Es asombroso cómo las redes sociales desnudan ideas y sentimientos de toda índole que aún se encuentran muy arraigados en el corazón humano. Por supuesto que mucho de eso descansa en el terreno de la superficialidad y la mayoría de los mensajes que alguien escribe en Twitter o en Facebook son de tipo personal e inocuo, pero aún esos revelan mucho de nosotros como sociedad y revelan muchos de nuestros persistentes prejuicios.
El otro día leí una entrada de la escritora Virginia Pérez de la Puente en su blog Desde la Nieve, que hablaba sobre el prejuicio que aún se encuentra muy, muy arraigado en la gente: de que los libros de las autoras son "literatura femenina" y, por tanto, "no interesan a los hombres" y por supuesto, "no son buena literatura". Aparte de que la entrada es muy divertida, como suele suceder con Virginia, en general dice muchas cosas ciertas y apunta a un sentimiento casi de impotencia que nos envuelve a nosotras como autoras y es la continua creencia, realmente presente, de que si escribimos "como mujeres" y ponemos a mujeres como protagonistas de nuestras historias, automáticamente debemos ser dejadas de lado como Literatura.
Y viendo los mensajes que aparecen continuamente en Facebook, por ejemplo, tuve que llegar a la triste conclusión de que no solo los hombres mantienen la idea de una "literatura femenina" que debe ser mirada de medio menos, sino ¡las mujeres también!
Pero entonces, ¿qué es literatura femenina? En principio, se supone que es la literatura escrita por mujeres. Hasta ahí, no parece que sea discriminatorio. Sin embargo, nadie habla de literatura masculina, lo que haría suponer que toda literatura por defecto es escrita por hombres y solo se destaca con el adjetivo "femenina" si es una mujer (¡oh, extrañeza!) la que ha escrito. Pues sí, entonces, es discriminatorio.
Pero bueno. Literatura femenina es la que escriben las mujeres.
¿Tiene alguna otra característica? Sí, que aborda "temas femeninos". ¿Y qué son los "temas femeninos"? Pues, "obvio", ¿no?: romance, sentimientos, búsqueda del hombre ideal, suspiros, etc. O sea, "tonterías". Una variante más "digna", pero vista con resentimiento (y hasta odio) por parte de los hombres es la literatura "feminista", o sea, la que involucra reivindicación, denuncia, mujeres fuertes vs. hombres débiles, sojuzgamiento del hombre y otras varias lindezas, que son las que se le ocurren a cualquier hijo de vecino cuando oye el término. O sea, una situación nada halagüeña, en realidad.
Pero así están las cosas. Normalmente, nos quedamos con esas etiquetas y vemos que las autoras más concienzudas se apresuran a rechazar cualquier ligamen con la literatura "femenina" o "feminista" y a declarar que su máxima aspiración es que nadie sospeche de su sexo cuando las lee. O sea, que no "se sepa" que escribe "una mujer", ¡por favor, no!
Por supuesto, supongo que a estas alturas cualquiera que me lea habrá adivinado que considero lo anterior como ridículo o errado. Pues sí. Primero porque no está bien. Y segundo porque no es realista.
¿Cómo?
Pues eso. No está bien. No debería tener que esconder mi sexo para que mis textos fueran leídos. Ni es realista que alguien espere que lo haga.
¿Por qué?
Primero, los textos escritos no tienen sexo. Ni género. Son textos. Son historias donde intervienen hombres y mujeres distintos, personajes distintos, que no necesariamente piensan como yo, son como yo o sienten como yo. Puedo escribir en nombre de un niño o una niña, en nombre de un homosexual o de un gurú de la India, de una monja o de una sacerdotisa de un culto satánico, de un villano o de una santa, etc. Los textos ficticios son la ventana a un mundo poblado de toda suerte de seres distintos, enredados en hilos narrativos propios. Ni aún los que están escritos en primera persona. De hecho, una de las virtudes de un buen autor es su capacidad para crear personas que parecen reales aunque todos los lectores saben perfectamente que no existen.
Sin embargo, los textos no se escriben solos. Alguien los ha escrito. Y ese alguien necesariamente tiene una historia personal, un conjunto de creencias y valores y pertenece a uno o a otro sexo. Incluso los transexuales y los hermafroditas tienen una identidad sexual: la del tránsito o la de la combinación. Pero está. Y en atención a esa historia personal y a esa identidad, la persona escribirá de una forma o de otra.
De esta manera, alguien muy creyente escribirá de cierta forma y tocará ciertos temas de manera distinta a alguien muy ateo. Otro alguien que ha tenido una experiencia vital en un pueblito de montaña tenderá a escoger temáticas y formas de escribir distintas a alguien que ha vivido en medios urbanos desde niño. Y así. De una u otra forma, nuestra historia personal se cuela en nuestro estilo y en nuestras opciones, y es lo que diferenciará en realidad a un autor de otro autor. Si no fuera así, todos los textos serían iguales, como clones. No tendríamos el universo enriquecido de experiencias textuales que es la Literatura Universal.
Por eso no está bien que se le exija a un autor que esconda su identidad. Tampoco es realista. No podrá. Y si logra esconderla al punto de que es indiferenciable de otro autor cualquiera, habrá perdido, no ganado. Su estilo se habrá esfumado, su texto podría ser escrito por cualquiera.
Así las cosas, si no es realista ni está bien exigirle a un autor que esconda su identidad, ¿por qué se la pasa todo el mundo exigiéndole a las mujeres que escondan su "sexo" cuando escriben "si es que quieren ser tomadas en serio"? Por puro y simple sexismo.
Y ahí volvemos al prejuicio. Una mujer que escriba "como una mujer" y aborde temas supuestamente femeninos es una autora de segunda categoría per se. Es literatura despreciable, "de entretenimiento". Una mujer que se precie de ser intelectual y de escribir Literatura, no revela su sexo, no aborda temas "femeninos" (ni feministas, ojo), no se "revela".
Pues eso es llanamente un burdo prejuicio.
Primero, ¿cuáles son los temas "femeninos"? ¿Acaso los hombres son personas robóticas, sin sentimientos ni capacidad de amar o de sufrir, no se angustian porque no encuentran a alguien que los ame y se preocupe por ellos, no se sienten miserables cuando sus hijos no los comprenden o los decepcionan? ¿Acaso los hombres no tienen familia? ¿No aman a su familia? ¿No la resienten? ¿Por qué no puede un hombre identificarse con un problema de familia? ¡Miles de hombres han escrito libros así! Ah, pero como los escribieron hombres, entonces ¡son literatura! Por favor, es la misma cosa. Hay grandes historias de amor, de auténtica literatura romántica, escrita por hombres y por mujeres, con mujeres como protagonistas, que están llenas de riqueza conceptual y formas maravillosas, que se encuentran en los anales de la Literatura.
¿Que es que la "literatura femenina" (entiéndase "romántica") es mala porque ahí están las pruebas, en las estanterías? Me dirán: mira Crepúsculo, o Las Cincuenta Sombras de Grey, o algunas por el estilo. ¡Es literatura vacía!
Es verdad que mucha de la literatura romántica que se escribe es vacía. Repite estereotipos, cuenta historias insulsas, está llena de suspiros y esas cosas. Pero si una mujer es protagonista de una historia sentimental vacía, no es mala porque sea literatura "femenina", es porque es literatura vacía, simplemente. Gran parte de la literatura de ciencia ficción del "pulp" y de la primera mitad del siglo XX es literatura basura porque lo es. Tiene los mismos defectos que esta literatura "romántica" de paquete: personajes estereotipados, historias inverosímiles o mal construidas, no suspiros pero sí alaridos, etc. Literatura escrita "para hombres" igual de pésima. Pero su defecto no es haber sido escrita por hombres para hombres. Es que es mala. De la misma época podemos extraer monumentos literarios maravillosos, encuadrados dentro del mismo género, que son buenos porque lo son: por su belleza formal, su riqueza conceptual, su riqueza de personajes, etc.
Concluyamos. Si usted, despreocupado lector, se echa para atrás porque una historia ha sido escrita por una mujer y tiene una mujer como protagonista, no tiene escapatoria: se deja gobernar por el prejuicio. Y punto. Si usted, despreocupada lectora, compra un libro escrito por una mujer, con una protagonista en su cubierta y espera encontrar una historia sentimental, no tiene escapatoria: se deja gobernar por el prejuicio. Y punto.
Seamos honestos. Cada vez que se hace una lista de libros favoritos y se descalifican los escritos por autoras, aunque no los hayamos leído, por ser literatura "femenina" (o incluso "feminista"), se deja al prejuicio ser gobernante de nuestras acciones. Cada vez que se descalifica una historia a priori, solo porque es sentimental, se deja al prejuicio gobernar nuestras acciones.
Todos podemos tener preferencias y autores favoritos. Todos podemos caer en las garras de las historias fáciles y vacías de vez en cuando porque nos gusta entretenernos sin consecuencia. Todos podemos querer tener acceso a las grandes obras y enriquecernos con ellas. Pero no dejemos que los prejuicios sigan gobernando nuestras decisiones ni pensando que una autora tiene la obligación de esconderse o de usar protagonistas hombres o de abordar temas "no femeninos". Podríamos, en ese caso, estar echando por la borda la oportunidad de conocer una nueva obra estupenda que enriquezca nuestras vidas para nuestro beneficio.
5 de julio de 2013
30 de junio de 2013
Un agradable premio
Tanto Josué como Begoña respondieron preguntas distintas, pero como Josué dejó abierta la posibilidad de plantear preguntas diferentes a las que él respondió mientras que Begoña sí dejó una lista determinada, me dispongo a responder las que ella dejó:
1 ¿Qué valoras más del mundo de Internet?
La posibilidad de encontrar información sobre casi cualquier tema y la de conocer gente interesante y reencontrarme con gente que conocía.
2 ¿Qué defectos le encuentras?
Que cualquiera puede subir cualquier material, sin necesidad de sustentarlo, y que este sea tomado como si fuese verdadero sin mayor análisis.
3 ¿Qué temas te interesan más?
Los de literatura, los de arte, los de ciencia, economía, ambiente... ¡úf! La lista es inmensa.
4 ¿Por qué decidiste abrir un blog?
Para expresar fácilmente lo que pienso.
5 ¿Cuando lo actualizas?
Cuando puedo. =(
6 ¿ En algún momento te planteaste cerrarlo?
No.
7 ¿Qué te impulsa a seguir escribiendo en él?
A que todavía tengo muchas cosas que comentar...
8 ¿Crees que un blog es...?
Un refugio personal para expresar ideas propias o comentar las ajenas.
9 ¿ Qué proyectos de futuro esperas incluir en él?
Pues... los míos, todos literarios, en especial.
10 ¿Sientes que tú lo escribes o que se va escribiendo solo?
Naah... yo lo escribo.
11 ¿Qué te gustaría que los demás encontrasen al entrar en él?
Puntos de partida para una reflexión.
Mis nominados son:
1. Víctor J. Sanz: Me parece un sitio con entradas muy interesantes que reflexionan sobre el actuar del escritor y los desafíos que enfrenta.
2. Editar en voz alta: Bitácora personal de una editora de literatura infantil y juvenil que deja reflexiones muy interesantes desde el punto de vista del otro lado de la mesa, o sea, del editor.
3. A Hemingway le negaron veintisiete: Interesante blog del escritor Blas Malo, que reflexiona también sobre la labor del autor creativo de nuestros días, desde su perspectiva personal y profesional.
4. Teo Palacios: Sitio personal del autor Teo Palacios, donde incluye interesantes entradas que reflexionan sobre el difícil mundo de la publicación en nuestros días.
5. La Vieja Raza: Blog personal del escritor Alejandro Guardiola sobre la actividad del mundo del entretenimiento y la literatura. Refrescante.
6. Rescepto Indablog: Uno de los blogs de crítica literaria más interesantes que he seguido durante años, del escritor Sergio Mars.
7. Desde la nieve: Divertidísimo blog de la escritora Virginia Pérez de la Puente que trata sobre todo temas de literatura y del mundo de las editoriales, pero que aborda también otros muchos temas de reflexión general.
8. El más violento paraíso: Blog del escritor costarricense Alexánder Obando, que plantea reflexiones sobre sus lecturas y su visión de la literatura en general, más que interesantes.
9. La Casa de Asterión: Blog del costarricense Gustavo Solórzano Alfaro que reflexiona en tono al mundo literario y del entretenimiento con su particular punto de vista.
10. La Huella del Ojo: Blog del crítico de cine William Venegas que ofrece una mirada implacable sobre el séptimo arte de nuestro tiempo.
11. Libros y Mitos: Blog de la lectora Ángeles Pavía Mañes que explora sus lecturas y su afición por el pasado para dejar interesantes reflexiones y análisis.
A continuación, les dejo a mis nominados la "tarea" de: 1- Nombrar once blogs que recomienden y decir por qué; 2- otorgarles el premio; y 3- responder más o menos las preguntas que Josué respondió, o sea, estas:
1. ¿Qué inspiró el nombre de tu blog/sitio?
2. ¿Qué te llevó a introducirte en el mundo de Internet como voz activa?
3. ¿Qué te ha aportado? ¿Algo bueno, o quizás alguna mala experiencia?
4. ¿Qué opina tu círculo de tu actividad como bloguero?
5. ¿A día de hoy la gente se interesa por la lectura? ¿Qué sugerirías para espolear su interés?
6. ¿Cuál ha sido el último libro que has leído? ¿Qué te ha parecido?
7. Un libro que odies ¿Por qué?
8. ¿Cuáles son los libros de tu infancia?
9. ¿Cuál es el momento idóneo para leer un buen libro?
10. ¿Qué piensas de los precios de los libros a día de hoy?
11. Una adaptación a la gran pantalla que haya superado al libro.
Lógicamente, no es una obligación continuar con esta cadena. =)
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Cultura y sociedad,
Vida de escritor
15 de junio de 2013
Leer y leer por placer
Hace poco, un informe de PISA (Programme for International Student Assesment o "Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes") reveló un dato en sí mismo perturbador pero nada sorprendente: la calidad de la comprensión de lectura de los estudiantes ticos está en un desolador bajo nivel, pues apenas tienen un dominio básico de lectura (nivel 2), mientras que la mayoría de los chicos de los países desarrollados de la OCDE (Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo o también OECD, Organisation for Economic Cooperation and Development) se sitúan en el nivel 3 o en niveles superiores. O sea, no solo saben identificar información en un texto escrito, sino también pueden desarrollar un informe crítico al respecto, logro muy lejano para la mayoría de nuestros jóvenes.
Pese a este resultado, y como gran noticia, el Ministerio de Educación Pública (MEP) acaba de informarnos con bombos y platillos que de ahora en adelante los niños de 7 años, es decir, los que asisten a primer grado de primaria, no tendrán la obligación de saber leer para aprobar su grado y que podrán tomar todo el año siguiente (segundo grado) para alcanzar ese objetivo. (Claro, considerando que nuestros niños son quienes más repiten primer grado en la región...) Además de esa gracia, el mismo ministro expone que que los niños deben ser "expuestos" a la literatura "sin tantas teorías literarias", sino de manera más natural, como se sitúa cualquier hijo de vecino frente al arte, pues, después de todo, la literatura "es un arte".
Leyendo ambas notas no me terminaban de cuadrar las cosas. Si una evaluación tan prestigiosa y precisa como es la de PISA nos está diciendo que nuestros alumnos de secundaria apenas saben leer, ¿cómo es posible que el Ministro de Educación mismo esté proponiendo un retraso en la adquisición de la capacidad lectora de los niños? ¿No está viendo que no están aprendiendo nada?
Se sabe desde hace tiempo que la mayoría de los expertos consideran los 6 años como la edad ideal para aprender a leer. Se puede aprender a leer antes, desde los 4 o 5 años, pero como una eficaz adquisición de la habilidad lectora suele ir acompañada de cierta madurez aconsejable, se estima que si un niño no aprende a los 5 pero lo hace a los 6, "no habrá perdido el tiempo". Seis años, ojo.
Seis años.
Por experiencia propia sé que a uno la curiosidad lo puede impulsar desde mucho antes. Y con solo dar rienda suelta a esa curiosidad uno puede aprender a leer con mucho gusto y sin presiones. Claro que se necesita una guía adecuada. Aprenden a leer por sí mismos solo unos cuantos obsesionados, los demás aprenden cuando se les guía. Pero pueden divertirse de la misma forma.
¿Por qué esperar hasta que cumplan 8? ¿Por qué forzar a los niños a atrasarse? Sé que en el preescolar no se permite enseñar lectoescritura, porque se supone que los cerebros infantiles no están preparados. Pero que yo sepa el último grado de preescolar es para niños ¡de seis años!
Bien, supongamos que se llega a primer grado y no se aprende a leer y aún así se pasa uno a segundo. ¿Cómo espera nadie que un niño que no entiende las palabras escritas pueda apreciar el "arte literario" si el "arte literario" está formado por palabras? ¿No entiende el rimbombante señor ministro que el arte pictórico usa la pintura como herramienta de expresión y la literatura el lenguaje? No, parece que no lo entiende.
Para agregar más lodo a este tinglado, los chicos que mejoran su capacidad lectora son quienes mejoran más rápido en su rendimiento escolar general, lo que parece lógico: si pueden comprender un texto escrito, tienen acceso fácil a la información científica y académica. Y, según los informes de PISA, cuanto más gusto por la lectura desarrolla un niño, más capacidad de compresión lectora tiene.
Esto nos permite predecir que si los niños leen por placer, desarrollarán una capacidad profesional de alto nivel al final de sus estudios formales. O sea...
El agua tibia.
No se trata solo de aprender a identificar símbolos lingüísticos escritos y de dotarlos de sentido. Se trata de comprender contextos, de saber interpretarlos y analizarlos, de producir textos propios y de saber disfrutarlos, cuando de placer se trate. El arte literario cumple muy bien este último objetivo, pero para poder acceder a él, hay que aprender a desarrollar comprensión lectora. Hay que saber leer.
Leer por placer no es solo una forma de entretenimiento. Es una afición más que provechosa. Y quienes la practican llevan ventaja sobre los que no. Y en los países donde se estimula hay más prosperidad y cabezas pensantes que en los que no.
Así de simple.
¿Y qué hacen los adultos entretanto? ¿Envían a sus hijos a leer y ellos se sientan a ver televisión donde quizá pasan un programa de concursos o un partido de fútbol o una telenovela de paquete?
Fregados estamos.
Pese a este resultado, y como gran noticia, el Ministerio de Educación Pública (MEP) acaba de informarnos con bombos y platillos que de ahora en adelante los niños de 7 años, es decir, los que asisten a primer grado de primaria, no tendrán la obligación de saber leer para aprobar su grado y que podrán tomar todo el año siguiente (segundo grado) para alcanzar ese objetivo. (Claro, considerando que nuestros niños son quienes más repiten primer grado en la región...) Además de esa gracia, el mismo ministro expone que que los niños deben ser "expuestos" a la literatura "sin tantas teorías literarias", sino de manera más natural, como se sitúa cualquier hijo de vecino frente al arte, pues, después de todo, la literatura "es un arte".
Leyendo ambas notas no me terminaban de cuadrar las cosas. Si una evaluación tan prestigiosa y precisa como es la de PISA nos está diciendo que nuestros alumnos de secundaria apenas saben leer, ¿cómo es posible que el Ministro de Educación mismo esté proponiendo un retraso en la adquisición de la capacidad lectora de los niños? ¿No está viendo que no están aprendiendo nada?
Se sabe desde hace tiempo que la mayoría de los expertos consideran los 6 años como la edad ideal para aprender a leer. Se puede aprender a leer antes, desde los 4 o 5 años, pero como una eficaz adquisición de la habilidad lectora suele ir acompañada de cierta madurez aconsejable, se estima que si un niño no aprende a los 5 pero lo hace a los 6, "no habrá perdido el tiempo". Seis años, ojo.
Seis años.
Por experiencia propia sé que a uno la curiosidad lo puede impulsar desde mucho antes. Y con solo dar rienda suelta a esa curiosidad uno puede aprender a leer con mucho gusto y sin presiones. Claro que se necesita una guía adecuada. Aprenden a leer por sí mismos solo unos cuantos obsesionados, los demás aprenden cuando se les guía. Pero pueden divertirse de la misma forma.
¿Por qué esperar hasta que cumplan 8? ¿Por qué forzar a los niños a atrasarse? Sé que en el preescolar no se permite enseñar lectoescritura, porque se supone que los cerebros infantiles no están preparados. Pero que yo sepa el último grado de preescolar es para niños ¡de seis años!
Bien, supongamos que se llega a primer grado y no se aprende a leer y aún así se pasa uno a segundo. ¿Cómo espera nadie que un niño que no entiende las palabras escritas pueda apreciar el "arte literario" si el "arte literario" está formado por palabras? ¿No entiende el rimbombante señor ministro que el arte pictórico usa la pintura como herramienta de expresión y la literatura el lenguaje? No, parece que no lo entiende.
Para agregar más lodo a este tinglado, los chicos que mejoran su capacidad lectora son quienes mejoran más rápido en su rendimiento escolar general, lo que parece lógico: si pueden comprender un texto escrito, tienen acceso fácil a la información científica y académica. Y, según los informes de PISA, cuanto más gusto por la lectura desarrolla un niño, más capacidad de compresión lectora tiene.
Esto nos permite predecir que si los niños leen por placer, desarrollarán una capacidad profesional de alto nivel al final de sus estudios formales. O sea...
El agua tibia.
No se trata solo de aprender a identificar símbolos lingüísticos escritos y de dotarlos de sentido. Se trata de comprender contextos, de saber interpretarlos y analizarlos, de producir textos propios y de saber disfrutarlos, cuando de placer se trate. El arte literario cumple muy bien este último objetivo, pero para poder acceder a él, hay que aprender a desarrollar comprensión lectora. Hay que saber leer.
Leer por placer no es solo una forma de entretenimiento. Es una afición más que provechosa. Y quienes la practican llevan ventaja sobre los que no. Y en los países donde se estimula hay más prosperidad y cabezas pensantes que en los que no.
Así de simple.
¿Y qué hacen los adultos entretanto? ¿Envían a sus hijos a leer y ellos se sientan a ver televisión donde quizá pasan un programa de concursos o un partido de fútbol o una telenovela de paquete?
Fregados estamos.
22 de mayo de 2013
Intenso
Hace poco encontré y cité un artículo del Writer's Digest llamado "15 Things a writer should never do", donde, entre varias cosas importantes que hace resaltar está el último: "Nunca de verdad te rindas". Estos dos meses que he pasado pueden dar testimonio de esta máxima: nunca había puesto tanto empeño en la reducción sistemática de un texto ya escrito, del que me siento satisfecha y en el que no quería eliminar personajes y ciertas escenas, sin llegar a cambiarlo. Todavía estoy en la empresa. Es dura, es desafiante. Contar lo mismo con muchísimas menos palabras y que quede bien es una tarea titánica. Y sin embargo, no se me ha pasado por la cabeza, ni un solo momento, rendirme.
Les aconsejo leer el artículo. Es refrescante. =)
Les aconsejo leer el artículo. Es refrescante. =)
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Mis obras...,
Taller,
Vida de escritor
20 de marzo de 2013
Hacerlo fácil, hacerlo difícil, escribir mucho, poco... ¿qué hago?
Cuando era niña y quería escribir una historia buscaba un cuaderno limpio (o al que le hubiera quitado las páginas de cosas que ya no me interesaban) y me sentaba con un bolígrafo a contarla. En aquellos días gloriosos lo que menos me inquietaba era si mi historia sería coherente, si estaría bien escrita, si era demasiado larga o demasiado corta, si era verosímil, y, especialmente, si se amoldaba a las necesidades de un mercado exigente. La única que iba a leerla era yo. Bueno, y mi pobre hermana también, que lidiaba con esas presiones de ser la menor y de pasar tanto tiempo junto a mí que jugar conmigo también era leer lo que yo escribía.
Tiempos maravillosos de felicidad inacabable que no volverán. (suspiro)
Hoy en día, de frente al desafío de ser un escritor "profesional", de escribir libros que valgan la pena no solo para mí y mis gustos sino para un amplio espectro de lectores no cercanos, de publicar de manera razonable y de buscar la fineza en mi trabajo, esas consideraciones han tenido que ocupar un plano de importancia. Mi feliz ignorancia quedó en el pasado y hoy tengo que enfrentar esas cuestiones.
Pero en el tránsito por la vida adulta del escritor me he tropezado con toda clase de advertencias y opiniones, por demás contradictorias, que no hacen otra cosa que confundir y llenar de dudas a los autores:
Que el libro no sea muy largo, porque nadie lo leería. Eso, por cuanto la mayoría de los lectores odia los libros largos en la era de Internet y de por sí, nadie lee.
Que el libro no sea muy corto, porque no se vende.
Que el libro no sea muy difícil, porque a nadie le gustan los libros difíciles.
Que no sea muy fácil, porque se vuelve despreciable.
Que esté lleno de párrafos descriptivos y hermosas ambientaciones, porque eso define la literatura.
Que no esté lleno de largos párrafos, porque el lector se cansa rápido y lo deja. No se vende. No se lee.
Que trate temas dramáticos, realistas, contemporáneos para captar la atención del público de hoy. Las fantasías son pura moda y pasan rápido y no capturan al auténtico lector.
Que trate temas sorpresivos, fantásticos, extraños, misteriosos, porque los dramas están fuera de moda, son aburridos, y los lectores de hoy quieren más innovación.
Que sea para niños. Los adultos no leen.
Que sea para adultos. Los niños no leen.
Y la lista de recomendaciones continúa.
Hace poco, por ejemplo, me tropecé con el tema de la extensión. Algunos opinaban que en ciertos medios, por ejemplo el anglosajón, los libros extensos son muy apreciados y vendibles y que por tanto era esperable que hubiera gran cantidad de novelas de 800 páginas, pero que las colecciones de cuentos no se venden ni por casualidad y que es absurdo reunir colecciones de relatos para eso. Esos mismos opinaban que en nuestros países hispanos, en particular en Latinoamérica, es mejor escribir libros cortos, porque no hay muchos lectores y los pocos que hay no resisten más de 200 páginas de una novela, del tema que sea.
Y yo me pregunté: ¿cómo se explica entonces que tantos relatos sean populares en los medios anglosajones y al mismo tiempo que haya tantas novelas de 700 páginas que se vendan como pan caliente en las librerías latinoamericanas? No digo que no haya novelas "gordas" en los medios editoriales angloparlantes y que sea raro ver un libro local de más de 200 páginas en nuestro medio, pero ¿responde a una demanda en particular o a un prejuicio?
En el caso del medio editorial estadounidense, por ejemplo, estas cuestiones se vieron contestadas en un sondeo muy interesante que reveló las tendencias en las preferencias del público lector en ese país durante el año pasado. Entre otras cosas, este sondeo determinó que el promedio de páginas de un best-seller (o sea, un libro que se vende mucho en general, no solo un libro que fue ya fabricado para que se vendiera, ojo) es de 375. Echando un vistazo a la lista de los libros más vendidos según el New York Times durante la semana pasada, en efecto, de los primeros cinco libros, dos tenían unas 330 páginas, y los otros tres 440, 480 y 460.
Este sondeo da a entender que los lectores angloparlantes en general prefieren libros de extensión considerable por sobre libros muy cortos. Se ven pocas colecciones de relatos por comparación con las novelas, pero no han desaparecido, ojo.
Por pura curiosidad, le eché un vistazo a la lista de los libros más vendidos en España el año pasado, y otro vistazo a los más leídos en el último mes en Costa Rica. Ambos son países de habla hispana, donde supuestamente se lee "poco". Uno posee un mercado grande, el otro diminuto. ¿Debería cambiar la tendencia? Sorpresa: no cambia. Los libros más vendidos en ambos países rondan el promedio de las 400 páginas, y no pocos tienen más de 600. En España se incluyen libros nacionales. En Costa Rica, no, ¿quizá (y aquí se desliza por mi parte un pensamiento tendencioso), porque los libros ticos suelen tener menos de 250 páginas...?
En ninguno de los dos países destacan los cuentos, pero tampoco han desaparecido, lo que es un dato. Puede significar que de verdad estamos en tiempos donde la novela es el género más popular.
Otro consejo relativo al "deber" de escribir libros de cierto tipo viene dado por el dogma de que no se le debe hacer difícil la tarea al lector. Hay que escribir fácil, porque si no el lector se aburre y lo deja.
Aquí los datos pueden ser más engañosos, porque muchos de los best-sellers prefabricados suelen ser muy planos, de escritura simple, y parecen hechos precisamente para facilitar el consumo rápido y la adquisición del siguiente producto. ¿Responde a una necesidad real de los lectores o a una premisa del mercado en el que se facilita la producción masiva y su rápida colocación?
Incluso se dan consejos como el de escribir en pequeños párrafos, para facilitar la lectura, como expone este autor aquí de manera tan segura que casi, casi me convence. El problema es que descubrí algunos ejemplos sonados en los que estas premisas "fundamentales" parecen no cumplirse y estoy hablando de libros modernos, de auténticos best-sellers: Harry Potter y Los Pilares de la Tierra.
Harry Potter es el ejemplo más brillante de cómo se puede ir contra los estándares de una industria exigente y ser aún así exitoso. Después de todo, no se ajusta a lo que un libro infantil "debe" ser: es demasiado largo, tiene párrafos descriptivos sucesivos, un lenguaje más elaborado que la media de libros infantiles y no tiene dibujos. Desde todo punto de vista, era un error. Y sin embargo... bueno, no es necesario explicar nada más.
Los Pilares de la Tierra no es un clásico ni es un libro maravilloso. Pero fue escrito por un fabricante en serie de "thrillers" de escasas páginas y mucha acción que se enfrascó en la aparente idea suicida de construir un relato histórico repleto de párrafos descriptivos sobre técnicas de elaboración de catedrales, en una extensión abominable de cientos y cientos de páginas (mi versión en español tiene 1357), sobre eventos cuasi desconocidos para los lectores modernos que "solo" tienen tiempo para la acción del presente y los dramas de crimen, política y romance erótico. ¿Qué sucedió? Pues no lo que sus editores temían. Ha vendido millones de ejemplares, ha sido publicado en decenas de idiomas, sigue estando en las librerías y le abrió espacio a su autor para decantarse por extensos dramas históricos sucesivos que no han dejado de enriquecerlo aún más.
Estos dos casos revelan que los consejos para escritores están bien solo si no se convierten en dogmas opresivos ni restringen la libertad de acción según el medio, la historia y el estilo. La verdad es que los lectores actuales están dispuestos a pagar por un libro que les promete placer en todos los sentidos que les interesan: para quienes buscan enriquecimiento intelectual, para quienes buscan entretenimiento momentáneo, para quienes buscan catarsis, para quienes buscan diversión, para todos. El placer no va en una sola dirección ni se obtiene solo de una manera. Se obtiene de muchas, y el hecho de que las novelas que más se leen suelen rondar extensiones considerables puede indicar que en los días actuales esos lectores quieran asegurarse el mayor número posible de horas de placer.
Por supuesto que el libro debe saber proveer ese placer. ¿Cómo?
Creo que lo elemental es lo más seguro: que esté bien escrito, que cuente algo interesante y que lo haga de la manera propia más auténtica posible. Lo detalles dependerán de múltiples variables y circunstancias personales imposibles de predeterminar.
¿Bien escrito?: el dominio del lenguaje es una condición indispensable del autor, sea del género que sea, sea de la nacionalidad que sea. Es una premisa fundamental de esta disciplina artística. El que no sabe escribir bien es igual al pianista que no sabe encontrar las teclas correctas en su piano o al pintor que no conoce cómo combinar los colores de su paleta.
¿Algo interesante?: primero tiene que interesar al autor mismo, ¿no? No escribir historias dictadas de afuera porque están de moda, sino saber encontrar las historias que te interesan realmente. Si no te interesa, ¿cómo podrías convencer a alguien más que se interese por ella? Ojo: hay muchos intereses en el mundo. Que tu historia no sea interesante para X o Y, no significa que no lo sea para Z.
¿Autenticidad?: el que copia a otros nunca encontrará su propia senda. Desarrollar un estilo propio, una vía propia, y ser consecuente con su pensamiento son quizá de las características que mejor han definido a los buenos y a los grandes artistas del pasado y del presente.
Al final, pienso que si la vida está tan llena de obstáculos y de inconvenientes, al menos uno debería empezar por no ser obstáculo e inconveniente de sí mismo. =)
Tiempos maravillosos de felicidad inacabable que no volverán. (suspiro)
Hoy en día, de frente al desafío de ser un escritor "profesional", de escribir libros que valgan la pena no solo para mí y mis gustos sino para un amplio espectro de lectores no cercanos, de publicar de manera razonable y de buscar la fineza en mi trabajo, esas consideraciones han tenido que ocupar un plano de importancia. Mi feliz ignorancia quedó en el pasado y hoy tengo que enfrentar esas cuestiones.
Pero en el tránsito por la vida adulta del escritor me he tropezado con toda clase de advertencias y opiniones, por demás contradictorias, que no hacen otra cosa que confundir y llenar de dudas a los autores:
Que el libro no sea muy largo, porque nadie lo leería. Eso, por cuanto la mayoría de los lectores odia los libros largos en la era de Internet y de por sí, nadie lee.
Que el libro no sea muy corto, porque no se vende.
Que el libro no sea muy difícil, porque a nadie le gustan los libros difíciles.
Que no sea muy fácil, porque se vuelve despreciable.
Que esté lleno de párrafos descriptivos y hermosas ambientaciones, porque eso define la literatura.
Que no esté lleno de largos párrafos, porque el lector se cansa rápido y lo deja. No se vende. No se lee.
Que trate temas dramáticos, realistas, contemporáneos para captar la atención del público de hoy. Las fantasías son pura moda y pasan rápido y no capturan al auténtico lector.
Que trate temas sorpresivos, fantásticos, extraños, misteriosos, porque los dramas están fuera de moda, son aburridos, y los lectores de hoy quieren más innovación.
Que sea para niños. Los adultos no leen.
Que sea para adultos. Los niños no leen.
Y la lista de recomendaciones continúa.
Hace poco, por ejemplo, me tropecé con el tema de la extensión. Algunos opinaban que en ciertos medios, por ejemplo el anglosajón, los libros extensos son muy apreciados y vendibles y que por tanto era esperable que hubiera gran cantidad de novelas de 800 páginas, pero que las colecciones de cuentos no se venden ni por casualidad y que es absurdo reunir colecciones de relatos para eso. Esos mismos opinaban que en nuestros países hispanos, en particular en Latinoamérica, es mejor escribir libros cortos, porque no hay muchos lectores y los pocos que hay no resisten más de 200 páginas de una novela, del tema que sea.
Y yo me pregunté: ¿cómo se explica entonces que tantos relatos sean populares en los medios anglosajones y al mismo tiempo que haya tantas novelas de 700 páginas que se vendan como pan caliente en las librerías latinoamericanas? No digo que no haya novelas "gordas" en los medios editoriales angloparlantes y que sea raro ver un libro local de más de 200 páginas en nuestro medio, pero ¿responde a una demanda en particular o a un prejuicio?
En el caso del medio editorial estadounidense, por ejemplo, estas cuestiones se vieron contestadas en un sondeo muy interesante que reveló las tendencias en las preferencias del público lector en ese país durante el año pasado. Entre otras cosas, este sondeo determinó que el promedio de páginas de un best-seller (o sea, un libro que se vende mucho en general, no solo un libro que fue ya fabricado para que se vendiera, ojo) es de 375. Echando un vistazo a la lista de los libros más vendidos según el New York Times durante la semana pasada, en efecto, de los primeros cinco libros, dos tenían unas 330 páginas, y los otros tres 440, 480 y 460.
Este sondeo da a entender que los lectores angloparlantes en general prefieren libros de extensión considerable por sobre libros muy cortos. Se ven pocas colecciones de relatos por comparación con las novelas, pero no han desaparecido, ojo.
Por pura curiosidad, le eché un vistazo a la lista de los libros más vendidos en España el año pasado, y otro vistazo a los más leídos en el último mes en Costa Rica. Ambos son países de habla hispana, donde supuestamente se lee "poco". Uno posee un mercado grande, el otro diminuto. ¿Debería cambiar la tendencia? Sorpresa: no cambia. Los libros más vendidos en ambos países rondan el promedio de las 400 páginas, y no pocos tienen más de 600. En España se incluyen libros nacionales. En Costa Rica, no, ¿quizá (y aquí se desliza por mi parte un pensamiento tendencioso), porque los libros ticos suelen tener menos de 250 páginas...?
En ninguno de los dos países destacan los cuentos, pero tampoco han desaparecido, lo que es un dato. Puede significar que de verdad estamos en tiempos donde la novela es el género más popular.
Otro consejo relativo al "deber" de escribir libros de cierto tipo viene dado por el dogma de que no se le debe hacer difícil la tarea al lector. Hay que escribir fácil, porque si no el lector se aburre y lo deja.
Aquí los datos pueden ser más engañosos, porque muchos de los best-sellers prefabricados suelen ser muy planos, de escritura simple, y parecen hechos precisamente para facilitar el consumo rápido y la adquisición del siguiente producto. ¿Responde a una necesidad real de los lectores o a una premisa del mercado en el que se facilita la producción masiva y su rápida colocación?
Incluso se dan consejos como el de escribir en pequeños párrafos, para facilitar la lectura, como expone este autor aquí de manera tan segura que casi, casi me convence. El problema es que descubrí algunos ejemplos sonados en los que estas premisas "fundamentales" parecen no cumplirse y estoy hablando de libros modernos, de auténticos best-sellers: Harry Potter y Los Pilares de la Tierra.
Harry Potter es el ejemplo más brillante de cómo se puede ir contra los estándares de una industria exigente y ser aún así exitoso. Después de todo, no se ajusta a lo que un libro infantil "debe" ser: es demasiado largo, tiene párrafos descriptivos sucesivos, un lenguaje más elaborado que la media de libros infantiles y no tiene dibujos. Desde todo punto de vista, era un error. Y sin embargo... bueno, no es necesario explicar nada más.
Los Pilares de la Tierra no es un clásico ni es un libro maravilloso. Pero fue escrito por un fabricante en serie de "thrillers" de escasas páginas y mucha acción que se enfrascó en la aparente idea suicida de construir un relato histórico repleto de párrafos descriptivos sobre técnicas de elaboración de catedrales, en una extensión abominable de cientos y cientos de páginas (mi versión en español tiene 1357), sobre eventos cuasi desconocidos para los lectores modernos que "solo" tienen tiempo para la acción del presente y los dramas de crimen, política y romance erótico. ¿Qué sucedió? Pues no lo que sus editores temían. Ha vendido millones de ejemplares, ha sido publicado en decenas de idiomas, sigue estando en las librerías y le abrió espacio a su autor para decantarse por extensos dramas históricos sucesivos que no han dejado de enriquecerlo aún más.
Estos dos casos revelan que los consejos para escritores están bien solo si no se convierten en dogmas opresivos ni restringen la libertad de acción según el medio, la historia y el estilo. La verdad es que los lectores actuales están dispuestos a pagar por un libro que les promete placer en todos los sentidos que les interesan: para quienes buscan enriquecimiento intelectual, para quienes buscan entretenimiento momentáneo, para quienes buscan catarsis, para quienes buscan diversión, para todos. El placer no va en una sola dirección ni se obtiene solo de una manera. Se obtiene de muchas, y el hecho de que las novelas que más se leen suelen rondar extensiones considerables puede indicar que en los días actuales esos lectores quieran asegurarse el mayor número posible de horas de placer.
Por supuesto que el libro debe saber proveer ese placer. ¿Cómo?
Creo que lo elemental es lo más seguro: que esté bien escrito, que cuente algo interesante y que lo haga de la manera propia más auténtica posible. Lo detalles dependerán de múltiples variables y circunstancias personales imposibles de predeterminar.
¿Bien escrito?: el dominio del lenguaje es una condición indispensable del autor, sea del género que sea, sea de la nacionalidad que sea. Es una premisa fundamental de esta disciplina artística. El que no sabe escribir bien es igual al pianista que no sabe encontrar las teclas correctas en su piano o al pintor que no conoce cómo combinar los colores de su paleta.
¿Algo interesante?: primero tiene que interesar al autor mismo, ¿no? No escribir historias dictadas de afuera porque están de moda, sino saber encontrar las historias que te interesan realmente. Si no te interesa, ¿cómo podrías convencer a alguien más que se interese por ella? Ojo: hay muchos intereses en el mundo. Que tu historia no sea interesante para X o Y, no significa que no lo sea para Z.
¿Autenticidad?: el que copia a otros nunca encontrará su propia senda. Desarrollar un estilo propio, una vía propia, y ser consecuente con su pensamiento son quizá de las características que mejor han definido a los buenos y a los grandes artistas del pasado y del presente.
Al final, pienso que si la vida está tan llena de obstáculos y de inconvenientes, al menos uno debería empezar por no ser obstáculo e inconveniente de sí mismo. =)
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26 de febrero de 2013
Lógica, ¿con qué se come?
"¡Lógica!- dijo el profesor en parte para sí mismo- ¿Por qué no enseñan lógica en las escuelas de hoy en día? Existen solo tres posibilidades. O bien vuestra hermana miente, o está loca o dice la verdad. Sabéis que no miente y resulta evidente que no está loca. Por el momento, pues, y a no ser que aparezcan más pruebas, debemos dar por sentado que dice la verdad." (Lewis. El león, la bruja y el ropero. Las Crónicas de Narnia. Ed. Planeta, Barcelona, 2005, pág. 62).
Parece un razonamiento limpio, ¿no es cierto? Cuando Lucy, uno de los personajes infantiles del primer tomo de la saga de Narnia, cuenta a sus hermanos que ha traspasado un ropero y se ha encontrado con un mundo mágico, la reacción que ellos tienen es de incredulidad. ¿Cómo puede ser posible que esté diciendo algo real? ¡Tiene que estar mintiendo o se ha de haber vuelto loca! Pero como dudan de sí mismos, acuden al profesor, el anfitrión de la casa donde los niños residen durante la guerra, y le exponen sus dudas. El profesor, para analizar la situación, acude a un razonamiento lógico: primero, ¿es Lucy conocida por ser alguien que miente con regularidad? No, contestan los niños. ¿Muestra Lucy trazas de haber perdido la cordura? No, eso es evidente. Sigue siendo la misma Lucy y habla sin trazas de locura o extravío. Entonces, si no miente, y si no está loca, necesariamente debemos suponer que dice la verdad, lo que causa conmoción en su público.
Por supuesto, nosotros los lectores sabemos que está diciendo la verdad, sin más ni más, pero lo que importa aquí no es que la diga o no, pues dentro del contexto de la historia, se espera que lo haga, sino la observación que hace el profesor sobre la enseñanza de la lógica en las escuelas. Y es que los hermanos de Lucy entran en frenética angustia precisamente porque no razonan con lógica, sino que se dejan llevar de buenas a primeras con lo primero que les llega a sus cabezas: ¿cómo es posible que lo que ella dice sea cierto? Su incredulidad es comprensible, pero sus conclusiones no son lógicas.
¿Es importante la lógica? Alguien me diría que está muy bien en un cuento fantástico donde Narnia es una realidad y era preciso que Lucy fuera creída. Sin embargo, su respuesta es irrelevante. ¿Por qué? Porque no es lógica.
¿Qué es después de todo la lógica?
En términos generales, la lógica es tenida como una ciencia formal, que estudia los principios de la demostración y de la inferencia válida, donde lo que importa es la validez de los argumentos en cuanto a su planteamiento estructural, independientemente de su contenido específico. Nació como parte de la filosofía griega, en el siglo V a. C. y lo que buscaba era el orden en el discurso que asegurara la validez de los argumentos, cualesquiera fueran estos. Durante los siglos que siguieron se unió al razonamiento matemático y de dicha unión surgió lo que se conoce como lógica matemática.
En esta medida, lo que importa entonces no es si Narnia existe o no existe, si es un cuento fantástico o no lo es, sino que dentro del contexto donde Narnia es una realidad, los argumentos para creerle a Lucy deben ser válidos, consistentes, lógicos. ¿Vale para el mundo real? Sí, claro, y de hecho, una de las graves fallas de nuestro sistema educativo, de nuestra costumbre de argumentar y desechar los argumentos de otros, es la falta de orden en el discurso que proviene de una falta grave de orden en las ideas. No hablamos con lógica porque no solemos razonar con lógica. Nuestras ideas pueden ser muy buenas, pero si no están ordenadas pueden entrar en una grave contradicción que quizá no veamos por la falta de estructura. Y esas contradicciones pueden llevarnos, y de hecho nos llevan a menudos, a conclusiones erróneas.
La lógica formal tradicional se enfoca en la estructura del discurso sin prestar atención al contenido. Pero, inevitablemente, cuando introducimos el contenido, si hemos respetado la estructura del discurso, descubriremos que termina por afectar las ideas. Y eso es realmente importante.
Volvamos al inicio. ¿Por qué es importante saber si Lucy dice la verdad? Porque dentro del contexto de la historia, era esencial para la niña que sus hermanos creyeran lo que estaba viviendo y porque si no le creían, podía sufrir malas consecuencias genuinas para ella y para su otro hermano, Edmund. ¿Por qué es importante la lógica en nuestro mundo y en nuestro contexto? Porque debemos asegurarnos de que llegamos a argumentos válidos para estimar o desestimar una idea, una acción o una reacción. Porque debemos asegurarnos de que resolvemos un problema en vez de hacerlo más grave. Porque debemos asegurarnos de que en nuestra vida diaria tomamos decisiones a partir de razonamientos válidos y no a partir de suposiciones falsas, presunciones inciertas o prejuicios. Porque en la aplicación de la lógica volvemos la vida más simple, sin desdeñar sus naturales complejidades, y podemos enfocarnos en lo que realmente importa y descartar lo accesorio, lo banal, lo estorboso.
¿Tan importante es?
Hace unos días, Emilia Fallas planteó en una interesante nota en Facebook su preocupación por el descuido que en general se tiene de la literatura en Costa Rica, y por ende, de otras muchas ramas del saber intelectual y artístico. Los niños no aprenden a leer como se debe, los adolescentes no desarrollan ningún gusto por la lectura, y los adultos se comportan en general con indiferencia ante lo intelectual y lo cultural, con grave consecuencia para el ambiente social y cultural del país. En resumen, que un país no lea solo puede traer malas consecuencias: adultos no pensantes. Y adultos no pensantes eligen malos gobernantes, pésimos representantes y prestan atención a noticias amarillistas. Sí, todos sabemos lo que eso significa.
Volviendo a la nota de Emilia y ahondando en su discurso, es fácil advertir que su preocupación no se relacionaba con "no saber leer" como acto formal, pues más del 90 o incluso 95% de la población está alfabetizada, sino con "no saber leer" con profundidad. En otras palabras, los lectores adultos siguen comportándose, en relación con la literatura, como si fuesen niños de preescolar, pues no se muestran exigentes, no comprenden historias complejas y no se interesan por profundizar lo que leen.
Apartándome del hecho de que tal situación en realidad no es nueva, ni aquí ni en muchos países, y de que Emilia afirma muchos hechos ciertos y lamentables, sí me llamó la atención un comentario en particular: Además, el MEP ha invertido millones (calculando salarios, costos administrativos, tiempo de docentes, pago de consultores, etc) durante más de cuatro años en la gran novedad "meterles un proyecto de lógica" en Español, en lugar de abordar realmente el tema y estudio de las competencias que el país debe desarrollar en los muchachos para alcanzar competencias en comunicación oral, escrita y análisis lector [...] La lógica solo es una herramienta ínfima que puede ayudar a percibir relaciones del discurso, pero JAMÁS ninguna teoría literaria ni lingüística desde siempre en los "siglos de los siglos" de estudio literario puede ser antepuesto (sic) por la lógica..."
Consideremos los hechos. ¿Hay estudios de lógica en nuestras escuelas como asignatura formal?
No.
Sin que haya una asignatura llamada propiamente "lógica", ¿se instruye a los niños en el difícil proceso de saber estructurar discursos e inferir conclusiones válidas a partir de premisas bien formuladas en cualquier materia desde el comienzo de su vida escolar?
No.
¿Se les enseña a los niños algún método para analizar cualquier texto -no solo literario- que siga una estructura formal que asegure la validez de los planteamientos sin incurrir en falacias, falsas premisas y conclusiones apresuradas?
No.
¿Se estimula el debate activo de ideas, el planteamiento de argumentos propios en torno a los temas de estudio, en especial, aquellos relativos a la cultura?
No. Ni en la infancia ni en la adolescencia.
¿Por qué?
No lo sabemos.
¿Repercute negativamente en la educación de los niños el que no sepan pensar de manera ordenada?
Pareciera que sí, puesto que enfrentados a un texto cualquiera no suelen saber qué hacer con él. Tan solo esperan las instrucciones del profesor, que muchas veces sigue algunos lineamientos ya preformados.
¿Es esperable que los niños y los adolescentes, sin estar acostumbrados a razonar de forma ordenada, sean capaces de comprender y aplicar las teorías lingüísticas y literarias más complejas?
No lo parece.
¿Es esperable tan solo que puedan comprender un texto profundo?
Tampoco lo parece.
Dada esta situación, ¿por qué habríamos de despreciar la introducción de la enseñanza de la lógica en nuestras escuelas si se hace tan necesaria?
En realidad, pienso que la enseñanza de la lógica, sin ser nunca una asignatura formal, debería arrancar en el preescolar, donde se les debería enseñar a los niños a entrar en contacto con los libros, a mirar el mundo con ojos de maravilla, a saber expresar sus pensamientos en voz alta y a escuchar los de sus compañeros, que pueden no coincidir con los propios. Sería una gran oportunidad para enseñar a los niños a pensar, a debatir, a respetar las opiniones ajenas, a sostener con dignidad los argumentos propios, y a comprender que los libros no son solo una asignatura aburrida, sino una oportunidad estupenda para disfrutar y a la vez, para comprender la realidad que los rodea a través de las páginas de muchas otras realidades. Tendríamos después adolescentes más conscientes y más interesados, y adultos más pensantes y más críticos.
¿Que estoy soñando? Puede ser, pero ningún daño hace. En verdad creo que aprender a leer comienza por lo básico, y lo básico se relaciona con el pensar. Quizá hoy lo que parece una utopía se haga realidad algún día en nuestras escuelas, y quizá tengamos mejores generaciones de adultos pensantes en el futuro. Entre saber leer, saber pensar y saber tolerar hay una relación más profunda de la que solemos asignarle. =)
Parece un razonamiento limpio, ¿no es cierto? Cuando Lucy, uno de los personajes infantiles del primer tomo de la saga de Narnia, cuenta a sus hermanos que ha traspasado un ropero y se ha encontrado con un mundo mágico, la reacción que ellos tienen es de incredulidad. ¿Cómo puede ser posible que esté diciendo algo real? ¡Tiene que estar mintiendo o se ha de haber vuelto loca! Pero como dudan de sí mismos, acuden al profesor, el anfitrión de la casa donde los niños residen durante la guerra, y le exponen sus dudas. El profesor, para analizar la situación, acude a un razonamiento lógico: primero, ¿es Lucy conocida por ser alguien que miente con regularidad? No, contestan los niños. ¿Muestra Lucy trazas de haber perdido la cordura? No, eso es evidente. Sigue siendo la misma Lucy y habla sin trazas de locura o extravío. Entonces, si no miente, y si no está loca, necesariamente debemos suponer que dice la verdad, lo que causa conmoción en su público.
Por supuesto, nosotros los lectores sabemos que está diciendo la verdad, sin más ni más, pero lo que importa aquí no es que la diga o no, pues dentro del contexto de la historia, se espera que lo haga, sino la observación que hace el profesor sobre la enseñanza de la lógica en las escuelas. Y es que los hermanos de Lucy entran en frenética angustia precisamente porque no razonan con lógica, sino que se dejan llevar de buenas a primeras con lo primero que les llega a sus cabezas: ¿cómo es posible que lo que ella dice sea cierto? Su incredulidad es comprensible, pero sus conclusiones no son lógicas.
¿Es importante la lógica? Alguien me diría que está muy bien en un cuento fantástico donde Narnia es una realidad y era preciso que Lucy fuera creída. Sin embargo, su respuesta es irrelevante. ¿Por qué? Porque no es lógica.
¿Qué es después de todo la lógica?
En términos generales, la lógica es tenida como una ciencia formal, que estudia los principios de la demostración y de la inferencia válida, donde lo que importa es la validez de los argumentos en cuanto a su planteamiento estructural, independientemente de su contenido específico. Nació como parte de la filosofía griega, en el siglo V a. C. y lo que buscaba era el orden en el discurso que asegurara la validez de los argumentos, cualesquiera fueran estos. Durante los siglos que siguieron se unió al razonamiento matemático y de dicha unión surgió lo que se conoce como lógica matemática.
En esta medida, lo que importa entonces no es si Narnia existe o no existe, si es un cuento fantástico o no lo es, sino que dentro del contexto donde Narnia es una realidad, los argumentos para creerle a Lucy deben ser válidos, consistentes, lógicos. ¿Vale para el mundo real? Sí, claro, y de hecho, una de las graves fallas de nuestro sistema educativo, de nuestra costumbre de argumentar y desechar los argumentos de otros, es la falta de orden en el discurso que proviene de una falta grave de orden en las ideas. No hablamos con lógica porque no solemos razonar con lógica. Nuestras ideas pueden ser muy buenas, pero si no están ordenadas pueden entrar en una grave contradicción que quizá no veamos por la falta de estructura. Y esas contradicciones pueden llevarnos, y de hecho nos llevan a menudos, a conclusiones erróneas.
La lógica formal tradicional se enfoca en la estructura del discurso sin prestar atención al contenido. Pero, inevitablemente, cuando introducimos el contenido, si hemos respetado la estructura del discurso, descubriremos que termina por afectar las ideas. Y eso es realmente importante.
Volvamos al inicio. ¿Por qué es importante saber si Lucy dice la verdad? Porque dentro del contexto de la historia, era esencial para la niña que sus hermanos creyeran lo que estaba viviendo y porque si no le creían, podía sufrir malas consecuencias genuinas para ella y para su otro hermano, Edmund. ¿Por qué es importante la lógica en nuestro mundo y en nuestro contexto? Porque debemos asegurarnos de que llegamos a argumentos válidos para estimar o desestimar una idea, una acción o una reacción. Porque debemos asegurarnos de que resolvemos un problema en vez de hacerlo más grave. Porque debemos asegurarnos de que en nuestra vida diaria tomamos decisiones a partir de razonamientos válidos y no a partir de suposiciones falsas, presunciones inciertas o prejuicios. Porque en la aplicación de la lógica volvemos la vida más simple, sin desdeñar sus naturales complejidades, y podemos enfocarnos en lo que realmente importa y descartar lo accesorio, lo banal, lo estorboso.
¿Tan importante es?
Hace unos días, Emilia Fallas planteó en una interesante nota en Facebook su preocupación por el descuido que en general se tiene de la literatura en Costa Rica, y por ende, de otras muchas ramas del saber intelectual y artístico. Los niños no aprenden a leer como se debe, los adolescentes no desarrollan ningún gusto por la lectura, y los adultos se comportan en general con indiferencia ante lo intelectual y lo cultural, con grave consecuencia para el ambiente social y cultural del país. En resumen, que un país no lea solo puede traer malas consecuencias: adultos no pensantes. Y adultos no pensantes eligen malos gobernantes, pésimos representantes y prestan atención a noticias amarillistas. Sí, todos sabemos lo que eso significa.
Volviendo a la nota de Emilia y ahondando en su discurso, es fácil advertir que su preocupación no se relacionaba con "no saber leer" como acto formal, pues más del 90 o incluso 95% de la población está alfabetizada, sino con "no saber leer" con profundidad. En otras palabras, los lectores adultos siguen comportándose, en relación con la literatura, como si fuesen niños de preescolar, pues no se muestran exigentes, no comprenden historias complejas y no se interesan por profundizar lo que leen.
Apartándome del hecho de que tal situación en realidad no es nueva, ni aquí ni en muchos países, y de que Emilia afirma muchos hechos ciertos y lamentables, sí me llamó la atención un comentario en particular: Además, el MEP ha invertido millones (calculando salarios, costos administrativos, tiempo de docentes, pago de consultores, etc) durante más de cuatro años en la gran novedad "meterles un proyecto de lógica" en Español, en lugar de abordar realmente el tema y estudio de las competencias que el país debe desarrollar en los muchachos para alcanzar competencias en comunicación oral, escrita y análisis lector [...] La lógica solo es una herramienta ínfima que puede ayudar a percibir relaciones del discurso, pero JAMÁS ninguna teoría literaria ni lingüística desde siempre en los "siglos de los siglos" de estudio literario puede ser antepuesto (sic) por la lógica..."
Consideremos los hechos. ¿Hay estudios de lógica en nuestras escuelas como asignatura formal?
No.
Sin que haya una asignatura llamada propiamente "lógica", ¿se instruye a los niños en el difícil proceso de saber estructurar discursos e inferir conclusiones válidas a partir de premisas bien formuladas en cualquier materia desde el comienzo de su vida escolar?
No.
¿Se les enseña a los niños algún método para analizar cualquier texto -no solo literario- que siga una estructura formal que asegure la validez de los planteamientos sin incurrir en falacias, falsas premisas y conclusiones apresuradas?
No.
¿Se estimula el debate activo de ideas, el planteamiento de argumentos propios en torno a los temas de estudio, en especial, aquellos relativos a la cultura?
No. Ni en la infancia ni en la adolescencia.
¿Por qué?
No lo sabemos.
¿Repercute negativamente en la educación de los niños el que no sepan pensar de manera ordenada?
Pareciera que sí, puesto que enfrentados a un texto cualquiera no suelen saber qué hacer con él. Tan solo esperan las instrucciones del profesor, que muchas veces sigue algunos lineamientos ya preformados.
¿Es esperable que los niños y los adolescentes, sin estar acostumbrados a razonar de forma ordenada, sean capaces de comprender y aplicar las teorías lingüísticas y literarias más complejas?
No lo parece.
¿Es esperable tan solo que puedan comprender un texto profundo?
Tampoco lo parece.
Dada esta situación, ¿por qué habríamos de despreciar la introducción de la enseñanza de la lógica en nuestras escuelas si se hace tan necesaria?
En realidad, pienso que la enseñanza de la lógica, sin ser nunca una asignatura formal, debería arrancar en el preescolar, donde se les debería enseñar a los niños a entrar en contacto con los libros, a mirar el mundo con ojos de maravilla, a saber expresar sus pensamientos en voz alta y a escuchar los de sus compañeros, que pueden no coincidir con los propios. Sería una gran oportunidad para enseñar a los niños a pensar, a debatir, a respetar las opiniones ajenas, a sostener con dignidad los argumentos propios, y a comprender que los libros no son solo una asignatura aburrida, sino una oportunidad estupenda para disfrutar y a la vez, para comprender la realidad que los rodea a través de las páginas de muchas otras realidades. Tendríamos después adolescentes más conscientes y más interesados, y adultos más pensantes y más críticos.
¿Que estoy soñando? Puede ser, pero ningún daño hace. En verdad creo que aprender a leer comienza por lo básico, y lo básico se relaciona con el pensar. Quizá hoy lo que parece una utopía se haga realidad algún día en nuestras escuelas, y quizá tengamos mejores generaciones de adultos pensantes en el futuro. Entre saber leer, saber pensar y saber tolerar hay una relación más profunda de la que solemos asignarle. =)
19 de febrero de 2013
Ojos de lector
Mirando Toy Story 3, un niño ve la historia de unos muñecos que cobran vida cuando no se les mira y que tienen varias aventuras muy emocionantes. También ve que los juguetes malos terminan mal, que los buenos terminan bien, que es importante compartir, ser buen compañero y posiblemente, los mayores, verán también qué es ser justo y qué es ser un abusador. Hay mucho material para que las mentes infantiles permanezcan interesadas en la historia y no es de extrañar que esta haya sido una de las películas de Pixar más exitosas en términos de audiencia y de taquilla.
Mirando la misma película, un adulto ve, además de la historia que ven los niños, otros significados. Por ejemplo, puede vislumbrar la fatal llegada de la vejez y lo que esto implica: la separación de aquellos a quienes se ha amado, sea porque parten, sea porque mueren; la sensación de inutilidad y de marginalidad que acomete cuando los demás ya no se acuerdan de uno, pues no solo estás pasado de moda sino también has perdido funciones. Otro tema que los adultos pueden advertir es lo engañosa que puede ser la caridad mal entendida y la "justicia" aplicada por déspotas, y lo fácil que es que se formen mafias en las estructuras colaterales del poder. Otro tema que los ojos adultos advierten tiene relación con la política: la necesidad de combatir las dictaduras y de asegurar un auténtico sistema de consenso entre los ciudadanos si se quiere alcanzar una prosperidad real. Etcétera.
Los temas adultos se superponen unos a otros y se van desgranando al mismo ritmo y con los mismos elementos que los infantiles. La diferencia es que los primeros subyacen en niveles de lectura más profundos que los segundos, que son necesariamente más evidentes, aunque no menos importantes (ojo).
¿Niveles de lectura?
Sí, claro. De la misma manera solemos proceder con los libros. Tomemos por ejemplo, la trilogía de The Hunger Games, de Suzanne Collins. En un primer plano de lectura, el de los ojos adolescentes, lo que advertimos en seguida es la historia de una joven de 16 años que vive en un sistema opresivo donde una dictadura despótica expone a los jóvenes entre los 12 y los 18 años a participar en un circo sangriento para disfrute de la élite. La protagonista se ve enfrentada a varios dilemas, porque no solo debe tomar el lugar de su hermana para entrar en dicho circo sino que ha debido hacerse cargo de la alimentación y cuidado de su pequeña familia desde temprana edad, en un medio hostil y difícil. Al mismo tiempo que el lector adolescente se apasiona por su historia de enfrentamiento y supervivencia en medio de una tiranía sangrienta, también se sumerge en un emocionante triángulo amoroso cuya resolución no puede saber hasta el final de la trilogía, tanto más apasionante por cuanto dicho amor debe desarrollarse en medio de las incertidumbres de su lucha por la supervivencia.
En un segundo plano de lectura, sin embargo, los ojos adultos ven mucho más allá de estas verdades evidentes, que pueden estarse destilando de manera consciente o inconsciente en un lector joven, dependiendo de su veteranía en la lectura y de su grado de conocimientos y de conciencia. ¿Qué ven los ojos adultos? Uno de los grandes temas es el de la desgarradora verdad de la guerra: no hay manera de sobrevivir una guerra sin que las secuelas sigan dañando nuestro corazón durante toda nuestra vida. Y la guerra puede ser más espantosa si quien debe sobrevivirla es un niño, un menor, que se debate entre las inseguridades propias de su edad y las duras pruebas que debe soportar. Un adulto puede quedar quebrado, un niño aún más. ¿Cómo se sobrevive a la muerte, a la manipulación y a la tortura, a la pérdida de quienes amas, a la pérdida de tu hogar o de tu vida, y aún así, retener la cordura y no caer en la depresión, en el suicidio o en la demencia? En un proceso largo, la protagonista vive entre terror y terror, desconfianzas y deseos insuperables de creer, en la incertidumbre, porque el enemigo no siempre está a la vista, y no siempre es quien creemos que es, en la soledad y el miedo al abandono. El amor (y no me refiero solo al amor de pareja) y la compasión parecen no tener cabida en un mundo surcado de traiciones, y saber decidir cuál es la acción correcta, o incluso ética, se vuelve agónico. De hecho, la ética en la guerra es uno de los temas más recurrentes a lo largo de la trilogía, aunque no de los más evidentes.
Otro tema que la trilogía explora y que puede quedar patente en manos de un lector adulto es que el amor entre dos no es ni puede ser el resultado de una infatuación ni de un flechazo. No se impone, no se exige, no se dar por sentado ni nace de la noche a la mañana. A veces incluso se le puede hallar en medio del dolor. Y cuando llega, lo hace de manera natural, complementadora. Aceptar al otro como es, y lo que conlleva, respetar su manera de pensar y de ser, sus miedos y sus valentías, y aceptar que por mucho que uno quiera a alguien, no es su obligación que te quiera de la misma manera, son temas interesantes que no resultan obvios pero que pueden calar hondo. En este sentido, un adulto puede ver en la trilogía un tratamiento del amor muy distinto de las típicas comedias románticas o de las clásicas novelas románticas que lo pintan siempre de la misma manera (irreal) y machotera.
Otro tema que los ojos adultos pueden advertir en la trilogía de Collins es el sutil arte de la manipulación mediática y la importancia que los medios pueden tener para instaurar una dictadura, para mantenerla o para destruirla. La propaganda y la distorsión histórica se unen a la manipulación mediática en un complejo sistema de silencios y denuncias en los que muchas veces no sabemos situar la verdad o la mentira. ¿Quién miente, quién es honesto? Este tema está unido de manera intrínseca a la importancia de la imagen como proyección política y como afianzamiento del poder: de acuerdo con lo que ves, puedes tomar una decisión u otra, a menos que sepas ir más allá de lo que se te presenta y descubras la manipulación que se esconde detrás. El juego de "real or not real" que necesita desarrollar Peeta en algún momento de la historia para separar los recuerdos auténticos de los que no lo son aparece entonces en dos planos: el evidente, explicado por sí mismo en la historia, y el simbólico, que es la pregunta ulterior que los adultos terminamos por hacernos en el diario transcurrir de nuestras vidas.
En la medida en que Toy Story 3 y la trilogía de The Hunger Games son capaces de generar distintos planos de lectura en quienes se acercan a disfrutarlos se convierten en obras enriquecedoras, e incluso convenientes para distintos momentos de lectura. Porque los ojos de un lector nunca son los mismos, a menos que dicho lector no pueda madurar sus procesos de lectura. Un lector infantil sería un lector primario. Uno juvenil, intermedio. Uno adulto, avanzado o maduro. ¿Coincide con la edad? No necesariamente. No solemos encontrar lectores maduros entre los niños, pues por principio suelen tener pocos años de lectura y pocas lecturas a cuestas, y sin embargo, hay niños que aún a la edad de 10 u 11 años, dependiendo de sus circunstancias, pueden generar lecturas avanzadas de sorprendente capacidad reflexiva. Y uno esperaría que los adultos tengan siempre la capacidad de leer con ojos de "adulto", lo que, lastimosamente, no sucede tan a menudo como quisiéramos.
La mayoría de los adultos no suelen pasar del nivel intermedio. Sus lecturas suelen quedarse en niveles primarios y no saben descubrir más allá de lo que es evidente. Una película como Toy Story 3 o una trilogía como The Hunger Games, han sido dirigidas principalmente a niños y a adolescentes, respectivamente, y sin embargo, he notado que una enorme cantidad de adultos no suelen poder descubrir en ellas más allá de lo que sus pares niños o adolescentes consiguen. ¿Cómo enfrentan entonces estos adultos los libros o las películas más densas, con mayores niveles de lectura aún que dichas obras? No es de sorprenderse que no las comprendan. (Ojo: un tema adulto no tiene que ser una escena sexual o una escena violenta. Hoy en día, la mayoría de niños y adolescentes suelen presenciar con bastante indiferencia escenas así. El sexo y la violencia son adultos en la medida en que se ven envueltos en temas más profundos, más difíciles de digerir y de comprender, y sin embargo, un libro para adultos puede no contener una sola escena sexual o violenta y seguir siendo un generador de distintas lecturas).
Tengo la impresión de que esta incapacidad lectora en la población adulta viene dada por una simple falta de práctica. Como nunca lee nada más complejo que Twilight (que solo tiene un plano de lectura, el evidente) o no ve nada más complicado que Transformers (que no tiene ningún plano de lectura), no se acostumbra a ahondar más allá de lo evidente, lo complejo se le vuelve complicado y cierra el libro o se sale del cine antes de comenzar. Y es triste, porque alguien que no sabe leer o no sabe ver más allá de sus narices, aplicará el mismo sentido de desorientación en todos los órdenes de su vida: en el trabajo, en la política, en las relaciones sociales, en las relaciones familiares, en todo. ¿Es de extrañar que se encuentre tanto vacío en nuestras clases políticas, tanto desorden en nuestras vidas, tanta superficialidad en muchas de nuestras actividades de entretenimiento? ¿No sería fabuloso que pudiéramos enriquecer nuestro mundo con ojos de lector maduro, que sabe encontrar significados tras significados y que puede eventualmente tornar en realidad mejores actitudes y comportamientos?
La próxima vez que vayan al cine o que lean un libro, y mientras lo disfrutan, o aún después de disfrutarlo, háganse una pregunta: ¿lo leí como un niño o como un adulto? Y si descubren que se han comportado como niños, quizá sea tiempo de cuestionar lo que vemos en las noticias, lo que sabemos de nuestros amigos y aún lo que les decimos a nuestras parejas...
Mirando la misma película, un adulto ve, además de la historia que ven los niños, otros significados. Por ejemplo, puede vislumbrar la fatal llegada de la vejez y lo que esto implica: la separación de aquellos a quienes se ha amado, sea porque parten, sea porque mueren; la sensación de inutilidad y de marginalidad que acomete cuando los demás ya no se acuerdan de uno, pues no solo estás pasado de moda sino también has perdido funciones. Otro tema que los adultos pueden advertir es lo engañosa que puede ser la caridad mal entendida y la "justicia" aplicada por déspotas, y lo fácil que es que se formen mafias en las estructuras colaterales del poder. Otro tema que los ojos adultos advierten tiene relación con la política: la necesidad de combatir las dictaduras y de asegurar un auténtico sistema de consenso entre los ciudadanos si se quiere alcanzar una prosperidad real. Etcétera.
Los temas adultos se superponen unos a otros y se van desgranando al mismo ritmo y con los mismos elementos que los infantiles. La diferencia es que los primeros subyacen en niveles de lectura más profundos que los segundos, que son necesariamente más evidentes, aunque no menos importantes (ojo).
¿Niveles de lectura?
Sí, claro. De la misma manera solemos proceder con los libros. Tomemos por ejemplo, la trilogía de The Hunger Games, de Suzanne Collins. En un primer plano de lectura, el de los ojos adolescentes, lo que advertimos en seguida es la historia de una joven de 16 años que vive en un sistema opresivo donde una dictadura despótica expone a los jóvenes entre los 12 y los 18 años a participar en un circo sangriento para disfrute de la élite. La protagonista se ve enfrentada a varios dilemas, porque no solo debe tomar el lugar de su hermana para entrar en dicho circo sino que ha debido hacerse cargo de la alimentación y cuidado de su pequeña familia desde temprana edad, en un medio hostil y difícil. Al mismo tiempo que el lector adolescente se apasiona por su historia de enfrentamiento y supervivencia en medio de una tiranía sangrienta, también se sumerge en un emocionante triángulo amoroso cuya resolución no puede saber hasta el final de la trilogía, tanto más apasionante por cuanto dicho amor debe desarrollarse en medio de las incertidumbres de su lucha por la supervivencia.
En un segundo plano de lectura, sin embargo, los ojos adultos ven mucho más allá de estas verdades evidentes, que pueden estarse destilando de manera consciente o inconsciente en un lector joven, dependiendo de su veteranía en la lectura y de su grado de conocimientos y de conciencia. ¿Qué ven los ojos adultos? Uno de los grandes temas es el de la desgarradora verdad de la guerra: no hay manera de sobrevivir una guerra sin que las secuelas sigan dañando nuestro corazón durante toda nuestra vida. Y la guerra puede ser más espantosa si quien debe sobrevivirla es un niño, un menor, que se debate entre las inseguridades propias de su edad y las duras pruebas que debe soportar. Un adulto puede quedar quebrado, un niño aún más. ¿Cómo se sobrevive a la muerte, a la manipulación y a la tortura, a la pérdida de quienes amas, a la pérdida de tu hogar o de tu vida, y aún así, retener la cordura y no caer en la depresión, en el suicidio o en la demencia? En un proceso largo, la protagonista vive entre terror y terror, desconfianzas y deseos insuperables de creer, en la incertidumbre, porque el enemigo no siempre está a la vista, y no siempre es quien creemos que es, en la soledad y el miedo al abandono. El amor (y no me refiero solo al amor de pareja) y la compasión parecen no tener cabida en un mundo surcado de traiciones, y saber decidir cuál es la acción correcta, o incluso ética, se vuelve agónico. De hecho, la ética en la guerra es uno de los temas más recurrentes a lo largo de la trilogía, aunque no de los más evidentes.
Otro tema que la trilogía explora y que puede quedar patente en manos de un lector adulto es que el amor entre dos no es ni puede ser el resultado de una infatuación ni de un flechazo. No se impone, no se exige, no se dar por sentado ni nace de la noche a la mañana. A veces incluso se le puede hallar en medio del dolor. Y cuando llega, lo hace de manera natural, complementadora. Aceptar al otro como es, y lo que conlleva, respetar su manera de pensar y de ser, sus miedos y sus valentías, y aceptar que por mucho que uno quiera a alguien, no es su obligación que te quiera de la misma manera, son temas interesantes que no resultan obvios pero que pueden calar hondo. En este sentido, un adulto puede ver en la trilogía un tratamiento del amor muy distinto de las típicas comedias románticas o de las clásicas novelas románticas que lo pintan siempre de la misma manera (irreal) y machotera.
Otro tema que los ojos adultos pueden advertir en la trilogía de Collins es el sutil arte de la manipulación mediática y la importancia que los medios pueden tener para instaurar una dictadura, para mantenerla o para destruirla. La propaganda y la distorsión histórica se unen a la manipulación mediática en un complejo sistema de silencios y denuncias en los que muchas veces no sabemos situar la verdad o la mentira. ¿Quién miente, quién es honesto? Este tema está unido de manera intrínseca a la importancia de la imagen como proyección política y como afianzamiento del poder: de acuerdo con lo que ves, puedes tomar una decisión u otra, a menos que sepas ir más allá de lo que se te presenta y descubras la manipulación que se esconde detrás. El juego de "real or not real" que necesita desarrollar Peeta en algún momento de la historia para separar los recuerdos auténticos de los que no lo son aparece entonces en dos planos: el evidente, explicado por sí mismo en la historia, y el simbólico, que es la pregunta ulterior que los adultos terminamos por hacernos en el diario transcurrir de nuestras vidas.
En la medida en que Toy Story 3 y la trilogía de The Hunger Games son capaces de generar distintos planos de lectura en quienes se acercan a disfrutarlos se convierten en obras enriquecedoras, e incluso convenientes para distintos momentos de lectura. Porque los ojos de un lector nunca son los mismos, a menos que dicho lector no pueda madurar sus procesos de lectura. Un lector infantil sería un lector primario. Uno juvenil, intermedio. Uno adulto, avanzado o maduro. ¿Coincide con la edad? No necesariamente. No solemos encontrar lectores maduros entre los niños, pues por principio suelen tener pocos años de lectura y pocas lecturas a cuestas, y sin embargo, hay niños que aún a la edad de 10 u 11 años, dependiendo de sus circunstancias, pueden generar lecturas avanzadas de sorprendente capacidad reflexiva. Y uno esperaría que los adultos tengan siempre la capacidad de leer con ojos de "adulto", lo que, lastimosamente, no sucede tan a menudo como quisiéramos.
La mayoría de los adultos no suelen pasar del nivel intermedio. Sus lecturas suelen quedarse en niveles primarios y no saben descubrir más allá de lo que es evidente. Una película como Toy Story 3 o una trilogía como The Hunger Games, han sido dirigidas principalmente a niños y a adolescentes, respectivamente, y sin embargo, he notado que una enorme cantidad de adultos no suelen poder descubrir en ellas más allá de lo que sus pares niños o adolescentes consiguen. ¿Cómo enfrentan entonces estos adultos los libros o las películas más densas, con mayores niveles de lectura aún que dichas obras? No es de sorprenderse que no las comprendan. (Ojo: un tema adulto no tiene que ser una escena sexual o una escena violenta. Hoy en día, la mayoría de niños y adolescentes suelen presenciar con bastante indiferencia escenas así. El sexo y la violencia son adultos en la medida en que se ven envueltos en temas más profundos, más difíciles de digerir y de comprender, y sin embargo, un libro para adultos puede no contener una sola escena sexual o violenta y seguir siendo un generador de distintas lecturas).
Tengo la impresión de que esta incapacidad lectora en la población adulta viene dada por una simple falta de práctica. Como nunca lee nada más complejo que Twilight (que solo tiene un plano de lectura, el evidente) o no ve nada más complicado que Transformers (que no tiene ningún plano de lectura), no se acostumbra a ahondar más allá de lo evidente, lo complejo se le vuelve complicado y cierra el libro o se sale del cine antes de comenzar. Y es triste, porque alguien que no sabe leer o no sabe ver más allá de sus narices, aplicará el mismo sentido de desorientación en todos los órdenes de su vida: en el trabajo, en la política, en las relaciones sociales, en las relaciones familiares, en todo. ¿Es de extrañar que se encuentre tanto vacío en nuestras clases políticas, tanto desorden en nuestras vidas, tanta superficialidad en muchas de nuestras actividades de entretenimiento? ¿No sería fabuloso que pudiéramos enriquecer nuestro mundo con ojos de lector maduro, que sabe encontrar significados tras significados y que puede eventualmente tornar en realidad mejores actitudes y comportamientos?
La próxima vez que vayan al cine o que lean un libro, y mientras lo disfrutan, o aún después de disfrutarlo, háganse una pregunta: ¿lo leí como un niño o como un adulto? Y si descubren que se han comportado como niños, quizá sea tiempo de cuestionar lo que vemos en las noticias, lo que sabemos de nuestros amigos y aún lo que les decimos a nuestras parejas...
14 de febrero de 2013
Editorial Palabras de Agua y Calles de Chatarra
Este es un buen día para la literatura. La Editorial Palabras de Agua se lanza con todo para arrancar un hermoso proyecto editorial, en el que autores nuevos y consagrados puedan tener una nueva y moderna opción de salida para obras frescas y revitalizar el mundo literario en lengua castellana.
Hoy arrancan con Calles de Chatarra, novela autoconclusiva de género negro combinado con el fantástico, del autor español Alex Guardiola, que fue finalista del Premio Minotauro con su novela Sombras de una Vieja Raza y que ha participado en innumerables proyectos literarios y antológicos de gran calidad en el pasado.
Es una excelente oportunidad para hacerse con un ejemplar de esta nueva novela, que promete placer literario del mejor, a la vez que permite a los lectores afines a los buenos libros impulsar el arranque de una editorial prometedora. Si quieres participar del crowfunding, no más cliqueas en el anuncio que aparece a la derecha de la pantalla de este blog, justo debajo de mi enlace hacia Facebook, o bien, haces click aquí: http://www.verkami.com/projects/4528
¡Adelante! =)
Hoy arrancan con Calles de Chatarra, novela autoconclusiva de género negro combinado con el fantástico, del autor español Alex Guardiola, que fue finalista del Premio Minotauro con su novela Sombras de una Vieja Raza y que ha participado en innumerables proyectos literarios y antológicos de gran calidad en el pasado.
Es una excelente oportunidad para hacerse con un ejemplar de esta nueva novela, que promete placer literario del mejor, a la vez que permite a los lectores afines a los buenos libros impulsar el arranque de una editorial prometedora. Si quieres participar del crowfunding, no más cliqueas en el anuncio que aparece a la derecha de la pantalla de este blog, justo debajo de mi enlace hacia Facebook, o bien, haces click aquí: http://www.verkami.com/projects/4528
¡Adelante! =)
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1 de febrero de 2013
Métodos propios para desintoxicarse
Entre la revisión de una novela y otra me es preciso transitar por un periodo de desintoxicación. Suena un poco extraño, pero en mi caso es la relación de una simple verdad, pues cada vez que me sumerjo en el universo de una historia en particular (propia), básicamente transpiro ese universo. Mis pensamientos giran en torno a él, los personajes se desenvuelven frente a mis ojos, con sus fallas y sus contradicciones, a cada instante regresan a mí preguntas cómo "¿por qué Fulano hizo esto si había hecho aquello?" o "¿cómo se dio cuenta Sutano de que Mengano estaba en X lugar?", y cosas por el estilo. Es tan absorbente que lo único que lo contrarresta es la realidad. Sí, el día a día: mi familia, mis deberes, mis relaciones normales, mis actividades rutinarias, etc. Fuera de mi realidad, que también vivo en todas sus aristas, está ese universo alternativo en el que he decidido transitar.
Así las cosas, mientras escribo una historia X, no tengo cabeza para ninguna otra. Podría intentarlo, pero sería como un juego de fraudes: la verdad es que no la viviría igual ni le daría la misma importancia, por lo que podría "perpetrarla" en vez de crearla. Hace muchos años sí saltaba de una historia a otra, pero por lo mismo, rara vez las terminaba. Hoy en día conozco mis limitaciones y si he decidido dedicarme a una historia, dejo las otras en suspenso. (Sí, siempre tengo un arsenal aguardándome, lo que no significa que todas vayan a surgir alguna vez de la oscuridad). Y no importa si la historia en la que estoy envuelta es larga o es corta: la experiencia es la misma. Claro que si la historia es corta, el periodo de "inmersión" necesariamente será más corto, mientras que si la historia es larga, ese periodo puede prolongarse por meses.
Hay otro problema adicional con la inmersión. Es adictiva, envolvente y gratificante. Sí, casi, casi, como una droga. Claro que no tiene consecuencias negativas para mí ni me amenaza con drenarme las neuronas ni con achicharrarme el hígado o algo por el estilo. Pero mantiene mi sentido del placer en alto. Disfruto la historia, la vivo, me encariño con los personajes (bueno, con algunos no), me veo en los escenarios, incluso conozco historias personales tan complejas que podría escribir biografías enteras (nunca las verán, sin embargo). Esos sentimientos son una ventaja mientras estoy escribiendo la historia, porque me permiten desarrollarla con fluidez y (quizá) con naturalidad (espero). Pero son una seria desventaja cuando llega el momento del adiós y la necesidad de seguir con mi vida literaria, es decir, cuando ya es hora de que me dedique a otro universo, otros personajes, otra historia.
Ahí es cuando surge el momento de la desintoxicación. Pero... ¿cómo lograr una desintoxicación en un caso así? Y pues... de la misma manera en que me metí en el "problema": con historias. Pero no con historias propias (¡ajá!), sino con otras distintas. En otras palabras, mi "rehab" está en la lectura desenfadada y sin objetivos específicos, que siempre me ha acompañado desde que sé leer y que puede arrancarme sin dolor de los escenarios de mis universos y me sumergen en otros universos creados por mentes distintas a la mía.
Y por eso también sería muy contraproducente para mí leer algún libro que me guste o me absorba mientras estoy escribiendo una historia propia. ¡Amenazaría con arrancarme, antes de tiempo, del mundo que necesito resolver!
Hace poco transité por dos periodos así y todavía me encuentro en otro más. Cuando revisaba y reescribía mi vieja historia, estaba perfectamente inmersa en ella. Pero luego de terminarla, venía el momento de sumergirme en Señora del tiempo. Para hacerlo, tenía que desintoxicarme primero, y no es tarea fácil desembarazarse de un universo que conoces tan bien. Pero un librito muy agradable lo logró para mí. En vez de sumergirme en las espesas aguas de un universo de ciencia ficción, que quizá me habría estropeado un poco el proceso de desintoxicación, me entregué a las tranquilas mareas de un libro que contaba una historia cotidiana, sobre una mujer cotidiana enfrentada a pequeños pero interesantes dilemas. Se llama Christmas at Harrington's de Melody Carlson y cuenta la historia de una ex convicta que regresa a la vida normal con muchas tristezas y pocas esperanzas. No es un best seller de fama mundial ni una obra clásica de la literatura universal, pero es una historia sencilla, muy cálida y humana, que me hizo pasar muy buenos momentos y que tuvo la virtud de hacerme salir sin prisas ni dolor de mi universo previo y me allanó el camino para Señora del tiempo.
El tiempo en que pasé sumergida en Señora del tiempo se prolongó por meses, por supuesto, pues es una novela, y las novelas, por muy sencillas que sean, siempre demandan atención por periodos prolongados. Esto incluye no solo la creación y la redacción sino también las exhaustivas revisiones, sin contar la documentación, que me llevó a leer varios libros sobre temas tan diversos como la parasicología, los dilemas de la física cuántica y la historia de la brujería. Absorbente, interesante, y maravilloso. Pero terminó y una vez que ha terminado, quedaba otra vez esa oscura sensación de pérdida que siempre lo acomete a uno al final de una historia. Y para empeorar la cosa, necesitaba regresar a la revisión de mi vieja historia.
Necesitaba desintoxicarme otra vez. Y en esta oportunidad, recurrí a una trilogía.
Había leído The Hunger Games, de Suzanne Collins, un año antes, y aunque tenía sus continuaciones, no había tenido oportunidad de sumergirme en su lectura, por lo que decidí que una excelente manera de desintoxicarme era regresando primero a The Hunger Games (suelo hacerlo, para quitarme de la cabeza las escenas de la película y recordar lo que ocurría en el libro), para seguir de inmediato con Catching Fire y luego con Mockingjay. ¡Absorbente lectura! Y no me decepcionó. La historia de Suzanne Collins logró hacerme salir sin dolor del universo de Señora del tiempo y hacerme vivir por una semana con las aventuras y desventuras de su protagonista, en una lectura muy agradable, con una carga adicional de reflexiones y de vivencias humanas que poco tienen que ver con lo más publicitado de la saga. Quizá en otra oportunidad lo comente, pero entretanto recomiendo su lectura sin pensar en la publicidad y sin darle tan excesiva importancia a los triángulos amorosos de la trama, con lo que gana en profundidad y trascendencia.
Y me sumergí otra vez en otro de mis universos. Fue un periodo de revisión, lo que implicó mayor cansancio quizá, y más observación. Finalizó también y también hube de dejarlo ir.
Y llegó otro momento para la desintoxicación. ¿Y a quién acudir? Esta vez, cumplí una promesa a uno de mis hijos y recurrí a la ayuda de un clásico muy bien ponderado y alabado por generaciones de lectores y críticos: La historia interminable de Michael Ende. Por extraño que parezca, era una de esas historias fantásticas que aún me quedaban pendientes. Demás está decir que no me defraudó en absoluto. Me ha parecido una de las historias más hermosas y originales que habré leído en la vida y comprendí por qué mi hijo de 10 años la leyó tan bien y tan concentrado. Como observación tengo que decir que esta novela está bien dispuesta para ser disfrutada y entendida por un niño lector (de unos 10 años, precisamente), pero como toda gran obra, puede ser todavía mejor comprendida y disfrutada por un adulto. La conclusión obvia es que recomiendo se lea cuando se es niño y se vuelva a leer cuando se alcance los 40.
La historia interminable me permitió abandonar temporalmente mi segundo universo y permanecer aislada de él mientras el libro sigue su curso. Pero una vez concluida, ya no tengo historias. ¿Es eso malo? No, por supuesto. Me permite la inmersión en otros muchos universos, propios o ajenos, y en seguir mi vida literaria normal sin alteraciones. Ya he comenzado con The Wise Man's Fear de Patrick Rothfuss, continuación de su famosa The Name of the Wind (leída por mí hace dos años) y puedo sentir que mi "rehab" dio los resultados adecuados en los momentos precisos, como siempre, sin que se noten secuelas dañinas ni caídas depresivas preocupantes. Mi mente está, por tanto, lista para sumergirse en cualquier otro momento en una nueva historia propia, mientras se deleita con las de otros, que afortunadamente, siempre están a mano para rescatarme. =)
Así las cosas, mientras escribo una historia X, no tengo cabeza para ninguna otra. Podría intentarlo, pero sería como un juego de fraudes: la verdad es que no la viviría igual ni le daría la misma importancia, por lo que podría "perpetrarla" en vez de crearla. Hace muchos años sí saltaba de una historia a otra, pero por lo mismo, rara vez las terminaba. Hoy en día conozco mis limitaciones y si he decidido dedicarme a una historia, dejo las otras en suspenso. (Sí, siempre tengo un arsenal aguardándome, lo que no significa que todas vayan a surgir alguna vez de la oscuridad). Y no importa si la historia en la que estoy envuelta es larga o es corta: la experiencia es la misma. Claro que si la historia es corta, el periodo de "inmersión" necesariamente será más corto, mientras que si la historia es larga, ese periodo puede prolongarse por meses.
Hay otro problema adicional con la inmersión. Es adictiva, envolvente y gratificante. Sí, casi, casi, como una droga. Claro que no tiene consecuencias negativas para mí ni me amenaza con drenarme las neuronas ni con achicharrarme el hígado o algo por el estilo. Pero mantiene mi sentido del placer en alto. Disfruto la historia, la vivo, me encariño con los personajes (bueno, con algunos no), me veo en los escenarios, incluso conozco historias personales tan complejas que podría escribir biografías enteras (nunca las verán, sin embargo). Esos sentimientos son una ventaja mientras estoy escribiendo la historia, porque me permiten desarrollarla con fluidez y (quizá) con naturalidad (espero). Pero son una seria desventaja cuando llega el momento del adiós y la necesidad de seguir con mi vida literaria, es decir, cuando ya es hora de que me dedique a otro universo, otros personajes, otra historia.
Ahí es cuando surge el momento de la desintoxicación. Pero... ¿cómo lograr una desintoxicación en un caso así? Y pues... de la misma manera en que me metí en el "problema": con historias. Pero no con historias propias (¡ajá!), sino con otras distintas. En otras palabras, mi "rehab" está en la lectura desenfadada y sin objetivos específicos, que siempre me ha acompañado desde que sé leer y que puede arrancarme sin dolor de los escenarios de mis universos y me sumergen en otros universos creados por mentes distintas a la mía.
Y por eso también sería muy contraproducente para mí leer algún libro que me guste o me absorba mientras estoy escribiendo una historia propia. ¡Amenazaría con arrancarme, antes de tiempo, del mundo que necesito resolver!
Hace poco transité por dos periodos así y todavía me encuentro en otro más. Cuando revisaba y reescribía mi vieja historia, estaba perfectamente inmersa en ella. Pero luego de terminarla, venía el momento de sumergirme en Señora del tiempo. Para hacerlo, tenía que desintoxicarme primero, y no es tarea fácil desembarazarse de un universo que conoces tan bien. Pero un librito muy agradable lo logró para mí. En vez de sumergirme en las espesas aguas de un universo de ciencia ficción, que quizá me habría estropeado un poco el proceso de desintoxicación, me entregué a las tranquilas mareas de un libro que contaba una historia cotidiana, sobre una mujer cotidiana enfrentada a pequeños pero interesantes dilemas. Se llama Christmas at Harrington's de Melody Carlson y cuenta la historia de una ex convicta que regresa a la vida normal con muchas tristezas y pocas esperanzas. No es un best seller de fama mundial ni una obra clásica de la literatura universal, pero es una historia sencilla, muy cálida y humana, que me hizo pasar muy buenos momentos y que tuvo la virtud de hacerme salir sin prisas ni dolor de mi universo previo y me allanó el camino para Señora del tiempo.
El tiempo en que pasé sumergida en Señora del tiempo se prolongó por meses, por supuesto, pues es una novela, y las novelas, por muy sencillas que sean, siempre demandan atención por periodos prolongados. Esto incluye no solo la creación y la redacción sino también las exhaustivas revisiones, sin contar la documentación, que me llevó a leer varios libros sobre temas tan diversos como la parasicología, los dilemas de la física cuántica y la historia de la brujería. Absorbente, interesante, y maravilloso. Pero terminó y una vez que ha terminado, quedaba otra vez esa oscura sensación de pérdida que siempre lo acomete a uno al final de una historia. Y para empeorar la cosa, necesitaba regresar a la revisión de mi vieja historia.
Necesitaba desintoxicarme otra vez. Y en esta oportunidad, recurrí a una trilogía.
Había leído The Hunger Games, de Suzanne Collins, un año antes, y aunque tenía sus continuaciones, no había tenido oportunidad de sumergirme en su lectura, por lo que decidí que una excelente manera de desintoxicarme era regresando primero a The Hunger Games (suelo hacerlo, para quitarme de la cabeza las escenas de la película y recordar lo que ocurría en el libro), para seguir de inmediato con Catching Fire y luego con Mockingjay. ¡Absorbente lectura! Y no me decepcionó. La historia de Suzanne Collins logró hacerme salir sin dolor del universo de Señora del tiempo y hacerme vivir por una semana con las aventuras y desventuras de su protagonista, en una lectura muy agradable, con una carga adicional de reflexiones y de vivencias humanas que poco tienen que ver con lo más publicitado de la saga. Quizá en otra oportunidad lo comente, pero entretanto recomiendo su lectura sin pensar en la publicidad y sin darle tan excesiva importancia a los triángulos amorosos de la trama, con lo que gana en profundidad y trascendencia.
Y me sumergí otra vez en otro de mis universos. Fue un periodo de revisión, lo que implicó mayor cansancio quizá, y más observación. Finalizó también y también hube de dejarlo ir.
Y llegó otro momento para la desintoxicación. ¿Y a quién acudir? Esta vez, cumplí una promesa a uno de mis hijos y recurrí a la ayuda de un clásico muy bien ponderado y alabado por generaciones de lectores y críticos: La historia interminable de Michael Ende. Por extraño que parezca, era una de esas historias fantásticas que aún me quedaban pendientes. Demás está decir que no me defraudó en absoluto. Me ha parecido una de las historias más hermosas y originales que habré leído en la vida y comprendí por qué mi hijo de 10 años la leyó tan bien y tan concentrado. Como observación tengo que decir que esta novela está bien dispuesta para ser disfrutada y entendida por un niño lector (de unos 10 años, precisamente), pero como toda gran obra, puede ser todavía mejor comprendida y disfrutada por un adulto. La conclusión obvia es que recomiendo se lea cuando se es niño y se vuelva a leer cuando se alcance los 40.
La historia interminable me permitió abandonar temporalmente mi segundo universo y permanecer aislada de él mientras el libro sigue su curso. Pero una vez concluida, ya no tengo historias. ¿Es eso malo? No, por supuesto. Me permite la inmersión en otros muchos universos, propios o ajenos, y en seguir mi vida literaria normal sin alteraciones. Ya he comenzado con The Wise Man's Fear de Patrick Rothfuss, continuación de su famosa The Name of the Wind (leída por mí hace dos años) y puedo sentir que mi "rehab" dio los resultados adecuados en los momentos precisos, como siempre, sin que se noten secuelas dañinas ni caídas depresivas preocupantes. Mi mente está, por tanto, lista para sumergirse en cualquier otro momento en una nueva historia propia, mientras se deleita con las de otros, que afortunadamente, siempre están a mano para rescatarme. =)
25 de enero de 2013
Una historia y un sentimiento
Se acerca mi cumpleaños (¡yei!), que es y siempre ha sido un motivo de complacencia para mí, sin importar cuántos años cumpla. Ese día me siento bien. Sé que es una cuestión psicológica, emocional, autosugestiva, pero es lo que es y lo disfruto por lo que vale =) Y si además llego con alguna satisfacción personal ligada a la escritura, pues mejor.
En este punto me siento feliz y triste a la vez. Por segunda vez, llego al final (parcial) de un viaje y me invade esa sensación de pérdida que me acompaña siempre que doy término a una historia. En este caso no es enteramente cierto porque es apenas una parte del viaje, pero como es una parte con inicio, desarrollo y conclusión, es casi como si fuera el final de un viaje completo. Y lo peor de todo es que es una historia vieja.
Pues sí. Hace casi diez años comencé con esa historia. Escribí de un tirón un mamotreto de unas 900 mil palabras, que hube de dividir en tres, lógico, y que convertí en una "trilogía", y de la que me sentía vanamente orgullosa. Luego de un desencanto inicial, por haberme atrevido ingenuamente a enviar semejante armatoste a un concurso literario (en el que no creo que hayan llegado a ver el horroroso manuscrito), lo dejé un tiempo hasta que me decidí a publicarlo sin concurso de editorial. Era una época en la que el acceso a editoriales que se interesaran por la ciencia ficción o la fantasía parecía imposible y pensé, de nuevo con ingenuidad, que el mejor camino era la auto publicación por Internet. Por supuesto, hube de revisar el mamotreto en cuestión y horror de horrores, me di cuenta de la inmensa cantidad de defectos que tenía. Sin embargo, eso no me arredró y me sentí a revisar, refinar, podar, re-revisar, re-refinar y podar de nuevo hasta que obtuve un primer tomo más o menos decente, que publiqué con mucha ilusión por medio de Lulu (porque no creo en las auto publicaciones pagadas y mucho menos en las co-ediciones, lo que en su momento me salvó de alguna mala decisión financiera). El tiempo pasó y no percibí mayor atención por mi librito, pero con cierta ingenuidad, publiqué la segunda parte dos años más tarde y esperé.
Ignoraba los tortuosos caminos de la promoción en línea (en torno a los libros) que debía haber emprendido y al mismo tiempo, supe lo poco que sabía sobre el auténtico mundo editorial más allá de las fronteras por mí conocidas. Fue un periodo de reencuentro con el relato, con la entrega a historias diferentes, con personajes muy distintos entre sí. Aprendí también sobre los concursos populares, que son muchísimo mejores que los típicos concursos apadrinados por compañías o editoriales, pues se expone uno a la crítica auténtica, y crecí como autora (pienso) y hasta me divertí más, mientras escribía. De este periodo, que aún no termina, surgieron mis relatos más preciados, aquellos que se incorporaron a antologías y/o recibieron reconocimientos y que me enseñaron a emprender el difícil arte de la auto crítica y de la revisión exhaustiva.
Entonces, miré mi vieja historia, amada historia, con otros ojos. Como nunca supe qué hacer para darla a conocer, prácticamente nadie la conocía, fuera de algunos amigos, así que la retiré de las vitrinas en línea y la leí de nuevo. Y pensé: me gusta, la quiero, pero... necesita otra maduración. Y emprendí una revisión más madura, pero aún tímida, de mi primer tomo y con gran entusiasmo lo confié a una lectora veterana para que me diera su opinión.
Y la opinión llegó, nada halagüeña: ¡había fallos por todos lados! La historia es buena, me dijo, pero... En fin, necesitaba una revisión profunda y seria. En aquel momento, luego de agradecer la crítica, tomé la historia y la guardé. Necesitaba desintoxicarme de ella y emprender otro buen camino de aventura en el relato. Fue muy productivo en cuanto resultados literarios y me sentí tan satisfecha con eso, que a principios del año pasado tuve la disposición y el ánimo para retomar mi vieja historia y aplicarle el correctivo que sin piedad necesitaba.
Y volví a vivir en mi vieja historia. Me divertí mucho, nuevamente, pero fui implacable. Prácticamente le di vuelta, la reescribí de pies a cabeza y al final tuve una historia similar pero diferente, que se parecía a la original en mucho y al mismo tiempo en nada. Fue un mes intenso de reescritura que coincidió con otro gran proyecto inesperado y novedoso para mí: la beca de fomento literario del Ministerio de Cultura.
Esa beca no era para mi vieja historia. Era para una historia muy diferente, para la que necesitaba espacio y tiempo. Había reescrito mi vieja historia, por lo que la dejé guardada otra vez, y me entregué con pasión y con ahínco a mi nuevo universo, en el que aprendí muchísimas cosas nuevas, descubrí otras y hasta abandoné algunas ideas erradas que tenía del pasado. Al cabo de cuatro meses enloquecidos pero fascinantes, surgió Señora del tiempo, que sufrió un intenso trabajo de revisión y que finalmente entregué al Ministerio de Cultura en diciembre del año pasado. Hoy, Señora del tiempo está en manos de editores, y solo con el tiempo sabré cuándo verá la luz.
Como tenía que dejar ir a mi Señora del tiempo, terminé de leer algunos libros de consulta (¡interesantísimos!) y me entregué a la lectura de otros autores por un buen rato (una semana), antes de reemprender mi camino con mi vieja historia. En ese ínterin releí The Hunger Games, leí por primera vez su continuación Catching Fire y también su final Mockingjay, todos de Suzanne Collins. Muy recomendables, muy intensos, tuvieron la virtud de saber desconectarme del universo de Señora del tiempo (nunca se puede lograr del todo: todos tus personajes y todas tus historias siguen viviendo dentro de ti), para lograr sumergirme otra vez en mi vieja historia.
Ayer di punto final a la última revisión. He acabado con el primer tomo, todavía no he regresado ni al segundo ni al tercero y no creo que lo haga en un buen tiempo, pero este primer tomo es mi nuevo orgullo y mi nueva tristeza. ¿Por qué? Pues porque debo saber dejarlo ir, e irá hacia el mundo que nunca vio antes y que ahora deberá enfrentar: el de los editores. No sé cómo le irá, pero espero de verdad que le vaya bien, porque si consigue el camino que merecía desde el principio, sus otros dos "hermanos" también podrían ver la luz y yo habré completado, finalmente, un ciclo muy importante de mi vida. =)
En este punto me siento feliz y triste a la vez. Por segunda vez, llego al final (parcial) de un viaje y me invade esa sensación de pérdida que me acompaña siempre que doy término a una historia. En este caso no es enteramente cierto porque es apenas una parte del viaje, pero como es una parte con inicio, desarrollo y conclusión, es casi como si fuera el final de un viaje completo. Y lo peor de todo es que es una historia vieja.
Pues sí. Hace casi diez años comencé con esa historia. Escribí de un tirón un mamotreto de unas 900 mil palabras, que hube de dividir en tres, lógico, y que convertí en una "trilogía", y de la que me sentía vanamente orgullosa. Luego de un desencanto inicial, por haberme atrevido ingenuamente a enviar semejante armatoste a un concurso literario (en el que no creo que hayan llegado a ver el horroroso manuscrito), lo dejé un tiempo hasta que me decidí a publicarlo sin concurso de editorial. Era una época en la que el acceso a editoriales que se interesaran por la ciencia ficción o la fantasía parecía imposible y pensé, de nuevo con ingenuidad, que el mejor camino era la auto publicación por Internet. Por supuesto, hube de revisar el mamotreto en cuestión y horror de horrores, me di cuenta de la inmensa cantidad de defectos que tenía. Sin embargo, eso no me arredró y me sentí a revisar, refinar, podar, re-revisar, re-refinar y podar de nuevo hasta que obtuve un primer tomo más o menos decente, que publiqué con mucha ilusión por medio de Lulu (porque no creo en las auto publicaciones pagadas y mucho menos en las co-ediciones, lo que en su momento me salvó de alguna mala decisión financiera). El tiempo pasó y no percibí mayor atención por mi librito, pero con cierta ingenuidad, publiqué la segunda parte dos años más tarde y esperé.
Ignoraba los tortuosos caminos de la promoción en línea (en torno a los libros) que debía haber emprendido y al mismo tiempo, supe lo poco que sabía sobre el auténtico mundo editorial más allá de las fronteras por mí conocidas. Fue un periodo de reencuentro con el relato, con la entrega a historias diferentes, con personajes muy distintos entre sí. Aprendí también sobre los concursos populares, que son muchísimo mejores que los típicos concursos apadrinados por compañías o editoriales, pues se expone uno a la crítica auténtica, y crecí como autora (pienso) y hasta me divertí más, mientras escribía. De este periodo, que aún no termina, surgieron mis relatos más preciados, aquellos que se incorporaron a antologías y/o recibieron reconocimientos y que me enseñaron a emprender el difícil arte de la auto crítica y de la revisión exhaustiva.
Entonces, miré mi vieja historia, amada historia, con otros ojos. Como nunca supe qué hacer para darla a conocer, prácticamente nadie la conocía, fuera de algunos amigos, así que la retiré de las vitrinas en línea y la leí de nuevo. Y pensé: me gusta, la quiero, pero... necesita otra maduración. Y emprendí una revisión más madura, pero aún tímida, de mi primer tomo y con gran entusiasmo lo confié a una lectora veterana para que me diera su opinión.
Y la opinión llegó, nada halagüeña: ¡había fallos por todos lados! La historia es buena, me dijo, pero... En fin, necesitaba una revisión profunda y seria. En aquel momento, luego de agradecer la crítica, tomé la historia y la guardé. Necesitaba desintoxicarme de ella y emprender otro buen camino de aventura en el relato. Fue muy productivo en cuanto resultados literarios y me sentí tan satisfecha con eso, que a principios del año pasado tuve la disposición y el ánimo para retomar mi vieja historia y aplicarle el correctivo que sin piedad necesitaba.
Y volví a vivir en mi vieja historia. Me divertí mucho, nuevamente, pero fui implacable. Prácticamente le di vuelta, la reescribí de pies a cabeza y al final tuve una historia similar pero diferente, que se parecía a la original en mucho y al mismo tiempo en nada. Fue un mes intenso de reescritura que coincidió con otro gran proyecto inesperado y novedoso para mí: la beca de fomento literario del Ministerio de Cultura.
Esa beca no era para mi vieja historia. Era para una historia muy diferente, para la que necesitaba espacio y tiempo. Había reescrito mi vieja historia, por lo que la dejé guardada otra vez, y me entregué con pasión y con ahínco a mi nuevo universo, en el que aprendí muchísimas cosas nuevas, descubrí otras y hasta abandoné algunas ideas erradas que tenía del pasado. Al cabo de cuatro meses enloquecidos pero fascinantes, surgió Señora del tiempo, que sufrió un intenso trabajo de revisión y que finalmente entregué al Ministerio de Cultura en diciembre del año pasado. Hoy, Señora del tiempo está en manos de editores, y solo con el tiempo sabré cuándo verá la luz.
Como tenía que dejar ir a mi Señora del tiempo, terminé de leer algunos libros de consulta (¡interesantísimos!) y me entregué a la lectura de otros autores por un buen rato (una semana), antes de reemprender mi camino con mi vieja historia. En ese ínterin releí The Hunger Games, leí por primera vez su continuación Catching Fire y también su final Mockingjay, todos de Suzanne Collins. Muy recomendables, muy intensos, tuvieron la virtud de saber desconectarme del universo de Señora del tiempo (nunca se puede lograr del todo: todos tus personajes y todas tus historias siguen viviendo dentro de ti), para lograr sumergirme otra vez en mi vieja historia.
Ayer di punto final a la última revisión. He acabado con el primer tomo, todavía no he regresado ni al segundo ni al tercero y no creo que lo haga en un buen tiempo, pero este primer tomo es mi nuevo orgullo y mi nueva tristeza. ¿Por qué? Pues porque debo saber dejarlo ir, e irá hacia el mundo que nunca vio antes y que ahora deberá enfrentar: el de los editores. No sé cómo le irá, pero espero de verdad que le vaya bien, porque si consigue el camino que merecía desde el principio, sus otros dos "hermanos" también podrían ver la luz y yo habré completado, finalmente, un ciclo muy importante de mi vida. =)
28 de diciembre de 2012
Ahora que el fin del mundo no ocurrió...
... de pronto muchos han de sentirse sin norte ni ideas para el 2013. La verdad es que esa estrambótica noción de que el mundo "se acaba" no deja de fijar un horizonte, un "destino" en el tiempo y permite no pensar en el más allá de ese borde, al menos hasta que el dichoso horizonte llega y no pasa nada.
En mi caso, afortunadamente, como nunca tomé en cuenta ningún final catastrófico para el año y como siempre vi el 2013 como otro año más que se aproximaba, pues hoy me siento a pensar en lo que me espera y en lo que desearía lograr para entonces, de la misma manera en que lo hice hace un año, hace dos y más atrás. Ya abandoné aquella costumbre de hacer "buenos propósitos". En realidad, lo de hacer ese tipo de lista es una diversión, pero pasajera, y en la vida real a uno se le olvida más rápido que rápido. Ya para el 3 de enero ni se acuerda de la mitad de las cosas que se propuso. Pero sí puedo pensar en buenos deseos.
Un deseo lógico es ver mi novela (recién finalizada y entregada) llegar a las librerías. En otras palabras, que un editor la acepte y la publique y que muchos lectores la lean. Y que ojalá les guste. Todo eso será también un proceso que he de seguir de una manera u otra, de seguro.
Otro deseo es poder terminar otros dos proyectos literarios en marcha y casi finalizados y poder hacer que vean la luz pública también. Para ellos mi tiempo es abierto, pero no quiero quedar estancada otro año pensando: avanzar será la clave del 2013.
¿Más deseos? Específicos, no. Generales, muchos, dentro de lo que cabe desear prosperidad, paz, tranquilidad y otras cosas bonitas. ¿Para el mundo literario? Sí, prosperidad. Me gustaría que hubiera buenas cosas para la literatura el año próximo, incluyendo lectores, y que muchos de mis colegas vieran cumplir sus metas. Recientemente algunos de ellos han publicado sus obras* y otros están por lanzar las suyas**. Tanto para unos y otros, deseo un próspero año.
Y para todos aquellos que acceden a mis pensamientos a través de este blog, también espero un buen año, en todos los sentidos posibles. =) ¡Felices fiestas!
* Ese es el caso de Alexánder Obando con su cuentiario Teoría del Caos (Ediciones Lanzallamas) y de Teo Palacios y su novela La predicción del astrólogo (Ediciones B).
**Tal es el caso de Virginia Pérez de la Puente y su novela El sueño de los muertos (Ediciones Minotauro).
En mi caso, afortunadamente, como nunca tomé en cuenta ningún final catastrófico para el año y como siempre vi el 2013 como otro año más que se aproximaba, pues hoy me siento a pensar en lo que me espera y en lo que desearía lograr para entonces, de la misma manera en que lo hice hace un año, hace dos y más atrás. Ya abandoné aquella costumbre de hacer "buenos propósitos". En realidad, lo de hacer ese tipo de lista es una diversión, pero pasajera, y en la vida real a uno se le olvida más rápido que rápido. Ya para el 3 de enero ni se acuerda de la mitad de las cosas que se propuso. Pero sí puedo pensar en buenos deseos.
Un deseo lógico es ver mi novela (recién finalizada y entregada) llegar a las librerías. En otras palabras, que un editor la acepte y la publique y que muchos lectores la lean. Y que ojalá les guste. Todo eso será también un proceso que he de seguir de una manera u otra, de seguro.
Otro deseo es poder terminar otros dos proyectos literarios en marcha y casi finalizados y poder hacer que vean la luz pública también. Para ellos mi tiempo es abierto, pero no quiero quedar estancada otro año pensando: avanzar será la clave del 2013.
¿Más deseos? Específicos, no. Generales, muchos, dentro de lo que cabe desear prosperidad, paz, tranquilidad y otras cosas bonitas. ¿Para el mundo literario? Sí, prosperidad. Me gustaría que hubiera buenas cosas para la literatura el año próximo, incluyendo lectores, y que muchos de mis colegas vieran cumplir sus metas. Recientemente algunos de ellos han publicado sus obras* y otros están por lanzar las suyas**. Tanto para unos y otros, deseo un próspero año.
Y para todos aquellos que acceden a mis pensamientos a través de este blog, también espero un buen año, en todos los sentidos posibles. =) ¡Felices fiestas!
* Ese es el caso de Alexánder Obando con su cuentiario Teoría del Caos (Ediciones Lanzallamas) y de Teo Palacios y su novela La predicción del astrólogo (Ediciones B).
**Tal es el caso de Virginia Pérez de la Puente y su novela El sueño de los muertos (Ediciones Minotauro).
Etiquetas:
Cultura y sociedad,
Vida de escritor
21 de diciembre de 2012
Fin de un proceso
Bueno, no se acabó el mundo, como era de esperarse, y yo estoy de vuelta. Los últimos meses han sido intensos y muy interesantes, pues nunca había experimentado la sensación de escribir contra reloj, y de tener la obligación de presentar una obra literaria completa, revisada y lista para ser leída y escrutada por editores. Pues así fue y hoy, 21 de diciembre, hice entrega del manuscrito que tenía prometido según la beca literaria que me había sido otorgada y ya corresponderá, el año próximo, ser presentado a los editores que podrían estar interesados en él.
De la experiencia extraigo dos pensamientos cliché: 1. Es verdad que uno trabaja muy bien y quizá mejor bajo presión. Cuando tienes todo el tiempo del mundo para pensar y repensar tu obra, para darle nuevos giros, o para quitárselos, para explorar un camino diferente o para abandonarlo, corres el peligro de no verla terminada nunca. Por supuesto que existe la libertad para dejar fluir las ideas, pero al mismo tiempo, es verdad que existe el enorme riesgo de que esa misma libertad te haga pensar que puedes distraerte con millones de otras actividades, y al final, la obra siga inacabada por largo tiempo. En cambio, cuando tienes la presión de que debes terminarla, sí o sí, el trabajo es intenso, el flujo de ideas (¡maravilla!) no se detiene, e incluso aumenta, y la satisfacción de ver terminada tu obra es inmejorable. Aquí radica, por ejemplo, lo bonito de experiencias como la de NaNoWriMo, donde uno mismo se aplica la presión y se obliga a terminar, de una buena vez, una obra pendiente.
2. Es verdad que uno, cuanto mejor documentado está, más seguro y más fluido es a la hora de escribir. Siempre creí en la documentación, por supuesto, pero esta vez me vi en el torbellino de devorar libros enteros con información nueva mientras desarrollaba la novela. Y era maravilloso sentir cómo un acto alimentaba el otro y viceversa, y cómo de pronto me hacía consciente de muchas otras fuentes de información pertinente que parecían rodearme y de las que no me había dado cuenta antes: un documental al que no habría puesto atención en otro momento, un artículo que quizá jamás habría leído o lo habría dejado para después, noticias que repentinamente tienen sentido, etc. Además, me dejó el camino abierto a explorar temas relacionados, y por supuesto, a aplicar esta documentación en ideas literarias nuevas o antiguas, para darles un cariz más interesante.
Aparte de estas dos experiencias, descubrí que otro "cliché" también es cierto: terminada la obra y entregada a su destino, el vacío y la tristeza también te acometen. Ya se fue, se acabó. Ya no es tuya. Tus personajes, con quienes te identificaste con tanto cariño por un tiempo tan intenso, ya "se fueron", y es casi como si tu vida hubiera perdido de repente su "norte". ¿Parece melodramático y exagerado? Puede ser, pero se siente. Y si uno ha estado por mucho tiempo en contacto con una saga (como la que estoy reformando y que espero poder exponer al público nuevamente muy pronto), olvida que esta tristeza existe. Es la primera novela auto conclusiva que escribo en mucho tiempo y por tanto, el sentimiento es inevitable.
¿Pero no debería haberme acostumbrado a la sensación después de escribir tantos relatos? En realidad, no. El relato, para mí, aún los más largos, se basan en una sola idea conductora y en personajes que conozco por relativo poco tiempo. Aunque el placer de escribirlos es básicamente el mismo, la relación con ellos no. En la novela, uno se mete en un mundo inmenso. En el relato, solo en parte de otro mundo. Quizá por eso no tengo la sensación tan acusada cuando he acabado un relato que ahora, cuando he dado punto final a una novela. Eso, en relación con los personajes. Ahora bien, si hablo de todo un proyecto, es distinto, como cuando estuve preparando una colección de relatos, que todavía no han visto la luz. Supongo que sentiré algo parecido a lo que ahora siento cuando finalmente los entregue para su revisión editorial...
¿Qué me espera el fin del año? Supongo que una oportunidad para el descanso. Para terminar algunas lecturas pendientes, para acometer alguna literatura que debí dejar parqueada mientras escribía y para hacer y pensar en otras cosas antes de involucrarme de nuevo con mi otra novela, mi colección de relatos y por supuesto, con la nueva fase que le aguarda a este manuscrito que hoy entregué. Será intenso e interesante, pero de momento, es hora de alivianarse la cabeza con otras cosas.
Así, pues, ¡felices fiestas! Ya que el mundo "no se acabó", disfrutémoslo en grande. =)
De la experiencia extraigo dos pensamientos cliché: 1. Es verdad que uno trabaja muy bien y quizá mejor bajo presión. Cuando tienes todo el tiempo del mundo para pensar y repensar tu obra, para darle nuevos giros, o para quitárselos, para explorar un camino diferente o para abandonarlo, corres el peligro de no verla terminada nunca. Por supuesto que existe la libertad para dejar fluir las ideas, pero al mismo tiempo, es verdad que existe el enorme riesgo de que esa misma libertad te haga pensar que puedes distraerte con millones de otras actividades, y al final, la obra siga inacabada por largo tiempo. En cambio, cuando tienes la presión de que debes terminarla, sí o sí, el trabajo es intenso, el flujo de ideas (¡maravilla!) no se detiene, e incluso aumenta, y la satisfacción de ver terminada tu obra es inmejorable. Aquí radica, por ejemplo, lo bonito de experiencias como la de NaNoWriMo, donde uno mismo se aplica la presión y se obliga a terminar, de una buena vez, una obra pendiente.
2. Es verdad que uno, cuanto mejor documentado está, más seguro y más fluido es a la hora de escribir. Siempre creí en la documentación, por supuesto, pero esta vez me vi en el torbellino de devorar libros enteros con información nueva mientras desarrollaba la novela. Y era maravilloso sentir cómo un acto alimentaba el otro y viceversa, y cómo de pronto me hacía consciente de muchas otras fuentes de información pertinente que parecían rodearme y de las que no me había dado cuenta antes: un documental al que no habría puesto atención en otro momento, un artículo que quizá jamás habría leído o lo habría dejado para después, noticias que repentinamente tienen sentido, etc. Además, me dejó el camino abierto a explorar temas relacionados, y por supuesto, a aplicar esta documentación en ideas literarias nuevas o antiguas, para darles un cariz más interesante.
Aparte de estas dos experiencias, descubrí que otro "cliché" también es cierto: terminada la obra y entregada a su destino, el vacío y la tristeza también te acometen. Ya se fue, se acabó. Ya no es tuya. Tus personajes, con quienes te identificaste con tanto cariño por un tiempo tan intenso, ya "se fueron", y es casi como si tu vida hubiera perdido de repente su "norte". ¿Parece melodramático y exagerado? Puede ser, pero se siente. Y si uno ha estado por mucho tiempo en contacto con una saga (como la que estoy reformando y que espero poder exponer al público nuevamente muy pronto), olvida que esta tristeza existe. Es la primera novela auto conclusiva que escribo en mucho tiempo y por tanto, el sentimiento es inevitable.
¿Pero no debería haberme acostumbrado a la sensación después de escribir tantos relatos? En realidad, no. El relato, para mí, aún los más largos, se basan en una sola idea conductora y en personajes que conozco por relativo poco tiempo. Aunque el placer de escribirlos es básicamente el mismo, la relación con ellos no. En la novela, uno se mete en un mundo inmenso. En el relato, solo en parte de otro mundo. Quizá por eso no tengo la sensación tan acusada cuando he acabado un relato que ahora, cuando he dado punto final a una novela. Eso, en relación con los personajes. Ahora bien, si hablo de todo un proyecto, es distinto, como cuando estuve preparando una colección de relatos, que todavía no han visto la luz. Supongo que sentiré algo parecido a lo que ahora siento cuando finalmente los entregue para su revisión editorial...
¿Qué me espera el fin del año? Supongo que una oportunidad para el descanso. Para terminar algunas lecturas pendientes, para acometer alguna literatura que debí dejar parqueada mientras escribía y para hacer y pensar en otras cosas antes de involucrarme de nuevo con mi otra novela, mi colección de relatos y por supuesto, con la nueva fase que le aguarda a este manuscrito que hoy entregué. Será intenso e interesante, pero de momento, es hora de alivianarse la cabeza con otras cosas.
Así, pues, ¡felices fiestas! Ya que el mundo "no se acabó", disfrutémoslo en grande. =)
30 de septiembre de 2012
Mientras escribo...
Este último mes ha sido particularmente intenso. Como tuve la buena fortuna de haber sido seleccionada como destino de una beca de fomento literario, he tenido la dicha -y el deber- de sentarme a escribir la obra por la que dicha beca me fue otorgada, una obra que he arrancado desde cero, porque solo su idea estaba en mi cabeza. Es una novela de ciencia ficción cuya acción transcurre aquí en Costa Rica pero dentro de un buen número de años y que tiene relación íntima con ciertos eventos naturales muy comunes en estas tierras. Para ello, como es natural, hube de sentarme a buscar información relativa a tales eventos, no fuera que mi historia saliera cojeando, y durante el primer tramo de dicho proceso aprendí muchas cosas interesantes.
Ahora bien, eso no es noticia. Cada vez que uno debe documentarse para escribir una historia nueva, sea corta o larga, es también una oportunidad de aprender sobre nuevas realidades o nuevos conceptos, y no puede negarse que el proceso de documentación, aunque pueda ser a veces complicado y/o tedioso, es una oportunidad indiscutible de ampliar no solo el cúmulo de datos con que inundamos nuestros sistemas neuronales, sino también una manera de ampliar visión y mundo. Y hasta puede ser divertido.
En fin, que comencé a estudiar sobre geología, sismología y detección temprana de sismos y la aventura resultó interesante. Y me lancé al desafío de escribir mi historia, sabiendo que también tenía que reunir material sobre ondas electromagnéticas, ondas cerebrales, y la manera en que trabajan.
Y seguí escribiendo. Y regresé sobre mis pasos y volví a avanzar, y taché, borré y eliminé, y volví a crear.
De pronto, también necesitaba saber sobre leyendas y mitos de mi país, relacionados con toda suerte de historias tremebundas y hasta curiosas: relatos de índole prehispánica, relatos de los tiempos coloniales y hasta relatos más recientes y algunos incluso con carácter religioso. La cosa se complicó, por lo que se ve.
Luego vi que tenía que saber algo sobre los tipos de demencia, de esquizofrenia, psicosis y otros desórdenes mentales. Algo, al menos.
Luego también sobre las probabilidades de que se consiga desarrollar la inteligencia artificial durante el curso de este siglo. Y por supuesto, sobre las probabilidades de que el cambio climático eche todo al traste.
Y la evolución de la política nacional y cómo se puede distribuir un nuevo sistema.
E incluso, en qué fecha cae una Semana Santa del futuro.
¿Un arroz con mango?
Sí. Y así está mi cerebro. Si en algunos días más, anuncio que todo lo arrojé de nuevo al canasto del basurero, no se extrañen. Quizá para entonces ya haya tenido que consultar otro tipo de información.
=)
Ahora bien, eso no es noticia. Cada vez que uno debe documentarse para escribir una historia nueva, sea corta o larga, es también una oportunidad de aprender sobre nuevas realidades o nuevos conceptos, y no puede negarse que el proceso de documentación, aunque pueda ser a veces complicado y/o tedioso, es una oportunidad indiscutible de ampliar no solo el cúmulo de datos con que inundamos nuestros sistemas neuronales, sino también una manera de ampliar visión y mundo. Y hasta puede ser divertido.
En fin, que comencé a estudiar sobre geología, sismología y detección temprana de sismos y la aventura resultó interesante. Y me lancé al desafío de escribir mi historia, sabiendo que también tenía que reunir material sobre ondas electromagnéticas, ondas cerebrales, y la manera en que trabajan.
Y seguí escribiendo. Y regresé sobre mis pasos y volví a avanzar, y taché, borré y eliminé, y volví a crear.
De pronto, también necesitaba saber sobre leyendas y mitos de mi país, relacionados con toda suerte de historias tremebundas y hasta curiosas: relatos de índole prehispánica, relatos de los tiempos coloniales y hasta relatos más recientes y algunos incluso con carácter religioso. La cosa se complicó, por lo que se ve.
Luego vi que tenía que saber algo sobre los tipos de demencia, de esquizofrenia, psicosis y otros desórdenes mentales. Algo, al menos.
Luego también sobre las probabilidades de que se consiga desarrollar la inteligencia artificial durante el curso de este siglo. Y por supuesto, sobre las probabilidades de que el cambio climático eche todo al traste.
Y la evolución de la política nacional y cómo se puede distribuir un nuevo sistema.
E incluso, en qué fecha cae una Semana Santa del futuro.
¿Un arroz con mango?
Sí. Y así está mi cerebro. Si en algunos días más, anuncio que todo lo arrojé de nuevo al canasto del basurero, no se extrañen. Quizá para entonces ya haya tenido que consultar otro tipo de información.
=)
8 de septiembre de 2012
El género apropiado
El otro día, el escritor Javier Pellicer propuso una pregunta basándose en la reflexión que se hizo el también escritor Daniel P. Espinosa sobre la conveniencia de escribir siempre en un mismo género literario o de cambiar de género cada cierto tiempo o en cada nuevo libro. No es una pregunta tan inusual como podría uno pensar y de hecho, suscitó diversos comentarios que tendían por un lado a aconsejar la fidelización a un género en particular o a desaconsejarla totalmente. Incluso hubo quien criticó la postura de Espinosa al decir que en un Arte no se escoge con criterios "comerciales", solo con criterios "artísticos" y que por tanto, la pregunta sobre si es conveniente o no para un escritor cambiarse de género está demás ya que apunta tan solo a un objetivo "comercial".
La postura de Espinosa es ciertamente comercial. Yo diría, práctica (tengo mis reservas en cuanto alguien surge con el tema de si el arte debe separarse del comercio o si puede convivir con él): ¿me conviene quedarme siempre en los márgenes de un mismo género o debería cambiar eventualmente o con cierta regularidad? Ese "me conviene" se refiere, en el caso de la reflexión de Espinosa, a la reacción posible que podría tener el lector si descubre que el autor que ha venido leyendo ha cambiado su temática. ¿Qué pasa si he estado escribiendo novela histórica, por ejemplo, y he tenido una agradable nivel de aceptación de parte de los lectores, y de pronto me da por escribir novela futurista retro con tintes de policial? ¿Sufriré el rechazo del público lector, en caso de que el editor no lo haya hecho antes, y por tanto veré una merma en el número de lecturas que pueda conseguir? ¿O no pasará nada?
En mi humilde parecer, y siempre considerando que somos escritores con aspiraciones profesionales, esto es, a publicar nuestras obras y a alcanzar un público lector, la pregunta puede y debe ser resuelta en el camino. ¿Por qué? Porque depende de diversos factores que no son solo comerciales y de hecho, tienen que ver con el hecho artístico en sí de lo que significa escribir literatura.
En primer lugar: ¿de qué tipo de géneros estamos hablando? No parece que haya ningún problema cuando un novelista quiere escribir un poemario o cuando un poeta se lanza a escribir una obra dramática o cuando un cuentista se dedica a escribir un libro de ensayos. No estamos hablando entonces de géneros literarios mayores en absoluto: a nadie desconcierta saber que un determinado autor es novelista y poeta, o cuentista y ensayista, o cuentista y poeta, etc. Se acepta sin contratiempos y simplemente se le lee según el género literario se prefiera: si me gusta la poesía, leeré su poesía, si no, no la leeré. Y he aquí que un hecho se repite con constancia: si a un lector le gustó un autor cualquiera, suele leerlo en el género literario en que escriba.
Estamos hablando entonces de géneros temáticos, y en el caso de Espinosa, de los géneros temáticos que se desenvuelven en la narrativa, principalmente en la novela: drama, romance, policial (o novela negra), histórico, fantástico, ciencia ficción, terror, realista social, etc. Si un autor ha escrito varias obras narrativas en género fantástico, por ejemplo, y de pronto escribe en género realista social, ¿lo leerán los lectores que habían gustado de él? ¿O lo rechazarán? ¿Perderá a sus lectores?
Alguien dijo en el debate abierto por Pellicer que ella en particular no escribía para los lectores. Entonces, no se preocupaba por este asunto. Claro que después agregó que quizá debido a esto aún no tenía un público lector (fiel). Otro alguien dijo que siempre había que pensar en el lector cuando se escribía y que por tanto, la pregunta era aún más importante de ser contestada, pues no se puede decepcionar al lector. Y otro dijo que uno escribe según lo que "le pide el cuerpo".
En mi opinión, la pregunta se responde solo cuando sé por qué escribo. ¿Lo hago para complacer a otros, lo hago para ganar mucho dinero, lo hago para explorar mis ideas y exponerlas, lo hago porque quiero sentirme bien conmigo mismo, lo hago porque quiero contar una historia que me parece estupenda? Si quiero complacer a otros y ganar mucho dinero, escoger no solo el género sino la historia misma dependerá de tendencias comerciales cuidadosamente consideradas. Por ejemplo, en este momento algunos de los best sellers más sonados son libros de temática romántico-erótica dirigidos principalmente a un público femenino. Hace un tiempo eran también románticos pero con temática vampírica (una mezcla de géneros: el romántico con el fantástico oscuro o de terror). También está muy de moda (o estaba) la temática zombie (terror). El problema con esta postura es que debido a la lentitud con que se mueve la escritura y la publicación, tendría que tener una suerte endemoniada para publicar antes de que la moda haya pasado. Pero solo yo sabré si es el comportamiento que quiero seguir.
Si mis razones para escribir son independientes de lo que un público lector pueda preferir o lo que una tendencia comercial pueda aceptar, escogeré el género según dos posibles vías: o que se acomode a las exigencias de la historia que quiero contar o que sea el género que me interese en particular en ese momento. En el primer supuesto, yo no escojo el género, es la historia la que lo hace. En este caso, el narrador, sea novelista o cuentista, piensa primero su historia en términos intrínsecos, en la historia en sí misma considerada. Por ejemplo, digamos que quiero contar la historia de una mujer que se ha separado recientemente de su marido y que busca abrirse camino en un trabajo que abandonó veinte años atrás, por ejemplo. ¿Qué clase de historia es esa? ¿Un drama, un romance? Quizá, si ella se reencuentra con un viejo novio y comienza una relación intensa con él es un romance. Si lo que encuentra es una guerra psicológica emprendida por su madre por haber roto su matrimonio y una pelea con su ex marido por la custodia de sus hijos, es un drama. ¿Y si me encantan los años 1920 y quiero ambientarla en medio del periodo entreguerras? De acuerdo, ahora estamos en un drama histórico. Puede ser un romance histórico. El caso es que será novela histórica.
¿Pueden verlo? La historia ha ido escogiendo el género. El género será entonces un detalle menor. Pero, supongamos el segundo supuesto: quiero escribir en un género en particular. Por ejemplo: quiero escribir una novela histórica. Tiene que ser histórica porque yo quiero hacerlo. ¿Habrá contratiempos? Pues pienso que no: simplemente tengo que pensar en una historia que se acomode a un periodo histórico que me atraiga o en el que quiera desenvolverme. Ahí será el género el que escoge la historia narrada.
No sé si ya notaron que la elección de un género temático depende en última instancia de las decisiones, valoraciones y objetivos del autor en particular. Puede ceñirse a las exigencias de una industria, puede reservarse el derecho de inventarse en el género que le apetece sin considerar las exigencias de esa industria, puede simplemente querer contar una historia cualquiera que le interesa contar. Al final, la elección es suya.
¿Tiene, por tanto, malas consecuencias prácticas? ¿Qué sucede si ya he alcanzado un público lector y de pronto, por cambiar de género lo pierdo?
El riesgo siempre existe en la vida, pero uno no la vive evitándose todos los que se presenten. En general, en mi experiencia como lectora, suelo preferir los libros que se inscriben en las temáticas de mis preferencias, pero si el planteamiento argumental de una novela parece interesante, lo leo, aunque no pertenezca a esas temáticas preferidas, pues puede que sea tan atractivo que sin ser de un género que suele gustarme, lo lea de todas formas. Y creo que ese es un comportamiento general de una gran mayoría de lectores habituales. (Los que no son habituales se dejan llevar por las modas, las tendencias o las opiniones de los demás).
Ahora bien, los lectores suelen ser muy condescendientes cuando se trata de su autor favorito. Lo que escriba, lo leen precisamente porque es su autor favorito. ¿Y cómo se convirtió en su autor favorito? Lo normal es que los seduce por su forma de escribir, su manera de contar, su forma de desarrollar una historia. Y esa manera suele ser única del autor, pero usual en todas sus obras con independencia del género que escoja. Por tanto, lo más probable es que sea que escriba una novela romántica o una de terror, una de realismo social o una histórica, su estilo se mantenga, su forma de narrar también, y por tanto, sea seguro leerlo. En ese momento, nos habremos convertido en su público lector fiel.
Entonces, ¿puedo escoger el género que me venga en gana? Puedo, sí. Aunque es posible que termine por caer en el que más me acomode o en el que más se asemeje al que mejor me acomode. Después de todo, cada género tiene sus propias reglas tácitas de uso: no suele emplearse el mismo tipo de lenguaje en una novela realista que en una romántica, ni puedes desarrollar el mismo tipo de personaje en una novela negra y en una novela infantil fantástica. Esas reglas tácitas se imponen y atraen o alejan a algún tipo de autor y a otro. El autor se impone sus propias limitaciones, si es honesto consigo mismo y si quiere hacer bien las cosas. ¿Por qué hay autores que cambian de género? Porque son versátiles, sí, y quizá también porque los géneros entre los que fluctúan no se diferencian tanto entre sí como uno podría pensar. Por ejemplo, pasar de la fantasía a la ciencia ficción es mucho más sencillo que pasar de la fantasía a la novela de denuncia social del realismo sucio. Es más fácil pasar de la novela histórica a la ucronía que pasar de la novela negra al cuento de hadas. Es más fácil pasar del terror a la fantasía urbana que de la novela romántica al drama político. No que no se pueda hacer: puede hacerse, pero en algunos casos es más sencillo que en otros.
Y también, claro está, puedo combinarlos. ¿Lo haré bien? Pues eso depende de mi destreza como autor y de la coherencia de la historia interna que he inventado.
Al final, el género apropiado para cada autor depende de varios factores, como el tipo de historia, el tipo de objetivos y la destreza del autor mismo, pero sobretodo, dependerá de su voluntad y de las ganas que tenga de intentarlo.
La postura de Espinosa es ciertamente comercial. Yo diría, práctica (tengo mis reservas en cuanto alguien surge con el tema de si el arte debe separarse del comercio o si puede convivir con él): ¿me conviene quedarme siempre en los márgenes de un mismo género o debería cambiar eventualmente o con cierta regularidad? Ese "me conviene" se refiere, en el caso de la reflexión de Espinosa, a la reacción posible que podría tener el lector si descubre que el autor que ha venido leyendo ha cambiado su temática. ¿Qué pasa si he estado escribiendo novela histórica, por ejemplo, y he tenido una agradable nivel de aceptación de parte de los lectores, y de pronto me da por escribir novela futurista retro con tintes de policial? ¿Sufriré el rechazo del público lector, en caso de que el editor no lo haya hecho antes, y por tanto veré una merma en el número de lecturas que pueda conseguir? ¿O no pasará nada?
En mi humilde parecer, y siempre considerando que somos escritores con aspiraciones profesionales, esto es, a publicar nuestras obras y a alcanzar un público lector, la pregunta puede y debe ser resuelta en el camino. ¿Por qué? Porque depende de diversos factores que no son solo comerciales y de hecho, tienen que ver con el hecho artístico en sí de lo que significa escribir literatura.
En primer lugar: ¿de qué tipo de géneros estamos hablando? No parece que haya ningún problema cuando un novelista quiere escribir un poemario o cuando un poeta se lanza a escribir una obra dramática o cuando un cuentista se dedica a escribir un libro de ensayos. No estamos hablando entonces de géneros literarios mayores en absoluto: a nadie desconcierta saber que un determinado autor es novelista y poeta, o cuentista y ensayista, o cuentista y poeta, etc. Se acepta sin contratiempos y simplemente se le lee según el género literario se prefiera: si me gusta la poesía, leeré su poesía, si no, no la leeré. Y he aquí que un hecho se repite con constancia: si a un lector le gustó un autor cualquiera, suele leerlo en el género literario en que escriba.
Estamos hablando entonces de géneros temáticos, y en el caso de Espinosa, de los géneros temáticos que se desenvuelven en la narrativa, principalmente en la novela: drama, romance, policial (o novela negra), histórico, fantástico, ciencia ficción, terror, realista social, etc. Si un autor ha escrito varias obras narrativas en género fantástico, por ejemplo, y de pronto escribe en género realista social, ¿lo leerán los lectores que habían gustado de él? ¿O lo rechazarán? ¿Perderá a sus lectores?
Alguien dijo en el debate abierto por Pellicer que ella en particular no escribía para los lectores. Entonces, no se preocupaba por este asunto. Claro que después agregó que quizá debido a esto aún no tenía un público lector (fiel). Otro alguien dijo que siempre había que pensar en el lector cuando se escribía y que por tanto, la pregunta era aún más importante de ser contestada, pues no se puede decepcionar al lector. Y otro dijo que uno escribe según lo que "le pide el cuerpo".
En mi opinión, la pregunta se responde solo cuando sé por qué escribo. ¿Lo hago para complacer a otros, lo hago para ganar mucho dinero, lo hago para explorar mis ideas y exponerlas, lo hago porque quiero sentirme bien conmigo mismo, lo hago porque quiero contar una historia que me parece estupenda? Si quiero complacer a otros y ganar mucho dinero, escoger no solo el género sino la historia misma dependerá de tendencias comerciales cuidadosamente consideradas. Por ejemplo, en este momento algunos de los best sellers más sonados son libros de temática romántico-erótica dirigidos principalmente a un público femenino. Hace un tiempo eran también románticos pero con temática vampírica (una mezcla de géneros: el romántico con el fantástico oscuro o de terror). También está muy de moda (o estaba) la temática zombie (terror). El problema con esta postura es que debido a la lentitud con que se mueve la escritura y la publicación, tendría que tener una suerte endemoniada para publicar antes de que la moda haya pasado. Pero solo yo sabré si es el comportamiento que quiero seguir.
Si mis razones para escribir son independientes de lo que un público lector pueda preferir o lo que una tendencia comercial pueda aceptar, escogeré el género según dos posibles vías: o que se acomode a las exigencias de la historia que quiero contar o que sea el género que me interese en particular en ese momento. En el primer supuesto, yo no escojo el género, es la historia la que lo hace. En este caso, el narrador, sea novelista o cuentista, piensa primero su historia en términos intrínsecos, en la historia en sí misma considerada. Por ejemplo, digamos que quiero contar la historia de una mujer que se ha separado recientemente de su marido y que busca abrirse camino en un trabajo que abandonó veinte años atrás, por ejemplo. ¿Qué clase de historia es esa? ¿Un drama, un romance? Quizá, si ella se reencuentra con un viejo novio y comienza una relación intensa con él es un romance. Si lo que encuentra es una guerra psicológica emprendida por su madre por haber roto su matrimonio y una pelea con su ex marido por la custodia de sus hijos, es un drama. ¿Y si me encantan los años 1920 y quiero ambientarla en medio del periodo entreguerras? De acuerdo, ahora estamos en un drama histórico. Puede ser un romance histórico. El caso es que será novela histórica.
¿Pueden verlo? La historia ha ido escogiendo el género. El género será entonces un detalle menor. Pero, supongamos el segundo supuesto: quiero escribir en un género en particular. Por ejemplo: quiero escribir una novela histórica. Tiene que ser histórica porque yo quiero hacerlo. ¿Habrá contratiempos? Pues pienso que no: simplemente tengo que pensar en una historia que se acomode a un periodo histórico que me atraiga o en el que quiera desenvolverme. Ahí será el género el que escoge la historia narrada.
No sé si ya notaron que la elección de un género temático depende en última instancia de las decisiones, valoraciones y objetivos del autor en particular. Puede ceñirse a las exigencias de una industria, puede reservarse el derecho de inventarse en el género que le apetece sin considerar las exigencias de esa industria, puede simplemente querer contar una historia cualquiera que le interesa contar. Al final, la elección es suya.
¿Tiene, por tanto, malas consecuencias prácticas? ¿Qué sucede si ya he alcanzado un público lector y de pronto, por cambiar de género lo pierdo?
El riesgo siempre existe en la vida, pero uno no la vive evitándose todos los que se presenten. En general, en mi experiencia como lectora, suelo preferir los libros que se inscriben en las temáticas de mis preferencias, pero si el planteamiento argumental de una novela parece interesante, lo leo, aunque no pertenezca a esas temáticas preferidas, pues puede que sea tan atractivo que sin ser de un género que suele gustarme, lo lea de todas formas. Y creo que ese es un comportamiento general de una gran mayoría de lectores habituales. (Los que no son habituales se dejan llevar por las modas, las tendencias o las opiniones de los demás).
Ahora bien, los lectores suelen ser muy condescendientes cuando se trata de su autor favorito. Lo que escriba, lo leen precisamente porque es su autor favorito. ¿Y cómo se convirtió en su autor favorito? Lo normal es que los seduce por su forma de escribir, su manera de contar, su forma de desarrollar una historia. Y esa manera suele ser única del autor, pero usual en todas sus obras con independencia del género que escoja. Por tanto, lo más probable es que sea que escriba una novela romántica o una de terror, una de realismo social o una histórica, su estilo se mantenga, su forma de narrar también, y por tanto, sea seguro leerlo. En ese momento, nos habremos convertido en su público lector fiel.
Entonces, ¿puedo escoger el género que me venga en gana? Puedo, sí. Aunque es posible que termine por caer en el que más me acomode o en el que más se asemeje al que mejor me acomode. Después de todo, cada género tiene sus propias reglas tácitas de uso: no suele emplearse el mismo tipo de lenguaje en una novela realista que en una romántica, ni puedes desarrollar el mismo tipo de personaje en una novela negra y en una novela infantil fantástica. Esas reglas tácitas se imponen y atraen o alejan a algún tipo de autor y a otro. El autor se impone sus propias limitaciones, si es honesto consigo mismo y si quiere hacer bien las cosas. ¿Por qué hay autores que cambian de género? Porque son versátiles, sí, y quizá también porque los géneros entre los que fluctúan no se diferencian tanto entre sí como uno podría pensar. Por ejemplo, pasar de la fantasía a la ciencia ficción es mucho más sencillo que pasar de la fantasía a la novela de denuncia social del realismo sucio. Es más fácil pasar de la novela histórica a la ucronía que pasar de la novela negra al cuento de hadas. Es más fácil pasar del terror a la fantasía urbana que de la novela romántica al drama político. No que no se pueda hacer: puede hacerse, pero en algunos casos es más sencillo que en otros.
Y también, claro está, puedo combinarlos. ¿Lo haré bien? Pues eso depende de mi destreza como autor y de la coherencia de la historia interna que he inventado.
Al final, el género apropiado para cada autor depende de varios factores, como el tipo de historia, el tipo de objetivos y la destreza del autor mismo, pero sobretodo, dependerá de su voluntad y de las ganas que tenga de intentarlo.
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