Escribes un relato. Lo revisas. Tienes tus dudas, tal vez le cambias un giro, quizá el final completo. O tal vez no le cambias nada, pero igual has estrechado tus lazos afectivos con él. Finalmente, revisas las bases del certamen que te llamó la atención y ves si tu relato se ajusta. Si se ajusta bien, lo preparas, redactas tu plica y lo envías. Y cruzas los dedos, porque en los certámenes literarios de todo puede pasar. Es una apuesta emotiva, porque el relato es más que un informe o un examen. Es el resultado de tu esfuerzo creativo, que quizá te ha tomado tiempo y a veces, algunos sacrificios.
Así me sucedió este año. Fruto de una lluvia de ideas que tuve hacia mediados de año para desembarazarme del peligro de la parálisis creativa, escribí Sueño Profundo, relato de ciencia ficción, cuya acción transcurre en un futuro más o menos lejano, cuando una telépata venida a menos debe intentar recuperar sus habilidades para despertar a un importante científico de un coma, provocado por una explosión misteriosa. El relato me tomó tiempo, pues debí documentarme sobre las teorías de la conciencia como fenómeno biológico y la relación que guardaban con las teorías cuánticas, las mismas que se usan en la elaboración hipotética de las computadoras cuánticas, que deberían sustituir nuestros sistemas actuales. Es un tema espeso, en especial si no tienes bases para comprenderlo, aunque intensamente interesante, debo decir. Al final, luego de revisiones exhaustivas, di por concluido el cuento y lo envié nada menos que al XXI Certamen Alberto Magno de Ciencia Ficción, que auspicia la Universidad del País Vasco.
No gané. ¡Pero quedé finalista!
He aquí la noticia que me alegró el día: (también aquí y aquí)
"La Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV anunció durante la ceremonia Alberto Magno 2009, celebrada ayer, el fallo del XXI certamen literario Alberto Magno de Ciencia Ficción. El gandor del Primer Premio, dotado con una cuantía de 3.500 euros, ha sido el escritor de origen cubano Vladimir Hernández Pacín, residente en Barcelona, por la obra "Tocando las puertas del cielo".
Vladimir Hernández Pacín nació el 21 de noviembre de 1966 en La Habana, Cuba, donde cursó estudios de Ingeniería Metalúrgica y de Física. Comenzó a escribir en los años 80 bajo el pseudónimo de Blade. En el año 2000 fue finalista del premio UPC y en 2006 obtuvo el Segundo Premio Alberto Magno por "La Apuesta Faustiana". En los últimos años ha escrito numerosos relatos y novelas del género de Ciencia Ficción.
Por su parte, el Segundo Premio Alberto Magno, dotado con 1.500 euros, ha correspondido a Óscar Beltrán de Otálora Martínez de Antoñana (Vitoria-Gasteiz) por el relato "El gran viajero", mientas que la categoría Premio UPV/EHU ha quedado desierta. Óscar B. de Otálora es periodista de la sección de Política de El Correo, y disfruta haciendo magia y escibiendo ficción en sus ratos libres.
El jurado del premio, compuesto por profesores de diferentes áreas de la Facultad de Ciencia y Tecnología han declarado finalistas los relatos "Espacio, tiempo y casualidad", cuyo autor es Luis Alejandro Vinatea Arana (Florianópolis, Brasil), "La costilla de Dios", escrito por Miguel Santander García (Valladolid) y "Sueño profundo", cuya autora es Laura Quijano Vicenzi (San José, Costa Rica). En esta convocatoria se han presentado un total de 52 relatos, todos escritos en castellano, remitidos desde Argentina, Cuba, Venezuela, Brasil, Colombia, Costa Rica, Estados Unidos, Israel, Nicaragua, Uruguay y otros 33 procedentes de diversos puntos de España.
La festividad de Alberto Magno, patrón de la Facultad de Ciencia y Tecnología de la UPV/EHU ha sido el día elegido para dar a conocer el falllo del Premio Literario Alberto Magno de Ciencia Ficción, el más antiguo de los certámenes nacionales dedicados a este género, y uno de los premios con mayor dotación económica. La Ceremonia ha estado presidida por el Rector de la Universidad del País Vasco, Iñaki Goirizelaia, y Esther Domínguez, Decana de la Facultad de Ciencia y Tecnología.
En el evento celebrado hoy se entregaron los Diplomas a un total de 323 alumnos del Curso 2008-2009, egresados de las nueve titulaciones científico-tecnológicas que se imparten en la Facultad de Ciencia y Tecnología. Los nuevos científicos y tecnólogos vendrán a cubrir en buena parte la demanda de especialistas en el campo de la I+D+i por parte de la comunidad empresarial, investigadora y docente del País Vasco."
El resaltado y el color fueron cosa mía, por supuesto. ¿No es estupendo? Mi Sueño Profundo entre los cinco mejores de entre 52 relatos. ¡Me siento, hoy, muy bien! Honrada, por la estatura del certamen y del jurado, y complacida, de haber gustado.
Un día para estar contenta. :)
P.D. Por cierto, no conozco a los autores que ganaron ni los que quedaron finalistas, pero desde aquí les extiendo mis felicitaciones. ¡Enhorabuena!
16 de noviembre de 2009
12 de noviembre de 2009
El placer de una buena lectura... ¿electrónica?
No recuerdo quién dijo que todo escritor es ante todo un buen lector. Quizá los teóricos de la creación literaria, que por mucho tiempo debatieron el origen de nuestra inspiración: si de la realidad o de las letras mismas. No sé si ellos llegaron a alguna conclusión conciliatoria (no lo recuerdo), pero en mis impresiones (humildes y personales, que conste) pienso que ambos caminos son complementarios y retroalimentarios. Como la educación de una persona, donde herencia y ambiente juegan siempre papeles alternativos y complementarios, en la formación del escritor se hallan los estímulos directos de la realidad y por supuesto, el tipo y cantidad de lecturas que haya realizado a lo largo de su vida. Creo firmemente que todos podemos definirnos a través de nuestras lecturas -o a través de nuestras no/lecturas- y que si hemos de escribir por todos los años de nuestra vida, seguiremos leyendo también hasta el final.
Leer, en mi caso, es parte del estímulo real. He leído desde que tengo memoria (aprendí cuando tenía unos cinco años y como mi memoria no es precisa más atrás de esa edad, por eso la lectura me acompaña desde entonces). No he parado nunca ni creo que tal cosa suceda, por la simple razón de que leer para mí es parte de mi descanso, de mi reflexión, de mi encuentro personal, de mi paz y hasta de mis equilibrios. Si me quitan mis libros me hundo en la tristeza. Tan simple como eso. Necesito leer, aunque sea un poco, todos los días. Si no tengo un libro, pues qué caray, un periódico, una revista y hasta un catálogo puede funcionar como sucedáneo muy temporal, pero al final encontraré un libro que me asista.
Esta característica me hace una lectora flexible. Como mi vida se ha vuelto complicada de un tiempo para acá (familia -incluidos tres niños-, trabajo -no relacionado con la literatura-, y deberes domésticos), tengo que leer cuando puedo y muchas veces, cuando puedo es en la fila del banco, en el autobús, o durante los minutos que tarda mi computador en cargar. No descarto los pocos momentos en que puedo sentarme a leer un buen libro sentada en un sillón con una bebida agradable en la paz de mi hogar, pero son tan escasos que a veces sólo puedo soñar con ellos. Esta situación impone algunas consideraciones a la hora de elegir el tomo a leer:
1. Si voy al banco, debo escoger un formato sencillo, chiquito, de bolsillo. Un librote de pasta dura es imposible de cargar dentro del bolso y pesa lo suyo en una larga fila en el banco.
2. Si voy a incluirlo en algún viaje menor, debo considerar otros tomos adicionales, por lo que el tamaño y maniobrabilidad son destacables.
3. Si cuento con todas las comodidades, el libro puede ser lo grande que quiera. No hay problema.
¿Y qué tal el libro electrónico? Pues se supone que sería el máximo exponente de la flexibilidad, dependiendo del soporte. En uno de esos lectores electrónicos modernos con pantalla "amigable" y con carga de varias horas, sería genial. Aún son algo costosos y no pueden conseguirse en todo lugar, pero pronto habrán invadido hasta el último rincón del planeta. Tienes la ventaja adicional de que no llevas sólo un libro dentro del lector, sino muchísimos más y del tamaño que quieras, con lo que las consideraciones de comodidad y etc. pasan de lejos y finalmente eres un lector moderno con tus amados libros al alcance de un click. ¡Guau!
¿Y el placer? Bueno... se supone que el placer está en la lectura misma. ¿Pero y ese aroma particular del papel, esa facilidad que supone no tener que cargar la batería, no tener que prender o apagar nada, no temer perderlo pues su precio es relativamente bajo en comparación? ¿Esa íntima conexión con lo antiguo? (En estos días, los libros son los últimos vestigios de una antigua tecnología que se ha resistido duramente al paso del tiempo).
La tecnología avanza y abarata los costos de muchos placeres. La generación que está creciendo está acostumbrada a lo digital, como parte de su vida e incluso de su cuerpo, y para ella un lector electrónico será tan habitual como ya lo es un celular, un IPod o un computador portátil. Y como siempre habrá una porción lectora en nuestra sociedad, dicha porción se alejará con el tiempo del libro impreso en papel y tenderá a la tecnología que le es más familiar.
¿Qué pasará entonces con nuestros libros amados de papel? Bueh... supongo que se perderán, tarde o temprano. De hecho, las editoriales que saben adaptarse y las librerías que no quieran cerrar, ya deberían estar montando sus secciones de ventas de libros electrónicos y de aparatos soporte para leerlos, antes de que la marea las arrastre hacia la desaparición (muchas editoriales ya están agresivamente entrando en ese mercado, por fortuna). Pronto habrá interesantes sitios de lectura en cada librería, lo auguro, y no creo que nadie piense ahora que esa imagen es sólo ciencia ficción.
De momento, sin embargo, aunque noto en auge el mercado del libro electrónico y la venta de los lectores, el libro de papel tiene todavía su amplio margen de acción, en especial entre nosotros, los menos jóvenes, quienes aún poseyendo un aparatitito estupendo con miles de libros insertos, no podemos resistirnos al viejo tomo encuadernado con sus páginas tangibles que nos espera en el rincón preferido de la casa. Nuestro instante perfecto de lectura... nuestro instante de placer. :)
P.D. Ojo: ya viene Google Editions y la librería virtual para el año 2010, como una especie e ITunes de los libros, con participación de editoriales y distribuidoras. ¡La cosa está que arde!
Leer, en mi caso, es parte del estímulo real. He leído desde que tengo memoria (aprendí cuando tenía unos cinco años y como mi memoria no es precisa más atrás de esa edad, por eso la lectura me acompaña desde entonces). No he parado nunca ni creo que tal cosa suceda, por la simple razón de que leer para mí es parte de mi descanso, de mi reflexión, de mi encuentro personal, de mi paz y hasta de mis equilibrios. Si me quitan mis libros me hundo en la tristeza. Tan simple como eso. Necesito leer, aunque sea un poco, todos los días. Si no tengo un libro, pues qué caray, un periódico, una revista y hasta un catálogo puede funcionar como sucedáneo muy temporal, pero al final encontraré un libro que me asista.
Esta característica me hace una lectora flexible. Como mi vida se ha vuelto complicada de un tiempo para acá (familia -incluidos tres niños-, trabajo -no relacionado con la literatura-, y deberes domésticos), tengo que leer cuando puedo y muchas veces, cuando puedo es en la fila del banco, en el autobús, o durante los minutos que tarda mi computador en cargar. No descarto los pocos momentos en que puedo sentarme a leer un buen libro sentada en un sillón con una bebida agradable en la paz de mi hogar, pero son tan escasos que a veces sólo puedo soñar con ellos. Esta situación impone algunas consideraciones a la hora de elegir el tomo a leer:
1. Si voy al banco, debo escoger un formato sencillo, chiquito, de bolsillo. Un librote de pasta dura es imposible de cargar dentro del bolso y pesa lo suyo en una larga fila en el banco.
2. Si voy a incluirlo en algún viaje menor, debo considerar otros tomos adicionales, por lo que el tamaño y maniobrabilidad son destacables.
3. Si cuento con todas las comodidades, el libro puede ser lo grande que quiera. No hay problema.
¿Y qué tal el libro electrónico? Pues se supone que sería el máximo exponente de la flexibilidad, dependiendo del soporte. En uno de esos lectores electrónicos modernos con pantalla "amigable" y con carga de varias horas, sería genial. Aún son algo costosos y no pueden conseguirse en todo lugar, pero pronto habrán invadido hasta el último rincón del planeta. Tienes la ventaja adicional de que no llevas sólo un libro dentro del lector, sino muchísimos más y del tamaño que quieras, con lo que las consideraciones de comodidad y etc. pasan de lejos y finalmente eres un lector moderno con tus amados libros al alcance de un click. ¡Guau!
¿Y el placer? Bueno... se supone que el placer está en la lectura misma. ¿Pero y ese aroma particular del papel, esa facilidad que supone no tener que cargar la batería, no tener que prender o apagar nada, no temer perderlo pues su precio es relativamente bajo en comparación? ¿Esa íntima conexión con lo antiguo? (En estos días, los libros son los últimos vestigios de una antigua tecnología que se ha resistido duramente al paso del tiempo).
La tecnología avanza y abarata los costos de muchos placeres. La generación que está creciendo está acostumbrada a lo digital, como parte de su vida e incluso de su cuerpo, y para ella un lector electrónico será tan habitual como ya lo es un celular, un IPod o un computador portátil. Y como siempre habrá una porción lectora en nuestra sociedad, dicha porción se alejará con el tiempo del libro impreso en papel y tenderá a la tecnología que le es más familiar.
¿Qué pasará entonces con nuestros libros amados de papel? Bueh... supongo que se perderán, tarde o temprano. De hecho, las editoriales que saben adaptarse y las librerías que no quieran cerrar, ya deberían estar montando sus secciones de ventas de libros electrónicos y de aparatos soporte para leerlos, antes de que la marea las arrastre hacia la desaparición (muchas editoriales ya están agresivamente entrando en ese mercado, por fortuna). Pronto habrá interesantes sitios de lectura en cada librería, lo auguro, y no creo que nadie piense ahora que esa imagen es sólo ciencia ficción.
De momento, sin embargo, aunque noto en auge el mercado del libro electrónico y la venta de los lectores, el libro de papel tiene todavía su amplio margen de acción, en especial entre nosotros, los menos jóvenes, quienes aún poseyendo un aparatitito estupendo con miles de libros insertos, no podemos resistirnos al viejo tomo encuadernado con sus páginas tangibles que nos espera en el rincón preferido de la casa. Nuestro instante perfecto de lectura... nuestro instante de placer. :)
P.D. Ojo: ya viene Google Editions y la librería virtual para el año 2010, como una especie e ITunes de los libros, con participación de editoriales y distribuidoras. ¡La cosa está que arde!
31 de octubre de 2009
Frustraciones...
Supongo que en alguna ocasión anterior habré mencionado el tema, pero no puedo evitar recaer en él, tal vez movida por la reiterada costumbre que posee un escritor de enfrentar ciertas frustraciones habituales e inevitables, que por más que desee sobrellevar con estoicismo o incluso serenidad, no lo logra. No me refiero a la clásica página en blanco o a la terrorífica sensación de que las ideas se han muerto en tu cabeza, que ya no encuentras historias o palabras para encuadrar tus emociones en versos sublimes. No. Me refiero a una situación mucho más prosaica, pero no menos enervante: el desestímulo exterior.
Leí el otro día el blog de otro autor, ya publicado, incluso famoso, que se quejaba del terrible prejuicio que enfrentaba al sentir odio por su trabajo de forma ocasional. Es decir, él, como todo el mundo, a veces siente que detesta su trabajo. Que ya está obstinado de esa novela, o de ese capítulo, o incluso de ese párrafo. Que desearía lanzar el libro por la ventana y quedarse tan contento. Pero enfrenta el desdén social que le dice: No puedes, no debes, renegar del trabajo de tus sueños, de un trabajo tan sencillo como es escribir. ¿Sencillo?, reclama él. ¿Quién dijo que escribir libros es sencillo? Ah, pero si un médico se queja, todo el mundo lo comprende. El escritor no tiene que hacer nada, sólo sentarse a que la Musa le susurre las palabras adecuadas y él escriba su obra maestra y ya. Y si no termina el dichoso libro no es porque sea difícil o porque él no encuentra las palabras. Es porque está de vago.
Lo comprendo. Enfrenta la ignorancia social, muy extendida, que cree que escribir es un pasatiempo, aunque se gane dinero con él.
Mi situación es similar en ciertos aspectos. No soy famosa (¡nada que ver!) y mis publicaciones pueden considerarse aún modestas (en especial en comparación con los tirajes de mi autor en cuestión, ¡madre mía!), pero el descrédito es el mismo. He estado sentada frente al computador, revisando, leyendo, escribiendo, volviendo a revisar, volviendo a leer, volviendo a escribir, en los ratos libres de los cuales puedo disponer (que no son muchos) y me levanto, cansada, a veces frustrada porque no he encontrado el término adecuado, porque no me satisface el final de un relato o porque un capítulo me ha quedado insulso o por lo que sea, y alguien de mi familia o algún amigo o colega me mira y me dice: Pero ¿de qué estás cansada? ¡Si no has estado haciendo nada!
¡Nada! Ah, es que escribir es como sentarse a ver televisión. Es divertido, por tanto, es inocuo. Pues claro que es divertido, la mayor parte del tiempo, si no, no sería tan obcecada en querer llevarlo a cabo. Es mi pasión y mi gusto, como lo es del autor mencionado al principio. ¡Pero como que nada, nada, no! Y sí es cansado. Y sí tiene sus momentos tediosos, o inquietantes, o desesperantes, muy en particular, cuando estamos revisando.
No estás haciendo nada. No puedes quejarte. ¡Es tan sencillo escribir! ¿Qué puede significar contar que un fulano salió de su casa una mañana, se encontró con un ladrón en el parque y luego murió en el hospital? ¿No es una historia simple, por ejemplo? Es que yo sí que trabajo. Y mucho. Pero tú, ¡tú no haces nada!
Frustración total. :(
Leí el otro día el blog de otro autor, ya publicado, incluso famoso, que se quejaba del terrible prejuicio que enfrentaba al sentir odio por su trabajo de forma ocasional. Es decir, él, como todo el mundo, a veces siente que detesta su trabajo. Que ya está obstinado de esa novela, o de ese capítulo, o incluso de ese párrafo. Que desearía lanzar el libro por la ventana y quedarse tan contento. Pero enfrenta el desdén social que le dice: No puedes, no debes, renegar del trabajo de tus sueños, de un trabajo tan sencillo como es escribir. ¿Sencillo?, reclama él. ¿Quién dijo que escribir libros es sencillo? Ah, pero si un médico se queja, todo el mundo lo comprende. El escritor no tiene que hacer nada, sólo sentarse a que la Musa le susurre las palabras adecuadas y él escriba su obra maestra y ya. Y si no termina el dichoso libro no es porque sea difícil o porque él no encuentra las palabras. Es porque está de vago.
Lo comprendo. Enfrenta la ignorancia social, muy extendida, que cree que escribir es un pasatiempo, aunque se gane dinero con él.
Mi situación es similar en ciertos aspectos. No soy famosa (¡nada que ver!) y mis publicaciones pueden considerarse aún modestas (en especial en comparación con los tirajes de mi autor en cuestión, ¡madre mía!), pero el descrédito es el mismo. He estado sentada frente al computador, revisando, leyendo, escribiendo, volviendo a revisar, volviendo a leer, volviendo a escribir, en los ratos libres de los cuales puedo disponer (que no son muchos) y me levanto, cansada, a veces frustrada porque no he encontrado el término adecuado, porque no me satisface el final de un relato o porque un capítulo me ha quedado insulso o por lo que sea, y alguien de mi familia o algún amigo o colega me mira y me dice: Pero ¿de qué estás cansada? ¡Si no has estado haciendo nada!
¡Nada! Ah, es que escribir es como sentarse a ver televisión. Es divertido, por tanto, es inocuo. Pues claro que es divertido, la mayor parte del tiempo, si no, no sería tan obcecada en querer llevarlo a cabo. Es mi pasión y mi gusto, como lo es del autor mencionado al principio. ¡Pero como que nada, nada, no! Y sí es cansado. Y sí tiene sus momentos tediosos, o inquietantes, o desesperantes, muy en particular, cuando estamos revisando.
No estás haciendo nada. No puedes quejarte. ¡Es tan sencillo escribir! ¿Qué puede significar contar que un fulano salió de su casa una mañana, se encontró con un ladrón en el parque y luego murió en el hospital? ¿No es una historia simple, por ejemplo? Es que yo sí que trabajo. Y mucho. Pero tú, ¡tú no haces nada!
Frustración total. :(
21 de octubre de 2009
Fabricantes de Sueños 2008: listo para leer
La semana pasada recibí una noticia alentadora y esta semana tuve en mis manos el contenido de dicha noticia: ya se publicó el Fabricantes de Sueños 2008 de la AEFCFT, una de las publicaciones que he esperado con ansia. Esta colección, centrada en los relatos más sobresalientes publicados durante el 2007, incluye mi pequeño Por siempre otro, relato que vio la luz por primera vez en NG 366o y que tuvo la dicha de ser considerado con méritos suficientes para formar parte de esta antología. Recuerdo que lo convertí en el título de mi colección de cuentos Por siempre otro y otros relatos (Leer-E, 2007), y ahora me complace muchísimo poder leerlo en papel (tradicional que es una...).La antología está compuesta de 17 relatos de 18 autores diferentes, incluyendo el mío, y promete horas de entretenimiento auténtico. Recién recibido, aún no he tenido la oportunidad de leerlos, pero muchos tienen títulos muy sugestivos.
A continuación transcribo la nota que aparece en la contraportada, pues creo que ella resume mejor que yo lo que un lector puede esperar de esta antología:
"Tienes entre tus manos el Gran Sueño: el de aquellos autores del fantástico que pudieron verse publicados durante el año 2007. Fabricantes de Sueños es un contenedor repleto de la creatividad más variopinta: deslumbrantemente futurista, pesadillesca u oscura, pero también mágica y cargada de luz. Y es que se dan cita en su interior la ciencia-ficción, la fantasía y el terror.
Diecisiete han sido los relatos seleccionados. Dieciocho sus autores: Sergio Parra, Santiago Eximeno y Alfredo Alemán, Jordi Armengol, David Mateo, Antonio J. Cebrián, J.E. Álamo, José María Tamparillas, María Concepción Regueiro, Juan Antonio Fernández Madrigal, Carlos Duarte, Laura Ponce, Claudio Amodeo, Laura Quijano, Ramón San Miguel, Domingo Santos, José Ignacio Becerril y Sergio Mars.
Este libro es un resumen inmejorable de las principales tendencias del género fantástico español, auspiciado por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror."
¡Qué delicia tenerlo en las manos! :)
16 de octubre de 2009
Nostalgias de un inicio...
Leyendo una entrada muy interesante sobre la longitud de las obras narrativas en Rescepto Indablog, me puse a pensar cuál era mi relación íntima con la escritura -si era con el cuento o con la novela-, lo cual me llevó a un viaje nostálgico hacia el pasado que resultó ser muy agradable. Hacia mis inicios... Y me hizo descubrir que mis primeros amores estaban con algo parecido a un "comic" o historietas, derivadas de una representación teatral espontánea.
Parece enredado. No lo es, pues se desarrolló a lo largo del tiempo, pero bien mirado debo reconocer que sí tuve una "iniciación" enredada.
Era una lectora compulsiva, y sigo siéndolo. Eso es un hecho. Todo cuento, novela o ensayo que pasara por la reducida biblioteca de mi casa cayó en mis manos en algún momeno de mi infancia o adolescencia, sin remedio. En los felices tiempos en que tenía cinco añitos y ya había conquistado los fascinantes territorios de la lectura recreativa, me abocaba a las famosas colecciones de cuentos clásicos con ilustraciones. Éstas eran muy agradables y las disfrutaba, y nunca me distrajeron del disfrute de la lectura en sí misma. Blanca Nieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, Caperucita Roja se unieron a Los Tres Cerditos, El Flautista de Hamelin, Rapunzel y otros muchos típicos cuentos con animales que hablaban, brujas malvadas, hermosas princesas y campesinos ingeniosos. Más tarde continuaría mi camino por los libros sin ilustraciones, pero en ese tiempo estos primeros libros ilustrados fueron mi delicia.
¿Influyeron en mi escritura temprana? No. Lo hicieron en mis dibujos, claro, pues dibujaba "princesas" para todo (las cuales eran todas, sospechosamente, niñas). Así pasé mi infancia hasta llegar a la edad más madura de los 10 años.
Ah, es que una a los 10 años es una chica grande. Jugaba con dos amigas de contarnos historias. Pero no lo hacíamos a la luz del fuego (¡mi madre jamás lo habría permitido!) ni eran simplemente narradas. No. En cada relato hacíamos las veces de juglares, sin saberlo, representando a cada personaje, haciendo sus movimientos, sus enfrentamientos y sus aventuras. Éstas eran bastante sentimentales, pues las fabricábamos basándonos en nuestros grupos musicales de moda y nuestros primeros "ídolos" juveniles (creo que fue Parchís- ¿los recuerdan?). El despliegue teatral fue estupendo, pasábamos horas enteras en ese juego y aún yo lo continuaba en mi casa con mi pobre hermanita (tres años menor que yo), quien debió sufrir mis propias nuevas aventuras. Con ella la historia era diferente, pues a mi hermana los ídolos juveniles le tenían sin cuidado (con siete años no les ves la gracia), así que recurrí al bagaje de cuentos clásicos y comencé a narrarle historias de aventuras de chicos y chicas enfrentados a toda clase de situaciones naturales y sobrenaturales. Era tan divertido que decidí estamparlas en el papel y así nacieron mis primeras historietas, con personajes dibujados que hablaban por medio de viñetas.
¡Qué tiempos aquéllos! Realmente crear era puro placer sin mayores objetivos. Los relatos nacían y morían con espontaneidad alegre y yo fraguaba aventura tras aventura en pequeños cuadernos de treinta hojas que se acababan muy rápido. Después de un tiempo, los dibujos comenzaron a estorbarme. Cada vez más escribía diálogos de un tirón y sólo hacía un dibujo para ilustrarlos. Y fue en ese tiempo cuando conocí a Hans Christian Andersen y sus maravillosos cuentos en versión íntegra sin ilustraciones. También, fue la época de leer las aventuras de internados y chicos exploradores de Enid Blyton y las de Puck. Tenían ilustraciones, muy pocas, pero eran auténticas novelitas infantiles.
Con Andersen y las autoras juveniles, terminé por desechar las ilustraciones e inicié mi carrera hacia el relato. Me dije: "No es tan difícil" (recuerden que tenía sólo unos 11 años para entonces), "sólo tengo que contar que Fulano fue a tal lado, que se encontró con Sutano y que le dijo X". Copié el formato de diálogo, con los guiones y los verbos "exclamar", "inquirir" y otros, cuyos oscuros significados descubrí en el diccionario (era muy importante) y me lancé (¡vaya valentía!) a escribir mi primera novela. Sí, novela. Larga y todo. En serie, como las de Enid Blyton. Se llamaba Colegiales (¿notan la influencia?). Creo que llegué a acabar dos de los cinco tomos previstos (tenía mucho optimismo) durante los primeros años de secundaria.
Nunca vio la luz, por supuesto, ni la verá. Es un pasaje de mi vida, leído sólo por mi hermana (mi víctima natural) y mi mejor amiga de la secundaria. Ya se perdió físicamente y apenas tengo memoria de algunas de las aventuras que inventé. ¡Pero cómo permanece en mi corazón, con cuánto cariño! Me evoca el enorme placer que era escribir, simplemente escribir, contar lo que lleva tu cabeza en el interior y dejarlo salir. No había preocupaciones de revisión técnica, de publicaciones o mercado editorial. Eso es cosa de adultos. En aquel entonces, la literatura era mi juego y mi ensoñación, vivida intensamente como sólo los niños saben vivir lo bueno que tiene la vida... :)
Parece enredado. No lo es, pues se desarrolló a lo largo del tiempo, pero bien mirado debo reconocer que sí tuve una "iniciación" enredada.
Era una lectora compulsiva, y sigo siéndolo. Eso es un hecho. Todo cuento, novela o ensayo que pasara por la reducida biblioteca de mi casa cayó en mis manos en algún momeno de mi infancia o adolescencia, sin remedio. En los felices tiempos en que tenía cinco añitos y ya había conquistado los fascinantes territorios de la lectura recreativa, me abocaba a las famosas colecciones de cuentos clásicos con ilustraciones. Éstas eran muy agradables y las disfrutaba, y nunca me distrajeron del disfrute de la lectura en sí misma. Blanca Nieves, La Cenicienta, La Bella Durmiente, Caperucita Roja se unieron a Los Tres Cerditos, El Flautista de Hamelin, Rapunzel y otros muchos típicos cuentos con animales que hablaban, brujas malvadas, hermosas princesas y campesinos ingeniosos. Más tarde continuaría mi camino por los libros sin ilustraciones, pero en ese tiempo estos primeros libros ilustrados fueron mi delicia.
¿Influyeron en mi escritura temprana? No. Lo hicieron en mis dibujos, claro, pues dibujaba "princesas" para todo (las cuales eran todas, sospechosamente, niñas). Así pasé mi infancia hasta llegar a la edad más madura de los 10 años.
Ah, es que una a los 10 años es una chica grande. Jugaba con dos amigas de contarnos historias. Pero no lo hacíamos a la luz del fuego (¡mi madre jamás lo habría permitido!) ni eran simplemente narradas. No. En cada relato hacíamos las veces de juglares, sin saberlo, representando a cada personaje, haciendo sus movimientos, sus enfrentamientos y sus aventuras. Éstas eran bastante sentimentales, pues las fabricábamos basándonos en nuestros grupos musicales de moda y nuestros primeros "ídolos" juveniles (creo que fue Parchís- ¿los recuerdan?). El despliegue teatral fue estupendo, pasábamos horas enteras en ese juego y aún yo lo continuaba en mi casa con mi pobre hermanita (tres años menor que yo), quien debió sufrir mis propias nuevas aventuras. Con ella la historia era diferente, pues a mi hermana los ídolos juveniles le tenían sin cuidado (con siete años no les ves la gracia), así que recurrí al bagaje de cuentos clásicos y comencé a narrarle historias de aventuras de chicos y chicas enfrentados a toda clase de situaciones naturales y sobrenaturales. Era tan divertido que decidí estamparlas en el papel y así nacieron mis primeras historietas, con personajes dibujados que hablaban por medio de viñetas.
¡Qué tiempos aquéllos! Realmente crear era puro placer sin mayores objetivos. Los relatos nacían y morían con espontaneidad alegre y yo fraguaba aventura tras aventura en pequeños cuadernos de treinta hojas que se acababan muy rápido. Después de un tiempo, los dibujos comenzaron a estorbarme. Cada vez más escribía diálogos de un tirón y sólo hacía un dibujo para ilustrarlos. Y fue en ese tiempo cuando conocí a Hans Christian Andersen y sus maravillosos cuentos en versión íntegra sin ilustraciones. También, fue la época de leer las aventuras de internados y chicos exploradores de Enid Blyton y las de Puck. Tenían ilustraciones, muy pocas, pero eran auténticas novelitas infantiles.
Con Andersen y las autoras juveniles, terminé por desechar las ilustraciones e inicié mi carrera hacia el relato. Me dije: "No es tan difícil" (recuerden que tenía sólo unos 11 años para entonces), "sólo tengo que contar que Fulano fue a tal lado, que se encontró con Sutano y que le dijo X". Copié el formato de diálogo, con los guiones y los verbos "exclamar", "inquirir" y otros, cuyos oscuros significados descubrí en el diccionario (era muy importante) y me lancé (¡vaya valentía!) a escribir mi primera novela. Sí, novela. Larga y todo. En serie, como las de Enid Blyton. Se llamaba Colegiales (¿notan la influencia?). Creo que llegué a acabar dos de los cinco tomos previstos (tenía mucho optimismo) durante los primeros años de secundaria.
Nunca vio la luz, por supuesto, ni la verá. Es un pasaje de mi vida, leído sólo por mi hermana (mi víctima natural) y mi mejor amiga de la secundaria. Ya se perdió físicamente y apenas tengo memoria de algunas de las aventuras que inventé. ¡Pero cómo permanece en mi corazón, con cuánto cariño! Me evoca el enorme placer que era escribir, simplemente escribir, contar lo que lleva tu cabeza en el interior y dejarlo salir. No había preocupaciones de revisión técnica, de publicaciones o mercado editorial. Eso es cosa de adultos. En aquel entonces, la literatura era mi juego y mi ensoñación, vivida intensamente como sólo los niños saben vivir lo bueno que tiene la vida... :)
9 de octubre de 2009
Colecciones de relatos de V.V.A.A.
En estos días, mientras intento dar forma a un cuento nuevo que no me termina de cuadrar -pero que debo domar tarde o temprano-, recibí la noticia de que una de las antologías en las cuales tuve la suerte de ser tenida en cuenta ya fue publicada y que por tanto espere mi ejemplar de cortesía en el correo. Me alegré mucho, pues realmente me sentí muy honrada de que uno de mis relatos mereciera ser seleccionado en una colección que tomó en cuenta muchos otros, y porque siempre alegra ver un libro en el que tus obras se vean impresas.
Al mismo tiempo, recibí noticias de otra antología en la que estoy participando con otros cinco autores de mi país -y de la cual podré dar más noticias- y que pronto verá la luz también. El cuento con el cual estoy luchando -casi a muerte- es precisamente para una tercera antología que un grupo de autores de Sedice está armando justo ahora.
¿Y todo para qué? Pues... las perspectivas comerciales de las colecciones de relatos, en particular si son de autores varios, no son alentadoras. Muchos nos han advertido que este tipo de producciones no suelen venderse bien, pues los compradores normalmente se identifican con un autor y un estilo y no con varios al mismo tiempo, en particular si entre los nombres desplegados están los de autores noveles o desconocidos. He sabido eso y los demás autores también son conscientes de ese hecho. Sin embargo, seguimos participando con nuestros trabajos para integrar selecciones y también seguimos emprendiendo proyectos en conjunto.
¿Por qué?
Yo supongo que nuestro instinto gregario, tan bien asentado en nuestra especie, nos impele a la reunión social y a los deseos de cooperación mutua. Nos agrada compartir espacio con otros como nosotros, que temen como nosotros, que sueñan como nosotros y que trabajan como nosotros en la misma pasión, en el mismo arte. Y si además los conocemos, nos alegra compartir ese espacio con un amigo.
Y con respecto a las antologías que nosotros mismos formamos -es decir, que no son el producto de la selección de un jurado, sino del esfuerzo conjunto de los mismos autores-, se añaden otras sensaciones. No ganaremos un centavo, pero ¡qué agradable es la experiencia! Si tomamos en cuenta que la profesión literaria suele ser una ocupación solitaria -eres tú con tu libro, o sea, tú contigo mismo-, no es de extrañar que aprovechemos esos preciosos momentos en que podemos compartir nuestra pasión con otros iguales a nosotros, quienes están tan ansiosos como nosotros de ser leídos, comentados y hasta criticados. Durante estos procesos los autores nos brindamos un apoyo especial: son colegas que te comprenden, que conocen bien las dudas y los temores por los cuales atraviesas a menudo, que se identifican con tus malos momentos creativos y que saben apreciar cuando has sido capaz de corregir con elegancia tu escrito y volverlo digno de ser puesto al acceso de los lectores.
Al final también, hay una retribución más personal. Puede que estés luchando aún por conseguir la atención de agentes o editoriales. Puede que tu novela todavía no esté lo suficientemente pulida o todavía no has conseguido llevarla al nivel que deseas. Pero verás tu nombre impreso en una producción literaria cuya calidad ya has probado y saboreado. Y si ya eres un veterano en las lides literarias, también te congratularás, pues querrás compartir esos instantes de amigabilidad con los otros autores, todos reunidos en un estupendo encuentro social. :)
Al mismo tiempo, recibí noticias de otra antología en la que estoy participando con otros cinco autores de mi país -y de la cual podré dar más noticias- y que pronto verá la luz también. El cuento con el cual estoy luchando -casi a muerte- es precisamente para una tercera antología que un grupo de autores de Sedice está armando justo ahora.
¿Y todo para qué? Pues... las perspectivas comerciales de las colecciones de relatos, en particular si son de autores varios, no son alentadoras. Muchos nos han advertido que este tipo de producciones no suelen venderse bien, pues los compradores normalmente se identifican con un autor y un estilo y no con varios al mismo tiempo, en particular si entre los nombres desplegados están los de autores noveles o desconocidos. He sabido eso y los demás autores también son conscientes de ese hecho. Sin embargo, seguimos participando con nuestros trabajos para integrar selecciones y también seguimos emprendiendo proyectos en conjunto.
¿Por qué?
Yo supongo que nuestro instinto gregario, tan bien asentado en nuestra especie, nos impele a la reunión social y a los deseos de cooperación mutua. Nos agrada compartir espacio con otros como nosotros, que temen como nosotros, que sueñan como nosotros y que trabajan como nosotros en la misma pasión, en el mismo arte. Y si además los conocemos, nos alegra compartir ese espacio con un amigo.
Y con respecto a las antologías que nosotros mismos formamos -es decir, que no son el producto de la selección de un jurado, sino del esfuerzo conjunto de los mismos autores-, se añaden otras sensaciones. No ganaremos un centavo, pero ¡qué agradable es la experiencia! Si tomamos en cuenta que la profesión literaria suele ser una ocupación solitaria -eres tú con tu libro, o sea, tú contigo mismo-, no es de extrañar que aprovechemos esos preciosos momentos en que podemos compartir nuestra pasión con otros iguales a nosotros, quienes están tan ansiosos como nosotros de ser leídos, comentados y hasta criticados. Durante estos procesos los autores nos brindamos un apoyo especial: son colegas que te comprenden, que conocen bien las dudas y los temores por los cuales atraviesas a menudo, que se identifican con tus malos momentos creativos y que saben apreciar cuando has sido capaz de corregir con elegancia tu escrito y volverlo digno de ser puesto al acceso de los lectores.
Al final también, hay una retribución más personal. Puede que estés luchando aún por conseguir la atención de agentes o editoriales. Puede que tu novela todavía no esté lo suficientemente pulida o todavía no has conseguido llevarla al nivel que deseas. Pero verás tu nombre impreso en una producción literaria cuya calidad ya has probado y saboreado. Y si ya eres un veterano en las lides literarias, también te congratularás, pues querrás compartir esos instantes de amigabilidad con los otros autores, todos reunidos en un estupendo encuentro social. :)
27 de septiembre de 2009
Enfocar nuestras energías
El otro día leí una entrevista muy interesante que hizo Teo Palacios al escritor Leonardo Ropero en su blog Fantástica Literatura. De entre lo que Ropero narró sobre sus experiencias, era notable la reafirmación del trabajo duro, de la persistencia en la consecución de nuestros sueños (en este caso la escritura profesional) y el cuidado que se debe tener con los originales que mostramos a agentes o editores. Lo dicho no era nuevo -aunque siempre es bueno recordarlo-, pero lo que dijo después me agradó mucho y me hizo pensar: "[...]centrar nuestros esfuerzos en la publicación, en lugar de en el hecho de escribir, puede acabar siendo contraproducente."
Prácticamente todo escritor novel se angustia por el difícil proceso de la publicación. Empezando porque no se tienen atestados, un curriculum, que pueda impresionar a un editor. Éstos, por otro lado pertenecen a una "especie" minoritaria, muy influida por su deseo de éxito comercial -lógico, pues si no la editorial se cae- y rodeados de una cantidad enorme de ansiosos autores en espera de una oportunidad. Dado el caso, es natural que los escritores noveles deseen consejos e informes sobre cómo publicar, se depriman con los rechazos y reciban constantes recomendaciones de no ceder en su empeño.
Pero entre todos los artículos que aconsejan "cómo publicar", nadie se refiere al disfrute de la escritura. Naturalmente, comienzan con el consejo principal: Termina tu libro. Hazlo bien. Luego, se concentran en los pasos para encontrar un agente adecuado o un editor y todo lo que conlleva este proceso. Queda atrás la hechura del libro en pro de la angustia de la comercialización.
No tiene nada de malo desear verse publicado, por supuesto. Es lo lógico, si queremos hacer de la escritura nuestra meta profesional. Sin embargo, pienso que la observación de Ropero es oportuna. ¿De qué sirven tantos consejos, tantos esfuerzos y tantas estrategias si hemos olvidado el disfrute de nuestro arte y nos abocamos a intentar satisfacer lo que nosotros creemos ha de satisfacer a los reyes de la industria o incluso al lector? ¿No estamos perdiendo el enfoque?
En un documental muy interesante que vi sobre la historia de Pixar, pude darme cuenta de que no es nuevo que el novato se deje influir por los demás al punto de perder el enfoque. Cuando Disney había aceptado distribuir la primera película que Pixar habría de producir, solicitó una historia con determinadas características. Varios de sus ejecutivos y algunos de miembros del personal principal de Pixar destilaron entonces sus ideas de cómo debía ser la primera película animada para captar la atención del público y recuperar la inversión -ingente- que supondría. John Lasseter, por entonces el animador y director del proyecto en ciernes, escuchó todo de todos y confeccionó un primer esbozo de la historia, con la grabación de los personajes y demás. Presentó su proyecto a Disney y... fue un fracaso. Roy Disney declaró entonces que aquella película sería un desastre, a nadie gustó, y el gran emporio detuvo el proyecto. Lasseter no sabía qué había ocurrido, pero un buen amigo suyo le dijo:"Te has concentrado tanto intentando complacer a los demás, que olvidaste lo que tú querías". Y no pudo hacerle mejor observación. Lasseter desechó lo que había confeccionado y se dedicó a trabajar en la historia que él había imaginado, como él la deseaba y como él la disfrutaba. El resultado fue uno de los mayores éxitos en la historia del cine (Toy Story) y el inicio de un camino sembrado de éxitos.
Pienso, entonces, que es con esa clase de anécdotas con las cuales la observación de Ropero resulta atinada. Disfrutar primero, vivir la historia como uno la desea, la proyecta, la imagina, y concluirla. No preocuparse de momento de si podré publicarla o no, o si le gustará al editor o no. Primero ha de gustarme a mí, convencerme a mí, hacerme feliz a mí (aunque sea una historia triste, ojo). Luego, cuando ya la he terminado, regreso a ella para revisar, pulir, revisar de nuevo, acabar con elegancia. Que quede un original digno de ser leído por cualquiera, sin que haya manchas odiosas, como las faltas ortográficas o gramaticales, y sin que haya cortes abruptos o inverosimilitudes.
Al concluir el proceso de revisión habrá llegado, sí, el momento de preocuparse por el destino ulterior de nuestro tesoro. Pero tendremos la satisfacción de que lo habremos disfrutado en serio y con pasión. Seremos artistas y seremos, por tanto, escritores. ;)
Prácticamente todo escritor novel se angustia por el difícil proceso de la publicación. Empezando porque no se tienen atestados, un curriculum, que pueda impresionar a un editor. Éstos, por otro lado pertenecen a una "especie" minoritaria, muy influida por su deseo de éxito comercial -lógico, pues si no la editorial se cae- y rodeados de una cantidad enorme de ansiosos autores en espera de una oportunidad. Dado el caso, es natural que los escritores noveles deseen consejos e informes sobre cómo publicar, se depriman con los rechazos y reciban constantes recomendaciones de no ceder en su empeño.
Pero entre todos los artículos que aconsejan "cómo publicar", nadie se refiere al disfrute de la escritura. Naturalmente, comienzan con el consejo principal: Termina tu libro. Hazlo bien. Luego, se concentran en los pasos para encontrar un agente adecuado o un editor y todo lo que conlleva este proceso. Queda atrás la hechura del libro en pro de la angustia de la comercialización.
No tiene nada de malo desear verse publicado, por supuesto. Es lo lógico, si queremos hacer de la escritura nuestra meta profesional. Sin embargo, pienso que la observación de Ropero es oportuna. ¿De qué sirven tantos consejos, tantos esfuerzos y tantas estrategias si hemos olvidado el disfrute de nuestro arte y nos abocamos a intentar satisfacer lo que nosotros creemos ha de satisfacer a los reyes de la industria o incluso al lector? ¿No estamos perdiendo el enfoque?
En un documental muy interesante que vi sobre la historia de Pixar, pude darme cuenta de que no es nuevo que el novato se deje influir por los demás al punto de perder el enfoque. Cuando Disney había aceptado distribuir la primera película que Pixar habría de producir, solicitó una historia con determinadas características. Varios de sus ejecutivos y algunos de miembros del personal principal de Pixar destilaron entonces sus ideas de cómo debía ser la primera película animada para captar la atención del público y recuperar la inversión -ingente- que supondría. John Lasseter, por entonces el animador y director del proyecto en ciernes, escuchó todo de todos y confeccionó un primer esbozo de la historia, con la grabación de los personajes y demás. Presentó su proyecto a Disney y... fue un fracaso. Roy Disney declaró entonces que aquella película sería un desastre, a nadie gustó, y el gran emporio detuvo el proyecto. Lasseter no sabía qué había ocurrido, pero un buen amigo suyo le dijo:"Te has concentrado tanto intentando complacer a los demás, que olvidaste lo que tú querías". Y no pudo hacerle mejor observación. Lasseter desechó lo que había confeccionado y se dedicó a trabajar en la historia que él había imaginado, como él la deseaba y como él la disfrutaba. El resultado fue uno de los mayores éxitos en la historia del cine (Toy Story) y el inicio de un camino sembrado de éxitos.
Pienso, entonces, que es con esa clase de anécdotas con las cuales la observación de Ropero resulta atinada. Disfrutar primero, vivir la historia como uno la desea, la proyecta, la imagina, y concluirla. No preocuparse de momento de si podré publicarla o no, o si le gustará al editor o no. Primero ha de gustarme a mí, convencerme a mí, hacerme feliz a mí (aunque sea una historia triste, ojo). Luego, cuando ya la he terminado, regreso a ella para revisar, pulir, revisar de nuevo, acabar con elegancia. Que quede un original digno de ser leído por cualquiera, sin que haya manchas odiosas, como las faltas ortográficas o gramaticales, y sin que haya cortes abruptos o inverosimilitudes.
Al concluir el proceso de revisión habrá llegado, sí, el momento de preocuparse por el destino ulterior de nuestro tesoro. Pero tendremos la satisfacción de que lo habremos disfrutado en serio y con pasión. Seremos artistas y seremos, por tanto, escritores. ;)
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