23 de enero de 2012

Reflexiones adicionales en torno a los derechos artísticos

Justo ayer publiqué un post relacionado con los derechos artísticos. Era una especie de ampliación sobre una reflexión anterior que había realizado en mi bitácora "Laura Quijano" concerniente al debate suscitado por la discusión de las leyes SOPA y PIPA en el Congreso estadounidense, las cuales han provocado no pocos enfrentamientos entre diversos sectores de la sociedad. Allí expuse mis consideraciones con respecto a ese tema, pero aquí agregué otro tema colateral que me parecía importante comentar y que veo no se ha comentado en algunas discusiones sobre el plagio y la piratería: la creencia de que todo cuanto se publica en Internet es necesariamente de dominio público.


En mi post de ayer defendí la noción de que las fronteras de la autoría se encuentran firmes, que no se han borrado y que la creencia de que todo cuanto exista en Internet es automáticamente de dominio público es absurda. Y recibí dos comentarios que me parecieron muy interesantes y para los cuales quería destinar mis propias consideraciones aquí:


Begoña comentó "Creo que todos debemos revisar a partir de ya el contenido de nuestros blog". Es evidente que desde el punto de vista de los derechos de autor, del problema de la piratería (que es básicamente descargar de manera ilegal contenido protegido por derechos de autor -entiéndase patrimoniales) está dejando dudas de si lo que estoy citando o lo que estoy enlazando no será una violación de dichos derechos, y por tanto, podré ser sancionado.


Yo creo que ahí estaríamos hilando muy delgado. Ciertamente uno debe pedir permiso para publicar contenidos completos en el propio sitio o en el propio blog. No puedo, por ejemplo, publicar en mi blog un cuento de Begoña sin pedirle permiso a ella, porque estaría incurriendo en una falta de, al menos, piratería. Si además publico su cuento sin hacer referencia a su autoría, pues sería prácticamente un plagio. Igual sucedería con publicar en mis sitios los contenidos completos de artículos, libros, y otros contenidos en las mismas condiciones.


Sin embargo, toda la vida hemos sabido que podemos citar autores, siempre y cuando hagamos una referencia a la fuente, aún sin pedir permiso, en especial cuando insertamos la cita dentro de un artículo o un escrito propio que hace referencia a esa cita y habla en torno a ella. Tal como acabo de hacer con el comentario de Begoña. Si quiero citar las palabras de un autor publicado en un libro impreso, pues debo hacer referencia al título del libro, la página de donde tomé la cita, etc., exactamente igual a cuando hacíamos trabajos de investigación en el colegio y teníamos que citar nuestras fuentes bibliográficas y hacer notas de pie de página a cada cita directa. Pues en Internet la cosa es igual, solo que más fácil, porque podemos enlazar directamente hacia el sitio desde el cual tomamos la cita. No tenemos que pedir permiso para enlazar el sitio en esos casos. La rancia costumbre de la cita de autor nos permite compartir nuestros pensamientos en relación con los de los demás. Solo si quisiera reproducir un artículo completo tendría que solicitar ese permiso.


Por otro lado, Germán Hernández dijo lo siguiente: "En la antigüedad, la autoría de las cosas no era tan importante. De hecho, Muchas obras que se atribuyen a Pablo, Confucio, Platón, (por citar los más evidentes) eran escritas por sus seguidores y discípulos, incluso comunidades, mucho tiempo después, citarlos a ellos era citar al maestro, pero no necesaria (sic) el "maestro" era una persona concreta." Lo cual es cierto. Luego, él agrega: "Es más que conveniente dar crédito de los textos que se comparten, una hermosa retribución a quien ha provocado con sus ideas y opiniones la reflexión y empatía de otros y otras... Pero a la larga, la mayor retribución de un autor, es que otros y otras se apropien de su obra...


Pienso de la misma manera que Germán cuando habla de las bondades de compartir. Y cuando menciona la manera en que se obraba en la Antigüedad. Pero también pienso que ya no volveremos a esas épocas a menos que haya un cambio radical de filosofía y pensamiento que nos haga volver a ello. El hecho es simple. A lo largo de la historia la concepción del individuo como ente separado de su comunidad y como productor independiente de ideas fue evolucionando desde la célula anónima que hacía todo por la gloria de su pueblo y de su rey, que era quien se atribuía todas las magnificencias que se producían bajo su mandato, hasta la entronización del individuo como ser sujeto de derechos personalísimos e inalienables, cuya expresión más grandilocuente encontramos en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, en 1789, pero que ya había empezado a gestarse en los primeros intentos por frenar los poderes del rey y que se desarrolló ampliamente en la filosofía ilustrada de los siglos XVII y XVIII europeos.


¿A qué me refiero con esto? A que los individuos dejaron de pensar que solo ciertos sujetos eran importantes: digamos el rey, el maestro, el líder espiritual, el tipo con espada; y comenzaron a creer que todos podían detentar los mismos derechos. Uno de los derechos que con más ferocidad se desarrolló durante el siglo que siguió y que sirvió de base a la revolución industrial y a la sociedad que hoy conocemos es el concepto de propiedad. Antes eras el administrador favorecido de las tierras de tu señor. Ahora eres el dueño de tu pedazo de tierra. De tu ganado. De tus herramientas. Del dinero que ganabas con tu comercio. Y por supuesto, de tus ideas.


La autoría individual surgió al lado de la propiedad física. La patente, la marca, y otros conceptos nacieron con la industria y la competencia feroz. El concepto del individuo se había formado y entronizado.

Por supuesto que seguimos siendo sociales, muy profundamente sociales. Y somos perfectamente capaces de contribuir con la sociedad de manera anónima. Podemos compartir y no querer recibir ningún reconocimiento individual a cambio. Podemos ser tan colectivos como los hombres de la Antigüedad y otorgar nuestros méritos a nuestro grupo.

Pero solo si nosotros lo queremos. Si lo permitimos. Si nuestra voluntad (individual, reforzada por la Ilustración y el pensamiento moderno) lo permite. Si nosotros no lo permitimos, somos víctimas de un crimen mal visto por esta sociedad tan compacta y a la vez, tan llena de individuos.

He ahí uno de los nudos de todo este asunto, al menos desde mi punto de vista. =)

22 de enero de 2012

Reflexiones varias en torno a los derechos artísticos

Sé que comienzo bastante tarde el blog este año (22 de enero es más allá de la "cuesta de enero"), pero no significa que no haya estado prestando atención a ciertos asuntos relacionados con la labor de los escritores, en tanto escritores en particular y en tanto creadores en general.

Primero ha estado ese asunto del proyecto de ley SOPA (por sus siglas en inglés) de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU y su equivalente senatorial PIPA, que parece que es más o menos la misma cosa. No ha dejado de ser desagradable que se quiera atentar de manera tan frontal contra la libertad de contenidos que debe fluir en Internet y de paso, contra la libertad de expresar nuestro pensamiento, en especial cuando es crítico. Muchos han criticado al gobierno de EEUU (aunque no es el gobierno sino los congresistas) por intentar violentar una de las libertades más fundamentales y también más atacadas del mundo. Y no es para menos. Callar la boca del ciudadano es el primer paso hacia la dictadura, en cualquier lugar y en cualquier sociedad.

También me ha maravillado la polémica en torno a la piratería y la manera en que se confunde la piratería con la libertad de expresión, o la piratería con el plagio. Y cómo se nota que muchos conceptos sobre propiedad intelectual están MUY errados y vuelan por Internet como verdaderas infecciones.

Hice un acto de reflexión en torno al tema de la piratería, el plagio y la libertad de expresión en mi bitácora Laura Quijano y no voy a repetirme aquí. Pero sí quiero hacer notar algunas cosas que no dije allí y que tiene que ver con el otro lado de la moneda. Con el otro extremismo: con esa absurda noción de que todo lo que se publica en Internet es del dominio público y las fronteras de la autoría desaparecen y todos tienen derecho a hacer uso de sus contenidos como quieran.

¿De dónde sacaron semejante idea?

Una cosa es que tengamos más facilidad para publicar nuestras ideas y proyectos, sean buenos o malos, sean divertidos o aburridos, sean útiles o carentes de toda utilidad, y otra muy diferente es suponer que ya, automáticamente, son de dominio público.

Nada es de dominio público sino ha surgido así o si no se ha declarado así.

Mi cuento, mi poema, la fotografía que tomé, mi imagen, o mis simples palabras en un foro SON MÍAS. Así de simple. No le pertenecen a nadie más que a mí y nadie puede hacer uso de ellas como le dé la gana, por favor. Estoy de acuerdo en que Internet es un magnífico medio donde todos podemos compartir nuestras ideas, donde podemos suministrar nuestras creaciones y alcanzar audiencias mayores. Podemos ayudarnos entre todos, apoyarnos entre todos. Emprender causas, hacer amistades, volvernos más creativos.

Pero las fronteras de la autoría no se han borrado ni han desaparecido. Los cuentos de Fulano siguen siendo los cuentos de Fulano y que un sitio publique sus cuentos sin su autorización y peor aún, sin su nombre, está mal. Si los publica con su nombre aunque no con su permiso, es piratería. Fulano puede enojarse porque no le pagaron, pero quizá no se enoje y solo pida que le soliciten su autorización la próxima vez. A lo mejor no le parece adecuado que publiquen su cuento en ese sitio en particular, por ejemplo, y él tiene derecho a decidirlo. Pero si se le publica sin su nombre, ya no es piratería, amigos, es plagio, robo, delito, crimen. No es dominio público, no le pertenece a la comunidad, merece toda la indignación y las demandas del caso.

Lo mismo sucede con las fotografías, con los poemas, con los programas, con los diseños. Tengamos respeto del trabajo y las ideas de los demás y no demos pie para que los extremistas del otro lado comiencen a inventar SOPA's y PIPA's y otras leyes despóticas por doquier. Sepamos defender la libertad de expresión protegiendo las ideas de otros y atribuyéndolas a sus auténticos dueños. Creo que sería la mejor manera de hacer valer nuestro trabajo y nuestro derecho a seguir siendo libres.

26 de diciembre de 2011

Recuento

Como es costumbre para muchos de nosotros, al llegar estas fechas de fin de año, nos damos la vuelta un momento y comprobamos qué hemos alcanzado y qué no en términos de logros. Para mí, este 2011 no fue muy productivo en cuanto a publicaciones, pero sí en cuanto a escritura. Profundicé mi relación con el relato, pues me aboqué desde el principio del año a la elaboración de mayor número de relatos, me involucré en la escritura meramente comercial (lo cual no me enorgullece pero me afloja un poco la pluma -o más bien, el teclado-) y al menos culminé con la publicación de otro cuento mío de ciencia ficción ("Objeto No Identificado") junto a otros siete autores ticos en la antología Objeto No Identificado y otros cuentos de ciencia ficción (EUNED-- noviembre, 2011).

Otra experiencia positiva que viví en noviembre pasado fue el intercambio de opiniones en un foro abierto específicamente para comentar Posibles futuros. Cuentos de ciencia ficción (EUNED, 2009), con un grupo de estudiantes universitarios del Instituto Tecnológico de Costa Rica, en el cual recibí una interesante retroalimentación con respecto a mi historia y las de los demás. Siempre es útil entrar en contacto con los lectores, y esta no ha sido una experiencia muy frecuente para mí...

¿Qué me depara el 2012? No lo sé aún, pero espero que un nuevo horizonte en mi carrera literaria. La consagración de varios proyectos en curso, el regreso a otro que he dejado varado en el camino, y quizá, tan solo quizá, un despegue nuevo en mi universo de escritura.

Ya veremos.

Por de pronto, feliz año nuevo. No andaré muy lejos de estos entornos, lo prometo. =)

28 de noviembre de 2011

Sobre lo que significa escribir y otros demonios

Hoy me he estado preguntando por qué *** escribo (ficción). No me pregunto los porqués de los correos electrónicos, de los mensajes en Facebook (o en Google+) o de los mensajes telefónicos, pues todo eso es casi como charlar y no vale tanto como ejemplo de "escritura". Me lo pregunto en cuanto a mi afición (¿obsesión?) por la escritura de ficción.

Sí, es verdad que muchas veces se ha hecho uno la misma necia pregunta y muchos autores han contestado dicha inquietud con más o menos brillantez y quizá ingenio. ¿Por qué escribe un autor? ¿Porque debe "sacar" lo que lleva dentro y estamparlo en papel? Eso está muy bien, pero uno puede "sacar" lo que lleva dentro también hablando. Contándole a alguien de tu confianza sobre tus pesares y tus alegrías, o a alguien que comparte tus aficiones o tus intereses sobre tus proyectos e ideas.

Ah, que estamos hablando de historias... Pero, ¿qué es una historia, después de todo? ¿No es una forma de decir de manera indirecta qué piensas o sientes sobre determinado tema? A veces me pregunto si no estará uno echando sus propios demonios dentro de la tremebunda historia que está contando. Por ejemplo, si te sientes deprimido, atormentado, cargado de tristeza y decepción, puede ser una buena manera de auto-sanarse contar una historia deprimente y macabra y ensañarte con los personajes (en vez de hacerlo con quien nos causa tanto pesar), o al revés, contar una historia tan feliz y tan empalagosa que te haga creer de nuevo en la Humanidad y te permita limpiarte de tus oscuridades.

Pues pensando en historias, sí resulta algo engorroso contárselas a alguien, en especial si son muy largas. Convenimos en que es más práctico escribirlas. Y sin embargo, ¿por qué ser indirecto? ¿Por qué no ser directo y decir simplemente: me siento agobiado por mis problemas?

Supongo que ahí está algo del quid del asunto.

¿Por qué escribimos? Parece que una razón muy probable es para deshacernos de nuestros demonios a través de historias ficticias que disfrazan nuestras auténticas oscuridades.

Otra razón probable es que pensamos que merecemos la inmortalidad. O más bien, que nuestra historia merece la inmortalidad (o nuestros versos, que los poetas no andan muy lejos de los narradores). Después de todo, a las palabras dichas se las lleva el viento, ¿no? Causan impacto en quien las recibe y quizá no las olvide nunca, en particular si son negativas o duras, pero solo en esa persona. En cambio, si las estampas en piedra o papel, serán impactantes (o eso queremos creer) para generaciones enteras y para muchas personas a la vez. Y es que nuestro mensaje, o la transmisión de nuestra imaginación nos parece tan estupenda que no nos resignamos a que se diluya en nuestro entorno, sino que es preciso que quede fijada para siempre (todo lo siempre que se pueda).

O quizá solo queremos un reconocimiento de parte de nuestros semejantes...

O tal vez solo queremos ganar dinero (hay autores que lo logran, aunque parezca increíble).

También hay otra razón, muy simple pero cierta: Quizá es solo que no sabemos hablar sin meter la pata. Sí, existen esos casos de autores que mejor harían cerrando la boca y poniendo en acción la pluma, pues con ésta última suelen decir cosas hermosas o valiosas, mientras que con la primera solo causan problemas. Hay personas así: escriben porque no pueden hablar. Escriben porque no saben cómo expresar lo que piensan o sienten de otra manera. Escriben porque sus demonios los traicionan cada vez que expresan en voz alta sus pensamientos.

Y quizá muchos autores escriben por todas estas razones juntas. ¿Quién sabe?

13 de noviembre de 2011

Novedades en mi mesa de publicaciones

Estos últimos tres o cuatro años mi vida literaria ha estado marcada sin duda por los relatos. Cuando en el pasado solía pensar solo en términos de novelas (e historias que se desarrollaban a lo largo de varios capítulos, muchas veces largos, y numerosos), estos tiempos han sido en cambio el reinado de las historias cortas, con pocos personajes e ideas centrales -nada fáciles de escribir, por cierto-, de una manera que nunca preví. Y han sido muy satisfactorios y hasta productivos, pues varios de ellos han visto la luz en diversas publicaciones antológicas compartidas con otros autores que les ha permitido a mis letras tener un pequeño acceso al mundo de los lectores, suerte que no han tenido aún la mayoría de mis novelas o mis proyectos novelísticos.

Esta larga parrafada era para presentarles la más nueva publicación antológica que incluye, cómo no, uno de mis relatos. Lo escribí el año pasado, pero como muchos de ustedes comprenderán, dado que el camino de la publicación editorial nunca es expedito, no ve la luz hasta ahora. El relato se llama Objeto No Identificado y es parte de una colección de ocho relatos de ciencia ficción escritos por ocho autores ticos, cuatro hombres y cuatro mujeres (casualidad pura) y que publica la editorial EUNED con el nombre de Objeto No Identificado y otros cuentos de ciencia ficción. Su presentación oficial será este viernes 18 de noviembre a las 6 p.m. en el salón "Julio Verne", en la Antigua Aduana, en el marco de la XII Feria Internacional del Libro, por si quienes están en Costa Rica, y en particular en San José, quieren asomarse a visitarnos. =)

Es un honor que el título de mi relato sea el que encabece la colección, por cierto, pero no crean que es porque es el más bonito, o el más largo, o el que va primero, o algo así. Fue una casualidad. En realidad, tiene que ver con un juego de palabras que hizo la autora de la introducción del libro, la profesora Rachel Haywood Ferreira, entre la ciencia ficción costarricense y su identidad, en la que ella establece que aquella es aún un objeto no identificado, no al menos de manera plena. Muy interesante presentación, por cierto, y muy recomendable antes de adentrarse en los cuentos propiamente dichos.

Son, como dije antes, ocho cuentos. Aparecen por orden alfabético del primer apellido del autor, por lo que el mío es el penúltimo. El primero, Sin protocolos de seguridad, de Mariana Castillo, trata sobre un futuro cercano en el que las familias pudientes y quizá de clase media alta de San José, han construido una especie de segundo San José, completamente fortificado, con todos los servicios disponibles, en los que la seguridad es extrema y se desconoce la delincuencia. Un joven residente recién graduado decide "hacerse hombre" escapándose de la ciudadela y adentrándose en las oscuras calles de un San José míticamente oscuro. En el segundo cuento, Bajagua, un investigador del gobierno llega a un pequeño pueblo a estudiar la veracidad de algunos reportes de actividad paranormal en el lugar, que aparentan tener relación con presencia extraterrestre. Lo interesante comienza cuando uno descubre que el investigador es tremendamente escéptico. Ambos cuentos han sido situados en Costa Rica.

El tercer cuento, Órdago, nos lleva muy lejos de La Tierra, hacia un planeta con características similares, donde un viajero y su esposa tienen que aterrizar y permanecer por un tiempo mientras intentan reparar su nave para seguir su camino y reencontrarse con otros humanos, fugitivos de una terrible catástrofe que los ha dejado sin hogar. La extraña relación que ambos entablan con los lugareños, especie de alienígenas muy similares a nosotros, es el nudo de la historia. Inquietante y poderosa, una de las que más me impactó.

El cuarto cuento, El ejército de Onara, también nos lleva muy lejos de La Tierra, a un planeta marginado al que una importante tropa del ejército humano ha sido enviada para tratar con una poderosa e intrigante fuerza alienígena, difícil de comprender y quizá de eliminar. El siguiente relato, Sueños combatidos, nos regresa a la Tierra, pero en el futuro, donde una compañía que vende paquetes de sueños se ve atacada por tremendos hackers que amenazan con traerse abajo el negocio. Por otro lado, Raquel y los Emperadores, el cuento siguiente, narra una historia extraña, sobre conspiraciones globales a cargo de entes incomprensibles y poderosos, pero muy enfocada en las vivencias de su protagonista y su relación con Raquel, una chica pobre de Nicaragua, y con el ente que controla su vida. El relato transcurre en el tiempo presente y entre Costa Rica y Nicaragua, de manera natural y fluida.

El penúltimo cuento, Objeto No Identificado, se ubica en una Costa Rica del futuro, en la que dos biólogos se encuentran con cuatro extraños objetos en lo profundo de un bosque, justo el día antes de que éste está a punto de desaparecer bajo el embate de una compañía de biocombustibles que piensa talarlo para sembrar otro tipo de plantas. El extraño descubrimiento tiene consecuencias inesperadas para ambos.

Finalmente, Amor virtual, el último cuento, narra la relación que se entabla entre dos jóvenes en un tiempo en que los contactos personales están absolutamente prohibidos entre todos los habitantes, ante la posibilidad de contraer una mortal y contagiosísima enfermedad, por lo que la única manera de relacionarse es mediante la conexión virtual. Y también, la única manera de amarse.

Ahí los tienen. Los invito a descubrirlos por ustedes mismos y a comentarlos y disfrutarlos. =)

29 de octubre de 2011

Historias de miedo

Cualquiera sabe que no es necesario esperarse a Halloween para leer o mirar una buena historia de miedo, aunque la fecha se presta para hablar al respecto, claro, pues es notable cómo se ve uno sobresaturado de publicidad relativa a monstruos, seres bestiales y terroríficos y demás imágenes provocativas. La publicidad está dirigido a que consumamos como enloquecidos todos los productos relacionados con la celebración de la Noche de Brujas, lo cual no es para sorprender a nadie (ni para que nadie se rasgue las vestiduras, vamos, que también podemos no sucumbir a la ola), pero también nos revela cuán importantes siguen siendo para nosotros todas esas historias de la noche, las que nos quitan el sueño y nos hacen evocar imágenes que nos aterrorizan.

¿Literatura de terror? ¡Púf! Desde el inicio de los tiempos, desde que el chamán de la tribu contaba a los niños y a los aldeanos sobre seres bestiales y terribles criaturas aguardando acechantes en la oscuridad de bosques y montañas, detrás de rocas musgosas y en el oscuro rincón de lo más profundo de una caverna solitaria. ¿Por qué lo hacía? Porque los terrores mantenían a la gente a resguardo de peligros reales, fuera el chamán consciente de ello o no. Además, pienso (y esa es solo mi opinión) que nosotros, los Homo Sapiens, tenemos una imaginación calenturienta y compleja que nos hace imaginar no solo al predador corriente que puede destrozarnos de un zarpazo, sino a algo aún más grande, furioso, hábil y terrible que nos llena de un terror tremendo, el cual no solo no nos deja dormir sino que también morbosamente disfrutamos.

¿Por qué, sino, los monstruos siempre son tan increíblemente poderosos e incontrastables? Si miramos bien en nuestro entorno, pues es cierto que la mayoría de los grandes depredadores naturales está mucho mejor equipados que el mejor de nosotros para hacerle frente a la muerte: tienen musculaturas más desarrolladas, fuerza incrementada, grandes colmillos, zarpas gigantes, velocidad y agilidad notables, y todas las posibilidades de convertirnos en su próxima cena; y sin embargo, hubimos de inventarnos monstruos aún más grandes y terribles. Quizá en el fondo sabíamos desde el inicio de los tiempos que por muy temibles que fueran los tigres y los lobos, los osos y hasta los mamuts, en realidad nos organizábamos bien para tenerlos a raya y hasta para convertirlos en nuestras presas. Entonces, para imaginar algo más terrible, tomamos a nuestros enemigos naturales y los "sobrenaturalizamos", es decir, les agregamos aspectos mágicos y mala voluntad (muy presente en nuestros pueblos) y supimos despertar nuestros propios temores, y canalizar nuestra propia crueldad y demoníaca propensión al asesinato y a la tortura. Sí... bien pensado, tales monstruos somos nadie más que nosotros mismos en la peor cara de nuestra especie.

En fin, que refinamos y reformulamos desde vampiros y hombres lobos, hasta muertos vivientes (o zombies, que ahora salen hasta en la sopa) y bestias humanas cruzadas con infinidad de animales extraños, chulthus y dragones, arpías y sirenas, y demás monstruos fantásticos. A eso le sumamos la perversidad humana transformada en brujas (que mucho tiene que ver con la misoginia y el odio de los hombres a las mujeres que pensaban, por cierto) y hechiceros malignos (que invariablemente han pactado con las Fuerzas del Mal), los cuales no pueden faltar en nuestras historias de terror. Ah, y por supuesto, ¿cómo olvidarlos?, nuestros queridos fantasmas.

Y sin embargo... tengo mucho que pedir a muchas historias modernas de terror. ¿Por qué? Porque lo que yo espero es que me hagan temblar de miedo y la mayoría solo me despiertan náuseas. Hay historias más temibles lejos de esa maravillosa y rica fuente de imaginería popular. ¿No es increíble que me dé más miedo una historia de ciencia ficción que habla del futuro que muy probablemente nos espera a una en la que los hombres lobos descuartizan a diestra y siniestra a toda una población?

Es una posición personalísima, por supuesto, pero desde aquí hago una petición formal a todos los autores que todavía siguen la encomiable tradición del género terrorífico (no es mi caso, yo en esto soy lectora, no escritora): escriban historias de auténtico terror, sin morbosidades nauseabundas que solo me revuelven el estómago pero no me hacen tener pesadillas (ni mucho menos, duermo como un lirón) ni personajes más risibles que temibles. Tantos zombies y tantos vampiros no han sido suficientes aún para hacerme preferir muchas historias modernas a un simple Frankenstein, en donde el terror estaba más en la ciencia que en el monstruo. La fuerza del género de terror, desde mi humilde opinión, está en esa capacidad de hacernos entrar en contacto con nuestras más primitivos temores, esos que asolaban nuestros sueños en la noche de los tiempos, cuando los tigres de dientes de sable y los lobos gigantes eran parte de nuestro diario temor y ahogaban nuestras pesadillas mientras clamábamos a los espíritus buenos que nos protegieran de sus malignos alientos.

Si no duele, no sirve, dicen por ahí. Pienso lo mismo: si no me hace temblar, no merece estar al lado de Drácula ni de los locos de los cuentos de Poe.

10 de octubre de 2011

Parece mentira, pero ¡hay que mencionar la habilidad narrativa!

Y lo digo por muchas razones, en particular cuando leo las quejas de tantos escritores en contra de sus editores (o de quienes ellos pretendían convertir en "sus" editores), en contra de los lectores que tuvieron a bien leer sus manuscritos (muchas veces sin obligación), en contra de los jurados de cientos de concursos literarios, en contra de lectores comunes o de reseñistas (si lograron publicar), y en contra del mundo, ya que estamos. Y no lo digo porque yo no me haya quejado alguna vez de alguna "injusticia", porque creo que a todos nos habrá pasado, en especial en nuestros más tiernos inicios, cuando hemos "sentido" que el mundo cruel se vuelve contra nosotros y nuestra "inspiración".

¿A qué cuento viene este discurso?

La reflexión me viene inspirada en algunos comentarios de la entrada anterior, en un artículo en el que un editor veterano hacía recuento de las actitudes que más odiaba de los escritores, y de un artículo en el que una editora esbozaba lo que ella consideraba eran elementos esenciales para tener una buena novela entre manos. En otras palabras, en el choque de lo que uno como autor cree estar haciendo y lo que el editor (responsable) ve que no estás haciendo. Y ese "no estás haciendo" tiene muchas veces que ver con elementos esenciales de la obra narrativa, y no tanto con elementos accesorios o grandes complejidades del arte narrativo.

La editora citada, por ejemplo, dice muy llanamente que no es lo mismo escribir bien que tener una buena novela entre manos. La oración parece tan evidente que hasta da risa que siquiera tengamos que pensar en ella. ¿O no? ¿No será que muchos dan por sentado que si escriben bien necesariamente son capaces de producir una buena novela?

La experiencia diaria de editores y escritores parece indicar que sí, que muchos creen que para producir una buena novela hacen falta pocas cosas: una, escribir bien, dos, tener una idea de qué vas a escribir, y tres, ponerte a ello.

Pues bien, no. Eso no es suficiente y la experiencia también lo demuestra. En primer lugar, existen numerosos rechazos de obras que sus autores creyeron que eran geniales. Y la Internet está llena de quejas de estos autores despotricando contra el mundo editorial y su "corrupción mercantilista" y otras bellezas. Que sí, que es cierto que hay editores groseros y también hay editores interesados solamente en el aspecto "comerciable" de la obra, y empresas editoriales que solo buscan el ingreso fácil, y solo publican a ciertos autores, etc. Pero aún las empresas editoriales que solo buscan el ingreso fácil se fijan en esos elementos de la obra que el autor no está considerando ni ejecutando bien. Con mayor razón, los editores más serios y responsables con el acto comunicativo, los que suelen publicar también buenos libros, se fijarán si esos elementos faltan o están presentes.

En segundo lugar, nosotros como lectores podemos advertir en seguida que un libro "nunca debió ver la luz", pues es tan malo que lo cerramos indignados o lo olvidamos en seguida. Y la razón está en que no basta escribir bien y no basta tener una idea y llevarla a cabo. Hay que saber hacerlo.

Que quede claro: hay que escribir bien, entendiendo "escribir bien" como la habilidad mínima para estructurar oraciones con sentido, respetar las reglas de la ortografía y la gramática castellanas, usar de manera adecuada los signos de puntuación, y saber separar párrafos, construirlos y terminarlos. No escribir bien no es opción y punto. Y los que suelten parrafadas interminables sobre los autores que valen por sus ideas y no por su estilo y su correcta gramática pueden seguir soltando esas parrafadas. Ningún autor serio ni ningún buen libro está escrito sin esta premisa básica. Sí, hasta quienes pretenden desafiar la ortografía y la gramática, hasta ellos escriben bien.

Pero además de escribir bien, de tener una idea estructurada de cómo va la historia y a dónde va, además de documentarse adecuadamente (no creerán que se me había olvidado...), el autor de arte narrativa ha de poseer habilidad narrativa. Es decir, ha de saber contar una historia. Que no es lo mismo que escribir bien. Yo puedo escribir maravillosamente bien, con un dominio lingüístico insuperable, y no saber cómo contar una historia simple, y hacer que el lector comience a bostezar no más empiece, o que no sepa muy bien de qué va la cosa, se aburra y cierre el libro.

La habilidad narrativa consiste en el hecho simple de saber dar fluidez a los hechos narrados. Que un hecho se conecte con otro hecho de manera natural, sin que haya tropiezos ni desviaciones extrañas. Que el lector mantenga el interés y sea llevado a lo largo de una historia hasta el final, sea éste abierto o cerrado, triste o feliz. Y no estoy diciendo que tenga que producir una historia de secuencia lineal. No. Se puede ser muy vanguardista o experimental, se puede hacer elipsis, o contar una historia de atrás para adelante, o dar vueltas y regresar sobre un hecho, etc. Se puede hacer todo eso, por supuesto, pero si no tienes habilidad narrativa, lo que te va a salir es un cumplido mamarracho, aunque sea muy lineal y muy progresivo.

La habilidad narrativa puede ser innata o puede ser aprendida. Si es innata, mejor, pues se esfuerza uno menos, pero de todas formas hay que ensayarla, pues por más innata que sea, si no se la practica, se atrofia. Si no es innata, no hay pánico, se puede aprender. Hay que esforzarse más, pero con buenas lecturas y mucha práctica, se puede desarrollar de manera eficiente. (Hay gente que nunca la desarrolla. Siempre la hay. En ese caso, supongo que el mejor consejo que se le puede dar es que se dedique a otra cosa).

Y miren si la habilidad narrativa es importante, que muchos libros circulan por ahí sin ideas sustanciales, sin personajes complejos, sin verdadero "fondo", pero como el autor ha sido hábil narrando, encantan. Los editores los publican, la gente los compra y lo que es mejor, los lee.

Entonces, antes de despotricar contra el mundo, antes de hablar de las injusticias editoriales, antes de sentirse uno muy incomprendido, ¿no es mejor evaluar cómo está nuestra habilidad narrativa? Y si ya no podemos ver la diferencia, porque siempre resulta complicado autocriticarse, recurramos a un lector que sabemos crítico y escuchémoslo. Quizá nuestro problema no esté en el argumento, en el dominio técnico de la escritura o en la adecuada documentación. Quizá nuestro problema está en nuestra habilidad narrativa.