de parte de nuestros semejantes...

O tal vez solo queremos ganar dinero (hay autores que lo logran, aunque parezca increíble).

También hay otra razón, muy simple pero cierta: Quizá es solo que no sabemos hablar sin meter la pata. Sí, existen esos casos de autores que mejor harían cerrando la boca y poniendo en acción la pluma, pues con ésta última suelen decir cosas hermosas o valiosas, mientras que con la primera solo causan problemas. Hay personas así: escriben porque no pueden hablar. Escriben porque no saben cómo expresar lo que piensan o sienten de otra manera. Escriben porque sus demonios los traicionan cada vez que expresan en voz alta sus pensamientos.

Y quizá muchos autores escriben por todas estas razones juntas. ¿Quién sabe?

13 de noviembre de 2011

Novedades en mi mesa de publicaciones

Estos últimos tres o cuatro años mi vida literaria ha estado marcada sin duda por los relatos. Cuando en el pasado solía pensar solo en términos de novelas (e historias que se desarrollaban a lo largo de varios capítulos, muchas veces largos, y numerosos), estos tiempos han sido en cambio el reinado de las historias cortas, con pocos personajes e ideas centrales -nada fáciles de escribir, por cierto-, de una manera que nunca preví. Y han sido muy satisfactorios y hasta productivos, pues varios de ellos han visto la luz en diversas publicaciones antológicas compartidas con otros autores que les ha permitido a mis letras tener un pequeño acceso al mundo de los lectores, suerte que no han tenido aún la mayoría de mis novelas o mis proyectos novelísticos.

Esta larga parrafada era para presentarles la más nueva publicación antológica que incluye, cómo no, uno de mis relatos. Lo escribí el año pasado, pero como muchos de ustedes comprenderán, dado que el camino de la publicación editorial nunca es expedito, no ve la luz hasta ahora. El relato se llama Objeto No Identificado y es parte de una colección de ocho relatos de ciencia ficción escritos por ocho autores ticos, cuatro hombres y cuatro mujeres (casualidad pura) y que publica la editorial EUNED con el nombre de Objeto No Identificado y otros cuentos de ciencia ficción. Su presentación oficial será este viernes 18 de noviembre a las 6 p.m. en el salón "Julio Verne", en la Antigua Aduana, en el marco de la XII Feria Internacional del Libro, por si quienes están en Costa Rica, y en particular en San José, quieren asomarse a visitarnos. =)

Es un honor que el título de mi relato sea el que encabece la colección, por cierto, pero no crean que es porque es el más bonito, o el más largo, o el que va primero, o algo así. Fue una casualidad. En realidad, tiene que ver con un juego de palabras que hizo la autora de la introducción del libro, la profesora Rachel Haywood Ferreira, entre la ciencia ficción costarricense y su identidad, en la que ella establece que aquella es aún un objeto no identificado, no al menos de manera plena. Muy interesante presentación, por cierto, y muy recomendable antes de adentrarse en los cuentos propiamente dichos.

Son, como dije antes, ocho cuentos. Aparecen por orden alfabético del primer apellido del autor, por lo que el mío es el penúltimo. El primero, Sin protocolos de seguridad, de Mariana Castillo, trata sobre un futuro cercano en el que las familias pudientes y quizá de clase media alta de San José, han construido una especie de segundo San José, completamente fortificado, con todos los servicios disponibles, en los que la seguridad es extrema y se desconoce la delincuencia. Un joven residente recién graduado decide "hacerse hombre" escapándose de la ciudadela y adentrándose en las oscuras calles de un San José míticamente oscuro. En el segundo cuento, Bajagua, un investigador del gobierno llega a un pequeño pueblo a estudiar la veracidad de algunos reportes de actividad paranormal en el lugar, que aparentan tener relación con presencia extraterrestre. Lo interesante comienza cuando uno descubre que el investigador es tremendamente escéptico. Ambos cuentos han sido situados en Costa Rica.

El tercer cuento, Órdago, nos lleva muy lejos de La Tierra, hacia un planeta con características similares, donde un viajero y su esposa tienen que aterrizar y permanecer por un tiempo mientras intentan reparar su nave para seguir su camino y reencontrarse con otros humanos, fugitivos de una terrible catástrofe que los ha dejado sin hogar. La extraña relación que ambos entablan con los lugareños, especie de alienígenas muy similares a nosotros, es el nudo de la historia. Inquietante y poderosa, una de las que más me impactó.

El cuarto cuento, El ejército de Onara, también nos lleva muy lejos de La Tierra, a un planeta marginado al que una importante tropa del ejército humano ha sido enviada para tratar con una poderosa e intrigante fuerza alienígena, difícil de comprender y quizá de eliminar. El siguiente relato, Sueños combatidos, nos regresa a la Tierra, pero en el futuro, donde una compañía que vende paquetes de sueños se ve atacada por tremendos hackers que amenazan con traerse abajo el negocio. Por otro lado, Raquel y los Emperadores, el cuento siguiente, narra una historia extraña, sobre conspiraciones globales a cargo de entes incomprensibles y poderosos, pero muy enfocada en las vivencias de su protagonista y su relación con Raquel, una chica pobre de Nicaragua, y con el ente que controla su vida. El relato transcurre en el tiempo presente y entre Costa Rica y Nicaragua, de manera natural y fluida.

El penúltimo cuento, Objeto No Identificado, se ubica en una Costa Rica del futuro, en la que dos biólogos se encuentran con cuatro extraños objetos en lo profundo de un bosque, justo el día antes de que éste está a punto de desaparecer bajo el embate de una compañía de biocombustibles que piensa talarlo para sembrar otro tipo de plantas. El extraño descubrimiento tiene consecuencias inesperadas para ambos.

Finalmente, Amor virtual, el último cuento, narra la relación que se entabla entre dos jóvenes en un tiempo en que los contactos personales están absolutamente prohibidos entre todos los habitantes, ante la posibilidad de contraer una mortal y contagiosísima enfermedad, por lo que la única manera de relacionarse es mediante la conexión virtual. Y también, la única manera de amarse.

Ahí los tienen. Los invito a descubrirlos por ustedes mismos y a comentarlos y disfrutarlos. =)

29 de octubre de 2011

Historias de miedo

Cualquiera sabe que no es necesario esperarse a Halloween para leer o mirar una buena historia de miedo, aunque la fecha se presta para hablar al respecto, claro, pues es notable cómo se ve uno sobresaturado de publicidad relativa a monstruos, seres bestiales y terroríficos y demás imágenes provocativas. La publicidad está dirigido a que consumamos como enloquecidos todos los productos relacionados con la celebración de la Noche de Brujas, lo cual no es para sorprender a nadie (ni para que nadie se rasgue las vestiduras, vamos, que también podemos no sucumbir a la ola), pero también nos revela cuán importantes siguen siendo para nosotros todas esas historias de la noche, las que nos quitan el sueño y nos hacen evocar imágenes que nos aterrorizan.

¿Literatura de terror? ¡Púf! Desde el inicio de los tiempos, desde que el chamán de la tribu contaba a los niños y a los aldeanos sobre seres bestiales y terribles criaturas aguardando acechantes en la oscuridad de bosques y montañas, detrás de rocas musgosas y en el oscuro rincón de lo más profundo de una caverna solitaria. ¿Por qué lo hacía? Porque los terrores mantenían a la gente a resguardo de peligros reales, fuera el chamán consciente de ello o no. Además, pienso (y esa es solo mi opinión) que nosotros, los Homo Sapiens, tenemos una imaginación calenturienta y compleja que nos hace imaginar no solo al predador corriente que puede destrozarnos de un zarpazo, sino a algo aún más grande, furioso, hábil y terrible que nos llena de un terror tremendo, el cual no solo no nos deja dormir sino que también morbosamente disfrutamos.

¿Por qué, sino, los monstruos siempre son tan increíblemente poderosos e incontrastables? Si miramos bien en nuestro entorno, pues es cierto que la mayoría de los grandes depredadores naturales está mucho mejor equipados que el mejor de nosotros para hacerle frente a la muerte: tienen musculaturas más desarrolladas, fuerza incrementada, grandes colmillos, zarpas gigantes, velocidad y agilidad notables, y todas las posibilidades de convertirnos en su próxima cena; y sin embargo, hubimos de inventarnos monstruos aún más grandes y terribles. Quizá en el fondo sabíamos desde el inicio de los tiempos que por muy temibles que fueran los tigres y los lobos, los osos y hasta los mamuts, en realidad nos organizábamos bien para tenerlos a raya y hasta para convertirlos en nuestras presas. Entonces, para imaginar algo más terrible, tomamos a nuestros enemigos naturales y los "sobrenaturalizamos", es decir, les agregamos aspectos mágicos y mala voluntad (muy presente en nuestros pueblos) y supimos despertar nuestros propios temores, y canalizar nuestra propia crueldad y demoníaca propensión al asesinato y a la tortura. Sí... bien pensado, tales monstruos somos nadie más que nosotros mismos en la peor cara de nuestra especie.

En fin, que refinamos y reformulamos desde vampiros y hombres lobos, hasta muertos vivientes (o zombies, que ahora salen hasta en la sopa) y bestias humanas cruzadas con infinidad de animales extraños, chulthus y dragones, arpías y sirenas, y demás monstruos fantásticos. A eso le sumamos la perversidad humana transformada en brujas (que mucho tiene que ver con la misoginia y el odio de los hombres a las mujeres que pensaban, por cierto) y hechiceros malignos (que invariablemente han pactado con las Fuerzas del Mal), los cuales no pueden faltar en nuestras historias de terror. Ah, y por supuesto, ¿cómo olvidarlos?, nuestros queridos fantasmas.

Y sin embargo... tengo mucho que pedir a muchas historias modernas de terror. ¿Por qué? Porque lo que yo espero es que me hagan temblar de miedo y la mayoría solo me despiertan náuseas. Hay historias más temibles lejos de esa maravillosa y rica fuente de imaginería popular. ¿No es increíble que me dé más miedo una historia de ciencia ficción que habla del futuro que muy probablemente nos espera a una en la que los hombres lobos descuartizan a diestra y siniestra a toda una población?

Es una posición personalísima, por supuesto, pero desde aquí hago una petición formal a todos los autores que todavía siguen la encomiable tradición del género terrorífico (no es mi caso, yo en esto soy lectora, no escritora): escriban historias de auténtico terror, sin morbosidades nauseabundas que solo me revuelven el estómago pero no me hacen tener pesadillas (ni mucho menos, duermo como un lirón) ni personajes más risibles que temibles. Tantos zombies y tantos vampiros no han sido suficientes aún para hacerme preferir muchas historias modernas a un simple Frankenstein, en donde el terror estaba más en la ciencia que en el monstruo. La fuerza del género de terror, desde mi humilde opinión, está en esa capacidad de hacernos entrar en contacto con nuestras más primitivos temores, esos que asolaban nuestros sueños en la noche de los tiempos, cuando los tigres de dientes de sable y los lobos gigantes eran parte de nuestro diario temor y ahogaban nuestras pesadillas mientras clamábamos a los espíritus buenos que nos protegieran de sus malignos alientos.

Si no duele, no sirve, dicen por ahí. Pienso lo mismo: si no me hace temblar, no merece estar al lado de Drácula ni de los locos de los cuentos de Poe.

10 de octubre de 2011

Parece mentira, pero ¡hay que mencionar la habilidad narrativa!

Y lo digo por muchas razones, en particular cuando leo las quejas de tantos escritores en contra de sus editores (o de quienes ellos pretendían convertir en "sus" editores), en contra de los lectores que tuvieron a bien leer sus manuscritos (muchas veces sin obligación), en contra de los jurados de cientos de concursos literarios, en contra de lectores comunes o de reseñistas (si lograron publicar), y en contra del mundo, ya que estamos. Y no lo digo porque yo no me haya quejado alguna vez de alguna "injusticia", porque creo que a todos nos habrá pasado, en especial en nuestros más tiernos inicios, cuando hemos "sentido" que el mundo cruel se vuelve contra nosotros y nuestra "inspiración".

¿A qué cuento viene este discurso?

La reflexión me viene inspirada en algunos comentarios de la entrada anterior, en un artículo en el que un editor veterano hacía recuento de las actitudes que más odiaba de los escritores, y de un artículo en el que una editora esbozaba lo que ella consideraba eran elementos esenciales para tener una buena novela entre manos. En otras palabras, en el choque de lo que uno como autor cree estar haciendo y lo que el editor (responsable) ve que no estás haciendo. Y ese "no estás haciendo" tiene muchas veces que ver con elementos esenciales de la obra narrativa, y no tanto con elementos accesorios o grandes complejidades del arte narrativo.

La editora citada, por ejemplo, dice muy llanamente que no es lo mismo escribir bien que tener una buena novela entre manos. La oración parece tan evidente que hasta da risa que siquiera tengamos que pensar en ella. ¿O no? ¿No será que muchos dan por sentado que si escriben bien necesariamente son capaces de producir una buena novela?

La experiencia diaria de editores y escritores parece indicar que sí, que muchos creen que para producir una buena novela hacen falta pocas cosas: una, escribir bien, dos, tener una idea de qué vas a escribir, y tres, ponerte a ello.

Pues bien, no. Eso no es suficiente y la experiencia también lo demuestra. En primer lugar, existen numerosos rechazos de obras que sus autores creyeron que eran geniales. Y la Internet está llena de quejas de estos autores despotricando contra el mundo editorial y su "corrupción mercantilista" y otras bellezas. Que sí, que es cierto que hay editores groseros y también hay editores interesados solamente en el aspecto "comerciable" de la obra, y empresas editoriales que solo buscan el ingreso fácil, y solo publican a ciertos autores, etc. Pero aún las empresas editoriales que solo buscan el ingreso fácil se fijan en esos elementos de la obra que el autor no está considerando ni ejecutando bien. Con mayor razón, los editores más serios y responsables con el acto comunicativo, los que suelen publicar también buenos libros, se fijarán si esos elementos faltan o están presentes.

En segundo lugar, nosotros como lectores podemos advertir en seguida que un libro "nunca debió ver la luz", pues es tan malo que lo cerramos indignados o lo olvidamos en seguida. Y la razón está en que no basta escribir bien y no basta tener una idea y llevarla a cabo. Hay que saber hacerlo.

Que quede claro: hay que escribir bien, entendiendo "escribir bien" como la habilidad mínima para estructurar oraciones con sentido, respetar las reglas de la ortografía y la gramática castellanas, usar de manera adecuada los signos de puntuación, y saber separar párrafos, construirlos y terminarlos. No escribir bien no es opción y punto. Y los que suelten parrafadas interminables sobre los autores que valen por sus ideas y no por su estilo y su correcta gramática pueden seguir soltando esas parrafadas. Ningún autor serio ni ningún buen libro está escrito sin esta premisa básica. Sí, hasta quienes pretenden desafiar la ortografía y la gramática, hasta ellos escriben bien.

Pero además de escribir bien, de tener una idea estructurada de cómo va la historia y a dónde va, además de documentarse adecuadamente (no creerán que se me había olvidado...), el autor de arte narrativa ha de poseer habilidad narrativa. Es decir, ha de saber contar una historia. Que no es lo mismo que escribir bien. Yo puedo escribir maravillosamente bien, con un dominio lingüístico insuperable, y no saber cómo contar una historia simple, y hacer que el lector comience a bostezar no más empiece, o que no sepa muy bien de qué va la cosa, se aburra y cierre el libro.

La habilidad narrativa consiste en el hecho simple de saber dar fluidez a los hechos narrados. Que un hecho se conecte con otro hecho de manera natural, sin que haya tropiezos ni desviaciones extrañas. Que el lector mantenga el interés y sea llevado a lo largo de una historia hasta el final, sea éste abierto o cerrado, triste o feliz. Y no estoy diciendo que tenga que producir una historia de secuencia lineal. No. Se puede ser muy vanguardista o experimental, se puede hacer elipsis, o contar una historia de atrás para adelante, o dar vueltas y regresar sobre un hecho, etc. Se puede hacer todo eso, por supuesto, pero si no tienes habilidad narrativa, lo que te va a salir es un cumplido mamarracho, aunque sea muy lineal y muy progresivo.

La habilidad narrativa puede ser innata o puede ser aprendida. Si es innata, mejor, pues se esfuerza uno menos, pero de todas formas hay que ensayarla, pues por más innata que sea, si no se la practica, se atrofia. Si no es innata, no hay pánico, se puede aprender. Hay que esforzarse más, pero con buenas lecturas y mucha práctica, se puede desarrollar de manera eficiente. (Hay gente que nunca la desarrolla. Siempre la hay. En ese caso, supongo que el mejor consejo que se le puede dar es que se dedique a otra cosa).

Y miren si la habilidad narrativa es importante, que muchos libros circulan por ahí sin ideas sustanciales, sin personajes complejos, sin verdadero "fondo", pero como el autor ha sido hábil narrando, encantan. Los editores los publican, la gente los compra y lo que es mejor, los lee.

Entonces, antes de despotricar contra el mundo, antes de hablar de las injusticias editoriales, antes de sentirse uno muy incomprendido, ¿no es mejor evaluar cómo está nuestra habilidad narrativa? Y si ya no podemos ver la diferencia, porque siempre resulta complicado autocriticarse, recurramos a un lector que sabemos crítico y escuchémoslo. Quizá nuestro problema no esté en el argumento, en el dominio técnico de la escritura o en la adecuada documentación. Quizá nuestro problema está en nuestra habilidad narrativa.


3 de octubre de 2011

Documentarse para una novela: ¿es en serio?

Hace poco seguí una discusión en un foro literario sobre lo que determina la "calidad literaria" de una obra. En el hilo hubo intervenciones muy interesantes y otras muy desafortunadas, y al final derivó en otra cosa (por lo que fue cerrado), pero a mí me llamó mucho la atención cuando alguien mencionó que un buen libro ha de tener como mínimo una buena documentación, es decir, ha de saber de qué habla, y que todo libro exitoso tiene al menos "carisma".

Alejándome del "carisma", que siempre resultará muy difícil de explicar, me centraré en la "documentación". ¿Acaso es importante que todo libro esté documentado? Parece evidente en algunos géneros literarios, como la ciencia ficción o la novela histórica, incluso parece lógico en una novela negra o en una obra "basada" en la vida real, pero ¿quién dijo que la fantasía, el romance, y las novelas realistas necesitaban documentación? Estamos hablando de literatura, de obras ficticias, de escritura creativa. No estamos hablando de tratados sociológicos, o estudios antropológicos, o ensayos que analizan y estudian alguna problemática en particular. El tema de la "documentación" en una obra literaria puede sonar en verdad exagerado.

¿O no? Depende de qué es "documentación" en una obra literaria y cuánta información necesitemos ver desplegada para considerarla "justa". En mi caso, creo que la documentación se refiere principalmente a que el autor cuenta su historia basado en información que conoce, comprende y sabe manejar. No se refiere a que tengamos que exponer todo un tratado de plantas medicinales, por ejemplo, si estamos contando la historia de un explorador que se encuentra con una tribu en el centro de la Amazonia y cae enfermo o algo así. El tratado estaría de más, afearía la historia y hasta la expondría al abandono por parte del lector. Así que la documentación se refiere a algo más elemental.

He pensado en dos ejemplos.

Uno es Isaac Asimov. El otro es Agatha Christie.

Ninguno fue un gran escritor. No sabían desarrollar ambientes con muchos elementos (Asimov lo intentó en sus últimos años), ni dibujaban personajes complejos (con alguna que otra excepción). Su estilo era plano, directo. No había desarrollo de metáforas, ni planteaban tampoco grandes temas existenciales. En realidad, se movían en planos bastante simples con una idea conductora de cada historia. Sin embargo, lograron una aceptación más que notable en el público lector y por muchos, muchos años, más si se piensa en algunos actuales escritores de best sellers, a quienes aún siguen superando.

De hecho, lo hicieron mejor que esos típicos best sellers pues no necesitaron basarse en una saga o en un personaje único para lograr vender millones de ejemplares. No tuvieron tampoco que describir tremendas escenas de sexo explícito, violencia brutal o grandes batallas, todo lo cual permaneció ausente de sus historias hasta el final. No necesitaron tampoco escribir historias pegajosas de amor entre seres sobrenaturales y humanos ni tuvieron que presentar héroes grandotes y superpoderosos para lograr su cometido. Su éxito no estuvo en uno o dos títulos sensacionalistas, pues no tocaron temas sensacionalistas, ni estuvo basado en una sola novela grandiosa que pervivió por generaciones. Su éxito fue de décadas. Y sigue resonando hoy en día. ¿Por qué?

Alguien me dirá: porque sus libros eran sencillos y la gente común adora los libros sencillos. Y yo contestaré: Quizá, aunque hoy en día abundan los libros "sencillos" y sin embargo, sus autores no logran el eco que ellos dos lograron. Otro me dirá que es porque ambos se movían en géneros literarios que mueven masas. Y yo contestaré: ¿en serio? ¿La ciencia ficción? ¿Las novelas policíacas? Bueno, quizá estas últimas son más populares que las de ciencia ficción, pero lo que se dice "masivo"... no, hasta Millenium.

Entonces, si ambos fueron mega exitosos sin sexo, sin violencia, sin súper galanes, sin conmovedoras historias de amor, sin grandes batallas, sin grandes ideas filosóficas, sin vampiros, sin hombres lobo, sin sensacionalismos baratos pseudohistóricos, sin grandes misterios de la humanidad, sin conspiraciones que se remontan a los tiempos de Jesucristo, ¿cómo lo lograron?

Yo pienso, humildemente, que fue debido a su notable manejo de la información básica de sus historias. Sabían de lo que hablaban y se manejaban con soltura en su medio. Es decir, estaban bien documentados.

What?

Asimov era un doctor en química, y científico. Tenía grandes conocimientos de matemática y física, pero también investigó mucho sobre la historia de la humanidad, sobre lo que llevó al ascenso y caída del Imperio Romano y de otros imperios. Estudió mucho sobre muchos temas científicos y hasta los divulgó. Cuando describe entonces sus imperios galácticos, el comportamiento de las masas humanas ante los grandes eventos históricos, cuando describe las posibilidades de la tecnología en el desarrollo de nuevas máquinas, como los robots, no lo hacía desde la ignorancia y la ingenuidad de un tonto. Lo hacía con conocimiento de causa, lo que volvía tremendamente verosímiles sus historias, y muy carismáticas también. Quien lee a Asimov puede sentir que la base sobre la que descansa su historia es sólida. Incluso cuando esos conocimientos ya han sido superados, puede uno advertir que sus historias siguen siendo muy sólidas.

Christie fue enfermera durante la I Guerra Mundial, trabajó de cerca en farmacia, cuando los farmacéuticos tenían que saber preparar los medicamentos y otros preparados en sus propios laboratorios, es decir, cuando aún no había grandes compañías farmecéuticas dominando el mercado de drogas. Ella sabía sobre venenos, y esa información le permitió narrar historias de asesinatos con un tremendo conocimiento de causa. Además, sus historias se desarrollaron en escenarios que ella conoció muy bien y de primera mano, por lo que nada en ellas resulta inverosímil. Incluso algunos de sus personajes se basan en una forma o en otra, en gente que ella conoció, pues son terriblemente corrientes. Y cuando se atrevió a un escenario desconocido, investigó (como cuando contó una historia de muerte y misterio en el antiguo Egipto).

Entonces, ¿qué podemos aprender de ellos? No su estilo ni su filosofía, sino su magnífica seriedad en el oficio. Se tomaban la escritura como un trabajo que se hace bien, en serio, no como un divertimento banal ni se consideraban tan geniales como para escribir de aquello que no conocían ni tenían idea. Sí, incluso Asimov, pese a su vanidad.

Por tanto, ¿hay que documentarse para escribir una historia? Sí. Aunque sea un romance contemporáneo, si no conoces algunos aspectos de tu historia, serás serio en tu oficio si tienes la decencia mínima de investigarlos, antes de salir con un mamarracho que despreciará cualquier lector que se te aproxime.

Ser serio no significa ser aburrido. Ser serio significa tener la consideración de que otros leerán tu historia, es decir, que dispondrán de su valioso tiempo para dedicárselo a tu obra. Lo menos que puedes hacer es estar a su altura.